44. Retorno #2
—Azava no puede ver, al menos no como tú o como yo —explicó Adami—.
Según tengo entendido, perdió la vista de joven en un accidente cerca del puerto.
Fue entonces cuando Gheva le concedió la Bendición que hoy posee —suspiró—.
Básicamente, la comandante puede manipular las células de sus oponentes, haciéndolas vibrar hasta generar calor.
Las ondas térmicas que producen son lo que ella percibe y constituyen su forma de visión.
Por eso su Bendición permanece siempre activa.
Azava… ha aprendido a distinguir su entorno a través de la radiación térmica que emiten los cuerpos a su alrededor, incluso en plena oscuridad.
Y eso, sumado a su increíble habilidad con la ballesta, la convierten en una tiradora letal.
—Va a ser verdad lo que dicen por ahí de Capital —Yskar sonrió—. Vuestras Bendiciones son algo fascinante.
—Pero, como todos los Bendecidos, la habilidad de Azava también tiene una gran contrapartida —continuó Adami—.
A plena luz del día le resulta difícil apreciar el calor que emanan los cuerpos, sobre todo si están lejos, ya que los patrones que desprenden apenas pueden diferenciarse del de la luz solar —se encogió de hombros—.
Es irónico pero, cuanto más luz del sol haya, menor visión tendrá Azava.
Yskar asintió, perplejo ante la posibilidad de poder contemplar uno de aquellos dones de primera mano.
—Y… ¿esa especie de lámina de acero que lleva en la cabeza? ¿Para qué sirve?
—Es una máscara de jaspe y, entre otras cosas, sirve para regular la cantidad de luz solar —explicó Adami, acariciando su descuidada barba blanca—.
¿Ves las rejillas alrededor de sus ojos?
Azava puede controlar su apertura y ajustar así la cantidad de luz que entra en ellos.
Es una forma de paliar su gran desventaja, aunque puedo asegurarte que, en los meses de verano, por mucho que las regule, su visión sigue siendo muy limitada.
Azava acercó su mano hacia uno de los laterales de la máscara y accionó una pestaña, casi imperceptible, que abrió las rejillas por completo. Sus ojos, completamente blancos, se clavaron en las siluetas que se acercaban, hasta que, frustrada, volvió a tapiar sus pupilas.
—Nada —aseguró—. Hay demasiado sol.
Jedena, cansada de esperar, se acercó al borde de la muralla y miró a los soldados con un semblante imperturbable.
—Apuntad.
—¡Esperad! —intervino Farco, extendiendo la mano horizontalmente—. Bajad los arcos. Uno de ellos lleva una armadura de Capital.
Jedena, Azava y los allí presentes entornaron los ojos con la intención de verificar aquellas palabras.
—¡Es el rey! —exclamó Adami, aproximándose a la muralla—. ¡Es el rey Álvar!
Pero Jedena, situada a su lado, apagó su repentina euforia al detenerlo con una mano sobre el pecho.
—No confíes en lo que ves —advirtió—. No olvides que los Emisarios pueden adoptar la apariencia de reyes. Podría ser una trampa.
Adami frunció el ceño.
—Reconocería ese caminar tan característico de Álvar aun con los ojos vendados.
Jedena suspiró, tomándose unos segundos para escoger las palabras adecuadas.
—Mi hermano está muerto —declaró sin alterar su expresión—. Debemos aceptarlo y no dejar que el enemigo aproveche esa debilidad para atacarnos por sorpresa.
—Pero, Jedena…
—¡Apuntad!
La hilera de arqueros tensó sus arcos y dirigió la punta de sus flechas hacia las cuatro sombras que se aproximaban al reino.
—¡Disparad!
Un enjambre de afiladas flechas emergió desde lo alto de las murallas hacia las cuatro siluetas inmóviles que aguardaban su llegada.
Una de ellas alzó ambos brazos hasta la altura de los hombros. Un pequeño haz de luz recorrió sus manos y, del suelo bajo sus pies, brotaron raíces que serpentearon en el aire y se superpusieron unas sobre otras hasta formar una robusta barrera de madera.
Las flechas impactaron contra la improvisada empalizada, incapaces de alcanzar a los desconocidos. Los soldados, confusos, bajaron sus arcos para examinar el campo de batalla, tratando de averiguar qué era lo que había detenido su ataque.
Adami se acercó a Jedena, apoyó una mano sobre su hombro y se inclinó hacia su oído.
—Además de adoptar forma de reyes, ¿los Emisarios también están Bendecidos por Gheva?
Jedena se giró hacia los soldados del Ocho que custodiaban las murallas.
—¡Detened el ataque! —ordenó—. ¡Abrid las puertas de inmediato para recibir a nuestro rey!
Los soldados apostados junto a la entrada del reino obedecieron sin vacilar. Los titánicos portones comenzaron a abrirse lentamente cuando accionaron las poleas necesarias para desplazar semejante peso.
Jedena, Farco y sus acompañantes descendieron por una escalera de piedra situada al lado de la muralla y esperaron pacientes.
A medida que la estructura se separaba, Jedena distinguió al otro lado a un hombre con ropas desgastadas y magulladas que la observaba de vuelta con un mirar que sabía a hogar.
—¿Es así como me recibís después de tanto tiempo? —preguntó Álvar, dedicándole una sonrisa irónica—. ¿Atacándome sin piedad alguna?
