El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 43. Eclipse
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43. Eclipse

La luz que irradiaba el cuerpo de Álvar adquirió un grado más de intensidad, obligando incluso a los lenovenses a cubrirse los ojos para protegerse de su destello.

Cada vez más árboles se torcían y caían sobre el lomo del Hiniur, abrazándolo y manteniéndolo sujeto contra el suelo. Los brazos de la bestia se agitaron de pronto cuando, una vez más, intentó liberarse de la fuerza que las raíces ejercían sobre él.

El Hiniur rugió, desesperado, propagando un eco tan ensordecedor que Álvar perdió la concentración por un instante y dejó que su luz se desvaneciera.

No puedo… fallar.

Sacudió la cabeza y volvió a clavar los ojos en la titánica criatura. Entonces, furioso, respondió con un bramido que rivalizó con el de la bestia, dejando que el haz de luz lo envolviese de nuevo.

A medida que su cuerpo volvía a iluminarse, Álvar no dejó de proferir su bramido. Cada vez más sonoro. Más áspero. Más salvaje.

Pero su garganta no pudo soportarlo más y su voz quebró, dando paso al rugido del león albino que habitaba en su interior y que estaba ansioso por salir.

Un abrigo de pelaje blanco comenzó a cubrir su piel. Su cabello creció y se expandió hasta formar una melena nívea alrededor de su cabeza. Su boca se alargó, dando paso a un hocico y a unos colmillos que brillaron bajo la luz de la luna.

Como si el propio bosque hubiera escuchado su plegaria, respondió dejando que toda la vegetación circundante se abalanzara sobre el Hiniur. Lianas, raíces, ramas secas, matojos marchitos e incluso la escasa hierba que moteaba el suelo… todo se expandió y se enroscó alrededor de la criatura.

Pero el Hiniur, lejos de amedrentarse, pareció sonreír ante los intentos de ser sometido.

Arañando la tierra con sus garras, tensó los brazos y rompió la atadura. La madera que aprisionaba su espalda salió despedida por el aire y estalló en una lluvia de astillas que cubrió el suelo alrededor de la fuente.

La luz de Álvar parpadeó, amenazando con apagarse.

En un último esfuerzo por contener a la bestia, el rey volvió a ofrecer su rugido al viento, y este resonó haciendo vibrar la tierra bajo sus pies. El haz de luz pareció recuperar momentáneamente su fulgor, pero acabó por extinguirse por completo y, con él, Álvar cayó exhausto al suelo.

El Hiniur entonces desgarró las raíces de un zarpazo y se acercó hacia aquel hombre que había osado desafiarle.

A medida que emergía de la penumbra, Cincela pudo contemplar al colosal ser en todo su esplendor.

Tan alto como los árboles cercanos, avanzaba sobre sus cuatro robustas patas.

El pelaje de su espalda, mucho más abundante que el de un Hiniur común, se extendía hasta rozar el suelo en una exuberante cascada de mechones negros salpicados de reflejos rojizos.

Dos cuernos oscuros brotaban de cada lado de su cabeza cuyas puntas se curvaban hacia delante por delante de sus ojos.

La bestia se detuvo frente a Álvar, observándolo desde la altura con aquellos iris incandescentes. Alzó su garra hacia el cielo, eclipsando la luna por un momento y ensombreciendo la silueta del rey.

Álvar, moribundo, pudo levantar la cabeza a duras penas solo para contemplar cómo su fatídico destino se cernía sobre él.

Ramis corrió hacia el capitense y se interpuso entre él y la criatura, apuntándola con el filo de su espada mientras su capa ondeaba con ímpetu tras él.

—¡No oses dar un paso más, vil criatura! —bramó entre jadeos—. Esta… será tu tumba.

El Hiniur, con su garra aún en alto, centró su atención en el Capitán.

Como si se tratara de un mero insecto, la criatura embistió al lenovense con el lateral de uno de sus cuernos, lanzándolo varios metros y dejando tras de sí una estela de polvo y sangre mientras rodaba por el suelo.

La piedra de la fuente detuvo bruscamente su avance y Ramis quedó allí tendido.

—¡Padre! —exclamó Cincela, corriendo hacia el lugar del impacto—. Padre, estás…

Con cuidado, alzó su cabeza y comprobó que su mirada parecía apagada. La sangre brotaba de su boca y salpicaba el suelo cada vez que intentaba hablar.

—Huye… —murmuró—. Marchaos de este lugar.

—Levanta —suplicó Cincela, tirando con todas sus fuerzas del brazo de su padre, ignorando su petición—. Levanta, papá…

Anocheció.

Una sombra se cernió sobre Cincela, cubriendo la tenue luz lunar que lograba filtrarse entre las nubes. La joven se volvió para comprobar cómo una zarpa se abría, inmisericorde, sobre ella.

