El conde de la seducción (El Club De Los Condes Picaros nº 3)
© inepub.com
Capítulo 1
Lady Minerva Fox esperaba impaciente en el carruaje a su cuñada Carstine. Las dos habían ido de compras a Bond Street toda la tarde, y Minerva estaba agotada. Se recostó en el asiento y jugueteó con el dobladillo de su pelliza. ¿Por qué tardaba tanto Carstine?
Un minuto más y Minerva tendría que ir a buscarla. Por Dios, Carstine llevaba al menos treinta minutos en la tienda de telas. A nadie le debería llevar tanto tiempo comprar encaje. Sobre todo cuando tenían claro lo que querían al entrar.
Justo cuando Minerva decidió ir a buscar a Carstine, se abrió la puerta del carruaje.
—¿Por qué has tar…?
Sus palabras se detuvieron al ver al hombre que subió. Un hombre alto, moreno e increíblemente guapo. Debería gritar. Llamar al cochero para que la ayudara de inmediato.
Y, sin embargo, se limitó a mirarle fijamente.
Contempló al hombre descaradamente, devorando con la mirada cada centímetro de él, desde su cabello caoba oscuro y su nariz aristocrática hasta sus hombros anchos y sus muslos musculosos.
La mayoría de esas cosas a las que una joven bien educada no debería prestar atención.
Pero, ¿cómo se podía ignorar a un ejemplar tan magnífico?
Antes de que pudiera recuperar el sentido, él cerró la puerta del carruaje y se acomodó en el asiento frente a ella.
—Buenos días, señora —dijo él, esbozando una sonrisa juvenil.
Era el tipo de sonrisa destinada a desarmar a quienes la contemplaban, y Minerva no podía negar lo bien que funcionaba, porque le devolvió la sonrisa.
—Creo que se ha equivocado de carruaje —dijo ella.
Él apoyó las manos en las rodillas y se inclinó hacia delante.
—Al contrario, estoy exactamente donde quiero estar.
¿Estaba chiflado? ¿Quizá estaba borracho? No podía afirmarlo con certeza. En cualquier caso, algo no cuadraba. Le devolvió la mirada, fijándose directamente en sus profundos ojos marrones, y levantó la barbilla.
—Eso no puede ser, este es mi vehículo y no le conozco.
La sonrisa del hombre se amplió, adquiriendo un aire de libertino.
—Ah, sí, pero debería.
—¿Debería qué? —preguntó ella, con cautela en el tono.
—Debería conocerme.
El hombre rebosaba confianza y masculinidad. Ambas cualidades la intrigaban, pero era imposible ignorar lo inapropiado de la situación. Por no hablar del peligro en el que podría encontrarse. Minerva se deslizó hacia la puerta del carruaje, sin apartar la mirada de él.
—Debo insistir en que se marche. Mi acompañante regresará en cualquier momento y esto, señor, es de lo más inapropiado.
—Por supuesto —dijo él con tono holgazán mientras también se deslizaba hacia la puerta del carruaje—. No querría causar un escándalo. De todos modos, no podía dejar pasar la oportunidad de pasar un momento en compañía de una mujer tan hermosa.
Minerva sintió cómo el calor le subía por las mejillas. Era bueno. Muy bueno, porque en ese momento ella ansiaba conocerlo mejor, casi más de lo que deseaba que se marchara. Tragó saliva y esbozó una pequeña sonrisa.
—Le agradezco el cumplido, y ahora debo insistir en que se marche. Si no lo hace, llamaré a mi cochero para que lo saque de aquí.
El hombre levantó una mano para detenerla. Una mano grande, de dedos largos y con un anillo de sello. Por su ropa de buena confección había supuesto que tenía dinero, pero no había sospechado que fuera un lord. Eso hacía que su comportamiento resultara aún más extraño.
Quizá estaba aburrido y buscaba un poco de diversión. Un joven que había salido a pasarlo bien o a apostar. La idea solo hacía que su situación fuera más precaria. ¿Y si la gente le veía entrar o salir de su carruaje?
¿Y quién demonios era él?
—No hay necesidad de exagerar —dijo él mientras abría la puerta del carruaje.
Qué descaro.
