46. Esperanza
La noche cayó sobre Capital.
La luz lunar apenas iluminaba el suelo y el crepitar de las antorchas era el único sonido que se oía bajo el manto de las estrellas.
A pesar del frío que atravesaba sus armaduras y de la intranquilidad de no poder ver con claridad, los soldados designados por Álvar permanecían firmes en sus posiciones.
Cada escuadrón formaba en una cuadrícula perfecta a las puertas del reino, esperando la llegada de sus respectivos comandantes para iniciar la crucial misión que se les había encomendado.
Una misión que determinaría el futuro de su existencia.
Tras largos minutos de espera, las imponentes compuertas de Capital se abrieron una vez más, dando paso al rey y a los comandantes, quienes le seguían en perfecta formación.
Avanzaron hasta situarse frente sus soldados, a una distancia suficiente como para que la voz de Álvar pudiera ser percibida sin necesidad de elevarla demasiado.
El monarca recorrió con sus ojos el mar de guerreros que se extendía ante él. Su melena de nieve ondeaba majestuosa mientras lo hacía, acompañada por su capa, que también parecía haber sido doblegada por el viento.
—El día que las profecías señalaban… ha llegado —el tronío de la voz de Álvar rompió la quietud de la noche—.
No contemplábamos que un destino que pusiese en tela de juicio nuestra propia extinción fuera posible.
Pero las páginas de los libros sagrados son claras: “Su maldad reinará, sumiendo al mundo en una era de decadencia”.
La frase recitada por el rey no dejó indiferente a ninguno de los presentes. Imaginar un destino como el que figuraba en aquellos textos hizo estremecer hasta al más corpulento de los soldados.
—Hoy es ese día —prosiguió—. Vosotros sois los elegidos para iniciar este gran compromiso que nos ha sido impuesto. En vuestras manos confiamos nuestra propia existencia. Id ahora, soldados, y cambiad nuestro destino.
Zékiel no pudo contener más la excitación que le provocaban las palabras del rey y, en mitad del discurso, alzó su puño al aire.
—¡Arranquemos unas cuantas cabezas! —bramó—. Pero no toquéis al Emisario; ese… dejádmelo a mí.
El grito de los soldados de su escuadrón inundó la noche y, sin reparar en nada más, emprendieron la marcha hacia Brevodia.
—¡A-a-adelante Co-co-compañeros! —balbuceó el comandante Kerin, tratando de sonar tan convincente como Zékiel—. ¡A-a-a por todas!
Los soldados pertenecientes al escuadrón Cuatro intercambiaron miradas de confusión. Sin saber muy bien que decir, siguieron a los hombres de Zékiel hacia el norte.
Yskar dio un paso al frente para colocarse junto a Álvar. Adami se situó tras él.
—Ha sido una visita breve —dijo el brevodiano—. Demasiado para lo que me hubiese gustado.
—Y no será la última, Yskar —aseguró Álvar—. Te lo puedo asegurar, mi querido amigo.
El brevodiano esbozó media sonrisa.
—Volveremos antes de que puedas echarme en falta, Álvar —prosiguió—. Solo espero que, a mi vuelta, tengamos más tiempo para nosotros.
—Tendremos todo el tiempo del mundo entonces —aseguró el capitense, devolviéndole la sonrisa—. Aunque os dirigís a la misión más peligrosa de todas, no dudo de vuestro éxito. Te acompaña uno de mis hombres más leales.
El rey se volvió y lanzó una mirada cómplice hacia Adami. El comandante del Doce, como si no fuera con él, volvió la cabeza y miró alrededor, fingiendo buscar a quién se refería.
—Aunque, bueno, también tiene sus peculiaridades —añadió—. Pero estoy seguro de que os llevareis bien —volvió su vista al frente—. Es muy probable que surjan contratiempos en el camino. Tened cuidado.
Yskar entreabrió levemente una de las cavidades de su armadura azulada y mostró varias hojas de Éfir que aún guardaba en su interior.
—Estaremos bien —dijo, guiñándole un ojo—. Por nosotros no te preocupes.
Álvar miró con perplejidad las hojas de Éfir. Las arrugas de su frente, fruto de su confusión, fueron desvaneciéndose poco a poco hasta que, finalmente, una amplia sonrisa se dibujó en su semblante.
—No sé cómo lo haces, pero siempre consigues sorprenderme, Yskar.
El brevodiano le dio un golpe cariñoso en el costado antes de unirse a los soldados del escuadrón Cuatro, que ya apenas se distinguían en la lejanía.
El anciano comandante caminó tras él, pero una voz le detuvo en seco.
—Adami.
El del Doce se volvió hacia Álvar.
—Hay algo que quiero decirte antes de que te vayas.
