45. Concilio #3
Todas las miradas se clavaron en el comandante del Cuatro quien, distraído en sus pensamientos, se había mantenido ajeno a la conversación.
La frente de Kerin empezó a brillar debido al sudor repentino que brotó de sus poros.
Su respiración se volvió cada vez más entrecortada.
Inclinó la cabeza, ocultando parte de su rostro entre los pliegues de la bufanda negra que rodeaba su cuello, en un intento para desaparecer de aquel mar de ojos que ahora se clavaban en él.
—Su Hidrocriomancia es la Bendición idónea para un lugar como Brevodia —prosiguió Adami, ajeno a cómo se sentía Kerin—. Si sufriésemos un ataque, Gheva quiera que no, su capacidad podría sernos muy útil.
—¿A Kerin? Pero si apenas lo conocemos —expresó Doile, dando voz a la opinión que muchos compartían pero que nadie se atrevía a manifestar—. Ascendió a comandante hace poco y apenas ha participado en los asuntos del reino. ¡Pero si no habla!
—Creo que la vejez te está afectando, Adami —prosiguió Valtyra—. ¿Quieres mandar a un niño a la que posiblemente sea la misión más peligrosa de todas?
—Tienes toda la razón, Valtyra, a este anciano comandante ya le pesa demasiado la edad —afirmó Adami, cabizbajo—.
Son setenta y seis primaveras las que este saco de huesos ha contemplado, ni más ni menos.
Y sí, Kerin, en comparación contigo, lleva poco tiempo como comandante y tiene poca experiencia.
Es algo parecido a lo que ocurre entre nosotros dos; tranquilamente te aventajo cuarenta años como comandante.
Tal vez deberíamos considerar tu lógica y retirarte de tu puesto…
No estoy seguro de que tengas la experiencia suficiente para enfrentar lo que se avecina.
La del Cinco soltó un bufido.
—Tampoco hacía falta ponerse así —replicó—. Creo que eres de los pocos que ha podido contemplar las capacidades de Kerin. Si piensas que se desenvolverá bien en Brevodia, supongo que tendremos que creerte.
—Hoy estamos perdiendo mucho tiempo… —Cecil giró su reloj con impaciencia—. Tic, tac.
—Kerin, tienes tú la palabra ahora —intervino Álvar—. ¿Quieres emprender este viaje y esta importante misión a Brevodia?
—Y-y-yo haré lo que s-s-se me ordene —dijo, retirándose los incesantes chorretones de sudor de su frente—. N-n-no creo que tenga pro-pro-problema en ir a Brevodia.
—Por favor... pero si ni siquiera puede articular palabra —replicó Valtyra, inclinando la cabeza mientras los adornos de su pañuelo resonaban suavemente—. ¿De verdad el chico está al mando de un escuadrón él solo?
—Decidido entonces —concluyó Álvar—. Yskar, Adami, Zékiel y Kerin serán quienes vayan a Brevodia.
—Tranquilo chico —murmuró Adami acercándose al oído de Kerin—. He visto de lo que eres capaz, no vas a tener problema.
El del Cuatro asintió varias veces con nerviosismo, mostrando su acuerdo mientras frotaba sus manos para intentar deshacerse del sudor que las impregnaba.
—Bien —prosiguió Álvar—. ¿Voluntarios para la búsqueda de davenses?
—Yo iré.
Álvar se giró bruscamente hacia el Capitán.
—Preferiría que no, Ramis. Tu hija necesita reposo y estoy convencido de que tu presencia aquí favorecerá su recuperación. Mi deseo es que tanto tú como Jedena permanezcáis en Capital.
Ramis dejó escapar un suspiro antes de asentir y obedecer la petición del rey.
—Doile, quisiera que tu escuadrón realice la búsqueda de davenses —prosiguió, volviéndose hacia la del Dos—. Tu amplio conocimiento de la llanura podría sernos útil en esta tarea. Te encargarás de barrer la zona de Yombeka Norte.
—Será un placer, majestad —respondió Doile—. Y, si se me permite elegir, no mandéis a Cecil conmigo. No soportaría la tontería del relojito tantos días seguidos.
Cecil, inclinado sobre la mesa, apoyó su barbilla en ella y observó atentamente cómo la arena de su reloj caía lentamente.
—Os acompañará Tretton junto con su escuadrón —concluyó Álvar por fin—. Requeriréis de su fuerza bruta en caso de enfrentamiento.
Tretton asintió mientras recogía la gran maza que apoyaba en una de las esquinas de la estancia.
—Cuenta con ello, Álvar —dijo mientras sus ojos recorrían el acero de su arma—. No recuerdo la última vez que esta preciosidad estuvo en un campo de batalla.
—Alina y Azava, mis fieles mellizas —prosiguió el rey—. Vosotras que procedéis de familia marinera y que conocéis como nadie la costa de nuestro mundo, quisiera que os encargaseis de la exploración de toda la costa sur.
Ambas hermanas asintieron.
—Y, por último, me gustaría que tú, Farco, emprendieses la búsqueda por Yombeka sur, junto con la reina Ilma.
Farco y la davense cruzaron miradas de complicidad y asintieron.
—Así será, majestad.
—Bien. El resto permaneceréis en Capital para repeler posibles ataques durante la ausencia de los comandantes. Si alguien tiene alguna objeción, que hable ahora.
Los comandantes intercambiaron miradas.
Por primera vez sintieron que había esperanza.
Sabían que la batalla contra los Emisarios y su ejército de Hiniur tendría un precio terrible y muchos de ellos pagarían aquella osadía con la vida.
Pero, aun así, el mensaje de los Vastali y la decisión del rey les habían devuelto la voluntad de luchar y el coraje para defender aquello cuanto amaban.
—En tal caso, doy por finalizada la reunión —dijo Álvar—. Los escuadrones asignados deberán aguardar frente a las puertas del reino al anochecer y partirán hoy mismo. Os deseo la mayor de las suertes, comandantes. Que la luz de Gheva os ilumine en esta travesía.
El sonido del impacto de las armas en el centro de la mesa marcó el final de la reunión. Tanto los comandantes como los reyes asignados para tan duro cometido, abandonaron la sala entre aplausos.