40. Destino #2
En su movimiento, un enjambre de mariposas anaranjadas emergió de entre los pelos de su barba. Las lianas que rodeaban sus brazos se extendieron aún más, enroscándose alrededor de su pecho, y ascendiendo hasta su cabeza, cubriéndola parcialmente.
Laub observó a Cincela detenidamente, impulsado por el inusual brillo que percibió en su mirada.
—Tus ojos reflejan un gran pesar, hija de la tierra —anunció el anciano—. Pero también emanan luz. Una de las más puras que jamás he percibido en alguien.
Quizás fue por su voz, o quizás por la situación que le había tocado vivir, pero Cincela, sin saber muy bien por qué, se sintió conmovida hasta las lágrimas al escuchar aquellas palabras.
La voz de aquel hombre parecía acariciar cada uno de sus huesos y su presencia la llenaba de una paz que, aunque no comprendía, le colmaba el alma.
Permaneció en silencio, sorprendida por su propia emoción.
Varias lianas descendieron del árbol más cercano a ella y, con una leve caricia, secaron las lágrimas que humedecían sus ojos. Todos los presentes contemplaron, abrumados, el poder que emanaba del anciano del bosque.
—No te avergüences de tus sollozos, joven —volvió a decir aquella voz desde los árboles—.
Tu espíritu necesita sanarse. Los acontecimientos vividos recientemente han ido llenando tu alma de dolor y pesadumbre gota a gota.
Tus lágrimas son la forma que tiene tu alma de deshacerse de esa agua oscura que te atormenta, para dar paso al agua cristalina que nos aporta la felicidad.
Cincela sintió que su corazón se encogía ante las palabras del anciano, quien parecía conocerla mejor de lo que ella misma lo hacía.
Las lianas que abrazaban a Cincela volvieron a ascender, perdiéndose entre las copas de los árboles. Álvar avanzó varios pasos hacia la lenovense y apoyó una de las blancas zarpas sobre su hombro y, poco a poco, fue adoptando su forma humana de nuevo.
—Rogaría que no revelarais nada de lo que habéis presenciado hoy aquí —dijo, volviéndose hacia Ramis—. La historia de mi origen podría generar desconfianza en la gente de Capital y, con la amenaza Hiniur cada vez más cercana, necesitamos estar más unidos que nunca.
—¿Qué deberíamos hacer ahora, majestad? —preguntó Ramis con un tono de preocupación evidente en su voz—. Lenov ha sucumbido a la oscuridad, el mal está cada vez más presente en el mundo y la profecía… parece haber empezado lo que entre sus páginas presagiaba.
Álvar, ya en su forma humana, se acercó al lenovense.
—Nunca debemos perder la esperanza, Capitán. La luz siempre encuentra la forma de vencer la oscuridad. Primero debemos ir a Capital y tratar a Cincela con Éfir para detener el avance de la semilla que Grifford ha depositado en ella.
Cincela llevó su mano a la nuca de forma instintiva.
Desde el día del pacto, sabía que algo en su interior se removía, a pesar de haber seguido estrictamente el tratamiento que su abuelo anotó en su libro.
—¿Sabría decirme qué le ha hecho ese malnacido a mi hija? —preguntó Ramis, apretando los puños.
Álvar se volvió hacia Cincela con una ceja ligeramente arqueada.
—¿No le has contado nada a tu padre?
Cincela trató de esconderse entre los mechones de pelo cuando agachó la cabeza.
—¿Contarme…? —preguntó Ramis, volviéndose también hacia su hija—. ¿Qué es lo que…?
Cincela suspiró.
—Ni a mi padre ni a nadie —confesó—. No tiene mayor importancia.
Álvar negó con la cabeza.
—Ignorar los problemas no hará que desaparezcan —aseguró—. Si realmente quieres poner fin a esto, debes enfrentarte a ello.
Ramis se acercó a Cincela.
—¿Qué sucede, hija mía? —preguntó con una dulzura impropia para alguien como él—. Sabes que puedes confiar en mí.
Cincela alzó la cabeza, apartando los mechones que velaban su rostro, para encontrarse con la mirada de su padre.
—No tengas miedo —insistió él.
Entonces se volvió hacia Álvar, buscando su confirmación ante lo que estaba a punto de hacer. El capitense, en respuesta, asintió con una leve sonrisa.
Cincela suspiró y, finalmente, recogió su cabello y lo apartó a un lado, dejando al descubierto parte de su cuello. Unas escamas negras cubrían su nuca y ascendían hasta rodear su oreja derecha.
—¿¡Pero qué te ha hecho ese miserable!?
—Gri-Gri-Grifford…la ha… —tartamudeó un atónito Verso, que observaba la escena con horror desde la distancia—, la ha… germinado.
—El pacto matrimonial que se celebró en Lenov no es sino un rito mediante el cual Grifford plantó un poco de su maldad dentro de ella —explicó Álvar—. Con el tiempo, Cincela se convertirá en uno de ellos si no la tratamos antes.
La respiración de Ramis se agitó mientras trataba de asimilar lo que sus ojos le mostraban. Sin mediar palabra, desenvainó la espada y se acercó violentamente hacia Álvar.
—¡Tú participaste en ese pacto! —bramó, levantando la espada—. ¡Esto también es culpa tuya!
Varias lianas se precipitaron desde los árboles y se enroscaron alrededor de Ramis, elevándolo en el aire para impedir que se acercase más al rey.
—Desconocía la finalidad del ritual, Capitán —explicó Álvar, sosegadamente—.
A mi entender, era un pacto como cualquier otro.
No soy quién para cuestionar los ritos matrimoniales celebrados por los diferentes reinos, tan solo hago acto de presencia en ellos y participo según las directrices que mandan sus reyes.
El Capitán mantuvo la mirada fija en Álvar mientras trataba de asimilar lo que acababa de oír. Poco a poco, su semblante se relajó y su respiración volvió a la normalidad.
—No dudo de tu habilidad en el campo de batalla, Capitán —prosiguió el capitense—, pero esa furia repentina tuya no te permite pensar con claridad.