44. Retorno #3
—¿Cuándo ha sido que te has vuelto tan pesimista? —preguntó—. En Capital siempre hemos creído que la voluntad humana es lo bastante fuerte como para reescribir nuestro destino y vivir un futuro mejor.
—Desde que he visto con mis propios ojos el poder de un Emisario —respondió Álvar, apoyando la mano sobre las magulladuras de su coraza—. Seres cuya existencia, como bien sabéis, también creíamos imposible.
Un pesado silencio se apoderó de los presentes.
—Si ese es el caso —prosiguió Farco—, estamos condenados a la extinción, hagamos lo que hagamos, ¿no es así? Nada de lo que intentemos servirá para cambiarlo. Dime, Álvar, ¿qué sentido tiene entonces convocar una reunión para planear estrategias contra los Hiniur?
El rey sonrió mientras le sostenía la mirada.
—Porque hay algo que hasta ahora desconocíamos y nos confiere una posibilidad de alcanzar la victoria.
Farco frunció el ceño, arrugando la mancha de nacimiento en su frente.
—Todos conocemos la profecía —añadió Farco, sin comprender a dónde quería llegar el rey—. Y juraría que en ningún pasaje se menciona que la humanidad tenga alguna posibilidad de vencer.
—Eso es porque la página donde se narra la victoria de la humanidad fue arrancada del libro.
Los comandantes y reyes quedaron atónitos ante la declaración de Álvar. Un silencio se extendió durante varios segundos mientras los presentes asimilaban sus palabras.
—Esa información podría cambiarlo todo, Álvar —dijo Ilma, con el asombro aún perceptible bajo su caperuza gris—.
¿Estás afirmando que en los párrafos de la profecía existen indicios de que la humanidad puede vencer al destino que la ha amenazado durante generaciones?
¿Cómo puedes estar tan seguro de algo así?
Álvar sonrió.
—Lo estoy desde que los cuatro Vastali han contactado conmigo. Me han traído un mensaje esperanzador que creo que es importante compartir con todos vosotros. Esa, querido Farco, es la razón por la que necesito que celebremos esta reunión cuanto antes.
—¿Los… Vastali? —repitió el del Uno, aún sin dar crédito—. Déjalo en mis manos. Convocaré al resto de comandantes de inmediato.
Álvar asintió.
—Mientras tanto… —dijo, girándose hacia los demás—. Seguidme, aguardaremos su llegada en la sala de reuniones.
Una leve reverencia bastó para dar por terminada la conversación.
Tal como había dicho, Álvar encabezó la marcha hacia las imponentes puertas del castillo, acompañado por Ramis. Yskar e Ilma, junto a Kayli, caminaban unos metros más atrás.
Verso y Cincela cerraban el grupo, contemplando con asombro los majestuosos edificios de jaspe negro que se alzaban a su alrededor.
—Oye, Verso, tú… lo sabes todo, ¿verdad? No paro de darle vueltas a algo desde que Álvar lo ha mencionado.
El aprendiz la miró con desconcierto.
—Bueno, no tengo todas las respuestas del mundo, pero trato de mantenerme al día. ¿De qué se trata?
Cincela se tomó un momento para organizar sus pensamientos.
—Los cuatro Vastali... ¿son los espíritus del bosque que conocimos?
Verso negó con la cabeza.
—¿No me digas que tampoco has oído hablar de los Vastali? ¡Pero si incluso tenemos esculturas de ellos por todo Lenov! Sin ir más lejos, las dos estatuas que coronan los pilares de la entrada del reino representan a dos de ellos. ¿Nunca te has preguntado qué son hasta ahora?
Cincela bajó la mirada, sintiéndose un poco avergonzada.
—La verdad es que no… Ya sabes que a mí solo se me ha formado en lo militar. Todo lo demás se me escapa un poco.
Verso suspiró profundamente.
—Veamos… —dijo, aclarándose la voz—. Los espíritus del bosque vigilan la vida terrenal.
Según lo que ellos mismos dijeron, eligen a una persona como receptáculo y le otorgan un cometido junto con el poder necesario para cumplirlo.