Jedena se quedó en silencio por unos instantes.
—Álvar, nosotros… creímos que habías muerto en Lenov —dijo, tratando de mantener la compostura—. Pensábamos que Capital había quedado huérfano y nos vimos obligados a asumir su control y…
Mientras hablaba, Álvar se aproximó a ella hasta que su silueta fue completamente reconocible. La emoción se adueñó de Jedena, obligándola a callar y a romper aquella seriedad que tanto se esforzaba por mantener.
—Discúlpame —se excusó de nuevo, mirando a otro lado—. No sé porque…
Álvar la abrazó.
La comandante cerró los ojos, dejándose arrullar por la reconfortante sensación de sentir el calor de su hermano de nuevo.
—Ver lo eficaces que habéis sido defendiendo las murallas con este ataque —comenzó a decir Álvar mientras se separaba del abrazo—, y lo próspera que sigue siendo Capital a pesar de mi ausencia, me demuestra que cuando mi hora llegue, el reino quedará en buenas manos. Estoy orgulloso de ti, hermana mía.
Jedena insinuó media sonrisa, mientras sostenía la mirada del rey con los ojos enrojecidos y húmedos.
—Verte hoy aquí, después de todo, nos recuerda que seguimos bajo el mando del mejor rey que Capital podría tener. El orgullo es mío.
Álvar asintió en agradecimiento y, acto seguido, se hizo a un lado con el brazo extendido hacia sus tres acompañantes.
—Creo que también conoces a quienes vienen conmigo.
No hicieron falta más explicaciones. Una armadura completamente blanca, adornada con trazos dorados, solo podía pertenecer a un lenovense. Y, después de conocer lo sucedido allí, solo podía tratarse de una persona.
—Es un placer verte entre nuestras filas, Capitán.
—Serviremos a Capital y a cuantos quieran unirse a esta causa —respondió Ramis, inclinando ligeramente la cabeza—. El placer es mío.
—Nos acompañan también un joven clérigo de Lenov; Verso —señaló Álvar—. Y Cincela, la hija del Capitán.
—Capital os acogerá con los brazos abiertos —intervino Farco, dando un paso al frente hasta situarse junto a Jedena—. A todos vosotros.
—Largo tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos, Álvar —declaró Yskar, acercándose al círculo de comandantes—. Y aquí estás otra vez, el único ser capaz de contradecir los rumores y burlar a la propia muerte.
—¡Yskar! Viejo amigo —respondió Álvar estrechándole una mano—. ¿Tú también estás aquí?
—Vaya, parece que a este pobre anciano ya no lo invitan a las fiestas sorpresa —se quejó Adami, con los brazos en jarras, un poco más atrás—. ¿Es por mi olor?
Álvar soltó una profunda carcajada.
—Ni el más atroz de los Hiniur puede borrar tu sentido del humor, comandante —confesó—. Veo que pudiste llevar a cabo la misión en Brevodia. Buen trabajo.
Adami se encogió de hombros.
—Bueno, sí. Tuve algunos contratiempos, pero… aquí me tienes, rebosante de vitalidad.
—Me alegra comprobar que los mitos sobre tu muerte eran falsos —intervino Ilma sobresaliendo tras Adami—. El mundo es más seguro contigo aquí.
Álvar asintió.
—Es un honor para mí contar con Davá en esta lucha. Agradezco que estés aquí tú también, Ilma.
La davense asintió en respuesta.
—Farco, necesito que convoques a todos los comandantes de manera urgente —anunció Álvar con firmeza—. Tenemos mucho que discutir y planificar. La seguridad de nuestros reinos y de nuestro pueblo está en riesgo.
—Descuida, majestad —respondió el del Uno—. Han pasado muchas cosas durante tu ausencia… y tenemos más de una pregunta que hacerte ahora que has regresado.
—En efecto, debemos informarnos de las novedades —corroboró el rey—, pero la finalidad de dicha reunión va mucho más allá. Debemos prepararnos frente a la amenaza Hiniur. Necesitamos elaborar una estrategia eficaz para la guerra que se avecina.
Jedena frunció el ceño.
—¿Quieres decir que…?
—La profecía ha empezado a cumplirse —acabó de decir Álvar, como si hubiera leído su pensamiento—. La era que describen sus páginas, en la que el mundo sucumbirá a la oscuridad, ha comenzado. Lenov ya ha sido tomada y pronto lo serán los demás reinos.
—Davá no ha tenido mejor suerte, Álvar —corroboró Ilma—. La pequeña que me acompaña y yo somos las únicas supervivientes.
Álvar cerró los ojos y dejó escapar un soplido mientras asimilaba la noticia. Había poco tiempo, menos del que había imaginado.
—Por tanto, ya hemos perdido dos reinos —continuó el rey—. Y pronto atacarán Brevodia y Capital, como bien presagian las páginas sagradas. El mal avanza raudo… más de lo que me temía.
—¿Crees que tenemos alguna posibilidad? —inquirió Ilma de pronto, con la esperanza de escuchar una respuesta positiva—. ¿La humanidad puede cambiar aquello que ya está escrito?
Álvar se tomó unos segundos antes de responder.
—Según la profecía, el mal crecerá hasta superar nuestras filas y los Hiniur lanzarán una ofensiva contra la humanidad de la que no podremos recuperarnos —aseguró—. Está escrito, y así será. Eso… es lo que creo.
Farco frunció el ceño.