El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 38. Oasis
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38. Oasis

Durante varias horas, caminaron en silencio sin encontrar ninguna pista nueva acerca del paradero de Álvar o de sus captores. La expresión en el rostro de Ramis reflejaba la evidente impotencia que le ardía por dentro, así que ninguno de los jóvenes se atrevió a hablar.

El hambre empezaba a ser un inconveniente y no parecía haber nada que pudieran llevarse a la boca. La sed también comenzó a hacer estragos al no haber ningún lago o río que atravesase el bosque.

Si no encontraban agua y comida pronto, no vivirían un día más.

El Capitán se paró de golpe. Verso y Cincela se detuvieron con él.

—Papá, ¿por qué…?

Ramis suspiró.

—Estamos andando en círculos de nuevo.

Cincela dio un paso al frente.

—¿Estás seguro de eso?

El Cruzado asintió mientras señalaba con su dedo índice el pasto frente a él. Una parte de la hierba estaba aplastada, dibujando el contorno de lo que parecía la silueta de un hombre.

—Aquí es donde tendimos el cuerpo de Álvar —dirigió entonces el dedo hacia el suelo, repleto de huellas tanto humanas como animales. —Y ahí es donde sufrimos el ataque de aquellos niños.

—Quizás… deberíamos dejarlo por hoy, papá —se atrevió a decir Cincela—. Está oscureciendo y nos va a resultar más complicado explorar sin la luz del día.

Ramis cerró los ojos, soltó un bufido y, finalmente, asintió.

—Continuaremos mañana.

Tras sus palabras, el lenovense se acomodó en la improvisada cama de hierba y contempló las pocas estrellas que se dejaban ver entre los huecos de las copas.

Cincela se acercó y se sentó a su lado. Pero antes de acomodarse, advirtió algo entre las hojas de un arbusto cercano. Movida por la curiosidad, se aproximó y empezó a tirar de aquella especie de tela blanca que sobresalía por debajo de las ramas.

—¿Qué ocurre, hija mía? —preguntó Ramis, abriendo uno de los ojos—. ¿Qué estás…?

—He encontrado esto en el suelo —dijo, tirando con cuidado para evitar que las ramas desgarrasen la tela—. Una especie de… prenda o algo así.

—Nos vendrá bien —puntualizó Verso desde un poco más lejos—. La noche anterior tuve algo de frío. Suerte que encontré aquella enorme hoja con la que taparme.

Ramis palideció cuando Cincela logró extraerlo del todo.

—Eso… no es algo con lo que resguardarse del frío.

Cincela desdobló el tejido.

El textil, antaño blanco, estaba descolorido y desgarrado en jirones. Bordada en su centro, se podía distinguir la imagen de una mujer con los ojos vendados y dos majestuosas alas de Vastali que apuntaban hacia las esquinas superiores.

Verso se incorporó.

—Eso es…

—El escudo-emblema de Lenov —sentenció Ramis—. Probablemente perteneció al último valiente que se aventuró en este bosque.

Cincela se sentó para examinar el retazo que sostenía entre los dedos. Pero, sin previo aviso, su padre se levantó y, furioso, se lo arrebató de las manos de un tirón.

—Un pequeño recordatorio que nos brinda el bosque de lo que nos ocurrirá a nosotros —espetó, alzando el emblema hasta la altura de sus ojos—.

Lo que este bosque no sabe es… quién soy yo —hundió los dedos en la tela rasgada.

—He luchado contra infinidad de Hiniur. He capitaneado las cruzadas de Lenov.

He salvaguardado la prosperidad de mi reino.

He visto a mi pueblo caer… —arrojó el paño con desprecio al suelo y desenvainó la espada.

—¿¡Y crees que un montón de ramas y unos niños van a acabar conmigo! ?

Con paso decidido, el Capitán se acercó al árbol más cercano. La creciente furia que irradiaba era casi palpable. Su semblante, serio y frío. Y su instinto asesino parecía, por momentos, tomar control total de su voluntad.

Aferró con firmeza el mango de su espada y dibujó una media luna con el filo antes de descargar un profundo tajo contra el tronco, que provocó una repentina lluvia de astillas sobre el lenovense.

Pero no le importó.

—Antes de que me veas perdido entre tus caminos —dijo, como si el bosque pudiera escucharlo—, derribaré uno por uno todos y cada uno de tus árboles.

Ramis arrancó el filo de la madera astillada y, con el rostro consumido por la ira, descargó otro golpe contra el tronco colindante.

Cincela se levantó y avanzó con cautela hacia su progenitor.

—Padre… deberías calmarte.

