El conde de la seducción (El Club De Los Condes Picaros nº 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

Cuatro días después…

Unas densas nubes se acumulaban en la distancia.

Minerva estaba junto a su madre en la fiesta en el jardín de la duquesa.

El evento había reunido a la mayor parte de la alta sociedad, pero aún no había encontrado a Brian.

No había hecho otra cosa que pensar en él y en sus aventuras durante los últimos cuatro días. Hoy se sentía llena de expectación.

Su madre había notado el cambio en el estado de ánimo y el aspecto de Minerva, y había comentado que últimamente Minerva estaba radiante y de un humor bastante jovial.

Carstine se había mordido la lengua, pero había intercambiado una mirada cómplice con Minerva.

Incluso Blake había arqueado una ceja con curiosidad en más de una ocasión.

Por supuesto, Minerva podría haberles contado a todos que había conocido a alguien.

Sin embargo, hacerlo sería precipitado. Brian no le había pedido matrimonio.

Tampoco la estaba cortejando oficialmente.

Se le encogió el corazón al pensarlo. En algún momento del camino, había dejado de pensar en él como su aventura y ahora soñaba con un futuro junto a Brian.

¡Qué tonta era! Minerva negó con la cabeza. Él era el conde de la seducción. Orgulloso de ser miembro del Wicked Earls’ Club y famoso por ser un vividor. Dudaba que el matrimonio se le hubiera pasado siquiera por la cabeza, y haría bien en recordarlo.

Miró a lo lejos.

Su mirada se cruzó con la de Brian, y su pulso se aceleró.

Él estaba apoyado contra un árbol en el límite del jardín de la duquesa, cerca de la mesa de refrigerios.

Brian también la vio y sus miradas se cruzaron, pero no hizo ningún movimiento para acercarse a ella.

Tampoco hizo ningún gesto para llamarla. Simplemente se quedó mirándola.

Minerva esbozó una sonrisa, y su corazón dio un vuelco cuando él le devolvió el gesto.

—Tengo bastante sed. ¿Puedo ir a la mesa de refrigerios, madre?

—Por supuesto, y ahí está lady Houghton, debería ir a saludarla.

Su madre despidió a Minerva con un gesto.

Minerva luchó contra el impulso de subirse las faldas y correr hacia Brian.

En lugar de eso, caminó con paso firme, sin apartar la mirada de él.

El corazón le latía con fuerza durante todo el trayecto.

Hoy no sería un día de aventuras, porque ¿qué aventura se podía vivir en la fiesta en el jardín de la duquesa?

Pero el simple hecho de estar cerca de él era aventura suficiente para ella.

Cuando llegó a la mesa de refrigerios, se detuvo y miró hacia atrás, hacia su madre. Al comprobar que su madre no la estaba observando, Minerva rodeó la mesa y se dirigió hacia Brian.

—Estás tan guapa como siempre —dijo él con voz pausada mientras le cogía la mano y le daba un beso en los nudillos.

—Y tú eres un ligón empedernido.

Minerva le dedicó su sonrisa más radiante. Brian le pasó el brazo por los hombros y dijo:

—Y eso te encanta.

Su corazón se disparó al oír esas palabras de su boca. Sin duda era una tonta, pero no le importaba. Nunca se había sentido tan libre, tan viva, tan dueña de su vida como cuando estaba a su lado.

—Espero que no te metieras en demasiados problemas el otro día —dijo él, con una mezcla de curiosidad y auténtica preocupación en sus ojos.

Minerva negó con la cabeza.

—En ninguno. Convencí a mi mozo de cuadra de que su descuido fue un accidente y que no había necesidad de contárselo a mi familia.

—Las comisuras de sus labios se levantaron mientras se encogía de hombros—.

Admito que no estuvo bien por mi parte. Pobre hombre.

Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Mi hermano, lord Edgemore, me habría mandado a mi habitación y me habría tenido allí el resto de la temporada si se hubiera enterado de mi escapada.

—Me lo imagino —dijo Brian mientras la llevaba al laberinto de setos de la duquesa—. Conozco bien el carácter de Edgemore.

—¿Entonces conoces a mi hermano? —preguntó Minerva con curiosidad—. Qué pregunta más tonta. —Sacudió la cabeza—. Estás en su antiguo club y los dos sois condes. Por supuesto que lo conoces.

Brian le dio una palmadita en la mano.

