El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 37. Emboscada
74%

37. Emboscada

Verso no recordaba cuándo había corrido con tanta urgencia.

Quizá alguno de aquellos días en que se había perdido por los pasadizos del castillo o se había quedado dormido en su alcoba y había llegado tarde a sus clases.

Pero, sin duda, el sermón y la posterior reprimenda del Alto Sacerdote no tendrían ni punto de comparación a la que le daría Ramis si lo hacía esperar un segundo más.

Tras sobrepasar varias ramas que caían hacia el sendero y sortear los pedruscos que se alzaban irregularmente en el camino, el clérigo, finalmente, lo alcanzó.

—Dime una cosa, aprendiz —espetó Ramis con el ceño fruncido y la hoja de la espada apoyada sobre el hombro—. Aparte de la gula, ¿había algo más que tuvieseis prohibido en la orden?

Verso se inclinó hacia delante con las manos sobre sus rodillas, mientras trataba de calmar los jadeos que a duras penas le permitían hablar.

—N-n-no… se-se-señor.

—Bien. En ese caso deja de molestar a mi hija, cualquiera diría que intentas cortejarla.

El interior de los higos que antes engullía no poseía un color tan rojizo como el que adquirió el semblante de Verso en ese preciso momento. Los dedos de sus manos se agitaron nerviosos y sus ojos miraron a todas partes, como si buscasen un lugar donde ocultarse.

—No s-s-señor —tartamudeó el aprendiz—. Ja-ja-jamás haría algo así.

Quiero decir, Cincela es preciosa. O-o-o sea, preciosa para quien se enamore de ella.

Como amigo suyo que soy, no la veo tan preciosa.

No es que sea fea, de hecho, su belleza hace justicia a los genes que tiene.

Quiero decir, ella es guapa, y usted también, Capitán.

Ramis arqueó una ceja hasta el límite.

—¿Cómo? —miró a su hija en busca de complicidad. —¿Pero a este chico qué le pasa?

Cincela no pudo contenerse más y se echó a reír.

—P-p-pues quiero decir —prosiguió Verso—, que la genética de su hija es muy buena, pero…

—De acuerdo, Verso —interrumpió el Capitán—. No empieces otra vez.

—¡Si señor! —respondió Verso con una exagerada reverencia—. ¡Disculpe señor!

Ramis bufó, resignado.

—Debemos encontrar un sitio donde pasar la noche —Ramis cambió bruscamente de tema mientras se giraba de nuevo hacia la vegetación—. Sigamos.

Sin mediar más palabras, se internó en el follaje que se abría ante él.

Cincela miró a Verso con cariño, aún con una sonrisa prendida en los labios, y siguió a su padre entre la espesura. El clérigo trató de seguirla, pero el muro de ramas que invadía el camino empezó a engancharse en su hábito y, pese a sus esfuerzos, quedó atrapado entre la maleza.

—¡Eh! —imploró—. ¡Esperadme!

Aunque eran incapaces de ver el cielo, los tres lenovenses intuían que ya debía de ser de noche.

Quizá por la brisa que serpenteaba a través de los troncos y que, de pronto, se había vuelto más fría.

Quizá porque el canto de las aves se había silenciado para dar paso al crepitar de los grillos o…

quizá porque llevaban tanto tiempo caminando sin detenerse que las piernas empezaban a flojear y el cansancio hacía mella en ellos.

Verso resopló exhausto y miro a su alrededor.

A pesar de todo lo que habían andado, el paisaje permanecía inmutable.

Era como si, de alguna manera, en aquel océano verde el tiempo se hubiese detenido.

Las interminables hileras de árboles los cercaban y las ramas parecían inclinarse cada vez más hacia ellos, volviendo el sendero más oscuro y sombrío.

—¿No hemos estado aquí antes? —dijo Verso—. Tengo la sensación de estar caminando en círculos.

Ramis se giró levemente, mostrándole su perfil. Aunque odiaba admitirlo, el aprendiz parecía tener razón.

