El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 39. Hogar
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39. Hogar

El viaje hacia Capital transcurrió sin contratiempos.

Tras contemplar siete hermosos atardeceres sobre las vastas llanuras de Yombeka y dejar atrás el Bosque Garova, las impenetrables puertas del reino de jaspe se vislumbraron en el horizonte.

—¿Ya hemos llegado? —preguntó Kayli, abriendo su boca en un profundo bostezo—. Estoy cansada.

Yskar se volvió hacia la niña davense y le dedicó una cálida sonrisa.

—No queda mucho, pequeña —aseguró—. Por fin nuestra larga travesía dará sus frutos. El rey de Capital es un gran amigo mío, y estoy seguro de que nos recibirá con una mesa repleta de comida y una cama donde descansar.

Kayli observaba al brevodiano perpleja. Había crecido en una familia de ganaderos acostumbrada a comer lo que cultivaba o intercambiaba mediante trueque con otros ciudadanos.

Desde bien pequeña, dormía sobre el heno del granero junto con sus animales y desconocía el lujo que suponía reposar en una cama de verdad.

—Además, en Capital viven los hombres y mujeres más poderosos del mundo —prosiguió Yskar—. ¿Has oído hablar de los Bendecidos alguna vez?

Kayli negó con la cabeza.

—Hombres y mujeres con poderes tales que dicen estar bendecidos por la mismísima Gheva, de ahí su nombre —explicó el brevodiano, disfrutando del asombro que infundía en la davense—. Son los dones que poseen lo que nos da una posibilidad de combatir a esos seres tan malos que entraron en Davá.

Kayli abrió la boca, atónita.

—¿Tan… fuertes son?

Yskar asintió.

—Pronto lo descubrirás por ti misma —dijo, y desvió la mirada hacia atrás—. De hecho, ahí tienes a uno de ellos.

El brevodiano señaló a Adami, que caminaba a pocos metros, ajeno a la conversación. El comandante del Doce se volvió rápidamente hacia ellos al percatarse de sus miradas.

—¿Mmh? —musitó, alzando una ceja—. ¿Qué pasa?

El cansancio que arrastraba el comandante le daba un aspecto todavía más envejecido del habitual. Su cuero cabelludo parecía más despoblado que de costumbre, las bolsas bajo los ojos eran más prominentes y las arrugas alrededor de sus labios estaban más marcadas.

—Bueno, Adami es un caso especial —susurró Yskar al notar el evidente deterioro que lucía—. En Capital conocerás a los Bendecidos de verdad.

Adami frunció el ceño.

—¿Se puede saber que le estás diciendo a la niña?

—Le contaba lo maravilloso que es el reino Capital —respondió Yskar, guiñándole un ojo a Kayli—. Y el buen cobijo que allí servís siempre.

La pequeña davense se llevó ambas manos a la boca, intentando contener la risa.

—Ah, bueno —dijo Adami—. Eso es algo que comprobareis vosotros mismos cuando lleguemos.

Kayli, montada sobre la pantera de Ilma, no pudo contener su entusiasmo más tiempo y se deslizó por el lomo de su montura hasta tocar el suelo. Sin mediar palabra, tomó la mano de Yskar y emprendió una carrera hacia las puertas de Capital que se erguían en el horizonte.

—¿A qué estamos esperando? ¡Vamos, vamos, vamos! —repitió, emocionada—. ¡Quiero verlo ya!

Ilma, junto a sus fieles panteras, y Adami corrieron al ritmo de la pequeña, dejando que fuera ella quien llegara primero a las puertas.

Pero, a escasos metros de alcanzarlas, Naila, la felina albina, aceleró el paso y se abalanzó sobre Kayli de un salto. Al alcanzarla, hundió los colmillos en la capa davense que se mecía a su espalda y, con un fuerte tirón, la arrastró hacia atrás, evitando que tres flechas impactaran contra ella.

Ilma, Yskar y Adami se detuvieron alarmados al ver los proyectiles clavados en el suelo, a pocos palmos de la niña.

—¡Mantened la posición! —gritó una poderosa voz desde la parte superior de las puertas—. ¡Apuntad!

De entre las almenas emergió una extensa y amenazadora hilera de arqueros que se extendía de extremo a extremo de la muralla. En su centro, un hombre alopécico se erguía de forma autoritaria con su armadura de jaspe negro reluciendo al sol.

Adami dio un paso al frente.

—¿PERO QUÉ DIANTRES OS PASA? —bramó—. ¿Te has vuelto completamente loco?

—¿Quién es? —preguntó Ilma desde atrás—. ¿Es amigo tuyo?

Adami se giró ligeramente hacia la davense.

—Es Farco, comandante del escuadrón Uno —explicó antes de volver a fijar su vista en la muralla de nuevo—. Algo no va bien en el reino. Jamás hemos atacado así… sin comprobar primero de quién se trata.

El hombre situado en el centro de la hilera extendió su brazo horizontalmente, indicando a sus hombres la prohibición de atacar.

—¿Adami? —preguntó Farco desde las alturas—. ¿Estás vivo?

—¿A ti qué te parece? —replicó el anciano comandante con los brazos en jarras—. ¡Abre las puertas ahora mismo!

Farco asintió y se volvió hacia sus soldados.

—¡Ya lo habéis oído! ¡Alzad las compuertas de inmediato!