—No ha sido en absoluto una pregunta tonta. Podría haberme unido después de que él se casara. En cuanto al resto, paso muy poco tiempo en eventos sociales y he convertido en un arte el evitar el mercado matrimonial. Había bastantes posibilidades de que no conociera a tu hermano.

—Pero lo conoces —dijo ella, con la curiosidad entremezclada en sus palabras.

Él asintió con firmeza.

—Sí.

—¿Entonces sois amigos?

—No. Más bien conocidos —Brian llevó la conversación por un nuevo camino—. Nos hemos visto en varias ocasiones, hemos disfrutado de algunas partidas de cartas juntos y de alguna que otra copa. Nada que nos haya unido, sin embargo.

—Ya veo —dijo Minerva.

Luego alzó la vista hacia las nubes que se acumulaban. Surcaban el cielo a toda velocidad, igual que los pensamientos se agolpaban en su mente. Se preguntó qué opinión tendría su hermano de Brian y cómo reaccionaría al saber que ella se relacionaba con el conde.

Entonces sus pensamientos se dirigieron a las palabras de Brian sobre el matrimonio, y no pudo evitar preguntar:

—¿Por qué evitas el matrimonio?

Él entornó los ojos y, durante un largo instante, ella pensó que ignoraría la pregunta. Luego exhaló y se giró para mirarla de frente.

—Nunca he conocido a una dama con la que pudiera imaginarme pasando el resto de mi vida.

—Ah

Minerva suspiró la palabra.

Brian la miró a los ojos y añadió:

—No me gustaría quedar atrapado en una unión maldita como la que tuvieron mis padres.

Minerva vio dolor en su mirada. Extendió la mano y la posó sobre su pecho.

—¿Entonces tu infancia no fue feliz?

Sacudió la cabeza.

—Mi padre era un hombre colérico y amargado. Le obligaron a casarse con mi madre… Ella tampoco estaba contenta con el matrimonio. Nunca se permitieron el uno al otro olvidar su descontento.

—Lo siento —dijo Minerva, con el corazón triste por lo mal que lo pasó de niño.

Brian colocó su mano sobre la de ella, sosteniéndola contra su pecho.

—No lo sientas. Es el pasado.

—Y, sin embargo, todavía te afecta.

—No. —Negó con la cabeza—. Aprendí de ello y juré no cometer el mismo error.

Error. A Minerva se le hizo un nudo en la garganta. Si los pillaban juntos y él se veía obligado a casarse con ella, ella le estaría imponiendo ese mismo destino.

—Quizá debería irme.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Si nos descubren…

Brian sonrió.

—Esto es una fiesta. Hay gente por todas partes y nosotros solo estamos paseando por el jardín.

—Pero no querría que…

—Si nos ven, solo supondrán que me has llamado la atención. En el peor de los casos, pensarán que quiero cortejarte. —Le acarició los dedos, enviando oleadas de calor a través de su mano enguantada—. Además, nos esperan más aventuras.

Atónita y embelesada, ella susurró:

—¿De verdad?

—Por supuesto que sí. —Levantó la vista hacia el cielo que se oscurecía—. Creo que bailar bajo la lluvia estaba en tu lista.

Minerva levantó la vista cuando la primera gota de lluvia le golpeó la mejilla.

—Eres maravilloso —dijo ella—. Casi se podría creer que controlas el universo.

Sin duda, él parecía ser el centro de su órbita.

Patrick se rio entre dientes.

—No es más que un poco de suerte.

La hizo girar alejándola de él y luego la atrajo hacia sus brazos mientras la lluvia arreciaba.

Minerva echó la cabeza hacia atrás, dejando que las gotas frescas le salpicaran el rostro, mientras su risa creaba una melodía única.

Y entonces sus labios se posaron sobre los de ella, y se abrazaron con fuerza, sin importarles la lluvia, la fiesta, ni el riesgo de que los descubrieran. Él la atrajo hacia sí y ella le abrazó con fuerza mientras sus bocas se movían al unísono, siguiendo un ritmo tan antiguo como el tiempo.

Esto era más que una aventura. Él lo era todo: todo lo que ella quería y todo lo que necesitaba.

Pero él no era suyo. La emoción la abrumó y las lágrimas le escocieron en los ojos mientras se aferraba a él, besándolo con desesperación.

Tonta de ella, se había enamorado de él.