—Sí, quiero.
Álvar arqueó una ceja hasta su límite.
—¿Cómo?
—¿No vas a proponerme matrimonio? Me parece el mejor momento para hacerlo.
El rey miró fijamente al comandante, intentando dar sentido a lo que decía. Tras unos eternos segundos, soltó una larga carcajada.
—Ha llegado un punto en que no sé cuándo tomarte en serio y cuándo no —confesó.
—Perdona, majestad —se disculpó el anciano—. Quizás decir estupideces es mi forma de sobrellevar la tensión.
—Eso es precisamente lo que más me gusta de ti, comandante.
Adami frunció el ceño.
—¿Mis tonterías sin sentido?
—La capacidad que tienes de hacer reír al resto aun en las situaciones más difíciles. Eres el comandante más longevo de todos y, por ende, con el que más años he compartido mi reinado. Y siempre, ya desde el primer día, conseguiste hacerme reír… incluso en situaciones como estas.
—El cariño es mutuo, Álvar. Pocos reyes aguantarían mis bromas como lo haces tú.
Álvar le dedicó una sonrisa en respuesta.
—Antes de que te fueras, quería pedirte dos cosas —prosiguió, sin dejar de mirar al comandante—. Más que pedírtelas, voy a ordenártelas.
Adami tragó saliva y asintió.
—La primera orden es que, pase lo que pase, vuelvas con vida.
Los ojos del comandante se humedecieron.
—Y, la segunda de ellas, es que nunca cambies. Bajo ningún concepto.
Adami comenzó a aspirar la mucosidad que amenazaban con salir de su nariz en cualquier momento. Agachó la cabeza, incapaz de mirar a Álvar a los ojos, mientras apoyaba dos dedos en sus lagrimales.
—¿Ya estamos en época de polen? —dijo entre sorbos y con la voz entrecortada por la emoción—. Me está dando de nuevo esta alergia tan tonta. Mira, me voy antes de que esto empeore.
Álvar se carcajeó mientras observaba como su leal compañero y amigo se alejaba y se unía a Yskar.
Hasta pronto, Adami.
El monarca centró entonces su atención en los soldados del escuadrón Once, que esperaban ansiosos las próximas órdenes. Bastó con que Tretton notara la mirada de Álvar para que se volviera hacia sus hombres.
—¡Guerreros del Once! —vociferó, alzando su enorme maza en alto—. ¡Aplastemos a esos Hiniur!
El alarido de los soldados puso fin a las palabras de su comandante y, sin oponer la menor objeción, iniciaron la marcha hacia la extensa llanura de Yombeka.
Tretton dirigió una última mirada hacia Álvar quien, mediante una leve inclinación de cabeza, dio su consentimiento para que pudiese acompañar a sus hombres.
Era el turno de Doile, quien, como Tretton antes que ella, se volvió hacia sus soldados al notar la atención de Álvar.
—¡Escuadrón Dos! —exclamó la comandante—. Vamos a cambiar el curso de nuestro destino. ¡En marcha!
Un fuerte rugido brotó de las gargantas de los hombres y mujeres que formaban delante de ella y, tras él, emprendieron la marcha junto con los soldados del Once.
Alina y Azava dieron un paso al frente.
Como habían hecho sus compañeros antes que ellas, se volvieron hacia sus hombres, que esperaban impacientes las palabras de sus comandantes.
—¡Soldados del Trece! —gritó Alina, contemplando la cuadrícula de soldados frente a ella—. ¡Hacia la costa!
—¡Soldados del Ocho! —bramó Azava después de su hermana, alzando el antebrazo derecho y mostrando la letal ballesta que portaba—. ¡Erradiquemos el mal que oscurece nuestro mañana de una vez por todas!
Los guerreros de ambos escuadrones expresaron su acuerdo con un grito al cielo antes de emprender la marcha hacia el sur, rumbo a la costa de Capital.
—Será breve nuestra ausencia —dijo la reina davense mientras se aproximaba a Álvar—. O, al menos, eso espero.
—No dudo de vuestro éxito, Ilma —respondió Álvar—. Os deseo… la mayor de las suertes en esta búsqueda de supervivientes. Tu pueblo merece resurgir de las cenizas y enfrentar aquello que intentó extinguirlo para siempre.
Ilma asintió y tomó la mano de la pequeña Kayli.
—Hasta pronto, Álvar.
Juntas avanzaron hacia Farco, que la esperaba frente a su escuadrón. Horos y Naila caminaban a ambos lados de la reina mientras contoneaban sus colas con elegancia a cada paso que daban.
—¡Escuadrón Uno! —bramó Farco—. Apoyemos a nuestros hermanos en esta causa. ¡Por la paz!
