El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 40. Destino
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40. Destino

Ninguno de los tres lenovenses daba crédito a la revelación de Álvar.

Ramis frunció el ceño.

¿Cómo podía estar Álvar hablando en serio?

Contándoles con tanta convicción algo que parecía tan... absurdo.

¿Acaso está bajo el efecto de algún hechizo?

—Majestad, disculpad mi atrevimiento, pero creo que no es consciente de lo que dice. Este bosque está maldito y su influencia puede provocar delirios.

El rey Álvar soltó una carcajada tan sonora que obligó a los tres lenovenses a dar un paso atrás.

—Sé perfectamente lo que digo, Capitán.

Ramis miró a los demás, asegurándose de que no era el único al que la confesión del rey le había parecido descabellada. Los niños híbridos salieron de su trance y se colocaron alrededor, dóciles, lejos de la violencia que habían mostrado antes.

El lenovense dedicó un instante a analizarlos y tratar así de averiguar las respuestas a las muchas preguntas que su mente no paraba de vomitarle.

¿Cómo un miembro de la alta nobleza como Álvar podría tener algún vínculo de parentesco con estas criaturas?

—¿Qué sois exactamente, majestad?

A pesar de la incomodidad de la pregunta, la expresión de Álvar se mantuvo serena. Nada parecía alterar al capitense. Desde que había despertado, al monarca lo envolvía una sensación de paz impropia en alguien como él.

¿Se ha olvidado de nuestro cometido?

¿De lo que ocurre ahí fuera?

Acaso… ¿no recuerda todo lo acontecido en Lenov?

—Supongo que sería muy estúpido por mi parte ocultarlo más tiempo —confesó el rey, sin alterar la calma—. Veréis, yo… soy un no-nacido. Al igual que estos niños, también fui un hijo no deseado, abandonado a mi suerte en las entrañas de este bosque con la intención de borrar mi existencia.

Ramis observó, asombrado, a aquellos extraños niños que ahora lo miraban sin pestañear, tratando de hallar una relación lógica entre ellos y el rey.

Negó con la cabeza.

—Pero… majestad, hasta donde tengo entendido, vos sois es el hijo del difunto rey Krollo —explicó Ramis, esforzándose por recordar—.

Desafortunadamente, su padre fue atacado por una bestia mientras se encontraba en una de sus incursiones cerca de Capital y, aunque usted fue criado en secreto, tuvo que asumir el trono cuando falleció.

Álvar cerró los párpados y asintió ligeramente.

—Esa bestia de la que hablas, Capitán —abrió los ojos—, era yo mismo adoptando mi auténtica forma.

El haz de luz que, de pronto, recorrió el cuerpo de Álvar, cegó por un momento a los lenovenses.

La melena apagada y grasienta que brotaba de su cabeza adoptó un tono tan blanco como los primeros rayos del sol y se prolongó hasta cubrir la mitad de su espalda.

De sus poros comenzó a brotar un pelaje albino que cubrió su piel por completo, mientras sus dientes se alargaban y uno de sus ojos, el derecho, adquiría un intenso color anaranjado.

—Este… es mi verdadero yo —confesó el monarca con una voz más rasgada de lo habitual—. El “monstruo” que atacó y acabó con la vida del antiguo rey de Capital.

Tanto Ramis como Verso y Cincela se mantuvieron rígidos ante la nueva forma del rey. A pesar de la intimidante apariencia que tenía, el Capitán pudo intuir una extraña familiaridad en el mirar de aquella bestia y, finalmente, envainó la espada.

—Creímos que erais uno de ellos, majestad —dijo, agachando la cabeza—. Un Hiniur.

Álvar soltó una carcajada que resonó por el bosque.

—Eso sí sería contradictorio. Pero no es así, Capitán. Como ya he dicho, soy un no-nacido.

Verso dio un paso al frente.

—Pero… si lo que dices es cierto, ¿no…? —calló, escogiendo las palabras adecuadas—. Bueno… ¿no deberías estar…?

Álvar sonrió.

—¿Muerto?

Un repentino sudor cubrió la frente del clérigo, delatando el nerviosismo que sentía.

—Bu-bu-bueno… es bien sabido por todos que a los no-nacidos se les abandona aquí con la intención de… que el bosque los haga desaparecer para siempre. Ya sabes, aquello de que “engulle” todo el que entra aquí.

—Y así es, joven aprendiz —respondió Álvar. Extendió su brazo y señaló con el dedo al anciano—. Pero la gente desconoce la existencia de Laub, señor del bosque y padre de todos los no-nacidos.

Laub permaneció en silencio, con los ojos cerrados, envuelto en una nube de mariposas y pequeñas aves que revoloteaban a su alrededor.

—Él recoge a los recién nacidos abandonados en los límites del bosque y los traslada al santuario que ahora mismo pisáis —prosiguió el rey—.

Las propiedades mágicas de este lugar dotan a los bebés de características animales.

Es la forma que tiene el propio bosque de bautizar a sus hijos con tal de que sobrevivan aquí y hagan de este su hogar.

A cambio, los niños, mis hermanos, protegen cada rincón de toda amenaza.

—Pero tú no eres como estos niños —interrumpió Ramis, que aún se negaba a aceptar lo evidente—. Salvo Laub, eres el único adulto entre ellos.

