El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 41. Desvío #2
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41. Desvío #2

Álvar se adelantó y subió por las escaleras con más urgencia que precaución. Ramis, fiel a su ciega lealtad, lo siguió sin reparar en nada más. Cincela colocó un pie en el primer escalón, pero la mano que tiró de su blusa de forma repentina la detuvo en seco.

—¿Son seguras? —preguntó el clérigo con el rostro sumido en angustia—. ¿Te he contado alguna vez que, además de la fobia a los bichos, el vértigo es algo que llevo un poco mal?

Cincela respondió con una sonrisa.

—No lo sé, Verso, pero no podemos quedarnos atrás —le tendió la mano—. Ven, subamos juntos.

Él permaneció en silencio unos segundos más, contemplando la mano que Cincela le ofrecía. Ahora no solo debía vencer su vértigo, sino también disimular el rubor que, sin duda, colorearía su rostro al tocarla. Desde hacía un tiempo le ocurría a menudo cuando la tenía tan cerca.

—Vamos, venga.

Verso salió de su ensimismamiento y, sin pensarlo demasiado, dejó caer su mano en la suave palma de Cincela.

Entonces, juntos, comenzaron a subir por las oscuras escaleras que conducían a la cima.

Sin soltarla, avanzó todo lo rápido que sus piernas le permitían, mientras su respiración empezaba a agitarse.

Intentó apartar la mirada, pero el entorno, lejos de tranquilizarlo, solo consiguió infundirle más miedo.

Los graznidos de los cuervos sonaban más chirriantes que antes, el estruendo de las olas parecía aún más violento y el ambiente, en general, le provocaba un pavor que difícilmente podía ignorar.

Cerró los ojos y se dejó guiar por Cincela hasta que, finalmente, pisó el último peldaño.

—¿Ves? ¿A que tampoco ha sido para tanto?

Ante las palabras de la joven, Verso se atrevió a abrir los ojos y comprobó que, en efecto, había alcanzado la cima.

Lo había conseguido.

Estaba caminando sobre un lugar tan sagrado como lo era el Bosque del Tormento.

Y, pese a haber leído innumerables relatos sobre él, pese a haber creído que jamás contemplaría con sus ojos un lugar así… descubrió que no era exactamente lo que esperaba.

A pesar de ser un bosque, y uno de los más importantes, allí no abundaba la vegetación, como cabría imaginar.

El suelo parecía añorar los días en que la fresca hierba cubría su superficie. Ahora, tras los sucesos allí acontecidos, su belleza se reducía a pequeñas motas de vegetación marchita y matojos secos cuyas hojas amarillentas amenazaban con desprenderse de un momento a otro.

—El paisaje es verdaderamente desolador —dijo Ramis, expresando en voz alta lo que todos pensaban—. Nadie podría negar que en este lugar se libró una de las guerras más sangrientas de nuestra historia.

—No en vano se le llama el Bosque del Tormento —indicó Álvar mientras se adentraba en la espesura, dejando que su capa y su melena de nieve ondularan tras él—. Bajo nuestros pies yacen infinidad de cadáveres, tanto de Hiniur como de humanos. Más que un bosque, estamos en un cementerio.

Verso caminó sin separarse demasiado de Cincela, cuidando cada paso que daba, sin dejar de mirar a su alrededor. El castañeo de sus dientes y el tembleque de sus piernas reflejaban el evidente pavor que sufría.

—De hecho —prosiguió Álvar sin detenerse—, dicen que, si se escucha con la suficiente atención, aún se puede percibir el lamento de aquellos que perdieron la vida en este lugar.

Todos aguzaron su oído mientras avanzaban hacia el bosque, intentando comprobar la veracidad de aquellas palabras.

Tras unos instantes de silencio, el viento comenzó a silbar entre los árboles, recordando al sollozo desconsolado de una mujer.

Las ráfagas agitaban las copas y arrancaban los matojos secos del suelo, empujándolos hacia el mar como si también ellos quisieran huir de aquel lugar y poder perderse en las aguas de Umbramar, en busca de una vida mejor.

—¿Podemos volver a la costa? —murmuró Verso, avanzando medio escondido tras Cincela—. Este lugar… no me gusta nada.

—No padezcas, aprendiz, ya hemos llegado —respondió Álvar, dibujando una sonrisa de satisfacción—. Un estudioso de Gheva que nunca ha salido de los confines de Lenov no querría perderse esto.

El bosque se abrió repentinamente ante ellos, revelando una extensa planicie. Sin embargo, había algo extraño en aquel lugar: los árboles no crecían en el centro, sino que se alzaban alrededor de la explanada, como guardianes que protegían lo que ocultaba el corazón del bosque.

En medio del claro se erguía una fuente de piedra de la que, para sorpresa de todos, brotaba un agua cristalina y pura.

Su superficie estaba adornada con pequeñas imágenes talladas que narraban el fatídico desenlace de una guerra.

Entre ellas, Cincela distinguió una en particular: un Hiniur relamiendo los restos de un hombre.

Álvar, junto a los lenovenses, se aproximó a la fuente.

