El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 42. Ardid
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42. Ardid

—¿Hi-Hi-Hiniur? —balbuceó el clérigo a trompicones—. ¿Aquí?

—El aumento de su presencia es innegable —proclamó Álvar—. Han llegado incluso a profanar suelo sagrado como este.

Dos óvalos carmesíes aparecieron de entre las hojas de uno de los arbustos.

Ramis aferró el mango de su espada con firmeza. Álvar alzó su hacha y la enarboló tras él, preparándose para cargar contra aquello que apareciese de las entrañas del bosque. Cincela mantuvo su mirada fija en las esferas rojas que los observaban de vuelta, dispuesta a hundirle el filo de la faca.

Otro par de esferas rojizas aparecieron ante ellos.

Casi de inmediato, a su derecha, otro par más.

Y a su izquierda.

Pronto, la penumbra del bosque se engalanó con un sinfín de ojos que los acecharon, deseosos de muerte.

—No os obligaré a luchar aquí si no lo deseáis —dijo Álvar sin apartar su atención de la amenaza que los rodeaba—. Huid. He sido yo quien os ha arrastrado hasta aquí y seré yo quien os saque con vida de este lugar.

—Un Capitán de Lenov sin un rey al que servir carece de propósito para existir —replicó Ramis, posicionándose junto al capitense—. Mi reino ya no tiene rey. A partir de ahora, es a vos a quien sirvo y, como tal, no puedo huir cuando mi lealtad se pone a prueba y mi rey arriesga su vida.

Álvar observó a Ramis, pero el Capitán no le devolvió la mirada, sino que permaneció atento a la infinidad de Hiniur que ya sobresalían de entre el follaje y caminaban libremente cerca de la fuente.

El capitense esbozó media sonrisa.

—Es sorprendente cuánto te pareces a tu padre, Capitán —dirigió su mirada al frente—. Preparaos.

El monarca dejó caer el brazo y, con él, la pesada cabeza de su hacha se estrelló contra la tierra, agrietándola. Sin dar tiempo de reacción a las bestias, emprendió una carrera hacia ellas mientras la hoja rasgaba el suelo, afilándose con cada paso.

El grupo de Hiniur se precipitó hacia él, impulsándose con sus cuatro extremidades para ganar velocidad. Pero Álvar llegó primero y, con la fuerza que lo caracterizaba, lanzó un tajo horizontal que decapitó a dos de ellos de un solo golpe.

Y no se detuvo.

Sin ofrecerles tregua alguna, levantó el pesado hierro hasta alcanzar la altura de sus hombros para, seguidamente, rodar como una peonza con el hacha extendida al frente.

Los Hiniur más próximos a la vorágine del filo no pudieron hacer nada por evitarla y perdieron la vida entre agónicos gruñidos.

Mientras tanto, en el flanco contrario, Ramis se enfrentaba a otra manada de aquellas aberraciones. Pero, a pesar del peligro, el lenovense permanecía inmóvil, con los ojos cerrados y la espada empuñada con ambas manos frente a él.

Como Capitán, a menudo debía hacer frente a innumerables hordas de Hiniur que, en la mayoría de las ocasiones, los superaban en número. Existía una técnica que Azhna utilizaba para ese tipo de situaciones y que él, ya desde pequeño, había conseguido perfeccionar.

Habrá veces en que, para salir victorioso de un enfrentamiento, deberás ignorar lo que tus ojos te muestran.

Esta técnica, hijo mío, te ayudará a evadir el miedo que puedas sentir en ese tipo de situaciones.

La clave no es otra que aprender a ver a través de tus oídos.

Y, desde entonces, Ramis recurría a ella en enfrentamientos como aquel. Cerraba los ojos, despejaba la mente y se dejaba envolver por los sonidos del entorno.

Los Hiniur, confiados ante la aparente baja guardia del Capitán, no dudaron en abalanzarse sobre él, alzando las garras para desgarrarle la carne.

Pero no llegaron a tocarlo.

