El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 45. Concilio #2
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45. Concilio #2

—Siempre estáis igual… —intervino Samil mientras se acomodaba un par de cabellos rebeldes—. Deja que el chico juegue tranquilo.

Poco a poco, un pequeño tumulto se desató en la habitación.

Yskar intentó esbozar su mejor sonrisa mientras se acercaba a Kayli, que permanecía escondida tras la pierna de Ilma, todavía asustada por la escena que Cincela acababa de protagonizar.

La reina notó el miedo en los ojos de la niña y se inclinó hacia ella, acariciándole el rostro con suavidad para tranquilizarla.

La puerta se abrió de golpe, silenciando el alboroto. Un lenovense de armadura perlada accedió a la sala.

—¿Y bien, Capitán? —preguntó Álvar, callando por completo a los presentes—. ¿Cómo ha ido?

—Todo bien, majestad —respondió Ramis, tomando asiento—. Ha abierto los ojos, pero… sigue aturdida.

Álvar asintió y, tras una breve pausa, recorrió con la mirada a los comandantes reunidos alrededor de la mesa.

—No dejéis que el desasosiego invada vuestros corazones —dijo—. No está todo perdido.

—¿Hay alguna posibilidad de hacerles frente? —Jedena dio voz a lo que muchos se preguntaban—. ¿Podemos ganar? ¿O, hagamos lo que hagamos, este es el fin de la humanidad?

Todos los comandantes se volvieron hacia Álvar, esperando una respuesta que contradijera el sombrío desenlace que narraba la del Diez.

—No sé cómo lo conseguiremos, ni cómo lograremos burlar aquello que ya está escrito —respondió Álvar, sin apartarle la mirada—. El mensaje que he recibido de los Vastali es… breve y ambiguo, pero también esperanzador.

—¿Los Vastali? —inquirió la del Cinco. Su brillante gargantilla dorada destelló al girar su cabeza hacia el rey—. Nuestra existencia pende de un hilo, ¿y es ahora cuando deciden aparecer?

—Cálmate, Valtyra —espetó Farco. Trataba de mostrar seguridad, aunque su rostro reflejaba lo contrario—. No debemos cuestionar lo divino, y menos con los tiempos que corren.

—Valtyra tiene razón —intervino Tretton, ignorando al del Uno—. ¿Dónde han estado todo este tiempo?

Farco se incorporó y descargó un fuerte golpe contra la mesa.

—¿Pero no me has oído? ¡¿Cómo unos meros mortales como vosotros se atreven a cuestionar lo divino!?

—Bien sabéis —intervino Álvar, deteniendo la discusión que empezaba a formarse—, que no soy yo quien decide cuándo comunicarme con ellos ni el contenido del mensaje. De hecho, cuando lo hacen, ni siquiera me incluyen en la conversación. Lo importante es que, por fin, han contactado con nosotros.

Álvar dejó unos segundos de silencio, esperando a que Farco volviera a tomar su asiento.

—El mensaje, como digo, ha sido breve pero claro —prosiguió—: Intalnire lume, saisana . “Reunid al mundo, y venceréis”.

Los comandantes intercambiaron miradas entre ellos.

—Y… ¿eso es todo? —gruñó Doile—. Cuando por fin se comunican con la humanidad, ¿no es sino para transmitirnos un mensaje de tres palabras? Un poder de síntesis admirable, todo sea dicho.

—¿Creen realmente que la unión de todos los reinos es la respuesta? —cuestionó Azava, abriendo ligeramente las rejillas de su máscara—. ¿Es así como se cambia el presagio de la profecía?

—No hay tiempo para eso —puntualizó Cecil, volteando una vez más el reloj—. Reunir a todos los reinos supondría gastar un tiempo que no tenemos. Tiempo, que le estaremos dando a los Emisarios para que se gesten.

—¿Y qué propones entonces, Cecil? ¿Un ataque tan solo con lo que tenemos?

—respondió Valtyra con cierto desprecio—.

Una ofensiva ahora nos conduciría directos a la muerte.

Ya has visto lo que ha sido capaz de hacerle a Álvar esa muchacha.

¿Qué harías tú contra algo así? ¿Tirarle el puñetero reloj a la cabeza?

—Estoy con Cecil, actuemos ahora —intervino Zékiel—. Me da igual si hay tiempo o no, quiero probarme contra esos Emisarios que decís.

—¿Tú también, Zékiel? ¿Acaso no has visto lo mismo que yo? —volvió a replicar la del Cinco, fulminándole con la mirada—. ¿No has sentido el poder que desprendía esa cría?

—No lo intentes, Valtyra —dijo Tretton acomodándose la hombrera en su cinto de cuero—. Es inútil hacerle entrar en razón. Dejadle que se pruebe con el Emisario si quiere, a ver si cuando le arranque la cabeza de cuajo se le quitan las ganas de enfrentarse a nadie.

—Silencio —ordenó Álvar—. Entiendo vuestro desacuerdo.

La situación es complicada; la más difícil a la que me he enfrentado desde que recibí la corona de Capital.

Y… ni siquiera yo puedo asegurar con certeza cuál es el camino que debemos seguir —señaló con el dedo el estandarte que colgaba en una de las esquinas de la sala, con el escudo del reino bordado en su centro—.

Pero hay algo que sí sé: este reino no caerá.

Jamás hemos errado siguiendo los consejos de los Vastali.

Aunque es difícil imaginar una victoria ante un enemigo tan poderoso, estamos de acuerdo en que, si lo divino determina que debemos unirnos todos los reinos para combatir el mal al unísono, es porque realmente hay esperanza.