—Detengámonos aquí —dijo—. Tomaremos un breve descanso antes de seguir.

Antes de que el Capitán acabara la frase, Verso se dejó caer hacia atrás y se tumbó en la apacible hierba que los rodeaba.

—Por fin, un merecido respiro.

Ramis tendió a Álvar en el suelo, dándole a sus brazos un tiempo hasta recuperarse del esfuerzo.

—¿Tú qué crees, padre? —preguntó Cincela, sentándose junto a Verso—. ¿Es cierto que no estamos avanzando?

Ramis se dejó caer junto a un árbol y apoyó la espalda en el tronco. Entornó los ojos y recorrió el bosque con la mirada, pensativo, mientras se frotaba la barba que le había crecido en los últimos días.

—Mucho me temo que sí.

Tras su confesión, los dos jóvenes miraron al Capitán, que señalaba una pequeña muesca en la corteza, justo sobre su cabeza.

—¿Veis esta marca en el árbol? La hice el mismo día que entramos en el bosque. Hemos vuelto al principio.

—¿Al principio? —se quejó Verso—. Entonces, todo lo que hemos andado estos días…

—No ha servido para nada —acabó de decir el Capitán.

—Pero si ese fuera el caso —intervino Cincela—. Deberíamos poder ver el camino hacia Lenov desde aquí. Si esa marca la hiciste a nuestra llegada y este es el sitio donde estuvimos al principio, deberíamos poder ver la salida.

—Parece que el bosque no nos quiere dejar salir —intervino Verso desinteresadamente, mientras jugueteaba con una mariposa que se había apoyado en su dedo índice—.

Debe de estar muy a gusto con nosotros aquí dentro.

No le culpo, tantos años aquí solo, con la cantidad de rumores que circulan sobre él, nadie quiere hacerle compañía.

¿No… quiere que salgamos?

—Nunca rompas el silencio a menos que tus palabras sean capaces de mejorarlo, aprendiz —espetó Ramis clavando su mirada azulada en Verso—. ¿Eso tampoco te lo enseñaron en la orden?

Los rumores…

—La verdad es que me solían tachar de parlanchín —confesó Verso—. Incluso, mi cuidador me decía que…

—¡Eso es! —exclamó Cincela, interrumpiendo al clérigo—. ¡Eso es, Verso!

El aprendiz frunció el ceño.

—Eso… ¿es? ¡El qué es?

Ramis se incorporó.

—¿Qué ocurre, hija mía?

—El Bosque… ¿no lo veis?

Tanto Ramis como Verso alzaron la mirada hacia las copas, pero, salvo alguna lechuza que dormitaba en sus ramas y el silbido del aire, no encontraron nada más.

—¿Y si tuviese vida propia? —prosiguió la joven al advertir la incertidumbre en sus rostros—. Quizá por eso no hallamos la entrada, porque el propio bosque remodela el paisaje a su antojo para que no salgamos de aquí.

Ramis se limitó a asentir con la cabeza mientras volvía a frotarse la barba, sopesando la observación de su hija.

—Podría ser… —dijo—, y quizás eso explicaría porque parece que estemos andando en círculos.

—En ese caso —intervino Verso, incorporándose—, no saldremos de aquí salvo que el bosque quiera. ¿Es eso?

Mientras el clérigo esperaba una respuesta, Ramis y Cincela permanecieron inmersos en sus propios pensamientos. Verso ahogó su resignación en un exasperado bufido y, sin mediar palabra, ahuecó las manos frente a la boca.

—¡Señor bosque! —proclamó—. ¡Queremos ser tus amigos! Tan solo pretendemos…

Ramis se lanzó hacia él con la agilidad de un felino y le cubrió la boca de un manotazo.

—¿Se puede saber qué haces, clérigo insensato? —espetó el Capitán—. ¿No estás escuchando lo que estamos diciendo? El bosque está vivo, no le perturbes o acabará con nosotros. ¿O acaso tu atrofiado sentido de la supervivencia no te alerta de estas cosas?