Con los sentidos agudizados, el lenovense percibía los pasos de las bestias en cuanto se movían hacia él. Era entonces cuando su espada se adelantaba, tan rápida que apenas podía verse, y atravesaba el aire para hundirse en los engendros antes de que estos comprendieran de dónde llegaba el ataque.

Más allá, Verso se refugiaba tras Cincela, quien estaba rodeada por tres Hiniur.

Tal y como Azhna le había enseñado a ella también, la joven permaneció inmóvil mientras las criaturas avanzaban lentamente hacia ella. Les sostuvo la mirada, esperando a que la más valiente iniciase el primer ataque.

Como si le hubiese leído el pensamiento, uno de los Hiniur, cansado de esperar, zigzagueó por el suelo antes de lanzarse sobre ella. Cincela, ya preparada, fintó hacia un lado y esquivó el ataque.

Pero, antes siquiera de que terminara el movimiento, alzó la mirada para comprobar cómo, sobre ella, un segundo engendro descendía con las garras extendidas.

Casi por instinto, Cincela se dejó caer sobre la tierra húmeda. La criatura pasó por encima de su cabeza y, en ese mismo instante, la joven alzó la faca hacia el cielo.

El filo abrió el vientre del Hiniur mientras este la sobrevolaba, provocando un aluvión de vísceras que coloreó su rostro.

Cincela se incorporó y se limpió la sangre con el antebrazo, lista para enfrentarse a los dos Hiniur restantes.

Adáptate y vencerás.

Pero las bestias, ajenas a lo que acababan de presenciar, no retrocedieron y, tras proyectar el más feroz de sus alaridos, se lanzaron hacia ella.

Corrían desbocados, impulsados únicamente por sus deseos de muerte.

Estaban tan ciegos de furia que no advirtieron nada más, ni siquiera la bola de barro que Cincela les arrojó en los ojos.

Los Hiniur se detuvieron de golpe, ciegos, tratando inútilmente de retirarse aquel espeso lodo que les impedía ver cómo su asesina avanzaba en su dirección.

Se detuvo frente a ellos.

Alzó la faca.

Y sonrió.

—Morid.

El filo se hundió en el cráneo de la primera bestia.

—Sucias aberraciones… morid.

Arrancó la hoja y la clavó en la garganta del segundo.

—Morid.

El acero rasgó la carne al retirarse.

—Morid.

Morid.

Morid.

Los cuerpos de las bestias se desplomaron contra el suelo mientras Cincela, exhausta, las contemplaba desde arriba.

Verso, que se había ocultado detrás de una roca, se acercó a ella con cuidado. No parecía la Cincela de siempre. Al menos, no la que había conocido.

—¿Estás… bien?

La lenovense bajó la mirada y contempló sus manos, cubiertas de sangre.

—Esto… se siente tan bien…

Verso quiso saber más. Quería entender por qué alguien como Cincela estaba actuando de una manera tan poco habitual en ella. Pero algo, desde las profundidades del bosque, detuvo cualquier intento de formular la pregunta.

Una marabunta de Hiniur emergió ante ellos y, como un fuego voraz, comenzó a extenderse alrededor de la fuente.

Álvar retrocedió instintivamente al contemplar la abrumadora multitud de criaturas que empezaban a rodearlos. Inclinó la cabeza, dejando que sus mechones platinados cayeran en cascada velando su rostro.

—Parece que no van a dejarnos marchar —dijo, aferrando el mango del hacha.

—Entonces lucharemos —proclamó Cincela al reunirse con ellos, seguida de cerca por Verso—. Lucharemos hasta que se acabe el agua de la fuente y brote sangre en su lugar.

Incluso desde su posición, Álvar pudo percibir la furia en los ojos cristalinos de Cincela. Una tan severa y destructiva… como la de Ramis.

Alzó su hacha y la extendió hacia atrás hasta que uno de los filos besó su espalda. Ramis permaneció firme junto a él, mientras Cincela aguardaba rígida la llegada de las bestias escamadas.

Pero hubo un temblor.

Los Hiniur alzaron la cabeza, inquietos, buscando el origen de aquella sacudida.

