Capítulo 5
Brian cabalgaba por Rotten Row. Estaba centrado en localizar a Minerva.
Había pensado en ella hasta bien entrada la noche.
Nunca había conocido a una dama tan aventurera.
Nunca había mantenido una conversación con una debutante que le hubiera divertido tanto.
Nunca antes una dama le había despertado esa necesidad.
No era la necesidad de acostarse con ella.
Eso sin duda formaba parte de ello, pero más aún, necesitaba estar cerca de ella.
La necesidad de hablar con ella. Y, sobre todo, la necesidad de ver cómo se iluminaba de emoción y alegría…
le consumía. Ella le cautivaba a un nivel que nadie antes había logrado.
Y no sabía qué hacer al respecto.
Por supuesto, había jurado casarse con ella si sus aventuras arruinaban su reputación, pero ¿era el matrimonio realmente lo que él quería?
El mero hecho de que se le pasara por la cabeza debería haberle sorprendido. La sola idea debería hacer que huyera en dirección opuesta a aquella belleza cautivadora. En el pasado, una simple mención le habría provocado un sudor frío y ganas de huir.
Antes de que pudiera reflexionar más al respecto, Minerva apareció a caballo. Redujo la velocidad de su montura y la miró fijamente hasta que sus miradas se cruzaron. Ella le dedicó una sonrisa pícara, seguida de un asentimiento de cabeza apenas perceptible.
Siguió la dirección que ella indicaba y divisó a un grupo de damas a caballo a un lado del camino. No estaba seguro de lo que ella intentaba transmitirle, pero la expresión de sus labios y la picardía apenas disimulada que mostraba le indicaban que prestara atención.
La dama tenía un plan.
Él le devolvió el gesto con un asentimiento y luego observó cómo Minerva le decía algo a su mozo de cuadra.
Ella volvió a cruzar su mirada con la de él, antes de cabalgar hacia el grupo de damas.
Él dio la vuelta para llevar a su montura al otro lado del grupo, manteniéndose a varios metros de distancia mientras observaba a Minerva.
Parecía una diosa, envuelta en un traje de montar color crema, con sus rizos castaños rebotando bajo su sencillo sombrero de montar.
Su chaqueta, ceñida a sus pechos, los acentuaba, mientras su falda caía en cascada sobre el costado de su majestuosa yegua gris.
Pero nada se comparaba con la belleza de su rostro en forma de corazón.
Tenía las mejillas sonrosadas por la suave brisa que soplaba por el parque. Sus labios anchos y carnosos se curvaron en una sonrisa seductora, e incluso desde aquella distancia, Brian pudo ver un destello decidido en sus ojos azules.
Su entusiasmo por la vida era contagioso, y se lo había pegado.
Sus miradas se cruzaron, y ella se inclinó hacia delante sobre su montura antes de hacer otro ligero gesto de asentimiento.
Brian le devolvió el gesto y luego señaló hacia un sendero menos transitado a su derecha. Esperó a que ella se desviara y luego giró su montura en la misma dirección. Minerva pronto lo adelantó, y su risa lo revitalizó mientras él impulsaba a su caballo a un galope rápido.
Sin duda, varias personas se habían fijado en la pareja que se alejaba al galope de Rotten Row.
Sin embargo, a la velocidad a la que iban, sería difícil reconocerlos.
Brian alcanzó a Minerva, pero ninguno de los dos aminoró el paso.
Cabalgaron a toda velocidad por el sendero hasta llegar a la zona más desolada del parque.
Tiró de las riendas y giró su montura hacia ella. La alegría en su rostro le cortó la respiración, y cualquier cosa que estuviera a punto de decir se le olvidó.
—¿Crees que alguien nos habrá reconocido? —preguntó Minerva, con voz risueña.
Brian, que seguía tratando de recuperar el hilo de sus palabras, se limitó a negar con la cabeza, indicando que no creía que fuera así.
