El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 41. Desvío
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41. Desvío

Cincela estaba desconcertada.

Desde niña había soñado despierta con abandonar Lenov algún día y contemplar el mundo más allá del Bosque.

Durante años había imaginado aquellos lugares tal como los describían los libros: oasis idílicos de arenas doradas, cielos turquesa y un mar que susurraba melodías al compás de las aves que sobrevolaban sobre sus aguas.

Pero, para su sorpresa, se encontró un paraje muy distinto.

Las aguas de Umbramar rugían embravecidas, estrellándose contra la costa y vomitando espuma blanca que se extendía, interminable, hacia el sur.

La arena había perdido el brillo que debía tener, dando paso a tonos grises cenicientos.

El cielo no se desplegaba como un lienzo azul e infinito, como tantas veces había leído, sino que estaba cubierto por un cúmulo de nubes que amenazaban con derramar el agua que contenían.

El oleaje arrastraba consigo cadáveres de peces, restos de alguna embarcación y objetos que Cincela no supo identificar.

Los cánticos de las aves, que tanto había anhelado escuchar, no eran más que constantes graznidos provenientes de los cuervos que surcaban los cielos de Umbramar, buscando ansiosamente algo que llevarse a sus picos voraces.

Tras contemplar tres atardeceres caminando entre la vastedad de la arena y el mar, el sendero que transitaban a lo largo de la costa se terminó bruscamente.

Una muralla rocosa se alzaba ahora ante ellos, cerrándoles el paso y obligándolos a tomar el camino que se abría a su derecha.

En la lejanía del horizonte, se podía distinguir una de las grandes maravillas del mundo: la cordillera que cercaba Capital.

Pues así era el reino que gobernaba Álvar, cuya grandeza era visible desde casi cualquier rincón del mundo.

—¿Podríamos ir más deprisa? —sugirió Verso, mientras escrutaba el entorno y el tembleque de sus piernas se volvía cada vez más evidente—. Esta parte de la playa es muy tétrica y no me gusta.

—No quedará mucho más para llegar —dijo Cincela. Su cabello dorado ondeaba al viento, revelando una porción de la mancha negra de su cuello—. Si no me equivoco, aquellas montañas que se ven a lo lejos deben de ser las de Capital.

—Así es —corroboró Álvar—. Aquello que veis es nuestro destino. Debemos de estar a pocas horas de alcanzar sus puertas.

Verso aceleró el paso, dejando a su izquierda el imponente muro de piedra.

—No tan rápido, joven aprendiz —intervino Álvar, deteniéndose justo en la bifurcación del sendero—. No es ese el camino que vamos a tomar.

Verso se detuvo de golpe y se giró hacia el capitense con el ceño fruncido.

—¿Ah, no? —respondió Ramis, deteniéndose de golpe también—. Capital está en esa dirección, majestad.

Álvar negó con la cabeza, dejando que su nívea melena danzara al compás de su movimiento.

—No es a Capital a donde nos dirigimos.

El Capitán arrugó aun más el ceño.

—Con el debido respeto, majestad —dijo—, no quisiera cuestionar su conocimiento sobre estas tierras, pero no existe más camino que este.

A nuestra izquierda se extiende el vasto mar, frente a nosotros se alza una muralla impenetrable de piedra maciza y a nuestra derecha se encuentra el sendero que conduce a Capital.

—No pretenderás dar media vuelta hacia Lenov, ¿verdad? —apuntilló Verso, pálido—. No quiero volver allí…

Álvar soltó una carcajada.

—Esta “muralla rocosa”, como tú la llamas, Capitán, es lo que nos separa del Bosque del Tormento, y el lugar que ahora pisas no es sino el Paso del Sepulcro. Digamos que… tengo un cometido aquí que debo solventar antes de seguir.

—El Bosque del Tormento… —murmuró Cincela, pensativa—. ¿No es ahí donde se libró La Guerra de los Cien Años ? ¿La batalla entre Gheva y Yavan?

Álvar asintió con una sonrisa.

—A pesar de no haber abandonado nunca el cobijo de tu hogar, posees un amplio conocimiento de nuestra historia.

—Se lo debo todo a mi abuelo. Fue él quien me lo enseñó todo a través de sus ojos.

—Entonces no me sorprende, tuviste al mejor mentor posible —corroboró Álvar, alzando la cabeza hacia el firmamento—. Azhna poseía un profundo conocimiento del mundo. Sus años como guerrero errante lo dotaron de la experiencia necesaria para moverse por estos parajes sin perderse.

Cincela se volvió hacia Álvar, arqueando una ceja.

—¿Mi… abuelo? ¿Un guerrero errante?

El capitense desvió la mirada hacia la joven.

—¿Nunca te habló de sus años de juventud? ¿De su época más rebelde?

Antes de que Álvar pudiera responder, Ramis dio un paso en su dirección, interrumpiéndole.

—Majestad, no creo que debiésemos explicar…

—Es indiferente ya, Capitán —dijo Álvar, apoyando una mano sobre el lenovense—.

Estoy seguro de que a él no le importaría.

Además, en lo personal, considero importante que los chicos sepan que detrás de esas armaduras tan relucientes que lucís los Capitanes hay una historia detrás. Una repleta de sangre y sufrimiento.

Tras unos segundos reflexionando sobre las posibles consecuencias, Ramis dejó escapar un prolongado suspiro y se hizo a un lado.