Álvar asintió.

—Así es, Capitán —corroboró—. De hecho, de los niños que ves aquí, pocos alcanzarán los veinte años de vida. Al desarrollar propiedades animales, también adquirieren la esperanza de vida de estos.

Ramis barrió con su mirada a los niños, sorprendido por la declaración de Álvar.

—Y, ¿tú también…?

—No, Capitán. A diferencia de mis hermanos, mis rasgos animales no fueron otorgados por el bosque, sino por uno de los Cuatro Ancestros. Por eso puedo superar ese umbral de edad y vivir incluso más allá de la esperanza de vida humana.

Verso, sumido en sus pensamientos, se adelantó a Ramis.

—Los ancestros del bosque… —murmuró—. Creo recordar haber leído sobre ellos. Cuatro espíritus enviados por los Vastali, ¿no es así? Uno de ellos era Zim, el espíritu del corcel, si mal no recuerdo —se frotó la cabeza—. Y… Mmh…, también estaba… ¿Kartaya? Hija del viento y espíritu del águila.

—Así es —corroboró Álvar—. También está Ayi entre ellos, el espíritu del oso y Vaghan, espíritu del león.

Ellos cuatro fueron creados por la Vastali Aelireth para velar y proteger la vida terrenal —se giró hacia el anciano, que los observaba desde atrás.

—Laub, bendecido por el ancestro Ayi, canaliza la magia del bosque y la transfiere a los bebés abandonados, otorgándoles las capacidades animales que podéis ver, y que les otorgan un innato sentido de la supervivencia.

—Entonces… — intervino Cincela—, ¿el espíritu vinculado a ti es…?

—Vaghan, el espíritu del león albino —respondió Álvar—. Él me concede el don de la entereza y la fuerza, así como el cometido de proteger no solo el bosque, sino el mundo entero, de las fuerzas del mal.

Ramis frunció el ceño.

—¿Y porque alguien como usted, majestad, acabaría con la vida de su propio padre?

—Mi padre era un tirano, Ramis, creo que en eso estaremos ambos de acuerdo —respondió Álvar sin alterar su aparente calma—.

Entre sus numerosas atrocidades, yació con mi madre en contra de su voluntad y, fruto de ello, nací yo.

Si Capital hubiese conocido la existencia de un hijo impuro como yo, el reinado de Krollo hubiese sido manchado con tal deshonor para la posteridad y eso…

es algo que él no estaba dispuesto a soportar.

Por ese motivo ordenó mi destierro al bosque, pues la otra alternativa era la de asesinarme, y ni siquiera un corazón tan cruel como el de Krollo contemplaba esa opción.

—Y, deduzco que, con el tiempo, volviste para heredar el trono ¿verdad?

Álvar asintió.

—Cuando fui bendecido por Vaghan, una vez que adquirí la suficiente madurez para enfrentarlo, desterré a mi padre al infierno. No podía permitir que un hombre tan cruel como él continuara gobernando. Era mi deber poner fin a su tiranía y proteger a mi pueblo.

Álvar se aproximó a la pequeña charca de agua donde se sentaban los niños del bosque.

Hincó su rodilla junto al niño de orejas de zorro y sumergió su zarpa albina en el agua.

Tras unos instantes, la retiró en forma de cuenco, sosteniendo con delicadeza el líquido cristalino en su interior.

Acercó su zarpa al niño, ofreciéndole un sorbo refrescante.

—Krollo tuvo una hija con una segunda mujer después de mi madre —prosiguió, sumido en su tarea—.

Jedena la llamaron. Mi hermanastra y actual comandante del escuadrón Diez.

Tras la muerte de Krollo, Jedena apenas contaba con seis años de edad, lo cual me obligó a mí a heredar el trono de Capital.

A día de hoy, Jedena ocupa un lugar fundamental como mi mano derecha y, en lugar de sentir envidia o rencor, ella misma valora y agradece que yo sea quien gobierne, pese a ser ella la legítima heredera.

—Entonces usted es…

—Un bastardo, Capitán —acabó de decir Álvar, clavando su mirada en el lenovense—. Con todas sus letras y su significado.

De repente, Laub extendió los brazos y levantó la cabeza, emitiendo un gruñido que llamó la atención de todos. Las lianas se precipitaron desde los árboles cercanos y se enroscaron alrededor de las manos y la garganta del anciano.

—Bienvenidos seáis a Aurora.

A pesar de tener la boca cerrada, la voz de Laub resonó por todas partes. Era como si, de alguna manera, utilizase las lianas como sus cuerdas vocales para proyectar la voz desde el interior de los árboles.

—Siento el ataque que habéis sufrido por parte de mis hijos. Al notar vuestra presencia en el bosque, creí que seríais forasteros con la intención de manchar esta tierra virgen. No fue hasta que Álvar nos explicó que erais sus amigos que envié a uno de mis hijos para guiaros hasta aquí.

Cincela se acercó a Laub impulsada por la extraña familiaridad que le transmitía. Por primera vez vio la bondad en sus ojos, muy lejos de la imagen imponente del principio.

—No… te preocupes, ha sido un malentendido —se excusó la joven—. Agradecemos que hayas sanado a nuestro rey.

Entonces, Laub inclinó la cabeza hasta que sus ojos se encontraron con los de Cincela.