40. Destino #3
—Le… pido perdón, majestad —se disculpó Ramis a medida que las lianas le liberaban y volvían a esconderse entre los árboles—. Es solo que… desde que empezó todo esto, yo…
—Entiendo que es una situación difícil para todos —interrumpió Álvar—, pero no permitamos que la ira nos ciegue. Al llegar a Capital detendremos el avance de la germinación, aunque las secuelas ya desarrolladas son irreversibles.
Ramis frunció el ceño.
—¿Quiere decir que, aunque reciba el tratamiento con Éfir, Cincela seguirá siendo estéril?
Álvar vaciló unos instantes.
—Esto no tiene nada que ver con que tu hija sea o no estéril, Capitán —dijo—. Ese diagnóstico fue una invención de Azhna para protegerla.
Verso y Cincela intercambiaron miradas de sorpresa mientras Ramis fruncía aún más el ceño.
—No entiendo, majestad. Mi padre no mintió a nadie. Conocemos los síntomas de mi hija porque encontramos su diario personal. Un diario guardado bajo llave con la intención de permanecer oculto. Él no imaginaba que lo encontraríamos y que…
—Te equivocas, Capitán —interrumpió Álvar—. Cuando llevamos a Cincela a su alcoba aquel día, detectamos el poder del mal en su interior. Un poder que sobrepasaba el de cualquier Hiniur conocido hasta entonces.
—El poder de un Emisario… —murmuró Cincela, acariciándose la marca del cuello.
—Para evitar un revuelo innecesario en el reino —prosiguió el capitense—, Azhna y yo guardamos el secreto.
Pero Grifford se dio cuenta de nuestras intenciones y, como es lógico, no iba a permitir que un hombre como Azhna, dotado de conocimientos medicinales, lograse detener la germinación de Cincela.
Pero eso Azhna lo sabía. Él contemplaba la posibilidad de que Grifford, en su afán por continuar con su plan, le arrebatase la vida.
Por ese motivo ocultó el diario con la intención de que lo encontraseis después de su muerte.
Como él me dijo: “esconderlo en un cajón solo aumentará la credibilidad de su contenido”.
—¿Y por qué estéril? —quiso saber Cincela—. ¿Por qué precisamente se inventó ese diagnóstico?
—Como he dicho, todo lo hizo para protegerte —prosiguió el rey—.
Si tú, estando bajo los efectos de la germinación, engendras un hijo con Tayim, darías luz a un Emisario.
Azhna sabía que, si se extendía el rumor sobre tu supuesta infertilidad en el reino, la presión que ejercería la ciudadanía de Lenov obligaría a Grifford a desterrarte pues, como bien sabrás, una reina que no puede procrear es algo que la gente no está dispuesta a perdonar.
Con esto, Azhna consiguió ganar tiempo hasta mi vuelta con el Éfir y evitó también que Tayim y tú engendraseis un ser con la sangre de un Emisario y la de un Capitán, pues esa es la finalidad de Grifford: crear un Emisario que esté por encima incluso de ellos mismos.
Cincela alzó su mirada al cielo, mirando las pocas estrellas que podían vislumbrarse bajo las densas copas de los árboles, como si sus destellos intermitentes fuesen el propio reflejo de Azhna devolviéndole la mirada.
Abuelo…
Ramis negó la cabeza.
—Hay algo que sigo sin entender. Si Grifford es tan poderoso como mencionas, ¿por qué no nos atacó antes? Siendo un Emisario, podría haber acabado con todos nosotros en Lenov.
—Porque todavía necesita incubar su poder —explicó Álvar—. Grifford no estaba preparado para un enfrentamiento. Como visteis, pudimos detenerlo en Lenov y escapar. Un Emisario que se hubiera desarrollado al completo nos habría aniquilado con solo desearlo.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Cincela.
—Grifford está ganando poder con cada momento que pasa —prosiguió el capitense—. Mientras hablamos, el desarrollo de los Emisarios avanza. Si esperamos demasiado, podríamos enfrentarnos a un enemigo invencible. Debemos dirigirnos a reino Capital cuanto antes.
Ramis asintió.
—Supongo que tú sí sabrás salir de este bosque, ¿verdad? —intervino Verso, frotándose un lado de la cabeza—. Llevamos aquí semanas y lo único que hemos hecho es andar en círculos.
El rey desvió su mirada hacia Laub y no pudo evitar soltar una risotada.
—Conozco este bosque mejor que mi propio trono en Capital, pequeño aprendiz de la lengua de los dioses —confesó—.
Los cincuenta y cuatro años que viví entre estos árboles dan para memorizar todos sus caminos y entresijos —se acercó al pequeño altar donde descansaba el hacha de doble filo y la empuñó.
—Pero vale ya de historias, es momento de partir.
Los tres lenovenses tomaron sus pocas pertenencias y se unieron a Álvar. Verso y Cincela se giraron hacia el anciano e inclinaron la cabeza levemente en señal de agradecimiento.
—Gracias por su hospitalidad, señor Laub.
—Regresaré pronto, padre —aseguró Álvar, avanzando hacia uno de los arbustos cercanos—. Resolveré el conflicto con los Hiniur y volveré.
Laub no dijo palabra.
Con la mirada entrecerrada, asintió y alzó una mano. La densa vegetación que cerraba el paso a los forasteros se inclinó hacia un lado, revelando un camino que se perdía en el horizonte.
—Id en paz.