Los Vastali nunca se equivocan y, personalmente, no veo otra solución posible.

—Tenemos dos opciones —intervino Ilma, acariciando las cabezas de Naila y Horos con cada mano—. Si la profecía es cierta, dejaremos de existir hagamos lo que hagamos. Podemos aceptar nuestro final sentados en la comodidad de nuestros aposentos… o podemos luchar y creer en el mensaje del más allá.

Yskar se levantó.

—Yo confío en su veredicto —admitió, empuñando la lanza—. Seguramente Brevodia será su próximo objetivo. Iré allí y traeré a los míos a Capital. Quién comparta la determinación de Álvar y de los Vastali será bienvenido a acompañarnos en esta travesía.

Antes de que ningún comandante pronunciase palabra, Ilma imitó al brevodiano.

—Tras el ataque que sufrimos en Davá, muchos davenses huyeron del reino en busca de refugio —explicó—. Quién crea que la decisión de los Vastali es la correcta y quisiera ayudarme en esta tediosa búsqueda de supervivientes, también será bien recibido.

—¿Alguien cree que deberíamos tomar un camino diferente? —preguntó entonces Álvar mirando a los presentes—. ¿Alguien cree en otra posibilidad?

Los comandantes se miraron unos a otros. Algunos asintieron con la cabeza, otros intercambiaron miradas con el resto y unos pocos permanecieron en silencio.

—Entonces, parece que la humanidad luchará —prosiguió—.

En ese caso, y debido a la urgencia de la situación, debemos decidir en esta misma reunión qué escuadrones acudirán a Brevodia, cuáles en busca de los davenses huidos y quienes permanecerán conmigo en Capital velando por su seguridad —se giró hacia Yskar.

—¿Cuántos escuadrones necesitarías para tu travesía hacia Brevodia?

—Creo que con un par de ellos será suficiente para repeler posibles emboscadas enemigas.

Álvar miró, uno por uno, a los presentes.

—¿Algún voluntario?

—Yo iré a Brevodia si se me permite —se ofreció Adami, levantándose de la silla y apoyando una mano sobre la empuñadura de su espada—. Dicen que el frío rejuvenece y… últimamente he notado que estoy más arrugado que una uva pasa. Me vendrá bien.

Yskar y Adami intercambiaron miradas de complicidad. Una sonrisa se dibujó en el rostro del brevodiano, pues la idea de compartir una nueva aventura con el comandante le colmaba de felicidad.

—Bien —prosiguió Álvar—. ¿Alguno más?

El silencio se extendió más de la cuenta.

—El tiempo pasa— indicó Cecil volteando su reloj—. Muy rápido.

—Yo iré —espetó Zékiel, acomodándose los brazales de sus muñecas.

Todos se giraron hacia el del Catorce, sorprendidos por su ofrecimiento.

—¿Tú? —replicó Valtyra, arqueando una ceja—. ¿Desde cuándo te importa lo que le pase al mundo?

Zékiel sonrió.

—Desde que ha visto lo que es capaz de hacer una Bendición —contestó Tretton, entrometiéndose en la conversación—.

No olvidemos que su padre está preso bajo los calabozos de este mismo castillo.

Gheva no le concederá Bendición alguna hasta que pruebe que él no es como su padre.

Ayudar a Brevodia en esta causa es una buena oportunidad de limpiar su apellido, y es por eso que lo hace.

—Ignora los comentarios malintencionados, Zékiel —pidió Álvar—. Personalmente, me alegra ver esa predisposición en ti.

Zékiel se quedó varios segundos mirando a la mesa en un intento por ahogar su creciente furia. Finalmente, decidió sentarse y guardar silencio.

—¿Alguien más para Brevodia?

Las repentinas carcajadas de Zékiel volvieron a llamar la atención de todos los presentes.

—Me importa una mierda mi padre y lo que le pase al mundo —espetó—. Por mí, podemos extinguirnos todos ya de una vez.

—Bueno… es una curiosa forma de ver las cosas —Adami se frotó la barba—. Algo dramática, pero efectiva.

—Por favor… —replicó Samil, tapándose la boca con la mano—. Qué soez.

—¿Era necesario ser tan vulgar? —reprochó Kaselea, sumándose a la indignación—. Hay menores delante.

—¿Entonces? —intervino Tretton con el ceño fruncido—. ¿Por qué querrías arriesgar tu vida en ayudar a Brevodia?

—¿No me has oído? —replicó Zékiel sin borrar la sonrisa del rostro—. Quiero enfrentarme a los Emisarios, quiero ver si ellos son capaces de darme un buen combate. ¿No es allí donde decís que van a atacar ahora? Pues allí quiero estar, esperándolos.

—Sea como fuere, tu ayuda será bienvenida, comandante del Catorce —agradeció Yskar—. A cualquiera que quiera contribuir en esta causa, lo acogeré con los brazos abiertos.

—Sigo pensando que lo hace para demostrarle a Gheva que no es como su padre… —murmuró Tretton, cruzando sus brazos—. El tiempo me dará la razón.

Cecil volteó nuevamente su reloj.

—Tic, tac… tic, tac.

—En ese caso, necesitaríamos un escuadrón más para ir a Brevodia —continuó Álvar—. ¿Alguien?

—Si se me permite —intervino Adami de pronto—, quisiera ser yo quien proponga el último miembro para nuestra travesía —carraspeó un poco antes de continuar. —Creo que Kerin es el candidato perfecto.