El conde de la seducción (El Club De Los Condes Picaros nº 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Tres meses después

Minerva se quedó a mitad de la frase, sin aliento al verlo.

Un caballero alto y de hombros anchos, cabello caoba y ojos oscuros penetrantes, cruzaba con paso firme el salón de baile.

Era él. Su aventura. Había soñado con él a menudo, lo había buscado sin cesar y, después de tres largos meses, había llegado a la conclusión de que, efectivamente, se había vuelto loca.

Pero allí estaba.

Tragó saliva con dificultad antes de recuperar el habla. Sin apartar la mirada del hombre, dijo:

—Discúlpame.

—¿Pasa algo? —preguntó su madre.

—En absoluto. —Minerva buscó una excusa para alejarse de su madre—. He visto a Carstine y me gustaría hablar con ella, eso es todo.

—Muy bien, querida.

Su madre asintió con la cabeza en señal de aprobación.

Minerva se dirigió hacia la mesa de refrigerios donde se encontraba en ese momento su aventura.

Esta vez no permitiría que se le escapara.

Por lo menos hasta que supiera su nombre.

Se abrió paso entre grupos de damas charlando y parejas paseando, antes de pasar entre dos helechos y rodear una estatua de mármol.

Al llegar a la mesa de refrigerios, cogió una copa de ratafía y se colocó cerca del extremo de la mesa, junto a su aventura. Minerva dio un sorbo a la bebida dulce y luego le miró.

Luchó contra el impulso de sonreír cuando el plan de captar su atención funcionó. En lugar de eso, simplemente se llevó la copa a los labios mientras mantenía su mirada fija en él. Se sentía audaz. Él la atraía y ella se deleitaba con esa sensación de peligro.

Él extendió una mano mientras hacía una reverencia.

—¿Me concede este baile?

«Sí», gritó su mente, pero su boca tenía otros planes, y dijo:

—Me temo que no nos han presentado debidamente.

Él la miró fijamente con sus ojos oscuros, estudiándola.

—¿Y va a permitir que algo así se interponga en su camino? —Hizo un sonido de desaprobación—. Me cuesta creerlo. Sobre todo después de la forma en que se ha acercado a mí hace un momento.

Ella se giró mientras se le sonrojaban las mejillas, dio otro sorbo a su ratafía y luego dejó la copa sobre la mesa.

—Baile conmigo, preciosa —dijo él, con voz aterciopelada y demasiado cerca de su oído.

Un escalofrío de emoción recorrió a Minerva mientras, en silencio, agarraba su brazo. Él la llevó a la pista de baile mientras el cuarteto entonaba un vals. Cada nervio del cuerpo de Minerva se estremeció cuando el caballero la tomó en sus brazos.

Durante largos minutos, ella simplemente disfrutó del baile. Se deleitó con la sensación de sus musculosos brazos rodeándola y con su aroma masculino envolviéndola. Su corazón se aceleró al encontrarse con su mirada.

—He llegado a pensar en usted como mi aventura.

Él esbozó una sonrisa pícara.

—Me gusta bastante ser una aventura.

Los labios de Minerva se curvaron en una sonrisa mientras él la hacía girar por la pista de baile.

—¿Cómo se llama? —preguntó ella, con voz entrecortada.

—Me llamo Brian Kennington. —Él acercó su rostro al de ella—. ¿Y cuál es el suyo, preciosa?

—Me gusta bastante lo de preciosa —dijo mientras un calor recorrió su pecho al admitirlo—, pero me llamo Minerva Fox.

Algo brilló en los ojos oscuros del hombre, un momento de vacilación o indecisión.

No podía estar segura de nada más que de que la alegría le había abandonado.

¿La conocía? ¿Quizás conocía a su familia?

En cualquier caso, ella tenía preguntas y estaba disfrutando demasiado de su compañía como para que su aventura terminara ya.

Le miró fijamente a los ojos y preguntó:

—¿Por qué se metió en mi carruaje?

—Me temo que arruinaría su aventura si le respondiera. —La hizo girar de nuevo antes de llevarla de vuelta a través de la pista de baile—. Parece ansiar la aventura.

—Así es…

Sus palabras se apagaron mientras se le sonrojaban las mejillas.

Apenas podía creer que hubiera pronunciado esas palabras.

Minerva llevaba mucho tiempo ansiando la aventura.

Era precisamente ese deseo el que había dado lugar a la mayoría de sus ideas descabelladas y sus intromisiones.

Y, sin embargo, nunca había vivido realmente una aventura.

Hasta ahora.

Ella le sonrió radiante, superando la vergüenza por su deseo de vivir el momento.

—Quiero montar a caballo a horcajadas, bailar en una fuente, disparar una pistola… —Apartó la mirada—, quiero andar descalza por la hierba, bailar bajo la lluvia y besar a un desconocido. —Su pulso se aceleró al confesarlo todo y, por primera vez, se sintió libre—. Debe de pensar que soy lo peor.

—Creo que es usted de lo mejor —dijo él, con voz sedosa y grave. Le cogió la mano y la sacó de la pista de baile.

Minerva le lanzó una mirada curiosa cuando él la llevó hacia las puertas de la terraza en lugar de hacia su madre.

—¿Qué está haciendo?

—Empezando su próxima aventura.

Un momento de pánico se apoderó de ella. Una cosa era expresar sus deseos, pero esto… Llevarlos a cabo de verdad… con él.

—No puedo.

El hombre no vaciló ni un instante mientras la miraba a los ojos.

—Claro que puede.

—Arruinaré mi reputación —protestó ella, pero no hizo ningún movimiento para detener sus pasos.

Él esbozó una sonrisa pícara y juvenil. De esas que un niño travieso usaría para convencer a sus amigos de que le siguieran en sus travesuras. Minerva se emocionó al ver el desafío reflejado en su rostro. Podría quedarse con él. Podría dar rienda suelta a sus caprichos.

Pero, ¿y las consecuencias? ¿Estaba dispuesta a arriesgarse a las posibles repercusiones? ¿Podría su reputación soportar un pequeño escándalo?

Respiró hondo y se detuvo en seco. En esto no podía ser egoísta.

—Lo siento, pero no puedo. A las mujeres no se nos perdonan fácilmente nuestras transgresiones y tengo que pensar en más personas además de mí misma.

—Le dolía negarse. Aun así, sabía que era lo correcto—.

El salón de baile está lleno de gente. Si alguien se diera cuenta de que huimos juntos… Mi familia sufriría casi tanto como yo.

Él la miró fijamente a los ojos, su mirada oscura se suavizó, y le dijo con un tono más cercano:

—Tus ojos desmienten tus palabras.

—No es cierto.

La comisura de su boca se curvó hacia arriba.

—Si nos descubren, me casaré contigo. Ahora date prisa.

La incitó a moverse.

El corazón de Minerva se aceleró y sus pies se movieron por voluntad propia.

¡Que el cielo la ayudase! Ese hombre, esa aventura, la emocionaba más que nada que hubiera hecho antes. ¿Cómo podía negarse?