—Está bien, adelante. Cuéntelo.

—¿Contarme el qué? —exigió Cincela con impaciencia—. ¿Qué es eso del guerrero errante?

—En su juventud, tu abuelo fue condenado a deambular por el mundo sin rumbo ni hogar —comenzó a explicar el rey—.

Huyó de su destino como Capitán de Lenov, algo que no agradó a Bolfen, tu bisabuelo.

Tanto fue su descontento que acabó por desterrar a Azhna del reino y, aunque nadie sabe cómo logró atravesar el Bosque Aurora, tu abuelo consiguió abrirse paso hacia el vasto mundo más allá de Lenov.

Viajó por todas partes, conociendo a innumerables personas y logrando sobrevivir hasta llegar a Davá, donde se asentó durante varios años —sonrió.

—Todavía habrá quienes le conozcan como Azhna, el Siegaalmas.

El asombro que se reflejaba en los rostros de Cincela y Verso podía casi palparse.

—Mi abuelo… ¿era así? ¿Un sanguinario?

—Un hombre que siempre defendió el bien —corrigió el monarca—.

Un hombre que solo mostró la hoja de su espada a aquellos que abusaban de los demás.

Un hombre que, a pesar de estar exiliado de su propio reino, nunca dudó en proteger a los más vulnerables, incluso arriesgando su propia vida —hizo una pausa, mirando directamente a Cincela a través de los mechones de plata que caían sobre su rostro.

—Sí, joven, ese era tu abuelo. Uno de los hombres más honorables que he tenido el privilegio de conocer.

Cincela frotó su antebrazo sobre los ojos, disipando las primeras lágrimas que habían empezado a empañar su visión. El brazo de Verso se deslizó alrededor de sus hombros y la reconfortó mientras ella miraba hacia el norte, donde Lenov debería estar.

Voy a mataros, monstruos malnacidos.

Empezando por ti, Tayim.

Tú serás el primero.

—La historia de Azhna es muy compleja y extensa, y no tenemos tanto tiempo como me gustaría para contárosla —declaró Álvar, avanzando unos pasos hacia la imponente pared y acariciando la aspereza de la roca—. Debemos continuar.

Ramis se acercó también al muro rocoso y cambió de tema al ver cuánto le afectaba aquello a su hija.

—¿Qué estamos buscando exactamente, majestad? —preguntó—. ¿Y por qué nos dirigimos al Bosque Tormento?

Álvar siguió caminando paralelamente al muro, deslizando su mano sobre la rugosidad de la superficie a cada paso que daba.

—Porque es allí, en el corazón del bosque, donde podríamos encontrar la última esperanza para la humanidad.

Me niego a pensar que los Vastali nos han abandonado a nuestra suerte.

Y, aunque no me corresponda a mí decidir cuándo ni dónde recibir los mensajes, si existe alguna posibilidad de entrar en contacto con ellos…

debe ser en la Fontana del Lamento. En el mismísimo corazón del Bosque Tormento.

—¡¿La Fontana del Lamento!? —exclamó Verso, dando un pequeño salto. Su flequillo rectilíneo se abrió sobre la frente—. ¿Está aquí?

—Así es, joven clérigo, justo encima de esta pared —indicó Álvar—. Pocos metros te separan de ella.

—¿Qué ocurre con esa fontana, majestad? ¿Qué tiene de especial?

—¡Ah! ¡Eso lo sé, Capitán! ¡Eso lo sé muy bien! —interrumpió Verso, alzando la mano en busca de atención—. Las antiguas lenguas hablan sobre cientos… ¡Qué digo cientos!... miles y miles de vidas que se perdieron allí. Es uno de los lugares más sagrados del mundo, incluso más que la mismísima Lenov.

—Gheva puede no haberte dado el don de las armas —comentó Álvar, apartando varios arbustos que crecían en la falda de la pared—. Pero, sin duda, te ha dotado de inteligencia y de una gran capacidad para comprender el mundo que te rodea.

Verso esbozó una leve sonrisa y su rostro se tiñó de un sonrojo evidente al reflejar el orgullo que le embargaba.

—Después de haber estado veintitrés años de vida estudiando la palabra de Gheva, digo yo que algo he tenido que retener —confesó—. Además, tengo que admitir que los libros sobre la historia de nuestra creación eran mis favoritos.

—Nos será de gran utilidad ese amplio conocimiento tuyo entonces —respondió Álvar—. Sobre todo en un lugar como este.

Mientras hablaban, Ramis seguía concentrado frente al muro, reparando en cualquier detalle que pudiera habérsele pasado por alto al rey. Finalmente, Álvar se detuvo cuando, por fin, encontró lo que quería.

Un imponente matojo de lianas y vegetación silvestre descendía desde lo alto del muro y cubría parte de su fachada.

El capitense contempló la cascada de hojas marchitas durante unos segundos.

Luego, tras desenvainar repentinamente el hacha de doble filo que llevaba a la espalda, asestó un poderoso tajo horizontal que cercenó la maraña de cuajo.

—Sabía que tenía que estar en alguna parte —dijo, envainando el arma—. Seguidme.

Ante ellos se abría un estrecho que a duras penas permitía el paso de una persona. Desde allí, unos escalones de piedra resquebrajada, tan frágiles que parecían romperse con la mirada, ascendían hacia la cima del muro.