El conde de la seducción (El Club De Los Condes Picaros nº 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

Londres, Inglaterra

Baile de lady Hadley

No debería haberlos seguido. Debería darse la vuelta en ese instante y volver al baile. A pesar de que sabía lo que debía hacer, lady Louisa Breckenridge no pudo cumplirlo. Sobre todo al ver a su prometido acompañando a otra mujer de la fiesta. Tenía que descubrir lo que estaba haciendo, y por qué.

Louisa vio cómo la pareja doblaba una esquina del pasillo y contuvo las ganas de acelerar el paso.

Cuando llegó a la esquina, se apoyó en la pared y se asomó.

No vio a la pareja por ningún lado. Estaba convencida de que habían desaparecido tras una de las puertas del pasillo, así que salió de su escondite y se deslizó por él con cuidado de no hacer ningún ruido.

Cuando llegó a la quinta puerta, estaba a punto de rendirse.

Después de todo, no debería espiar a su prometido.

Si deseaba una unión amorosa, tenía que confiar en él.

Y lo hacía, al menos antes de verlo de paseo con una mujer atractiva ataviada con un vestido provocador, los labios pintados y el cabello ondulado.

Louisa se apoyó contra la pared y suspiró.

Era una locura. Un sentimiento de vergüenza le encogió el corazón mientras cerraba los ojos, e inhaló profundamente.

No quería ser una tonta celosa. Tampoco quería dañar su relación con lord Stone.

Se propuso olvidar su error y regresar al salón de baile, se enderezó y regresó por el pasillo.

Antes de que pudiera llegar al siguiente par de puertas, escuchó voces a su espalda.

—No puedes hablar en serio, Stephen. Una señorita ingenua nunca conseguirá captar tu atención.

—Quizá tengas razón —dijo lord Stone, su suave acento resonó por el pasillo.

—Claro que la tengo —susurró la voz femenina—. No me eches a un lado, cariño.

Los pies de Louisa se aproximaban a la conversación, a pesar de que su cabeza le decía que se marchara de allí.

La pesada puerta de roble estaba ligeramente entreabierta, evitando que huyera de la escena.

Se acercó conteniendo el aliento, y enseguida se llevó la mano enguantada a la boca.

Tenía a la mujer entre sus brazos. El cuerpo ella estaba pegado al de él.

—No te va a satisfacer como lo hago yo —dijo la mujer.

Lord Stone la miró.

—Dudo que alguien pueda.

—¿Entonces por qué quieres terminar nuestra relación?

A Louisa se le revolvió el estómago. ¿Cómo podía hacerle esto a ella? Sabía que era común que los hombres de la aristocracia tuviesen amantes, pero pensó que él era diferente.

Su prometido soltó a la mujer y dio un paso atrás.

—Tengo algo de honor, gatita. Voy a ser fiel a mi esposa.

La piel de Louisa ardió al escuchar el apelativo cariñoso que le había dicho a la mujer. No parecía un hombre que no estuviera interesado en lo que la mujer ofrecía. De hecho, que se hubiera recluido con ella era una prueba de su interés.

—Una vez dijiste que nunca te casarías.

La mujer acarició con el dedo la corbata de él y fue bajando hasta el pecho.

Él la agarró de la muñeca, pero no le quitó la mano.

—Mi deber es casarme y tener un heredero con mi esposa —dijo con voz suave—. Ha llegado el momento de que asegure el futuro de mi título de conde.

Louisa pensó que iba a vomitar. Hablaba de ella como si no fuera más que una vulgar yegua que ha comprado para la cría. Se le acumularon las lágrimas en los ojos.

—No la amas —dijo la mujer, frotándose contra él.

Lord Stone sacudió la cabeza.

—Eso no importa.

—Claro que importa —dijo la mujer alzando la voz—. Si no la amas, entonces nos estás privando a ambos de compartir placer.

—No encuentro placer en ser infiel a mi esposa.

La mujer le abrazó y acercó su boca a la de él. A Louisa se le puso un nudo en la garganta y una lágrima se deslizó por su mejilla. Cuando vio que lord Stone no se apartaba de su amante, y no declaraba su amor por Louisa, ya no pudo aguantar más.

Louisa se alejó de la puerta. Se tropezó con su propia falda y se dio un golpe contra una mesa, provocando que una vasija de cerámica cayera al suelo y se rompiera. Su corazón latía con fuerza y se agarró la falda con una mano y echó a correr por el pasillo. Tenía que escapar.

