El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 44. Retorno
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44. Retorno

Kaselea, comandante del Seis, se inclinó sobre la mesa de reuniones.

De entre sus mechones cayó una fina trenza que se balanceaba frente a ella con un vaivén constante. Su cara estaba marcada por innumerables cicatrices que la cruzaban de lado a lado, disimuladas apenas por el maquillaje con el que la comandante trataba de ocultarlas.

Sus manos, también cubiertas de marcas, desplegaron sobre el centro de la mesa un detallado mapa cartográfico del mundo. Los reinos de Davá y Brevodia estaban resaltados con círculos rojos y varias X negras salpicaban la llanura de Yombeka, delineando posibles puntos de interés.

Kaselea retomó su lugar alrededor de la mesa, junto a Samil.

—Te ha quedado un mapa bellísimo —susurró la comandante del Seis a medida que se sentaba—. Me encanta.

—¿Has visto? —murmuró Samil de vuelta, halagado—. Le he dado unos toques de brillantina, quedaba muy soso sin ellos.

Jedena se levantó de su asiento y barrió con la mirada a los presentes hasta que logró captar la atención de todos.

—Durante la travesía a Brevodia, varios escuadrones deberán dividirse e inspeccionar este punto —dijo, señalando con un dedo una de las X del mapa—. Si no hay contratiempos, otro de los escuadrones se tendrá que separar del grupo principal e inspeccionar este otro.

Cecil jugueteaba con su reloj de arena, volteándolo cada vez que uno de sus lados se vaciaba, mientras observaba la estrategia que Jedena planteaba.

—¿Nos va a dar tiempo a inspeccionar toda la llanura? —dijo, apoyando su mentón sobre la mesa para observar de cerca como caía la arena de su reloj—. Yombeka es muy grande.

—Si logramos organizarnos correctamente, puede dar resultado —intervino Farco desde uno de los extremos de la mesa—. Creo que esta puede ser la estrategia más efectiva.

—¿Es menester que nos separemos en pequeños subgrupos? —reprochó Valtyra, tajante—. Me parece absurdo, y más siendo conscientes del evidente aumento de Hiniur que hay.

Tretton fijó su mirada en Valtyra; sus ojos verdes delineados por sus marcadas pestañas parecieron clavarse en su alma.

—¿Y qué propones? —espetó, rudo—. ¿Prefieres que acudamos a los puntos de interés todos los escuadrones a la vez?

—No, no, no —intervino Cecil de nuevo, volteando una vez más su reloj—. Así no nos dará tiempo a explorar nada. Tardaríamos meses en llegar a Davá y daríamos tiempo suficiente a los Hiniur para prepararse.

La mirada gélida de Valtyra se clavó en Tretton, que había osado contradecirla.

Su gargantilla de oro, sus pulseras y los diferentes adornos que pendían del pañuelo que cubría su cabeza tintinearon suavemente al moverse.

Pero no merecía la pena gastar tiempo ni saliva en un hombre tan primitivo como él.

No alguien como ella, desde luego. Una última mirada fulminante bastó como respuesta antes de ignorarle y volver su atención a la mesa.

Quien no hizo lo mismo fue el comandante Zékiel que, tan primitivo como Tretton, no pudo evitar intervenir en la conversación.

—¿Y tienes que decirlo usando ese tono? —espetó—. ¿O tengo que enseñarte modales?

—¿Tú? —replicó Tretton con el ceño fruncido—. Si alguien tiene que enseñarle algo a alguien aquí, ese soy yo. Quizás, si me lo pidieses por favor, podría mostrarte lo que puede hacer mi Bendición sobre el cuerpo de un hombre.

El tridente de Jedena se interpuso entre los dos comandantes.

—Callaos y sentaos de una vez.

A regañadientes, y sin apartar la mirada el uno del otro, Tretton y Zékiel obedecieron y volvieron a sentarse.

—Tic, tac… —murmuró el del Tres, dándole la vuelta a su reloj—. Tic, tac.

—Estoy de acuerdo con Cecil, aunque esté volviéndome loca escuchándole girar ese reloj una y otra vez —intervino Doile, resignada—. ¿Es preciso que exploremos todos los puntos?

—Sería interesante hacerlo, Doile —respondió Farco—. Se tratan de cuevas, pequeños bosques y lugares que podrían servir como refugio ante los Hiniur. Estoy convencido de que en alguno de ellos hallaremos supervivientes davenses.

—Creo que Valtyra lleva razón, no podemos dividirnos en subgrupos —puntualizó Alina, comandante del Trece—. No olvidéis que incluso el rey Álvar tuvo dificultades para repeler a los Hiniur cuando le emboscaron en las aguas de Umbramar.

—Pero si nos movemos todos juntos, nos demoraremos demasiado —replicó Farco, mientras la luz del ventanal iluminaba la marca de nacimiento que cubría su rostro—. Además, los Hiniur podrían aprovechar nuestra ausencia para atacar el reino.

El silencio invadió la sala mientras los comandantes sopesaban ambas opciones.

—Podríamos… quizás… emprender la exploración mediante relevos.

Todos los presentes se volvieron hacia el joven Kerin.

Al sentir como las miradas se clavaban en él, el comandante del Cuatro comenzó a entrelazar los dedos con cierto nerviosismo. Ríos de sudor surcaron su rostro, humedeciendo su cabello azulado, que terminó adherido a su frente.