Ramis extrajo su espada y dio un paso atrás, observando las dos hendiduras que había provocado en la corteza.

Apretó los dientes mientras se preparaba para asestar un tercer golpe.

Sabía que debía controlar su ira, que aquello no conducía a nada, pero la situación lo superaba.

Se sentía acorralado frente a un enemigo que no podía ver y eso, más que otra cosa, lo irritaba sobremanera.

Recreándose en sus pensamientos iracundos, descargó el tercer tajo.

Pero, a diferencia de los anteriores, este golpeó con menos fuerza.

Tras el impacto, Ramis se tambaleó y, sin poder evitarlo, cayó de rodillas en el suelo.

El silencio se adueñó del bosque, roto únicamente por su respiración agitada y sus constantes jadeos.

Cincela se arrodilló a su lado y, sin reparar en las consecuencias, lo rodeó con uno de sus brazos.

—Este bosque… saca lo peor de mí —murmuró él, abatido—. Parece que no hay salida. Que las ramas se mueven para confundirnos, que los árboles observan cada paso que damos y los sonidos tratan de desorientarnos.

Cincela frotó suavemente la espalda de su padre, tratando de reconfortarlo.

—Lo sé, papá —dijo—, pero estamos juntos en esto. Estoy convencida de que, tarde o temprano, encontraremos una salida.

El rostro de Ramis pareció recuperar la cordura.

—Tienes… razón, hija mía.

—No lo pienses más —aconsejó Cincela—. Ahora tratemos de dormir. Ya verás como, antes de lo que creemos, aparece…

—¡AY! —gritó Verso de pronto, levantándose de un salto—. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

El clérigo se aproximó todo lo rápido que pudo hacia Ramis y Cincela, cobijándose entre ellos. El Capitán entornó los ojos y miró en la distancia, tratando de averiguar qué podía haber perturbado al joven.

—¡Algo me ha rozado el brazo! —exclamó el aprendiz, frotándoselo con energía—. ¡Algo entre el arbusto!

Pero Ramis, por más que mirara, no vio nada. Todo parecía igual, sumido en el habitual silencio del bosque.

El Cruzado puso los ojos en blanco y dejó escapar un bufido.

—No-no-no me miréis así —pidió Verso a trompicones, temiendo las posibles represalias—. Juro que había algo ahí. Justo ahí.

Ramis clavó la mirada en el clérigo mientras apretaba la mandíbula y arqueaba una de sus cejas. El joven se echó hacia atrás instintivamente, tratando de huir de aquella mirada que tanto miedo le infundía y que parecía exigir una explicación para semejante alboroto.

—Vale, de acuerdo… lo confesaré —murmuró el clérigo, cabizbajo—. Si vamos a convivir juntos a partir de ahora en un bosque, supongo que no merece la pena ocultároslo más tiempo —carraspeó la garganta. —Veréis… Quizás os sorprenda, pero tengo miedo a los bichos.

Ramis no pudo evitar un gesto de incredulidad.

—Aprendiz…

—De verdad, Capitán, creo que es importante —interrumpió Verso—. Pensareis que es una tontería, pero es tal la fobia que me generan que un simple roce, una sombra, un silbidito en la oscuridad… todo me parece un bicho.

—¿Me estás diciendo que lo único que te preocupa, estando aquí encerrados sin comida ni agua potable, es que un pequeño saltamontes te haya rozado el brazo?

Verso palideció aún más, frotándose el brazo con más urgencia.

—¡No me digas eso! Los saltamontes son los que más miedo me dan. ¿Podrías… si no es mucho pedir, acercarte a comprobar que no haya ninguno en aquel arbusto? No voy a poder dormir pensando que puede saltarme encima en cualquier momento.

Ramis se levantó del suelo a regañadientes, resignado a complacer al clérigo. En otras circunstancias no se hubiese molestado, pero empezaba a conocer al aprendiz y no quería pasar la noche en vilo escuchando sus quejas.

—¿Ves? —dijo con los ojos clavados en Verso tras apartar las ramas del arbusto—. Nada por lo que preocuparse.

De entre las hojas, brotó de pronto el rostro del niño de cabellos pardos con patas de zorro y orejas felinas.

—¡Capitán! —dijo Verso sobresaltado. —¡El niño raro!

Ramis volvió la cabeza hacia el arbusto con suma rapidez.

—¡Rápido! —bramó—. ¡Que no escape!

El lenovense se abalanzó hacia el matorral intentando atraparlo, pero el niño desapareció entre la vegetación. Ramis se incorporó y, sin pensarlo dos veces, se adentró en las profundidades del bosque tras él. Cincela y Verso emprendieron la carrera detrás de su padre, intentando seguirle el paso.