Ramis apartó la mano de la boca de Verso, quien tomó una profunda bocanada de aire antes de hablar.

—Perdone, señor… yo tan solo quería ayudar.

Las hojas de uno de los arbustos cercanos se sacudieron con violencia, cortando de golpe la conversación y provocando que los lenovenses intercambiaran miradas cargadas de incertidumbre.

Ramis avanzó varios pasos hacia el matorral, con la mano firme en el mango de su espada.

—¿Quién anda ahí…?

Antes de que el Capitán diese un paso más, de entre el follaje, emergió de pronto la cabeza de un niño.

Ramis desenvainó la espada.

Cincela alzó su faca.

Y el niño, de pronto, desapareció ante sus ojos.

—¿Pero qué…? —preguntó Verso, asomándose tras el tronco donde se había ocultado—. ¿Era un…?

—¿Lo habéis visto también? —dijo Cincela, dudando de sus propios ojos—. ¿Justo entre las hojas?

—¡Sal de tu escondite! —ordenó Ramis al arbusto—. ¡No venimos a hacerte daño!

El rostro del niño, como el de un sapo que asoma del agua, volvió a aparecer frente a ellos.

Los tres lenovenses se sobresaltaron, pero, al observarlo detenidamente, comprendieron que aquel niño estaba más asustado que ellos mismos.

Verso lo pudo intuir en sus ojos, que miraban nerviosos hacia todas partes, junto a una respiración agitada que inflaba y deshinchaba su pequeña barriga desnuda.

—¿Te has perdido? —preguntó Cincela, envainando su arma—. ¿Dónde están tus padres?

—Pobre… debe ser un no-nacido —concluyó Verso—. El bosque también le ha engullido a él.

Sin pronunciar palabra, el niño abandonó el amparo del follaje y se acercó a Cincela, avanzando a cuatro patas como un zorro.

De su cabeza sobresalían dos orejas picudas que se iban inclinando hacia atrás conforme se aproximaba.

En lugar de nariz tenía un pequeño hocico y una cola parda se agitaba inquieta a su espalda.

Cincela permaneció inmóvil, dejando que fuera el propio niño quien se acercara. Pero el sonido de leves gruñidos, aleteos e incluso coces le obligó a alzar la cabeza y observar, ocultos entre las ramas de arriba, a más niños híbridos como aquel.

Entonces ellos también vencieron su miedo y empezaron a descender de los árboles que los rodeaban.

En vez de dedos, algunos tenían garras con las que trepaban. Otros, delicadas alas con las que planeaban e, incluso, Cincela pudo distinguir otros con pezuñas en lugar de piernas y astas que se curvaban a ambos lados de la cabeza.

—¡Estamos salvados! —exclamó Verso dando brincos—. ¡Seguro que ellos conocen la salida! —se giró hacia el ejército de criaturas quiméricas—. ¡Oye chicos del bosque! ¿Dónde puedo encontrar algo de comi…?

Los niños ignoraron por completo al lenovense, sobrepasándolo con indiferencia, y se dirigieron hacia el cuerpo de Álvar como si no existiera nada más. Antes de que ninguno pudiese reaccionar, los diminutos seres híbridos rodearon al rey y, tomándolo de brazos y piernas, lo elevaron del suelo.

—¡Eh! ¡Soltadlo! —Verso agitó sus brazos, tratando de espantarlos—. ¡Dejadlo donde está!

Ramis esgrimió su espada, pero un niño con astas de ciervo se interpuso en su camino.

El Capitán lanzó una estocada al frente que el pequeño esquivó con facilidad y trepó por la espada como si ascendiera por el más firme de los senderos.

Al llegar a la punta, saltó y se arrojó hacia la cabeza de su atacante, desde donde se impulsó de un brinco hasta perderse entre los árboles cercanos.

Cincela se hallaba a pocos metros de su padre, luchando por deshacerse de aquellos molestos seres. Pero su resistencia terminó pronto cuando uno de ellos, el de pezuñas de cabra en lugar de pies, la embistió y la dejó sentada en el suelo.