Ramis miró al rey con el ceño fruncido, pero él seguía con la mirada fija al frente.

Un segundo temblor sacudió el bosque.

Álvar se llevó el hacha a la espalda.

—Tenemos que irnos.

El tumulto de Hiniur comenzó a correr desbocado hacia ellos.

Pero no se detuvieron ni se abalanzaron con sus garras como habían hecho momentos antes. Ahora los pasaban de largo, ignorándolos como si fueran meras sombras en su camino mientras huían velozmente hacia el desfiladero.

—¿Qué sucede, majestad? ¿A dónde se dirigen?

—¡CORRED!

Álvar agarró al Capitán y a Cincela por los antebrazos y los arrastró en una carrera desenfrenada hacia la costa. Verso ya se había adelantado a ellos y los esperaba en las escaleras que descendían por el estrecho.

—No miréis atrás —espetó el capitense—. Por lo que más queráis… no miréis atrás.

Cincela se giró.

Unas garras oscuras se abrieron paso entre los robustos troncos del bosque, apartándolos como si fueran simples tallos de hierba.

Tras ellas emergieron unos ojos de un rojo tan intenso que recordaban al propio fuego y unas fauces ennegrecidas que, al abrirse, dejaron entrever una imponente ristra de colmillos.

Álvar empujó a los lenovenses hacia el estrecho.

—Huid —ordenó—. Yo lo retendré.

—Pero, majestad…

—¡HUID!

Sin darles oportunidad de contradecirlo, Álvar dejó atrás a los lenovenses y avanzó hacia la bestia que emergía a lo lejos. Se arrodilló al llegar y apoyó las manos sobre la tierra húmeda.

Un haz lumínico envolvió su cuerpo, que se extendió a través del suelo en forma de ríos de luz hacia la monstruosidad.

Los robustos troncos que el colosal Hiniur apartaba se deshicieron de pronto en un sinfín de finos hilos de madera que se enroscaron a su espalda.

Álvar cerró sus dedos y, en respuesta, las filigranas amaderadas se contrajeron y apresaron a la bestia por el lomo, obligándola a caer pesadamente contra el suelo.

—Id a Capital —ordenó Ramis con firmeza, dirigiéndose a los dos jóvenes—. Y poneos a salvo.

Sin darles el privilegio de un reproche, el Capitán corrió hacia Álvar quien, en la distancia, lanzó un grito mientras la luz que irradiaba se intensificaba.

Ramis llegó justo a tiempo para ver cómo, desde las raíces que aprisionaban a la criatura, brotaban pequeños tallos de Éfir que iluminaron el entorno con un fulgor rojizo.

—Verso, escóndete —pidió Cincela, desenvainando la faca—. No puedo irme sin mi padre.

Sin esperar respuesta y con el arma en alto, Cincela corrió hacia su progenitor.

—¿Pero qué…? —balbuceó Ramis—. ¿No te he dicho que…?

—No puedo irme sin ti, papá —Cincela se retiró los mechones salpicados con sangre—. No perderé a la única familia que me queda.

Ramis la miró por un momento.

Si ha heredado mi testarudez, no voy a conseguir que cambie de opinión.

Suspiró.

Diga lo que diga y haga lo que haga.

—¿Y qué es un consejero real sin alguien a quien servir?

Padre e hija se giraron.

—Verso, pero ¿qué haces aquí? —preguntó Cincela, fulminándolo con la mirada—. Escóndete. Estás desarmado. ¿Acaso no ves al Hiniur que tenemos delante?

El aprendiz agachó la cabeza.

—Y tanto que lo veo —aseguró—. Y te mentiría si te dijera que no estoy muerto de miedo y que llevo un rato luchando contra mis piernas, que no hacen más que suplicarme salir corriendo de aquí.

Pero… —la miró—, si este es el destino que Gheva me tiene preparado, así lo aceptaré.

Yo tampoco voy a perder a la única familia que tengo.

Maldito inconsciente, pensó Cincela a medida que una tierna sonrisa se dibujaba en su rostro. ¿Qué haría yo sin ti?