—Mi mozo de cuadra sin duda me estará buscando. Probablemente esté intentando seguirnos en este mismo momento. —Sonrió y se encogió de hombros con delicadeza—. Apostaría a que nos queda poco tiempo antes de que nos descubra.
Brian superó su momentánea falta de palabras y dijo:
—Entonces aprovechemos al máximo el tiempo que nos queda. —Desmontó y se dirigió hacia ella—. ¿Llevas pantalones debajo de esa falda?
—Por supuesto —respondió ella radiante—. Tenemos un mozo de cuadra que es más o menos de mi talla.
Brian le puso las manos en la cintura y la ayudó a bajarse del caballo.
—¿Y cómo consiguió la señorita los pantalones del muchacho?
Brian arqueó una ceja con curiosidad.
—¿Cómo? Pues le soborné, por supuesto —desveló Minerva, con una risa grave y gutural que le provocó una oleada de alegría y anhelo.
—Espero que el precio no fuera demasiado alto.
Brian la bajó al suelo, pero no le soltó la cintura.
—Fue alto, sin duda, pero valió cada chelín. —Levantó la barbilla, clavando en él su mirada—. Pagaría cualquier cantidad por estar cerca de ti.
Sus mejillas se sonrojaron al admitirlo, pero mantuvo su mirada fija en él.
En ese momento, Brian se vio incapaz de ignorar la atracción que había entre ellos. Cedió al deseo que ella había despertado en él desde el momento en que la vio en Bond Street y presionó sus labios contra los de ella.
Minerva respondió a su beso con un ansia similar. Le rodeó los hombros con los brazos y le hundió los dedos en el pelo de la nuca mientras él presionaba sus labios contra los de ella.
Cuando ella abrió la boca para él, una oleada de añoranza mezclada con un feroz deseo de protegerla le invadió, a punto de hacerle perder el equilibrio. Brian se apartó, un poco alarmado por aquellas sensaciones desconocidas.
—Será mejor que te subas al caballo antes de que nos descubran.
Sus palabras salieron roncas.
—¿Quién eres?
Ella lo miró fijamente, con los ojos ardientes de deseo.
Brian sintió un pequeño tirón en la solapa y bajó la vista. Minerva estaba jugando con el pin del Wicked Earls’ Club. ¿Cuándo había llevado la mano a su solapa?
—Un conde, sin duda —continuó ella—, pero, ¿cuál es tu título?
Él carraspeó.
—¿Cómo lo has deducido?
Ella sacó la lengua, humedeciéndose los labios carnosos. Brian estuvo a punto de derrumbarse. Tragó saliva.
—Mi hermano solía llevar este mismo pin. Es el símbolo del Wicked Earl’s Club. —Deslizó los dedos sobre la W dorada del pin mientras buscaba su mirada—. ¿Quién eres?
—Me llamo Brian Kennington. No te he mentido. Pero también soy el quinto conde de Connlee.
—El conde de la seducción —susurró ella.
Él esbozó una sonrisa pícara.
—Así me han llamado.
—¿Y no te da vergüenza? —preguntó ella, pero no se apartó.
Él apartó la mirada por un momento, ordenando sus pensamientos.
Quizás debería avergonzarse. Había dejado un rastro de actrices y viudas a su paso por Inglaterra.
Pero nunca había deshonrado a una dama, ni lo haría jamás.
Brian disfrutaba de la vida. Se esforzaba por vivir cada momento. No se arrepentía de nada.
Sacudió la cabeza.
—No veo ninguna razón por la que deba hacerlo.
La mirada de Minerva se volvió más seria y preguntó:
—¿Estoy a salvo contigo?
Su pregunta le debilitó y le provocó una nueva oleada de instinto protector. No sabía decir por qué, pero ella era importante para él. Brian se preocupaba por ella y hablaba en serio cuando había dicho aquello. Alargó la mano y le acarició las mejillas sonrojadas con los dedos.