No tuvieron que avanzar mucho más para descubrir que una de las losas que la formaban estaba cubierta de inscripciones escritas, según parecía, en celestial. Justo frente a ella se extendía un cuadrado de piedra cubierto de humedad y moho.

—La Fontana del Lamento —susurró Verso, maravillado—.

No imaginaba que, después de tantos años, siguiera en tan buen estado.

Y mucho menos que brotara agua de ella —formó un cuenco con las manos y las hundió en la fuente—.

¡Esto es un regalo de Gheva! Después de caminar durante días por la costa de Umbramar, nos ha provisto de agua con la que refrescarnos. ¡Bendita sea!

—No, joven aprendiz —dijo Álvar, acercándose a él—. Esa agua no está ahí para saciar tu sed.

Verso, con las manos aún sumergidas, se giró hacia el capitense, esperando ansioso una explicación.

—Es sagrada, como lo es todo lo que se encuentra en este lugar —aclaró el monarca—. De hecho, si la memoria no me falla, dicen que ni siquiera es agua, sino las lágrimas de quienes aún lamentan haber perdido la vida en estas tierras.

Verso abrió las manos de golpe, dejando que el líquido cristalino cayera de nuevo en la fuente.

—En ese caso, mejor la dejo donde está —concluyó, con cierto temblor en la voz—. No quisiera tener que lidiar ahora con ningún fantasma del pasado o algo por el estilo.

Álvar soltó una carcajada.

—No os preocupéis —dijo—. Lo que he venido a hacer aquí solo me llevará un momento.

El capitense se arrodilló sobre el cuadrado de piedra, frente a la loseta con grabados. Colocó las manos sobre el regazo, cerró los ojos y dejó que su largo cabello danzara libre al compás del viento.

Tras unos instantes, alzó la cabeza con la mirada fija en el cielo aún cubierto de nubes oscuras. Extendió los brazos en cruz y comenzó a murmurar palabras que, al igual que los grabados de la loseta, parecían pronunciadas en celestial.

Saum Gheva angbor illumbae,

Saum Gheva angbor illumbae.

Los tres lenovenses aguardaron en silencio mientras observaban a Álvar, esperando a que algo, no sabían exactamente qué, sucediera.

Cincela le dio un pequeño codazo a Verso para llamar su atención.

—¿Qué dice? —murmuró—. Eso es celestial ¿verdad?

El aprendiz permaneció con los ojos entornados fijos en el rey, esforzándose por captar cada palabra que salía de sus labios.

—Si te digo la verdad, no tengo ni la más remota idea —confesó—. Pero, si así fuese, ¿cómo es que Álvar conoce la lengua de Gheva?

Cincela encogió los hombros en respuesta.

—Es un hombre muy misterioso —murmuró Verso—. Estoy seguro de que…

De repente, Álvar abrió los ojos y dejó caer los brazos contra el suelo. Se levantó sin mediar palabra, resignado, mientras los lenovenses lo observaban expectantes, esperando una explicación de lo que acababa de ocurrir.

—Había que intentarlo —espetó el rey, ajustándose la cadena que sostenía la capa—. Pongámonos en marcha, quizás logremos llegar a Capital antes de que caiga la noche.

Ramis, Cincela y Verso fruncieron el ceño, desconcertados. El rey inició su marcha de vuelta a la costa, dejando atrás a los atónitos lenovenses.

—¿Qué ha pasado, majestad? —inquirió Ramis, dando alcance al capitense—. ¿Qué había que intentar?

Álvar se detuvo y, dándole la espalda a los demás, dejó escapar un profundo suspiro.

—Sé que los Vastali son quienes deciden cuándo comunicarse conmigo —relató, con una nota de desilusión en la voz—. Sin embargo, tenía la esperanza de poder llamar su atención si intentaba contactar con ellos desde un lugar tan sagrado como este —guardó silencio. —No ha funcionado.

—¿Y eso qué significa? —insistió Ramis—. ¿Que este rodeo ha sido en vano? ¿Que no queda esperanza para los nuestros? ¿O quizás… que Gheva nos ha abandonado?

Álvar se volvió lentamente hacia el lenovense.

—Significa que nos tocará esforzarnos todavía más si queremos salir victoriosos, Capitán. Significa que tendremos que luchar con más fiereza y determinación que nunca. Significa que…

La mano de Cincela se posó sobre el pecho de Álvar interrumpiéndolo, haciendo resonar el jaspe negro de su coraza. Todos los presentes se giraron bruscamente hacia ella, sorprendidos por la reacción.

—¿Cincela?

—Hija mía, ¿va todo…?

—Silencio.

Todos callaron ante la contundencia de Cincela.

Mientras los demás aún salían de su asombro, la joven recorrió el bosque con la mirada. Cada arbusto, cada piedra del camino, cada sonido.

Alerta.

Atenta.

—Ojos.

Los demás intercambiaron miradas entre sí, confundidos.

—¿Cómo…?

—¿Se puede saber qué es lo que…?

Cincela desenvainó su faca.

—Ojos del color de la sangre.