La titánica puerta del reino se abrió lentamente. Un grupo de soldados enfundados en armaduras negras se había colocado en perfecta cuadrícula tras ella, y en ese momento abrieron un pasillo humano para permitir el paso de la cabeza desnuda que sobresalía entre las filas.

Como todo capitense que se precie, Farco vestía una impoluta armadura de jaspe negro.

A diferencia de la de Adami, sus hombreras estaban ornamentadas con unas astas que se arqueaban hacia atrás.

En el centro de la coraza, sujeta por cadenas, reposaba una robusta placa de acero oscuro que acentuaba, más si cabe, su imponente presencia.

Pero si algo llamó la atención de Yskar fue, sin duda, la peculiar marca de nacimiento que teñía el rostro de Farco.

Su piel era de un color tostado, salvo por una mancha blanca que cubría su tez justo por la mitad, dándole aquel aspecto atigrado.

De hecho, en sus manos también pudo apreciar aquel patrón: el color ocre de sus brazos se desvanecía gradualmente en las muñecas, dando paso a unas manos de un blanco impecable.

—¿Se puede saber qué significa todo este numerito? —preguntó Adami, irritado—. ¿Ahora disparáis a la primera silueta que aparece ante Capital? ¿Qué pretendéis? ¿Levantar un muro de cadáveres frente al reino?

Farco acortó la distancia que lo separaba de los forasteros y sonrió al encontrarse con Adami. A pesar del sermón que de seguro iba a soltarle, no pudo sino alegrarse de verlo de vuelta en casa.

—Las cosas… han cambiado mucho desde que no estás —se excusó—. Son tiempos difíciles y debemos extremar la precaución.

Yskar apareció tras Adami con Kayli en brazos, seguido por Ilma y sus felinos, quienes aún dirigían una feroz mirada de desconfianza hacia el capitense alopécico.

—¡Majestades! —exclamó Farco dibujando una reverencia—. Es un honor teneros aquí.

—Había oído hablar de la destreza de los comandantes de Capital —espetó Yskar con una sonrisa irónica—. Espero que no se refiriesen a vuestra habilidad con el arco —ladeó la cabeza—, no habéis acertado ni una.

—Disculpe, majestad —respondió Farco sin abandonar su inclinación—. Hay… una buena razón detrás.

—Espero que sí, comandante —intervino Ilma, mirándolo a través de la oscuridad que le brindaba la caperuza—. Por vuestro bien, espero que la haya.

Farco miró a un lado y a otro antes de volver a hablar.

—Acompañadme al castillo —dijo—. Hablaremos allí.

Las imponentes puertas de la fortaleza se alzaron ante ellos, tan colosales como majestuosas.

A su llegada, los soldados del escuadrón se colocaron rígidos en formación, creando un pasillo humano hasta la entrada. Los cuatro visitantes siguieron a Farco y atravesaron aquel corredor formado por sus hombres mientras se adentraban en el interior.

La inmensa sala principal siempre había abrumado a Ilma y, en esta ocasión, no fue diferente.

Los detalles en platino resaltaban sobre los adornos de jaspe negro que decoraban la estancia, otorgándole un porte elegante y, en cierto modo, inquietante.

Una prolongada hilera de lámparas colgantes adornaba la bóveda, iluminando el lugar con una luz casi angelical que los acompañó en su recorrido.

Al fondo se erguían unas robustas escaleras de piedra maciza que conducían a la planta superior. Farco no se detuvo y, sin mediar palabra, comenzó a subirlas hasta la segunda planta. El resto lo siguió, admirando a su paso la riqueza de la decoración.

Una vez arriba, Farco se dirigió hacia el oeste, donde el trono de Álvar se erguía en soledad. Allí se acercó a una pequeña puerta, casi imperceptible, situada en uno de los flancos.

El capitense barrió con la mirada a sus nuevos huéspedes antes de accionar la manivela y acceder al interior.

—Veréis que sorpresa se llevan el resto al veros.

En contra de lo que uno podría esperar, aquella sala era más bien sencilla.

Antiguos escudos colgados en la pared y un par de estanterías de madera eran lo único que decoraba el lugar.

Un luminoso ventanal se extendía a lo largo de uno de los laterales, por donde se filtraban los rayos del sol que conferían a la estancia aquel tono ambarino que, curiosamente, resultaba acogedor.

En el centro se alzaba una robusta mesa circular que ocupaba casi toda la habitación. A su alrededor, los trece comandantes, enfundados en sus armaduras, aguardaban expectantes las noticias que Farco les traía.

El comandante del Uno se acercó a su lugar alrededor de la mesa y tomó asiento en la silla coronada con el estandarte de su escuadrón.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer con el número diez grabado en su armadura—. ¿No deberías estar en las murallas?

—Quizá hoy podríamos adelantar nuestra reunión diaria, Jedena —propuso Farco, sonriente—. Hoy estaremos todos presentes —se giró hacia la entrada—. ¡Pasad!

El anciano capitense fue el primero en entrar.

—¡Adami! —exclamaron varias voces al unísono.

—Esto sí que no lo esperaba —dijo la comandante con el número seis grabado en su coraza—. Solo por esto ha merecido la pena haber perdido el tiempo esperando a Farco.

—Por fin una buena noticia —se alegró la mujer con el número ocho—. ¡Qué bueno verte de nuevo en casa!

—¿Y bien? —intervino la del Diez nuevamente, con los dedos entrelazados, aún sin levantarse—. ¿Qué te ha demorado tanto?