A Verso le atacaba uno de patas larguiruchas y flexibles que doblaba para impulsarse en todas direcciones. También poseía una larga lengua pegajosa con la que atrapaba ramas del suelo para utilizarlas como armas arrojadizas.

—¡Corred! —bramó Ramis al ver que los niños comenzaban a huir cargando con Álvar—. ¡Tras ellos!

El Capitán, Cincela y Verso corrieron tras el cuerpo del rey, que parecía flotar sobre la hierba del bosque a medida que se alejaba.

Pero, conforme avanzaban en su persecución, el propio bosque parecía interferir, dificultándoles el paso.

Lluvias de ramas caían de forma repentina desde las alturas, el suelo se volvía lodoso bajo sus pies y, por si fuera poco, nubes de insectos emergían desde alguna parte y revoloteaban sobre sus cabezas, cegándolos por momentos.

—¡Ayuda! —gritó Verso de pronto desde la retaguardia—. ¡Me han atrapado!

Padre e hija se volvieron hacia los gritos de socorro del clérigo y lo encontraron atrapado entre lianas y ramas.

Ramis se giró de nuevo y comprobó, con un nudo en el pecho, que ya no había rastro de Álvar ni de los niños que lo cargaban. La impotencia lo invadió y la descargó en un golpe seco contra la corteza de un tronco.

—Pero, Verso… —dijo Cincela—. ¿Cómo has acabado enredado de esa manera?

—No lo sé… —declaró—. Corría tras vosotros y, cuando me quise dar cuenta, estaba suspendido en el aire atrapado en esta… enredadera.

Ramis se acercó serio a Verso con la espada en la mano y, sin abandonar el semblante rígido, asestó un corte horizontal que liberó al clérigo del enredo, haciéndolo caer de rodillas al suelo.

—Y lo peor de todo —espetó el Capitán, irritado—. También nos han arrebatado el poco alimento que nos quedaba.

El silencio volvió a adueñarse del lugar cuando Ramis apartó su capa y dejó al descubierto la vaina de su espada. Tanto Verso como Cincela no tardaron en darse cuenta de que la bolsita de cuero que solía colgar de ella, había desaparecido.

—La… comida… no está… —tartamudeó Verso—. Es solo cuestión de tiempo que el bosque “nos engulla” …ya sea de hambre o a manos de esos niños extraños con cola y pezuñas, estamos condenados a perecer. ¿Qué… será lo próximo?

—¿Qué sugieres entonces, aprendiz? —intervino Ramis con rudeza mientras envainaba su espada—. ¿Vas a dejar de intentarlo y esperar la muerte aquí?

Verso vaciló unos segundos, tratando de buscar una respuesta.

—Supongo que no Señor, pero…

—Pues cállate —se dio la vuelta. —Cállate y pongámonos en marcha.

El clérigo guardó silencio, temiendo aumentar la ira del Capitán. Ramis, sin prestarle demasiada atención, se inclinó y apartó hojas y ramas en busca de alguna huella o pista que le marcase el camino a seguir.

—Partiremos hacia el sur, hay rastros de pisadas en esa dirección.

El Capitán se perdió entre el frondoso follaje del bosque sin decir nada más, dejando a Cincela y a Verso unos pasos atrás.

—Yo… lo siento —se disculpó él, dejando caer la cabeza—. No pretendía causar otra desgracia.

—No tienes nada de qué disculparte, Verso —dijo Cincela, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora—. Ambos conocemos a mi padre. Siempre manifiesta su preocupación en forma de ira. Él… es así.

Verso esbozó una sonrisa forzada.

—No te rindas ahora —lo animó Cincela mientras iniciaba la marcha en la dirección que había tomado su padre—. Vamos a encontrar a esos niños.

Verso asintió y juntos se aventuraron tras el Capitán, internándose aún más en las fauces del Bosque Aurora.