45. Concilio
El dulce olor de la leña ardiendo en la chimenea despertó en Álvar una profunda melancolía.
Después de tanto tiempo, lo primero que hizo al entrar en la sala de reuniones fue acercarse al que siempre había sido su asiento.
Estaba tal y como lo había dejado y parecía que nadie lo había ocupado durante su ausencia.
Era como si los comandantes lo hubieran preservado con la esperanza de que algún día regresara, pese a los rumores que circulaban acerca de su muerte.
Jamás… perdieron la esperanza en mí .
—Ya están aquí, majestad —informó Ramis desde la puerta, sacando a Álvar de sus pensamientos—. Todos ellos.
Los comandantes entraron uno a uno y ocuparon sus lugares correspondientes alrededor de la mesa. Todos permanecieron de pie frente a sus ornamentados sillones, expectantes ante la reunión que estaba a punto de comenzar.
En un extremo de la sala se había dispuesto un pequeño espacio con cómodas sillas para los nuevos invitados del reino, que también asistirían al encuentro.
Álvar era el único que permanecía sentado, mientras esperaba a que todos estuvieran presentes. Cuando el último de los comandantes accedió al interior, el rey, de pronto, se puso de pie.
—Antes de dar inicio a esta reunión —comenzó a decir con solemnidad—, quisiera guardar un momento de silencio por el lugar que hoy se encuentra vacío.
Los presentes se volvieron hacia el lateral izquierdo de la mesa, donde descansaba el sillón que solía ocupar la comandante Leya. Todos inclinaron la cabeza en señal de respeto mientras el silencio volvía a imperar la sala.
—Todos estábamos en aquel barco aquella noche —prosiguió el rey—. Cualquiera de nosotros podría haber sido la comandante… o uno de los miembros de su escuadrón. Podría haber sido Timpa, o cualquiera de mis leales consejeros. Quiero que todos tengáis eso muy presente.
—Erradicaremos a esas bestias —irrumpió Tretton, lanzando un golpe contra la mesa—. A todas y cada una de ellas.
—Paciencia, Tretton —declaró Álvar alzando su mano en alto—. La impulsividad casi acaba conmigo en Lenov y no quisiera perderos a ninguno más.
El comandante de torso desnudo miró hacia otro lado, conteniendo su evidente impotencia.
Álvar entonces se aproximó al lateral izquierdo de la sala, donde los lenovenses, Yskar, Kayli e Ilma se sentaban.
Cecil volteó su reloj de arena.
—Antes de nada, quisiera que todos los presentes conozcáis al enemigo al que nos enfrentamos. Ninguno de nosotros ha enfrentado una amenaza como la que se cierne sobre nuestro mundo en estos momentos y es importante que lo veáis de primera mano —Se detuvo frente a Cincela y la miró—. Permíteme.
La joven asintió y apartó su largo cabello dorado, mostrando a los comandantes la oscura mancha escamada que recorría su nuca.
—¡Hiniur! —exclamó Alina, abandonando su asiento de un salto—. ¡Es un Hiniur!
—¡Está maldita! —masculló Valtyra casi al instante—. ¿Cómo es que…?
—¡Por favor! Quitémosle eso —intervino Samil gesticulando una mueca de repulsión—. Esa mancha arruina el aspecto de una chica tan mona como ella.
—Totalmente de acuerdo —reafirmó Kaselea—. Yo te prestaré algo de maquillaje, querida. Estoy segura de que podremos disimular esa… cosa.
—La hija del Capitán… ha sido germinada por Grifford —aclaró Álvar, deteniendo el revuelo que empezaba a generarse—. La maldición que intenta apoderarse de ella en estos momentos no es la de un Hiniur común como los que todos conocéis. Esto, comandantes, va mucho más allá.
Antes de continuar con su explicación, Álvar rebuscó en sus bolsillos y extrajo varias flores de Éfir que había obtenido de las reservas del reino. Sin perder de vista la mancha, aplastó los pétalos entre los dedos hasta convertirlos en una densa pasta rojiza.
—¿Estás segura?
Cincela, aún sentada, alzó la mirada hacia el monarca y asintió.
—Tan solo será un momento.
Tras un profundo suspiro, el rey presionó la pasta de Éfir contra la mancha negra que se extendía por el cuello de Cincela.
Casi de inmediato, la respiración de la joven comenzó a acelerarse.
Ella cerró los ojos con fuerza y trató de soportar la quemazón que el Éfir empezaba a provocarle.
Pronto, la dulzura de su voz se distorsionó, volviéndose más siniestra y retorcida, hasta que, incapaz de soportarlo más, proyectó un monstruoso alarido de agonía.
En medio de los gritos y la tensión, los comandantes intercambiaron miradas nerviosas, pero nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra.
Los chillidos de Cincela resonaban con más ímpetu, volviéndose más funestos y sombríos cada vez.
La joven se retorcía en su silla mientras sostenía la muñeca de Álvar, tratando de apartar la mano que presionaba su nuca.
Pero el rey se mantuvo firme, pese a las garras negras que empezaban a formarse en los dedos de la joven y que le arañaron la piel.
Aguanta un poco más… Solo un poco más.
La mancha comenzó a extenderse por su cuello, cubriéndolo con una capa de escamas negras que reptaron lentamente hacia su rostro.
Sus ojos adoptaron tonalidades amarillentas, pálidas y enfermizas, con un iris carmesí en su centro.