Tenía que romper su compromiso, y tenía que huir.

—Espera —la llamó lord Stone por el pasillo.

Louisa se sobresaltó al escuchar su voz, pero no se detuvo. Al contrario, aceleró el paso. Giró por otro pasillo y corrió como si le fuera la vida en ello buscando una puerta que diera al exterior, y luego se adentró en la fría noche. Nada le importaba más que escapar.

—Lady Louisa, déjame explicarte —dijo lord Stone en el jardín, sus pasos acercándose cada vez más.

No quería escuchar ninguna explicación. Había sido testigo de todo. No había nada que pudiera decirle que cambiara lo que acababa de presenciar, y lo que había oído.

Él no la amaba.

Louisa irrumpió en la calle.

—Vete —gritó ella, sin mirar atrás.

—¿Y dejarte aquí a sola por las calles? No puedo.

—No pretendas que te importo —gritó Louisa, y luego dobló una esquina, esforzándose por seguir corriendo.

—Sí me importas.

La agarró del codo.

Louisa se detuvo y se giró hacia él. Sin aliento y enfadada, le lanzó una mirada de odio.

—Apostaría a que te importo lo mismo que si fuera ganado.

Él hizo una mueca.

—Si no me importaras, no te habría seguido.

—Si te importara no te habrías recluido con tu amante. Le habrías dicho que te importo, y desde luego, no la habrías besado.

Louisa escupió las palabras como si fueran dagas.

—Merezco tu enfado. Tienes todo el derecho del mundo a estar enfadada, pero dame la oportunidad de explicarte.

Le intentó coger del otro brazo y la miró a los ojos.

Ella se apartó, evitando que la agarrase del brazo.

—No te debo nada.

—Vas a ser mi esposa. Lo menos que puedes hacer es permitir que me explique —dijo él, con un tono de súplica.

Esa declaración la enfadó aún más.

—Te libero de este compromiso. Ya no estás atado a mí.

Las palabras la sorprendieron al salir de su boca, pero ¿qué opción tenía? No podía casarse con un hombre que no la quería.

Él estrechó la mirada.

—¿Me estás dejando?

—Corrijo —dijo ella alzando la barbilla—. Te he dejado. Ahora suéltame.

Él dejó escapar un suspiro de frustración.

—Esto va a arruinar tu reputación.

—Sobreviviré.

Louisa apartó la mirada, enfocando su vista en una farola que había en la esquina.

Lord Stone le tomó la barbilla con los dedos para obligarla a mirarle.

—¿Y tus hermanas? Tus acciones también les van a afectar a ellas.

—Mis hermanas no querrían que me casara con un hombre que solo me quiere para darle un heredero —repitió sus propias palabras—. Entenderán por qué he tenido que cancelarlo, y me apoyarán en mi decisión. Nunca querrían que su hermana terminase como la yegua de cría de cualquier hombre.

—Quizá —dijo lord Stone mientras observaba a Louisa—. ¿Pero quieres que tu familia sea el centro de un escándalo?

—Me has dejado pocas opciones, milord.

—Puedes elegir dejar que me explique.

—¿Me amas?

Louisa se puso tensa mientras esperaba su respuesta.

Él le sostuvo la mirada.

—Los matrimonios aristocráticos rara vez son por amor. Me importas, lady Louisa. Y estoy dispuesto a ser un esposo bueno y fiel.

Ella se mordió el labio inferior, las palabras que acababa de pronunciar la atravesaron.

—Pero no me amas.

Lord Stone acunó su mejilla con la palma de su mano, y acarició con el pulgar la piel acalorada.

—Seré fiel. Yo te mantendré y te protegeré. La nuestra será una unión feliz.

Louisa sacudió la cabeza.

—No puedo ser feliz sin amor. —Dio un paso atrás, y soltó el codo de su agarre—. Rompo este compromiso para que puedas encontrar otra esposa o volver con tu amante.

Louisa pasó a su lado, con la cabeza bien alta a pesar de que su corazón estaba hecho trizas.

Se detuvo cuando un grupo de hombres se interpuso en su camino.

—Nosotros cuidaremos de la señorita.

Louisa gritó al sentir una mano en su muñeca. Luchó desesperada contra su captor.

—Suéltame —gritó ella, intentado dar una patada al sucio hombre. Miró hacia lord Stone, que avanzaba hacia ellos con furia reflejada en sus ojos verdes.

En un abrir y cerrar de ojos, yacía en el suelo.