—Siempre. Siempre estarás a salvo conmigo.
Observó cómo varias emociones parecían pasar por sus ojos antes de que estos adquirieran una ternura indiscutible. Ella asintió con firmeza y luego dijo:
—Confío en ti. Ahora ayúdame a montar.
Él le tomó la mano y la llevó hasta su caballo. Si iba a montar a horcajadas, necesitaba una silla de montar adecuada; por lo tanto, tenía que montar su semental.
—Crusader es un buen caballo. Está bien entrenado y responde con facilidad. Solo tienes que montar con mano firme —le indicó.
Minerva asintió y se subió las faldas hasta la cintura, dejando al descubierto los pantalones de montar que llevaba debajo, los cuales revelaban sus piernas bien torneadas y su trasero perfectamente redondeado.
A Brian se le secó la boca y, una vez más, se quedó sin palabras. En lugar de intentar hablar, la tomó por la cintura y la subió a su silla de montar.
El orgullo se apoderó de él cuando ella se sentó y tomó las riendas.
Parecía tener un talento natural. Eso fue hasta que Crusader se movió, haciendo que el trasero de Minerva rebotara de forma muy seductora en la silla.
Su anatomía masculina lo notó, endureciéndose contra los pantalones.
Aun así, el golpe seco de su trasero contra la silla no era nada adecuado para montar.
—Sujétate empujando los pies contra los estribos hasta que tu trasero quede suspendido justo por encima de la silla —le gritó.
Ella hizo lo que le indicó; su postura se volvió perfecta mientras Crusader caminaba en un círculo lento.
—¿Puedo ponerlo al galope? —gritó, con asombro y alegría reflejado en su rostro—. Quiero sentir el viento en la cara.
Brian asintió. No podía negárselo.
—Pero no te alejes mucho. Solo un galope rápido —gritó él mientras ella giraba a Crusader hacia el camino por el que habían llegado.
Galopó solo unos cientos de metros antes de que Crusader se encabritara. A Brian se le encogió el corazón al oír su grito mientras salía disparada de la silla. Corrió hacia ella, con el corazón latiéndole con fuerza por el miedo. Podría haberse hecho daño, podría haberse roto el cuello.
No le quitó la vista de encima mientras se esforzaba por correr más rápido. Ella yacía en el suelo, inmóvil.
—Minerva —gritó—. Ya voy, Minerva.
Cuando llegó a su lado, se arrodilló junto a ella y le puso la mano en el pecho.
Gracias a Dios, respiraba.
—Minerva, ¿me oyes? ¿Estás bien?
Su risa le envolvió cuando abrió los ojos.
—Perfectamente. Mejor que bien. De hecho, nunca me he sentido más viva.
Brian le pasó las manos por lo hombros y las bajó por los brazos, palpando para ver si estaba bien.
—¿Te duele algo?
Ella se incorporó para sentarse. Puso sus manos en el rostro de Brian.
—Estoy perfectamente. No te preocupes —dijo.
El alivio le invadió al mirar hacia Crusader, que había regresado al claro y ahora pastaba en la abundante hierba verde a sus pies.
—¿Qué demonios ha pasado? ¿Qué ha asustado al caballo? —le preguntó a Minerva.
Ella apretó los párpados por un instante y luego giró la cabeza.
—Nos han descubierto —dijo, con una voz que apenas superaba un susurro.
Brian se volvió para mirar en la misma dirección y vio a su mozo de cuadra corriendo hacia ellos.
—Maldita sea —maldijo.
—Ayúdame a levantarme antes de que llegue. —Ella se limitó a reírse aún más fuerte—. Voy a asistir a la fiesta en el jardín de la duquesa de Hathaway.
—Entonces yo también acudiré.
Las palabras salieron de su boca antes de que tuviera tiempo de pensarlas. Si no tenía cuidado, la gente pensaría que la estaba cortejando.
Y, de alguna manera, no le importaba.