El conde de la seducción (El Club De Los Condes Picaros nº 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

—Necesito que me cubras —imploró Minerva a Carstine, mirándola fijamente. Se había pasado la mayor parte de la noche anterior pensando en una manera de poder encontrarse con el señor Kennington. Brian. Lord… de lo que fuera.

Nada de eso encajaba del todo, pero no tenía ni idea de cuál era su título ni siquiera de qué rango ocupaba entre la nobleza. Por el momento, prefería no saberlo. Eso hacía que fuera como una aventura y le daba un cierto aire clandestino a sus interacciones.

—¿Cubrirte, por qué? —preguntó Carstine.

Minerva se mordió la comisura del labio inferior por un momento mientras reunía valor.

—Me apetece dar un paseo… sola.

—¿Por qué? —preguntó Carstine.

Minerva le dedicó una brillante sonrisa a su cuñada.

—Por nada en realidad. Nada importante. Solo quiero tener un poco de tiempo para mí misma. —Minerva intentó una vez más convencer a Carstine sin contárselo todo—. Solo necesito que le digas a mi madre y a Blake que me duele la cabeza.

Carstine observó a Minerva, con sus ojos verdes llenos de sospecha.

—Y mientras ellos creen que estás encerrada en tu habitación, ¿dónde estarás? ¿Qué vas a hacer?

—Voy a ir Hyde Park, para aprender a disparar una pistola.

Minerva hizo todo lo posible por parecer indiferente.

Carstine se puso las manos en las caderas y miró fijamente a Minerva.

—Ni hablar. Tu hermano es mi marido. No voy a engañarle. Además, eso arruinaría tu reputación. De todas las ideas locas…

Minerva suspiró y apretó los ojos con fuerza.

—Muy bien, olvida lo que he dicho.

—¿Para que puedas escabullirte y echar a perder tu reputación? No lo creo.

La frustración se apoderó de Minerva, que se giró y se acercó a la ventana para contemplar la mañana. Quizá Carstine tuviera razón, pero a Minerva no le importaba. Anhelaba la aventura y, por primera vez en su vida, alguien estaba dispuesto a dársela.

Además, ¿no le había prometido que la protegería?

El corazón de Minerva se alegró al recordarlo y se volvió hacia Carstine.

—No tienes motivos para preocuparte. Me prometió que se casaría conmigo si nos descubrían.

—¿Un caballero?

Carstine arqueó una ceja con curiosidad.

Minerva asintió con la cabeza con firmeza.

—Sí, un caballero. Le conocí en el baile y, mientras bailábamos le dije que estaba interesada en aprender a disparar. A diferencia de Blake, el señor Kennington se ofreció a enseñarme.

—¿El señor Kennington? —Carstine la miró con curiosidad en los ojos—. Nunca he oído hablar de él.

Minerva hizo un gesto de indiferencia con la mano.

—Pertenece a la nobleza y me lo paso muy bien con él. —Sonrió esperanzada antes de continuar—. Me gusta mucho, Carstine. Y quiero verle. No pasará nada. El parque está prácticamente vacío a estas horas de la mañana, y te aseguro que es un caballero.

—Eso lo juzgaré yo —dijo Carstine—. ¿A qué hora habéis quedado?

—A las nueve de la mañana.

—Perfecto. Dame diez minutos para prepararme.

—¿Y me vas a guardar el secreto?

—Tienes mi palabra. —Carstine se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo—. Siempre y cuando sea de verdad un caballero.

Minerva asintió. No le parecía ni mucho menos perfecto, pero al menos llegaría a tiempo a la cita. Y lo que era más importante, ni su madre ni Blake se enterarían de nada.

Poco después, Minerva paseaba por el Serpentine, con Carstine a su lado.

Tal y como había previsto, el parque estaba desierto de lores y damas, aunque había varias personas deambulando por allí.

Niñeras con niños pequeños a cuestas, alguna que otra pareja de clase baja deambulando y hasta algunos vendedores ambulantes.

Nadie parecía prestarles mucha atención, y Minerva se alegró de ello mientras echaba un vistazo a su alrededor en busca de Brian. La mañana era luminosa; el sol bañaba el parque, lo que le hacía entrecerrar los ojos a pesar de la sombra que proyectaba su sombrero.

—Buenos días, preciosa —su voz la envolvió.

Se giró y una brillante sonrisa se dibujó en sus labios al verlo.

