El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 39. Hogar #2
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39. Hogar #2

—El viaje bien, Jedena, gracias —respondió Adami con sarcasmo—. Digamos que… tuve un pequeño contratiempo en Brevodia que me entretuvo más de lo esperado y que quisiera compartir con vosotros aquí hoy. Pero antes…

Adami se hizo a un lado, dejando entrar al resto de sus acompañantes.

—¡Majestades! —exclamó Jedena, abandonando su asiento de un salto—. Es un honor teneros aquí.

El resto de los comandantes imitaron a la del Diez e inclinaron la cabeza para recibir a la inesperada visita.

Yskar entró en la sala seguido de Ilma y Kayli, a quien llevaba de la mano. Naila y Horos se quedaron tras las davenses y se sentaron en el suelo, uno a cada lado.

—Aunque aún sobresaltados por el incidente de las flechas a nuestra llegada —reprochó Ilma al entrar—, agradecemos vuestra hospitalidad.

—No te cortes Ilma, díselo bien claro —intervino Adami—. Por poco nos dejan la cabeza como un coladero.

—Debo pediros perdón —se disculpó Jedena, llevándose la mano al corazón—. Pero hay un motivo de peso detrás. Si nos acompañáis en esta reunión, estaremos encantados de daros las explicaciones oportunas —se giró hacia uno de los comandantes—. Samil, por favor, muéstrales su asiento.

Tras la petición de Jedena, uno de los comandantes abandonó su puesto y se acercó a la puerta.

Era un chico más bien delgado, carente de la evidente musculatura que gozaban el resto de los comandantes.

Su piel pálida, como si apenas hubiese sido expuesta al sol, reflejaba una delicadeza impropia para alguien que se dedicaba a la guerra.

Su cabello dorado lucía sedoso y bien cuidado, enmarcando una tez aterciopelada y algo afeminada.

Pero lo que más llamaba la atención, sin duda, era el abanico de colores de su blusa, en claro contraste con las pocas piezas de armadura negra que lo protegían.

—Pero, ¡qué bien vestida va esta niña! —exclamó Samil al acercarse a Kayli—. Ese chalequito rojo combina de maravilla con tu capa gris. ¿Quién te ha vestido así de hermosa?

—Bueno… —murmuró Kayli, vergonzosa—. En el reino vamos todos así.

—¡Uy! Pues debe de ser un sitio lleno de gente muy bonita.

Kayli asintió tímidamente. El comandante entonces se incorporó, encontrándose de lleno con las miradas de Ilma e Yskar.

—Pero que modales los míos —se disculpó, apoyando la palma de su mano sobre el pecho—. Soy Samil, comandante del escuadrón Nueve, por favor acompañadme.

Tomó tres sillas adicionales y las colocó junto a una pequeña mesa adosada a la de los comandantes. Con un gesto de la mano, indicó a los reyes que tomaran asiento.

Yskar agradeció el gesto y ocupó una de ellas. Ilma se acomodó en la silla contigua, con Kayli en su regazo mientras que Horos y Naila se tumbaron a cada lado de ella, lamiéndose las patas mientras observaban a los presentes.

—Entonces… ¿dónde dices que has estado todo este tiempo, Adami? —preguntó la mujer con el número trece grabado—. ¿Estas herido? ¿Necesitas que te supervisen mis curanderos?

Adami negó con la cabeza.

—No será necesario, Alina. Quiero empezar cuanto antes esta reunión, pues lo que aquí vengo a contar no os va a gustar lo más mínimo.

Jedena clavó su mirada afilada en el comandante.

—Estamos deseosos de escucharte.

Adami hizo una pausa dramática, añadiendo más tensión de la necesaria.

—Todo empieza cuando Álvar me encomienda la misión de apoyar a Brevodia contra los Hiniur.

Como bien sabéis, sufrieron el ataque más severo que jamás habían conocido.

O sea, que la cosa no pintaba muy bien de entrada.

Pero no os asustéis, pudimos controlar la situación… o al menos lo estaba cuando partimos.

—No era una ofensiva cualquiera —intervino Yskar al notar que Adami empezaba a divagar—. Una vez repelido el ataque, temíamos que Davá corriera la misma suerte. Por eso el comandante, su escuadrón y yo mismo emprendimos la marcha hacia el norte, al reino de Davá, con la intención de ayudarles.

—Pero, en nuestro afán por acortar camino, decidimos atravesar las Montañas Tortuosas —relató Adami, retomando la palabra—. La montaña pudo con nosotros y todos mis hombres perdieron la vida allí.

Reinó el silencio.

—Fuimos emboscados por Hiniur —prosiguió el brevodiano—. Si hoy estamos aquí, contando esta historia, es porque Gheva no quiso que pereciésemos allí.

—Sois unos insensatos —pronunció la mujer con el número cinco grabado en el pecho. Su alta gargantilla dorada tintineó al mover la cabeza—. Atravesar las Montañas Tortuosas es la peor decisión que podíais haber tomado.

—No teníamos otra opción, Valtyra —replicó Adami—. Los ataques Hiniur estaban siendo muy severos y creíamos que Davá necesitaba ayuda… y urgente.

—Y, en efecto, la necesitábamos —corroboró Ilma desde un lado de la sala—, pero, aun con su ayuda, Davá, tal y como la recordáis ya no existe.

Sus árboles han sido consumidos por las llamas, mi pueblo ha sido masacrado o se ha dispersado por el mundo en un intento desesperado por mantener su vida.