Con sus constantes alaridos, quedaron al descubierto los colmillos afilados que adornaban sus fauces y una lengua viperina que relamió sus labios, como si supiera que aquel día probaría sangre humana.
Cincela dejó entonces de forcejear contra los antebrazos de Álvar y, con una velocidad sobrehumana, dirigió su zarpa hacia el cuello del monarca. Sin mucho esfuerzo, alzó al rey hasta que sus pies se separaron del suelo y, con una fuerza devastadora, lo arrojó hacia una de las paredes de la sala.
Mientras Álvar todavía surcaba el aire, ella se impulsó hacia él de un salto.
Cuando lo alcanzó en pleno vuelo, apoyó los pies sobre su pecho y lo estrelló contra el duro mármol.
Antes de que pudiera reaccionar, se colocó sobre él y alzó sus zarpas, ahora armadas con oscuras garras, dispuesta a destriparlo.
Varios comandantes desenvainaron sus armas y avanzaron hacia el Hiniur.
—¡Deteneos! —gritó Álvar, malherido, desde el suelo, mientras sostenía a Cincela por los brazos—. ¡No ataquéis!
—Aguanta —espetó Tretton, empuñando su gran maza de guerra—. Te quitaremos a esa bestia de encima.
—No podéis… con este enemigo —espetó el rey, manteniendo las garras de Cincela alejadas de su cara—. ¡No os acerquéis!
Todos se detuvieron cuando Cincela, de pronto, cesó el ataque y llevó las manos a su cuello, donde el Éfir comenzaba a hacer efecto. La pasta rojiza había penetrado en su piel, agrietando las escamas en pequeñas fisuras carmesíes que ahora recorrían su superficie.
La joven cayó al suelo, retorciéndose de dolor mientras emitía unos chirridos estridentes que obligaron a todos a cubrirse los oídos. El rey se incorporó a duras penas y contempló cómo Cincela se revolcaba desesperadamente tratando de aliviar la quemazón que le producía el Éfir.
Ramis dio un paso hacia adelante con la intención de socorrer a su hija, pero su trayectoria fue interrumpida por la mano de Álvar.
—No te preocupes, Capitán —dijo, entre jadeos—. Está bien.
—¿Qué está pasando? —preguntó Ramis, con la mano en la empuñadura de su espada—. ¿Qué le sucede a mi hija?
—Está… sanando.
Ramis volvió a observar a Cincela mientras las convulsiones y los alaridos que emitía iban menguando paulatinamente. Las fisuras rojas que surcaban sus escamas ennegrecidas comenzaron a apagarse hasta que, agotada, quedó inmóvil en el suelo.
Todos contemplaron el cuerpo de la lenovense en silencio, envainando de vuelta sus armas y retomando sus asientos mientras trataban de asimilar lo allí acontecido. Fue Álvar quien rompió aquella incómoda quietud al acercarse al cuerpo inmóvil de la joven y lo aupó entre sus brazos.
—¿Es este el mal al que nos enfrentamos? —preguntó Tretton con desconfianza, manteniendo la mano en la empuñadura de su maza—. ¿Uno capaz de hacer frente incluso a alguien como tú?
—Esto… no es nada comparable a lo que se avecina —respondió Álvar con contundencia—.
La germinación de Grifford en la joven aún es muy débil.
Necesitaría desarrollarse por completo para que pudiésemos conocer su poder en su totalidad.
Ni siquiera el ataque que recibí en Lenov por parte de Grifford, que por poco acaba con mi vida, se asemeja al poder de un Emisario.
Si pude hacerle frente, fue precisamente porque no había completado su gestación.
El rey se acercó a Ramis, sosteniendo con cuidado el cuerpo inconsciente de su hija.
—Capitán, llévala a la sala de cuidados médicos en la planta baja —pidió, entregándole el cuerpo—. Está bien, pero necesita reposo.
Ramis asintió y, tras tomar a Cincela en sus brazos, abandonó la sala sin reparar en nada más.
—En ese caso —prosiguió Tretton cuando la puerta se cerró—, ni reuniendo la fuerza de todos los reinos podríamos enfrentar a un Emisario en su estado más avanzado.
—Habla por ti —intervino Zékiel, con cierto desinterés—. Yo no puedo esperar a medirme con un ser así en un combate a vida o muerte.
—No seas estúpido, Zékiel —espetó Valtyra, alzando el mentón y haciendo resonar los adornos de su pañuelo—. ¿Acaso no has visto lo que acaba de pasar? Un Emisario en su última etapa de desarrollo podría reducir Capital a escombros. Ya ni hablemos de lo que podría hacerle a un simple hombre como tú.
—Y no olvidemos que estamos bajo la amenaza de tres de ellos —puntualizó Alina—. Esto es… aterrador.
Bajo la larga cortina de pelo que ocultaba el rostro de Zékiel, los presentes intuyeron una amplia sonrisa que denotaba una felicidad impropia para la situación en la que se encontraban.
—Ojalá así sea y ese tal señor Emisario me dé un combate digno —dijo, pasando la mano sobre las líneas de tinta que surcaban su torso—. Lo estoy deseando.
—Tic, tac… El tiempo avanza.
—Mucho estabas tardando en comentar algo del tiempo —se quejó Doile, fulminando a Cecil con la mirada—. ¿Puedes dejarlo por hoy?