El niño corría por delante, aunque ya no parecía tener tanta prisa como antes. A veces incluso se detenía y miraba hacia atrás, como si quisiera asegurarse de que los forasteros no lo perdían de vista.

Aun así, los tres corrieron sin descanso, apartando las ramas y lianas que se interponían en su camino, hasta que, de pronto, el niño se detuvo frente a una cortina de lianas y extraña vegetación que se alzaba cortándole el paso.

—Estás… atrapado —espetó el Capitán, exhausto, acercándose—. Esta vez no vas a ir a ningún sitio.

El niño felino agachó las orejas y enroscó la cola entre las piernas.

Ramis corrió hacia él, desenvainó la espada y la alzó para atacar. Pero, con una agilidad impropia de su edad, el pequeño flexionó sus patas y, en el último segundo, saltó hacia el follaje.

Ramis falló la estocada.

Con el ceño fruncido, contempló el muro de plantas colgantes que se alzaba ante él y sonrió. No sabía cómo había logrado escabullirse entre las enredaderas, pero si pensaba que un puñado de plantas iba a detenerlo, estaba muy equivocado.

Volvió a alzar la espada y, sin reparar en nada más, comenzó a propinar cortes hasta desnudar la pared de aquella molesta vegetación.

A medida que las lianas sucumbían al filo, los lenovenses pudieron ver lo que se ocultaba detrás.

Para su sorpresa, una hermosa extensión de hierba fresca se abrió ante sus ojos.

Ramis detuvo sus ataques y Cincela y Verso se acercaron para contemplar la belleza que desprendía aquel lugar.

Un paraíso repleto de plantas que crecían por todas partes y de cuyos tallos brotaban los frutos y bayas más apetecibles que jamás habían visto.

En el centro, no muy alejado de ellos, un pequeño lago de agua cristalina adornaba el oasis, iluminado por luciérnagas que revoloteaban en el aire.

Los niños que los habían atacado estaban todos allí, arrodillados alrededor de la charca, sumidos en una especie de trance.

Y, un poco más allá, pudieron ver el cuerpo de Álvar que, aún inconsciente, pendía en el aire sujeto por lianas que se enroscaban en cada una de sus extremidades.

Pero, sin duda, lo que más los perturbó fue la figura que se alzaba frente al monarca.

Un anciano que parecía tan antiguo como la propia profecía y que, con sus pupilas completamente blancas, susurraba algo ininteligible. Tenía el brazo extendido hacia Álvar e iluminaba su cuerpo con una luz que parecía emanar de su propia mano.

Ramis alzó la espada y apuntó al anciano.

—¡Brujo! ¡Cesa tus prácticas oscuras de inmediato! —ordenó con firmeza—. Pagarás con tu vida haber atentado contra la corona.

El anciano apartó la mano que extendía sobre Álvar y la luz que la envolvía se extinguió. Las lianas se desenroscaron de sus extremidades y depositaron el cuerpo del rey sobre la hierba.

Lentamente, el brillo de los ojos del misterioso hombre se apagó, dejando paso a unas pupilas grisáceas que se fijaron en Ramis. Entonces irguió la espalda, y los lenovenses pudieron apreciar su imponente estatura.

Una frondosa barba blanca caía desde su rostro y se extendía más allá de la larga túnica tejida con hojas otoñales y lianas que vestía. A su alrededor revoloteaban un sinfín de coloridas mariposas que parecían haber hecho de aquella barba su hogar y que seguían al anciano allá donde iba.

Sin apartar su apagada mirada de los forasteros, el anciano comenzó a caminar hacia ellos, apoyándose en una enorme rama que utilizaba como bastón.

Ramis respondió dando un paso hacia delante mientras alzaba la espada.

—Detente, Capitán.

Ramis se giró hacia aquella voz e, incrédulo, abrió los ojos al reconocer la figura que permanecía allí de pie, observándolo como si nada hubiera pasado.

—¿Álvar?

El rey se acercó por su propio pie, aparentemente ileso pese a su armadura sucia y deteriorada.

—¿Qué… te han hecho, majestad? Pensábamos que este hombre…

Álvar se detuvo frente al lenovense y apoyó una mano sobre su hombro.

—Cesa tu ataque. No es a él a quien debes apuntar con tu espada.

—¡Pero te capturaron! —protestó Ramis, elevando el tono—. No merecen mi perdón.

—A ellos les debo mi vida, Capitán —aseguró Álvar con una leve sonrisa—. Este hombre que ves aquí es mi padre, y los niños, mis hermanos. Estás en casa.