Con la partida del último escuadrón, Álvar se quedó allí, mirando cómo los soldados se perdían en la noche.
Pase lo que pase a partir de hoy, aseguraos de volver.
Todos vosotros.
Pues esa es vuestra misión más importante.
El silencio volvió a imperar en el ambiente.
Aunque hacía rato que todos los escuadrones habían partido hacia sus destinos, Álvar y su hermana seguían observando el horizonte. Jedena lo miró y, pese a sus esfuerzos por ocultarlo, pudo percibir la preocupación que se adueñaba de él.
—Volverán todos —susurró la del Diez—. Has enviado lo mejor que tiene Capital.
Álvar suspiró.
—Sé que estarán bien —dijo—. Pero la tarea que les hemos encomendado es arriesgada.
Jedena apoyó una mano sobre la espalda de su hermano mientras volvía su mirada al horizonte.
—No puedo evitar sentir preocupación por los tiempos que se avecinan —prosiguió el rey—. ¿Qué precio tendremos que pagar por cambiar nuestro destino?
Jedena negó con la cabeza.
—No pierdas la confianza en tus hombres, ni en ti mismo —dijo—. Juntos podrán lograrlo, estoy segura de ello. Ahora tan solo céntrate en descansar.
Álvar suspiró de nuevo.
—Tienes razón —dijo, volviéndose hacia el sendero que conducía de regreso a Capital—. Volvamos al amparo del reino y recuperemos fuerzas. No podemos permitirnos flaquear. No ahora.
Jedena caminó tras él en silencio.
Durante los siguientes minutos, Álvar avanzó sin decir palabra, concentrado únicamente en llegar a Capital, cuyas murallas ya se distinguían en la distancia.
—La ciudad parece tan vacía esta noche —dijo Jedena, tratando de romper la quietud—. Es una sensación extraña.
—Es la calma antes de la tormenta —opinó el rey, sin detener su marcha—.
Un presagio de lo que está por llegar. Mientras aquí nos invade el silencio, en la lejanía resuena el choque de las armas de nuestros comandantes, que luchan por alcanzar un futuro mejor.
Estoy muy orgulloso de ellos —miró a su hermana—. De todos vosotros.
Jedena asintió.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo —afirmó—. No es posible alcanzar un futuro mejor si antes no cambiamos nuestro presente. Y ese cambio… empieza esta noche.
Álvar se detuvo en seco.
Su mano temblorosa se dirigió al pecho, intentando detener la sangre que brotaba sin control. Al bajar la mirada, descubrió cómo una espada ensangrentada atravesaba su corazón y menguaba lentamente su vitalidad.
Intentó hablar, pero de su boca solo pudo expulsar sangre.
Se tambaleó mientras luchaba por mantenerse en pie. Pero la muerte le ganó aquel pulso y, abatido, cayó de rodillas. Quiso levantar la cabeza y, al menos, poder ver el rostro de quien le había quitado la vida. Pero su vista se nubló y todo a su alrededor se difuminó en motas y sombras.
Jedena arrancó la espada de entre las entrañas de Álvar con un movimiento brusco, dejando una ristra de sangre al retirarla.
Un haz de luz recorrió el cuerpo del rey, pero se desvaneció tan rápido como había aparecido. Álvar intentó adoptar su verdadera forma, pero sus esfuerzos, una vez más, fueron en vano.
—No lo intentes, majestad —espetó Jedena, limpiando la sangre del filo—. Te ves ridículo.
Aún al borde del desfallecimiento, con la muerte cernida sobre él, Álvar logró pronunciar sus últimas palabras, aunque la sangre le inundara la boca y le impidiera hablar con claridad.
—¿Por qué…? —gimió—. ¿Tú…?
Jedena dirigió su espada al cuello del monarca. La luz de la luna brilló sobre el filo, haciéndolo parecer aún más letal. El rey recorrió con la mirada la hoja que lo amenazaba.
¿No es éste el filo que vi en Lenov?
¿No es esta la espada que portaba la hija del Capitán?
—¿Por qué? —repitió Jedena con voz grave y distorsionada—. Tú mismo lo has dicho: “alcanzar un futuro mejor”. Y en ese futuro, majestad… tú no tienes cabida.
Jedena trazó un semicírculo con la espada que hizo silbar el aire.
Álvar la miraba con los ojos ya apagados cuando la hoja encontró descanso al hundirse en su cuello.
Intentó decir algo más, pero solo logró exhalar un último suspiro antes de desplomarse, inerte, contra el suelo.
—Que la luz de Gheva te ilumine, majestad —dijo Jedena mientras arrancaba la espada de su garganta y escupía con desprecio sobre el cadáver—. El futuro empieza hoy.