El conde de la seducción (El Club De Los Condes Picaros nº 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

¡Brian Kennington, quinto conde de Connlee, sin duda había perdido la cabeza! Era un soltero empedernido. Orgulloso de ser miembro del Wicked Earl’s Club, y había jurado no casarse nunca. Sin embargo, acababa de prometer casarse con aquella dama si fuera necesario.

¿En qué demonios estaba pensando?

Una sola mirada lo dejó todo claro. Le robaba el aliento, le calentaba la sangre, le inspiraba y le intrigaba. No podía evitar estar en su presencia. Y cuando ella hablaba, se sentía cautivado. Quería darle la aventura que ella ansiaba.

Esa era precisamente la razón por la que se había subido a su carruaje hacía tantos meses. Había sido un flechazo. Brian la había visto salir de una tienda y no pudo resistir el impulso de conocerla. Luego, su reacción cuando él se subió a su carruaje no hizo más que cautivarle aún más.

Ella no había gritado como lo haría la mayoría de las damas. No es que no mostrara ni una pizca de miedo, ya que era cautelosa, pero no permitía que se notara abiertamente. Mantenía la cabeza alta y se enfrentaba a él con una fuerza de acero.

Eso la hacía aún más atractiva, y él supo aquel día que tendría que volver a verla. Su único problema: no sabía quién era. Para complicar aún más las cosas, él evitaba los eventos sociales y, sin duda, ella era una dama.

Brian sabía que, si quería volver a verla, tendría que dejarse ver en bailes y eventos similares. Y había acertado, porque allí estaba ella.

Y ahora que la había encontrado, ya no necesitaba el baile y solo quería escapar de él. Con ella a su lado, por supuesto. Con paso decidido, la llevó a través de las puertas francesas abiertas y hacia la terraza de mármol.

El aire nocturno le emocionó aún más mientras la guiaba por la zona del jardín iluminada por antorchas. Un velo de oscuridad les ocultó cuando se detuvieron.

—Quítate los zapatos—dijo él.

—No puedo —protestó Minerva, aunque se dibujó en sus labios una amplia sonrisa.

Brian arqueó una ceja.

—¿No puedes o no quieres?

Ella extendió un pie, asomando el zapato por debajo del dobladillo de su vestido azul claro.

—No puedo.

Él se agachó y le agarró el pie.

—Entonces déjame a mí.

Ella se rio mientras él le quitaba el zapato y luego levantó el otro pie para que él pudiera repetir la acción. Cuando Brian terminó de descalzarla, se encontró con su cautivadora mirada azul.

—Si queremos hacerlo bien, también debo quitarte las medias.

—Estás loco —dijo ella con una risita.

—¿Loco? —preguntó él—. ¿Cómo se puede bailar descalzo sobre la hierba si no se quitan las medias? —añadió con un tono ligero y despreocupado.

—Hmm —dijo ella, frunciendo los labios—. Entiendo lo que quieres decir. —Levantó la mirada hacia el cielo repleto de estrellas—. Sin embargo, sería muy escandaloso si te permito hacer eso.

—Muy bien —dijo él mientras se ponía de pie—. Me quitaré los calcetines mientras reflexionas sobre el dilema. —Brian se quitó los zapatos y luego los calcetines. —Una vez hecho esto, frotó sus pies descalzos contra la exuberante hierba—. Se siente salvaje.

La sonrisa de Minerva se iluminó mientras sus ojos brillaban con anhelo. Caminó unos pasos hasta un banco de mármol y se sentó.

—Date la vuelta y me quitaré las mías.

Él hizo lo que ella le pidió. Su pulso se aceleró ante la imagen de ella con las faldas remangadas y las manos sobre los muslos.

Imaginó que tenía una piel sedosa y cálida, y ansiaba tocarla él mismo.

Aun así, no la había llevado hasta allí para aprovecharse de ella.

Lo había hecho con el deseo de darle la experiencia que ella anhelaba.

Se comportaría. Debía hacerlo, porque no tenía intención de casarse.

—Ya está —dijo ella.

Brian se volvió hacia ella y le tendió una mano.

—¿Me concedes este baile?

Ella adoptó una expresión seria y puso su mano en la de él.

—Será un honor.

La atrajo hacia sí y, por un instante, se le cortó la respiración.

Estaba deslumbrante, y bajo la superficie se escondía una naturaleza salvaje que suplicaba ser satisfecha.

Recobrando sus sentidos, comenzó a tararear una melodía sencilla.

La guio en los primeros pasos del baile, haciéndola girar y acercándola de nuevo a él.

—¿Cómo se siente… la hierba bajo tus pies?

Minerva bajó la mirada hacia el suelo entre ellos y luego volvió a mirarlo.

—Es maravilloso. Suave, frío y hace un poco de cosquillas. —Respiró hondo—. Me siento libre.

—Tienes un aire salvaje. Hermoso, pero salvaje —dijo él—. Como una niña que se ha escapado de su niñera. Tengo que decir que te queda muy bien.

Ella se echó a reír, y el sonido de su alegría los envolvió antes de desvanecerse en la noche.

—¿Sabes? Creo que nunca me había divertido tanto.

—Es una lástima, sin duda, y debemos rectificar la situación —dijo él, con la boca cerca de su oído—. Quedemos mañana.

—¿Dónde? —preguntó ella, sin un atisbo de reserva en el tono.

Él pensó un momento y luego dijo:

—Hyde Park. Cerca del Serpentine.

Al ver que ella no respondía, la inclinó hacia atrás. Su mirada se clavó en la de ella.

—¿Vendrás? —Los labios de Minerva temblaron como si intentara ocultar una sonrisa, pero no dijo nada—. Di que sí. Te prometo que no te arrepentirás. —La hizo girar y luego la atrajo hacia sí. Mirándola profundamente a los ojos, dijo—: No dejes que nuestra aventura termine aquí.

Ella perdió la batalla, y una brillante sonrisa iluminó su rostro.

—Muy bien, me has convencido.

La acompañó al banco para que pudiera ponerse las medias y los zapatos.

—Ve allí al amanecer.

—No puedo. Mi madre y mi hermano sospecharían mucho —dijo Minerva, frunciendo los labios—. Tengo visitas matutinas, y luego…

—Seguro que se te ocurre algo —la interrumpió él—. Tiene que ser temprano si queremos disparar pistolas.

Ella recogió sus medias, luego se detuvo, frunciendo el ceño pensativa.

—Quizá podría decir que me duele la cabeza. O, tal vez, decir que he quedado a desayunar con una de mis amigas. —Se mordió el labio inferior—. Se me ocurrirá algo. Se me da bastante bien hacer planes.

—No me sorprende en absoluto —dijo él, mientras le daba la espalda para que ella pudiera ponerse las medias. Se entretuvo buscando los zapatos de Minerva mientras esperaba.

—Ya estoy lista.

Se giró y la vio con un pie en alto. Sonrió al acercarse.

—¿Te queda bien el zapato? —bromeó mientras le sostenía el talón con la mano y le colocaba los dedos en el zapato de satén.

Ella se rio, y aquel dulce sonido le llegó directamente al corazón. Se sentía reacio a llevarla de vuelta al baile y deseó con todas sus fuerzas que llegara la mañana. Antes de ponerle el otro zapato, le preguntó:

—¿Me das tu palabra de que estarás en el parque mañana por la mañana?

—Tienes mi palabra.

Ella sonrió, y sus ojos brillaron con determinación.