El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 39. Hogar #3
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39. Hogar #3

—Lo que la comandante del Dos intenta decir —intervino Jedena—, es que la repentina aparición de un Emisario ha acabado con la vida de mi hermano.

Yskar dio un brusco golpe contra el reposabrazos.

—¿Habéis perdido completamente el juicio? Un Emisario no puede aparecer sin más. Todos lo sabéis. Necesita incubarse durante años hasta alcanzar su auténtica forma. Y, de ser así, nos habríamos percatado de la existencia de un ser como ese tiempo atrás.

—Yskar tiene razón —corroboró Adami—. Además, lo último que sé de Álvar es que se dirigió a Lenov a atender unos asuntos. De todos los lugares del mundo donde jamás imaginaría la aparición de un Emisario, sería allí. Todos conocemos lo inaccesible que es el reino, incluso para los Hiniur.

—Y también lo es para nosotros —puntualizó Farco desde su lado de la mesa—. Y es precisamente ese hecho lo que lo convierte en el lugar idóneo para gestar un Emisario.

Yskar entornó los ojos mientras escuchaba, perplejo, a los comandantes y trataba de darle un sentido a lo que decían.

No podía ser cierto. No alguien como Álvar.

—Los miembros de la realeza visitamos Lenov varias veces al año —dijo—. De ser cierta vuestra hipótesis, habríamos percibido la presencia de una monstruosidad así.

—¿Incluso si adopta la forma de un rey?

Adami se levantó de un salto.

—¡¿Grifford!?

—Exacto —confirmó Doile—. Grifford.

—Al igual que Davá… Lenov ha sucumbido al mal —continuó Jedena con voz firme, a pesar de la crudeza de los hechos que describía—.

No sabemos cómo, pero todo indica que Álvar conocía la verdadera identidad de Grifford y planeaba atacar Lenov aprovechando el factor sorpresa.

También sabemos que, aunque fueron varios los que zarparon hacia allí, solo mi hermano llegó a su destino.

—Creemos que recibieron un ataque en las aguas de Umbramar —concretó Farco—. Hemos hallado restos de su barco flotando a la deriva.

—Al parecer, Álvar atacó a Grifford y una gran revuelta se desató en Lenov —continuó Jedena—.

A pesar de no haber alcanzado todo su potencial, Grifford logró salir victorioso del enfrentamiento y, según la información recopilada por nuestros espías, acabó con la vida de todos ellos, incluyendo la del Capitán Ramis, su hija y el propio Álvar.

Ilma abrazó a la pequeña Kayli, quien se aferraba a la pierna de la reina en un intento por evadirse del desolador relato. Yskar miraba al suelo, desconcertado.

—¿Entonces…? —preguntó Adami, cabizbajo—. ¿Qué haremos ahora sin Álvar?

—Lo único que nos queda por hacer —respondió Tretton blandiendo su gran maza de guerra con ambas manos—. Lucharemos.

—¿Ah, sí? —respondió Adami, mirando a Jedena en busca de confirmación—. ¿Y se puede saber cómo pretendéis enfrentar a un ser que incluso ha acabado con el mismísimo Álvar?

—No hay más opciones —dijo Tretton dejando caer la cabeza de la maza contra el suelo—. Morir o matar.

Tras una breve pausa, Yskar rompió el silencio.

—¿Es esa realmente la decisión que tomará Capital en este asunto? Dime, Jedena, ¿es esto el principio de una guerra?

La del Diez cerró sus ojos, dándose unos segundos antes de contestar.

—¿Qué otra alternativa tenemos?

Yskar se volvió hacia Ilma, buscando en su rostro alguna respuesta. Pero, casi sin poder evitarlo, su mirada descendió hasta Kayli, que seguía aferrada a la pierna de la reina mientras sus lágrimas empapaban la tela davense de su capa.

Por alguna razón, el llanto de la niña avivó en Yskar un recuerdo que creía ya olvidado.

Lo primero que le vino a la mente fue Brevodia, su tierra natal, los recolectores y los ciudadanos a quienes había prometido volver.

Pero hubo una imagen, de entre todas ellas, que prevaleció.

La de aquel niño huérfano que le había obsequiado con una flor metálica justo antes de partir.

Entonces Yskar, casi inconscientemente, llevó una mano al costado de su pierna y palpó, por encima de sus ropajes, la flor que aún conservaba. Una pieza metálica tan insignificante para ojos ajenos… pero tan cargada de significado para los suyos propios.

Y es que… ¿desde cuándo Brevodia se había echado atrás ante cualquier conflicto?

Por arriesgado que fuera. Por descabellado que pareciese. Brevodia jamás se amedrentaba ante nada.

Y él, como rey, como brevodiano, debía estar a la altura.

—En ese caso —proclamó, clavando su mirada en Jedena de nuevo—, contad con la Llama Azul en esta lucha.

Jedena asintió en conformidad y, seguidamente, desvió su mirada hacia Ilma.

—Quisiéramos contar también con la fuerza de Davá en esta contienda, pero desconocíamos su situación y no creo…

—Organizaremos expediciones en busca de supervivientes —propuso la reina davense desde la oscuridad de su caperuza—.

Quizás encontremos alguno que podamos reclutar para nuestras filas.

Este es un asunto que nos incumbe a todos nosotros.

A la humanidad. No quieras dejar a Davá fuera del conflicto, Jedena.

La del Diez asintió en disculpa.

—Hoy el tiempo es escaso y no podemos descuidar nuestras tareas diarias —expuso—. Pero, durante la reunión de mañana, organizaremos los grupos de exploración, tanto para la búsqueda de supervivientes davenses como de brevodianos que estén dispuesto a unirse a la causa.

—Lo he advertido —se quejó Cecil, comandante del Tres, volteando una vez más su reloj de arena—. Hemos perdido mucho tiempo.