Álvar, por ejemplo, es el elegido de Vaghan, el espíritu del león albino.
Su misión es proteger la tierra del mal y, por eso mismo, le concede la fuerza de la que goza —hizo una pausa antes de continuar—.
Los Vastali, en cambio, son algo más que guardianes.
Son seres divinos, Cincela. Los más poderosos bajo el mandato de Gheva.
Poseen un conocimiento absoluto y solo aparecen en momentos decisivos para guiar a la humanidad.
Según se cree, están en contacto directo con Gheva y pueden influir incluso en el curso de nuestra historia.
—Escuché a Álvar decir que los Vastali también custodian nuestra existencia —se excusó ella, tratando de disimular su desconocimiento—. Y de ahí mi confusión.
—Sí, pero como he dicho, los Vastali nos protegen desde el plano divino. Imagínatelo como… seres omnipresentes que custodian nuestro destino desde las estrellas.
Cincela asintió con la cabeza, pero la intriga que aún le invadía no le permitía abandonar la conversación.
—Pero… ¿cómo son? ¿Qué hacen exactamente?
Verso sonrió, disfrutando de la oportunidad de compartir sus conocimientos.
—¿Recuerdas las estatuas que te he mencionado hace un momento? ¿Las que teníamos sobre los pilares de Lenov?
—Recuerdo… una de ellas —dijo, bajando la mirada mientras trataba de hacer memoria—. ¿Podría ser que sostuviera una lira?
Verso asintió.
—Arothia, la mensajera —corroboró—. Es quien vigila la comunicación entre lo humano y lo divino.
Se encarga, además, de la divulgación de profecías y anuncios importantes.
Y… quien se alza sobre el pilar contrario es Ohmne.
Sabrás quien es por la espada que sostiene en alto.
Él está más relacionado con la protección de la humanidad y todo lo que tenga que ver con conflictos y guerras.
—Arothia… Ohmne… —repitió Cincela, tratando de retener los nombres—. ¿Y los otros dos? ¿Quiénes son?
—Aelireth, vigía de la vida y la salud de todos los seres del mundo.
Tenemos una preciosa estatua suya dentro del castillo.
La reconocerás porque sostiene una gran flor de Éfir —suspiró—.
Y el último… me da un poco de miedo, he de reconocer, pues no es otro que Izh, el Vastali de los difuntos.
Es quien guía a las almas hacia Gheva cuando abandonamos este mundo.
Suele representarse cubierto de gruesas cadenas que caen desde sus hombros hasta el suelo, símbolo del peso de nuestros pecados, que él retiene al morir para que podamos alcanzar a Gheva en paz.
—Ahora que lo dices… —murmuró la joven, reflexiva—. Me suena haber visto esa escultura en la sala del trono.
—Izh el misericorde, por algo lo llaman así —puntualizó el clérigo—. Aunque es muy probable que quien haya contactado con Álvar sea Arothia, ya que es la Vastali mensajera entre nuestro plano y el divino.
—¿Y solo contactan con él?
Verso asintió.
—Para ellos, el representante de la humanidad es quien gobierna Capital, por lo que, siempre que han querido comunicarse con nosotros, lo han hecho a través del rey o reina que gobierna la ciudad. Son ellos quienes deciden cuándo comunicarse y con qué propósito.
Cincela asintió, asombrada por la sabiduría de Verso. Su semblante parecía cobrar una seriedad y madurez inusual en él cuando compartía todo cuanto sabía acerca de creencias y religiones.
—Todavía tengo mucho que aprender.
—No te preocupes —respondió el aprendiz con una sonrisa cariñosa—. Aunque ya no sea tu consejero real, estaré encantado de seguir asistiéndote como si lo fuera.
Cincela le devolvió la sonrisa.
Pero mientras caminaban hacia el castillo, no pudo evitar alzar la vista hacia el cielo oscuro que se extendía sobre Capital. Algo le decía que lo vivido hasta entonces no era nada comparado con lo que estaba por venir.