No tuvo tiempo de asimilar lo que estaba a punto de ocurrir cuando las garras, sin previo aviso, descendieron en picado.

Casi lo conseguimos.

Cincela abrazó a su padre.

Ahora por fin podremos descansar en paz.

Dejó caer la cabeza contra el pecho del Capitán.

Abuelo, abuela… ya vamos.

Algo detuvo el avance de las garras.

¿Estoy viva?

Con cierto temblor y lágrimas en los ojos, Cincela alzó la mirada.

Verso estaba de pie con sus brazos abiertos en cruz frente al gigante, el cual, sorprendido, detuvo el ataque.

¿Verso? ¿Qué… haces ahí?

El Hiniur elevó su brazo hacia un lado y, con un latigazo que cortó el viento, golpeó a Verso con el reverso de su palma.

Cincela abrió los ojos de par en par.

Un rastro de sangre se extendía ahora hacia su izquierda. El final de aquel tapiz carmesí lo marcaba el cuerpo tendido de Verso que, aun magullado por el impacto, pareció sonreír al notar que había podido salvar a Cincela de aquel final.

Con un nudo en la garganta, la joven avanzó a tientas por el suelo hasta llegar junto al clérigo. Allí tomó sus manos mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Idiota, inconsciente… ¿Qué has hecho?

—Al final… va a ser verdad —murmuró Verso, tendido en el suelo—. Voy a ser recordado como el consejero más fugaz de la historia del reino.

Cállate, no digas eso…

Por favor… no lo digas.

El colosal Hiniur volvió a alzar su brazo y la sombra que proyectaban sus garras cubrió nuevamente a Cincela.

Ella, abandonando toda esperanza, apoyó su frente sobre la de Verso, permitiendo que su llanto fluyera libremente e inundase el silencio. La zarpa descendió, ensanchando la sombra sobre Cincela, pero ella… no se inmutó.

Se escuchó un desgarro.

Como si alguien, desde alguna parte, hubiese despedazado un trozo de tela.

Sangre.

Una lluvia de fluido carmesí salpicó la pálida tez de Verso.

Sangre.

Que se esparcía en forma de charco a su alrededor.

Sangre.

Que emanó de Cincela cuando las garras impactaron contra sus caderas y la dividieron en dos.

Verso, atónito, giró el cuello.

A unos metros de distancia vio las piernas de Cincela, retorcidas en una postura imposible sobre el mármol de la fuente.

Volvió la mirada al frente.

Justo encima de él, la mitad superior de Cincela se desplomó, inerte, contra su pecho. El clérigo notó los últimos latidos de su corazón hasta que, paulatinos, se fueron apagando para siempre.

—No… no, no… ¡No! ¡No! —repitió Verso—. No… no…

Con los ojos anegados en lágrimas, el aprendiz trató de levantar la cabeza de Cincela, pero sus raquíticos brazos no tenían la fuerza suficiente para alzar el cuerpo inerte.

Gheva, ¿por qué nos has abandonado?

La sombra del titánico Hiniur eclipsó la luna una vez más, envolviendo en sombras al clérigo.

¿Por qué nos creaste tan débiles, tan… frágiles?

Desde lo alto, dos ojos carmesí contemplaron con desdén los fútiles esfuerzos del aprendiz.

¿Por qué dotaste al humano de una voluntad tan férrea, capaz incluso de arriesgar su propia vida?

Verso abrió los ojos lentamente.

Aun… sabiendo que jamás podrá cambiar aquello que está escrito.

Miró entonces hacia la derecha. Álvar permanecía tendido sobre el mármol de la fuente, inmóvil.

¿Acaso eso es lo que somos? ¿Un error en tu creación?

A la izquierda, Ramis seguía incrustado en la pared, cubierto de sangre.

¿Algo que nunca debió existir?

Abrazó el cuerpo inanimado de Cincela una última vez.

Gheva… ¿por qué nos has abandonado?

Sonó una risa.

Las garras se detuvieron.

La risa volvió a sonar, helando la sangre y erizando la piel. Imbuida en maldad. Distorsionada. Discordante. Psicopática.

Un eco enfermizo que parecía carecer de toda humanidad.

Aún con los ojos vidriosos, Verso miró en todas direcciones, buscando desesperadamente el origen de aquella sinfonía maquiavélica.

Entonces Cincela alzó la cabeza.

Sus cabellos dorados se apartaron de su rostro y dejaron al descubierto una amplia sonrisa repleta de colmillos afilados.

La mancha negra de su nuca se había extendido hasta cubrir la mitad de su cara y su ojo izquierdo había perdido la claridad que solía embellecerlo, adoptando un color tan rojo como el fuego.