—Cuidado, te estás sonrojando —dijo Carstine, con un tono burlón en la voz.

Minerva sintió el calor en las mejillas, pero no le importó. Sin una pizca de vergüenza, respondió:

—Buenos días.

Luego comenzó a caminar hacia él. Él parecía aún más magnífico bajo el sol de la mañana. Su tez morena contrastaba con la luz del día. Unos pantalones ajustados ceñían sus muslos musculosos y su gran abrigo se ajustaba a sus hombros anchos y a su cintura estrecha.

Debía de ser una pagana por fijarse en esas cosas, pero no podía evitarlo. Ni tampoco quería dejar de hacerlo. Él era un ejemplo maravilloso de hombre. Nada que ver con la mayoría de los caballeros que conocía. Sin duda alguna, pertenecía a una categoría propia y solo un tonto no se daría cuenta.

Cuando estaban lo suficientemente cerca, Brian le tomó la mano y se inclinó sobre ella para besar sus nudillos. Al enderezarse, se encontró con su mirada, y el corazón de ella se aceleró. Ni siquiera pudo apartar la mirada para presentar a Carstine. En lugar de eso, se limitó a decir:

—Permíteme que te presente a mi cuñada. Puedes dirigirte a ella como condesa.

Brian soltó la mano de Minerva y se volvió hacia Carstine.

—Es un placer conocerla, condesa.

Carstine esbozó una leve sonrisa.

—Igualmente, lord…

Entrecerró los ojos mientras esperaba a que él completara la frase.

—No veo necesidad de tanta formalidad. Llámeme Kennington —dijo él, con un tono que no admitía réplica.

Minerva se emocionó al escuchar sus palabras. Y por el hecho de que hubiera conseguido presentar a Carstine sin revelar su nombre. Con el tiempo le gustaría saber exactamente quién era su aventura, y que él también conociera su identidad, pero aún no.

—Muy bien. —Carstine sonrió—. Es un placer conocerle, Kennington.

—¿Es escocesa? —preguntó él.

—Sí —confirmó ella.

—¿Vamos? —El hombre le tendió el brazo a Minerva y ella le pasó la mano por el codo. Mientras la guiaba hacia un grupo de árboles, volvió la cabeza hacia Carstine—. Tengo un tío que vive en las Highlands. ¿De qué parte es usted?

—De Inverness. Quizá le conozca —dijo Carstine, con tono emocionado.

Minerva escuchó su conversación mientras disfrutaba de la cercanía de Brian. Resultó que Carstine sí conocía a su tío y, mientras los dos conversaban, Minerva notó que el comportamiento de su cuñada se suavizaba.

Cuando se detuvieron en un claro, bien lejos del ajetreo del parque, Minerva soltó su brazo con gran renuencia. Podría haber paseado a su lado todo el día y no se habría quejado. Pero, claro, estaba allí por una razón.

Se apartó un rizo rebelde de la frente y preguntó:

—¿Vamos a disparar ahora?

Él sonrió, luego se abrió el abrigo y sacó una pistola de su interior.

—Pensé en traer una pistola de damas, pero no pude conseguir una a tiempo. Esta es mi propia pistola de doble cañón y chispa. Te aseguro que es muy superior a una pistola de damas.

—Sin duda —dijo Carstine mientras se acercaba para inspeccionar el arma.

Minerva se emocionó al ver la pistola. Tenía un diseño intrincado y las partes metálicas brillaban a la luz del sol que se filtraba entre los árboles. La emoción bullía en su interior mientras preguntaba:

—¿Puedo cogerla?

—Vas a tener que hacerlo si vas a dispararla —bromeó él, y luego se puso serio—, pero primero debes aprender la forma correcta de sujetarla.

—¿Está cargada? —preguntó Minerva.

—Sí —respondió él.

Carstine interrumpió, preguntando:

—¿A qué vais a disparar?

Brian señaló con la cabeza hacia la distancia, donde había un árbol caído. Una hilera de botellas de cristal se alineaba junto al tronco.

—Vamos a disparar a las botellas. —Sonrió—. ¿Quiere disparar usted también?

—No, yo me quedaré descansando allí —dijo mientras señalaba con la cabeza hacia un trozo de césped a varios metros detrás de ellos—, y observando.

Minerva vio cómo Carstine se alejaba. Había esperado que Carstine les concediera al menos un mínimo de intimidad y se alegró muchísimo de que así fuera.