—¡Exagerar! No puede estar hablando en serio. Usted entró en mi carruaje sin que le invitara y ni siquiera me ha dicho su nombre. ¿Ahora me acusa a mí de exagerar?
—No se ponga tan nerviosa. Dije que me iba, y eso es lo que estoy haciendo. —Hizo una pausa y le dedicó otra sonrisa de mujeriego—. Aunque preferiría quedarme.
Minerva señaló la puerta.
—Fuera.
El hombre saltó al suelo y luego se volvió hacia ella con una mirada pícara, y dijo:
—Hasta que nos volvamos a ver, preciosa.
Cerró la puerta antes de que ella pudiera asimilar sus palabras.
Minerva exhaló profundamente mientras se recostaba en el asiento del carruaje. «Hasta que nos volvamos a ver». Nunca se habían visto antes. ¿Qué demonios le hacía pensar que volverían a verse? ¿Adónde había ido? ¿Y cómo demonios se llamaba?
Tenía que saberlo.
Minerva abrió la puerta del carruaje.
—Espere —gritó mientras miraba a su alrededor.
Demasiado tarde. Había desaparecido.
Y ahora había montado un espectáculo. Los transeúntes miraban en su dirección, mientras un trío de damas se volvía hacia ella.
Avergonzada, Minerva cerró los ojos y respiró hondo para tranquilizarse.
¿Alguna de aquellas personas le había visto salir?
Rezó para que no fuera así, pero entonces todos pensarían que estaba loca. ¿Cómo lo explicaría?
Abrió los ojos e hizo un gesto de desdén con la mano.
—Perdónenme. Me temo que me he dejado llevar por la emoción.
Se encogió dentro del carruaje y se cubrió el rostro con las manos.
Quizá estaba loca.
Minerva dio un respingo cuando se abrió la puerta del carruaje para dar paso a Carstine. No podía evitar sentirse nerviosa y, además, un poco avergonzada. Aun así, intentó actuar como si no pasara nada. Quizá su cuñada no había visto su pequeña escena.
Carstine se sentó frente a Minerva y luego ladeó la cabeza, observándola.
—¿Qué ha sido eso?
Minerva esbozó una sonrisa indiferente.
—No tengo ni idea de a qué te refieres.
Carstine entrecerró los ojos.
—Cuando salía de la tienda de telas he visto cómo te asomabas a la calle y gritabas a alguien que esperara.
—Ah, eso. —Minerva se encogió de hombros con desdén—. No ha sido nada.
—¿Nada? Y un cuerno —Carstine se sentó junto a Minerva mientras el carruaje arrancaba con una sacudida—. Las damas no se asoman por la ventanilla de los carruajes para gritar. Me imagino que tu madre tendría mucho que decir al respecto. Blake también, te lo aseguro.
Minerva enderezó la espalda y levantó la barbilla para mirar a Carstine a los ojos.
—Ni se te ocurra.
—Por supuesto que no. —Carstine parecía avergonzada, pero solo duró un momento—. Porque vas a contarme lo que ha pasado.
—Muy bien. Creí ver a alguien con quien no había hablado en bastante tiempo… una amiga del colegio, y quería hablar un poco con ella.
Carstine asintió.
—Entonces solo te voy a decir que si se presenta una ocasión así en el futuro, te aconsejo que la manejes de una manera más propia de una dama. Y rezo para que no aparezcas en la prensa sensacionalista mañana por la mañana.
—Sin duda —dijo Minerva encogida por la culpa. Rara vez mentía, y mucho menos a Carstine. Pero no podía decir la verdad. Se lo tendría que confesar todo, y Minerva no estaba preparada para compartir a su desconocido.
De hecho, nunca tuvo intención de contárselo a nadie. Prefería pensar en aquel hombre misterioso y tan apuesto como una aventura. Sí, eso era lo que era. Su propia aventura secreta. Y si alguna vez volvía a encontrarse con él…
La emoción la invadió ante esa perspectiva.
Se recostó y dejó volar su imaginación ante las posibilidades mientras el carruaje traqueteaba y se sacudía por las calles de Londres. Minerva llevaba mucho tiempo anhelando una aventura, y quizá ese fuera el comienzo de su viaje.
O de su ruina.