Gente que no conoce de armas o guerras… solos y desprotegidos.

Las únicas supervivientes somos Kayli, aquí presente, y yo misma.

—La situación es más grave de lo que pensábamos entonces —puntualizó Farco. Buscó a Jedena con la mirada, esperando su aprobación—. Necesitamos actuar de inmediato.

—¡Bah! —dijo el hombre con el número catorce, acomodando los pies sobre la mesa y manchándola de barro—. Tan solo son un puñado de Hiniur.

—Apuesto a que tú solo hubieses detenido la invasión en Davá —replicó el del Once—. ¿Verdad que sí, Zékiel?

Zékiel se levantó de su silla y clavó su mirada iracunda en el comandante que le acababa de desafiar.

A medida que se erguía, su imponente altura y su corpulencia parecieron llenar la sala.

Una extensa melena, grasienta y descuidada, caía sobre su espalda, dejando entrever los surcos de tinta que cubrían su torso desnudo.

—Tú mismo lo has dicho, Tretton —replicó—. Al contrario que tú, que no podrías acabar con ni siquiera uno de ellos sin la ayuda de tu Bendición.

Tretton golpeó la mesa con ambas manos al ponerse en pie.

Su respiración se agitaba cuanto más trataba de contener la furia que lo invadía.

No quería empezar una pelea, al menos no delante de todos.

Así que se limitó a observar a Zékiel con sus ojos verdes, enmarcados por unas pestañas inusualmente oscuras, que le conferían un halo aún más intimidante.

—La envidia te corroe —aseguró Tretton con una sonrisa burlesca—.

¡Cuánto quisieras tener el poder de una Bendición!

¿Verdad? Lamento decirte que, si Gheva no te la ha concedido hasta ahora, no creo que lo haga jamás.

Aunque no me sorprende lo más mínimo. Hijo del delincuente más buscado de Capital…

sería muy irónico que concediera una Bendición a alguien como tú.

Zékiel, como su compañero antes que él, cayó de lleno en la provocación. Con un fuerte estruendo golpeó la mesa al ponerse en pie y se irguió hasta quedar a la misma altura que Tretton.

—Repítelo.

Casi al instante, un haz de luz recorrió las manos de Tretton.

Zékiel, sonrió.

—Vaya, vaya… ¿Te atreves a emplear tu Bendición contra mí?

—espetó Zékiel, complacido—. Por fin algo de diversión, estaba empezando a aburrirme de tanto parloteo —abrió sus brazos, exponiendo la totalidad de su torso.

—Adelante, Tretton. Muéstrame de lo que eres capaz.

Pero asegúrate de darme con todas tus fuerzas, porque si no logras derribarme de un golpe… te arrancaré la cabeza.

—Vosotros dos, ya basta —ordenó Jedena, tajante, interponiendo su tridente entre ambos—. Sentaros de una vez.

Ignorando por completo a Jedena, Zékiel arremetió con el puño hacia el rostro de Tretton. Él, en lugar de protegerse, cerró su mano y respondió de la misma manera.

Pero ninguno llegó a golpear al otro.

A mitad del recorrido, ambos comandantes se giraron de súbito, dándose la espalda y lanzando el golpe al aire. El movimiento los desestabilizó y, sin poder evitarlo, cayeron al suelo.

Yskar, con el ceño fruncido, observó entonces que, al otro lado de la mesa, un haz de luz atravesaba horizontalmente los ojos de Jedena, como un antifaz lumínico.

—Odio cuando haces eso —se quejó Tretton, incorporándose—. Lo tenía justo donde quería.

—Solo quería acariciarlo —aseguró Zékiel, alzándose del frío mármol—. Nada más.

—Dejad vuestra lucha de egos a un lado —replicó la del Diez con el haz de luz todavía iluminándole los ojos—. Y sentaos.

A pesar de la evidente furia que los recorría, tanto Zékiel como Tretton obedecieron la orden y, tras lanzarse una última mirada desafiante, regresaron a sus asientos.

El haz de luz se desvaneció del rostro de Jedena.

—Por favor, estamos perdiendo mucho tiempo —se quejó el joven comandante del Tres, mientras extraía un reloj de arena de entre sus bolsillos—. ¿Podemos continuar con la reunión?

—Cecil tiene razón, el tiempo apremia —aseguró Adami—. Pasemos al segundo punto del día… ¿Qué narices ha ocurrido aquí? ¿Dónde está Álvar en un momento como este?

El silencio se apoderó de la reunión. Los comandantes empezaron a intercambiar miradas que oscilaban entre la duda y la tristeza. Nadie se atrevía a responder a tan hirientes preguntas.

—Álvar… —susurró la del Dos, rompiendo el silencio—. Ya no está entre nosotros.

El tiempo, en ese preciso instante, pareció congelarse.

La respuesta cayó con todo su peso sobre la sala, aplastando la voluntad de hablar de todos los presentes. Los ojos de Adami parecieron salirse de sus órbitas al recibir la noticia. Yskar e Ilma se quedaron inmóviles, como si hubiesen sido petrificados.

—Eso… no puede ser cierto, Doile —dijo Adami ladeando la cabeza—. El rey Álvar es el ser más poderoso de todos los hombres que he tenido el honor de conocer. Sería necesario un poder casi divino para arrebatarle la vida.

—Un poder divino… ¿como el de un Emisario?

Adami arqueó una ceja.

—¿Qué estás insinuando?