—¿A qué te refieres exactamente?

Kerin quedó momentáneamente sin palabras, mientras frotaba sus manos sobre sus piernas en un intento de deshacerse del sudor que también comenzaba a empaparlas.

—Qui-qui-quiero decir que... Pe-pe-pensaba que… quizás...

—Tic, tac —dijo Cecil, girando su reloj—. El tiempo avanza.

—Venga, arranca de una vez —instó Valtyra.

—¿Queréis callaros y dejar que el chico se exprese tranquilamente? —intervino Farco—. Adelante Kerin, te escuchamos.

—Para una vez que habla… —añadió Adami—. Pobre.

Kerin se inclinó hacia el mapa que se extendía en el centro de la mesa.

—Había pensado qu-qu-que… Bueno, mi idea pri-pri-principal sería…

enviar un par de escuadrones a la primera ub-ub-ubicación marcada en el mapa —tartamudeó, señalando con el dedo una de las X—.

De-de-después de inspeccionar esa zona, lo-lo-los escuadrones regresarán al reino y-y-y otros dos grupos diferentes irán a la si-si-siguiente ubicación señalada.

—De esa forma también evitaremos la fatiga de los escuadrones y estarían preparados para combatir si sufriésemos algún ataque en Capital —puntualizó Jedena, asintiendo—. Es una idea arriesgada, pero podría funcionar.

Farco continuaba meditabundo.

—Sigo pensando que no tenemos tanto tiempo —concluyó, rascándose su cabeza alopécica—. No olvidemos que también debemos acompañar al rey Yskar a Brevodia, y ello implica varios días de viaje.

—Pero eso no será inconveniente, mis hombres…

Un contundente golpe interrumpió la reunión. Todos los presentes callaron y dirigieron su mirada hacia la pequeña puerta de madera.

Pero fue Jedena quien rompió el incómodo silencio.

—Adelante.

La puerta se abrió y reveló la silueta de uno de los soldados del escuadrón Ocho que, aquel día, custodiaban las murallas del reino.

—Con permiso, comandantes —dijo el soldado con una reverencia—. Me envía la comandante Azava. Es importante.

—Más vale que lo sea —reprochó Valtyra dedicándole una mirada despectiva al soldado—. Estamos en medio de un asunto de vital importancia.

—Hemos avistado a un pequeño grupo de forasteros acercándose al reino por el norte —dijo el soldado, algo agitado—. Después del ataque que lanzamos contra el señor Adami y sus acompañantes, mi señora Azava querría saber si deberíamos lanzar una ofensiva contra los nuevos extraños que se aproximan.

Jedena suspiró, apartó la mirada de la puerta y cerró los ojos. Tras unos instantes, alzó la cabeza y dirigió su imponente mirada hacia todos los presentes.

—Continuaremos la reunión mañana a la misma hora.

Resignados, los comandantes asintieron, recogieron sus pertenencias y abandonaron la sala uno a uno.

Entre todo el barullo, Farco se aproximó a Jedena.

—¿Vas a ir tú sola a las murallas?

La del Diez asintió.

—Trataré de resolver este incidente cuanto antes.

—Iré contigo —respondió Farco—. Hace tiempo que no me paso por La Arena y me noto algo oxidado. Espantar a un puñado de Hiniur me vendrá bien.

—Nosotros también iremos —Ilma se unió a la conversación—. Queremos ayudar en todo lo que podamos mientras estemos aquí.

Jedena asintió, se ajustó el yelmo de jaspe negro y empuñó su tridente de plata.

—Por aquí.

Jedena y Farco, comandantes del Diez y del Uno respectivamente, avanzaron hacia las murallas a través de una puerta situada al final del pasillo de la sala del trono. Tras ellos caminaban Adami, Yskar, Ilma y la pequeña Kayli, que no se había separado de la davense desde su partida del reino.

La puerta daba a un estrecho pasaje exterior que recorría las murallas del reino y desembocaba en los macizos portones de la entrada de Capital, custodiados por la comandante Azava y el escuadrón Ocho.

—Justo a tiempo —saludó Azava a los recién llegados—. Siento haber interrumpido la reunión, pero creo que esto os puede interesar.

Azava apoyó las manos sobre la almena y se inclinó ligeramente hacia delante mientras intensificaba la mirada hacia el sendero que se extendía desde el Bosque Garova hasta las puertas de Capital.

La mitad superior de su rostro estaba oculta bajo una maciza placa de jaspe negro que nacía en su frente y descendía hasta cubrir su nariz. Bajo aquella máscara, tras unas estrechas rendijas, podían intuirse sus ojos que, como dos perlas blancas, brillaban imbuidos en un constante haz de luz.

—Allí —señaló, intensificando la luz de sus ojos—. ¿Deberíamos atacar?

—¿Qué son esas sombras? —preguntó Jedena, agudizando la vista—. ¿Has sido capaz de identificarlas?

La comandante del Ocho negó con la cabeza.

—Están demasiado lejos y hace mucho sol como para distinguir sus patrones caloríficos con claridad. No sé qué son.

Yskar, que se encontraba un poco más atrás, llamó la atención de Adami con un golpe de codo.

—¿De qué están hablando, comandante?

—De la Bendición de Azava —susurró el anciano—. Pero no te dejes impresionar, la mía es más vistosa.

—¿A qué te refieres?