Brian se colocó detrás de Minerva, su pecho duro presionando contra su espalda mientras la rodeaba con los brazos.

—¿Estás lista, preciosa?

Su aliento le hacía cosquillas en la mejilla.

—Yo… Sí.

No sabía cómo había conseguido hablar, porque en ese momento estaba demasiado nerviosa.

Él le puso la pistola en la mano y luego le levantó la otra mano para ayudarla a estabilizar el arma. Con sus manos guiando las de ella, Minerva levantó la pistola.

—¿Ves la mira? Esas piezas de metal que sobresalen de la parte superior de la pistola.

—Sí —dijo Minerva, haciendo todo lo posible por concentrarse en la pistola en lugar de en el calor que irradiaba entre ellos.

—Cierra un ojo y mira entre ellas. Mueve la pistola hasta que tengas una botella alineada entre ellas.

Minerva se concentró, miró por la mira y movió la pistola muy ligeramente hasta que vio una botella entre las piezas de metal.

—¿Disparo ahora?

—Calma —dijo él con una risita—. Tiene el seguro puesto.

—¿El seguro? —preguntó ella.

Él extendió la mano y deslizó una pequeña pieza redonda en la pistola.

—Evita que se dispare accidentalmente.

—Ah —dijo ella, reajustando la mira.

—¿Entonces ya puedo disparar?

Él le colocó el dedo en el gatillo y luego dijo:

—Apriétalo.

Bang.

Minerva se emocionó con el ruido del disparo y luego aún más al ver que la botella a la que había apuntado se hacía añicos.

—¡Lo he conseguido! —exclamó ella.

—Tienes un talento natural —la elogió él—. Queda un disparo más en la pistola, ¿quieres volver a intentarlo?

Minerva asintió, con una amplia sonrisa dibujada en los labios y el corazón latiéndole con fuerza.

—Todo lo que tienes que hacer es esperar el momento adecuado y disparar. Pero ten cuidado, esta vez el seguro no está puesto. La soltó y dio un paso atrás.

Minerva centró toda su atención en la tarea que tenía entre manos. Tras apuntar a otra botella, respiró hondo y apretó el gatillo.

Bang.

Otra botella se hizo añicos tras el disparo.

—Esto es tan emocionante. ¿Podemos recargar y disparar más? —preguntó, girándose hacia él con la pistola en alto, dibujando un arco con la pistola.

—Ten cuidado —dijo él, quitándole el arma—. Podrías herir a alguien.

—No seas ridículo. Está vacía. —Se acercó y le quitó el arma de la mano—. ¿Puedes recargarla?

—Haría cualquier cosa por verte disfrutar, preciosa. Estás radiante cuando te emocionas.

Sus mejillas se sonrojaron.

—Eres un ligón irremediable —le reprendió.

—No puedo evitarlo cuando estoy en compañía de una dama tan encantadora —dijo él, mientras recuperaba la pistola—. Dame unos minutos y luego podrás disparar.

Después de que Minerva disparara dos rondas más, le devolvió la pistola a regañadientes.

—Siento decir que nos tenemos que ir.

No deseaba que su aventura llegara a su fin. Pero si se entretenían mucho más, su madre empezaría a preocuparse.

—No pongas esa cara de desánimo. Tu aventura aún no ha terminado —dijo él.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo sabías lo que estaba pensando?

Él cogió un mechón de su pelo y se lo enrolló en el dedo.

—Me contaste tu lista escandalosa de cosas por hacer.

Le guiñó un ojo.

Minerva le dio un golpecito juguetón en el hombro.

—Granuja.

Patrick se rio entre dientes.

—Estaba pensando que podríamos ir a montar a caballo mañana. Ponte unos pantalones debajo del vestido y trae a un mozo de cuadra como chaperón. Te enseñaré a montar a horcajadas.

—Si alguno de los mozos de cuadra de mi familia me viera haciendo algo así, se lo contaría inmediatamente a mi hermano.

—Nadie te verá porque, una vez que llegues al parque, te desharás de tu mozo de cuadra.

Ella miró a Carstine y luego volvió a mirarlo a él.

—Creo que eso funcionará. ¿A qué hora debo llegar y dónde te encontraré?

Él le soltó el pelo y luego le ofreció el brazo cuando Carstine se dirigió hacia ellos.

—A la hora del paseo, en Rotten Row.