—¿Cin… cela?

Venganza… miedo… rencor.

Cincela volvió a reírse.

Una maraña de hilos negros se extendió desde sus piernas hasta la mitad superior de su cuerpo, contrayéndose y cosiendo ambas mitades de nuevo.

Las carcajadas no cesaron.

Caos… sufrimiento… dolor.

Cincela apoyó sus manos, ahora ennegrecidas y cubiertas de escamas, contra el suelo y, con una poderosa flexión, se puso en pie. Su cabeza permanecía inclinada hacia delante mientras su cabello se balanceaba como un péndulo y la risa volvía a brotar de su garganta.

Aflicción… martirio… tormento.

El Hiniur alzó el brazo sobre Cincela. Ella se agachó de inmediato sobre sus cuatro extremidades y se impulsó hacia la criatura de un salto, aterrizando sobre su pecho y clavando sus recién formadas garras para mantenerse allí sujeta.

Grito… súplica… agonía.

Mientras la criatura trataba de recomponerse, Cincela desgarró la piel de un zarpazo en busca de su corazón. La sangre comenzó a brotar sin control, salpicándola por completo, aunque aquello no parecía importarle lo más mínimo.

Perdición… sombras… silencio.

El Hiniur rugió de angustia mientras ella continuaba hurgando entre sus entrañas.

Sin cesar sus ataques ni sus funestas carcajadas, finalmente alcanzó lo que tanto ansiaba.

Como quien encuentra un tesoro, Cincela hundió la cabeza en el tórax de la criatura y, con un violento mordisco de sus colmillos, silenció sus latidos para siempre.

Soledad… éxtasis… muerte.

El Hiniur se desplomó contra el suelo.

Cincela cayó tras él mientras sus escamas se desvanecían, sus garras se contraían y la mancha negra se reducía, devolviéndole su color natural y la claridad de su ojo derecho.

Fue Álvar quien la atrapó en el aire, evitando que impactase contra el suelo. El rey, con su armadura magullada y manchada de sangre y barro, miró a la joven mientras, poco a poco, ella entreabría sus ojos.

¿Qué… ha pasado?

¿Por qué me sostiene Álvar en sus brazos?

¿Y el Hiniur?

¿Papá? ¿Verso?

¿Qué… ha pasado?

—¿Qué le han hecho a mi hija? —exigió Ramis, sosteniendo uno de sus costados y caminando con cierta cojera—. ¿Qué era esa cosa que ha matado al Hiniur?

Álvar fijó su mirada en la del lenovense.

—Debemos ir a Capital de inmediato —advirtió—. Debo suministrarle el Éfir a tu hija cuanto antes.

La firmeza en el rostro de Álvar dejó claro que no había espacio para más preguntas. Ramis se aproximó a Verso y lo sostuvo entre sus brazos y juntos dejaron atrás la fuente y se encaminaron de vuelta hacia el estrecho.

—Tenías razón, Capitán —murmuró el monarca.

Ramis frunció el ceño.

—No teníamos que habernos desviado, ha sido una mala idea.

—No lo ha sido, majestad —aseguró—. Ahora conocemos la magnitud de las palabras de la profecía.

Álvar se volvió momentáneamente hacia el cadáver descompuesto del Hiniur a sus espaldas.

—Y no solo su magnitud —añadió el capitense—. Sus párrafos ya empiezan a cumplirse. Ese Hiniur… —negó con la cabeza—. Jamás había presenciado algo igual.

Ambos hombres corrieron, a duras penas, cargando a Cincela y Verso sobre sus hombros, dirigiéndose apresuradamente hacia la escalinata.

Pero algo les detuvo.

Las nubes opacas que aquel día cubrían el cielo comenzaron a dispersarse en espiral, revelando un resquicio luminoso en su centro. Desde allí, un rayo de luz descendió e impactó directamente sobre Álvar, quien cayó de rodillas y dejó que el cuerpo de Cincela se deslizara hasta el suelo.

—¡Majestad!

El rey no respondió. Mantuvo la mirada fija en la espiral mientras el rayo lo bañaba con su resplandor. Entonces la luz se extinguió y las nubes volvieron a cerrarse, formando de nuevo la densa bóveda nocturna sobre ellos.

Lluvia.

Las lágrimas del firmamento comenzaron a caer con fuerza, empapándolo todo a su alrededor.

Álvar se puso en pie, sosteniendo de nuevo a Cincela mientras Ramis, justo a su vera, lo observaba con desconcierto.

—¿Qué… acaba de ocurrir?

—Los Vastali —dijo Álvar, casi de inmediato—. Han contactado conmigo.

Ramis alzó la vista al cielo.

—¿Y qué han…?

—Hay esperanza —prosiguió el capitense—. No está todo perdido.