El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 39. Hogar #4
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39. Hogar #4

—Ha dicho que mañana seguiremos con la reunión —gruñó Doile, dejando que su cabello rojizo y plateado se precipitara sobre el rostro—. Así que haz el favor de guardar el dichoso relojito de una vez. Me estás poniendo nerviosa desde que hemos empezado la reunión.

—¿Ves? A esto me refiero cuando digo que el tiempo se nos va…

Un golpe con la culata de su tridente bastó para que Jedena cortase de cuajo la discusión que empezaba a formarse.

—Continuaremos mañana —sentenció—. Ahora, ocupémonos de nuestros quehaceres. Aunque mi hermano, el rey Álvar, ya no esté entre nosotros, es nuestro deber seguir cuidando del reino, tal y como él haría.

Un bullicio de voces inundó la sala cuando la reunión llegó a su fin y los comandantes comenzaron a levantarse de sus asientos alrededor de la mesa circular.

Algunos se marcharon con rapidez, conscientes de sus responsabilidades, como Cecil, que fue el primero en salir. Otros, en cambio, lo hicieron con más calma, acercándose a los recién llegados para ofrecerles cualquier comodidad que necesitaran.

—Celebramos reuniones a diario —comentó Jedena, dirigiéndose a los monarcas—. Sed bienvenidos para asistir si así lo deseáis.

—Estaremos encantados de ayudar en todo lo posible —respondió Ilma—. Ahora, más que nunca, los reinos debemos permanecer unidos.

Jedena sostuvo con firmeza su yelmo azabache en una mano y su tridente acerado en la otra. Su larga melena, del color del jaspe de Capital, caía estirada y recogida por una pinza a juego con la oscura armadura que relucía bajo la luz del sol que se filtraba por el ventanal.

—Me encargaré de llevar a los recién llegados a los alojamientos de mi escuadrón —intervino Adami—. Podrán quedarse allí durante su estancia en el reino.

La representante del escuadrón Diez asintió.

—Lamento la pérdida de tus soldados, Adami —dijo, ajustándose el yelmo sobre la cabeza—. Pero me alegra verte con vida.

Adami asintió con pesar.

—Ahora debo marcharme, tengo otras obligaciones que atender —Jedena se dio la vuelta—. Ya conoces el camino hacia mi cuartel. Si necesitáis algo, allí estaré.

Una vez solos, Adami dejó de lado sus formalismos y se estiró de forma escandalosa.

—Bueno, hora de descansar —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—. Seguidme, os va a encantar vuestra nueva casa.

El comandante condujo a Yskar e Ilma, seguida por sus panteras y Kayli, hacia el cuartel del escuadrón Doce, colindante con el castillo.

Pero lo que sería su nueva casa resultó muy…

diferente de lo que hubiesen esperado. Nada más entrar, se toparon de bruces con un fuerte hedor a sudor y humedad.

Una hilera de veinte camas, vacías y desordenadas, se amontonaban en uno de los flancos de la habitación, mientras prendas de ropa usadas y botas desgastadas estaban esparcidas por el suelo.

—Vaya —dijo Adami al percibir las caras de asco de sus invitados—. Se ausenta uno un tiempo y hay que ver cómo se llena de polvo el cuartel.

—No sé si es el polvo lo que más me preocupa, comandante —dijo Yskar con cierto tono irónico.

—Uy, huele a caca —espetó Kayli, tapándose la nariz con dos dedos—. Pero muy a caca.

Naila y Horos arrugaron su hocico, abriendo sus bocas en un intento fallido por no vomitar.

—Bueno, oye, los cuarteles son lugares de entrenamiento —se excusó Adami mientras abría las ventanas—. Los olores son fruto del arduo trabajo que realizaban mis hombres.

—Adami, haz el favor de ventilar esta habitación —rogó Ilma, tratando de disimular su repentino malestar estomacal—. Apesta aquí dentro.

Kayli soltó una carcajada.

El comandante obedeció la petición de la reina y, finalmente, abrió la última de las ventanas. La brisa fresca del exterior se sintió como un alivio, como si de pronto pudiesen volver a respirar.

—Quizás no soy el más limpio del reino, en eso puede que tengáis razón, pero…

Yskar se aproximó al comandante y le dio un pequeño golpe cariñoso con el puño.

—¿Puede? —replicó el brevodiano antes de tumbarse en una cama—. Eres el hombre más sucio que he conocido, comandante.

El capitense se frotó la cabeza, avergonzado.

—¿Tanto?

—¿Cuál es la mía? ¿Cuál es la mía? —preguntó Kayli entusiasmada, buscando su nueva cama—. ¿Esta? O a lo mejor… ¿esta otra?

—La que tú quieras —invitó Adami con una sonrisa—. Puedes escoger la que más te guste.

Ilma se acercó junto a la pequeña y palpó la cama con suavidad.

—Supongo que esto será mejor que dormir a la intemperie.

El brevodiano permaneció en silencio unos segundos, mirando el cielo a través de la ventana que se alzaba justo sobre su cabeza. El atardecer se veía hermoso y, mientras se dejaba encandilar por los tonos anaranjados que vestían el paisaje, pensó en todo lo ocurrido hasta entonces.

La invasión Hiniur.

Partir de su hogar.

El comandante.

Los Guardianes de un solo ojo.

Y, ahora… un ser que amenazaba con extinguir a la humanidad.

Sabía que pasaría mucho tiempo hasta que volviera a disfrutar de momentos como aquel pues, a partir de entonces, todo iría a peor.

—Supones bien, Ilma —corroboró, ya con los ojos cerrados—. Supones bien.