El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 36. Éxodo
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36. Éxodo

Los insectos del bosque estridulaban con ímpetu a medida que la fresca brisa acariciaba las hojas de los árboles al compás. Tras cinco ocasos bajo el amparo del Bosque Aurora, los tres lenovenses ya habían llegado a acostumbrarse a sus sonidos y a la vida que les rodeaba.

Pero aquel día Cincela no podía conciliar el sueño.

Allí, tumbada en el suelo, se llevó las manos tras la cabeza y trató de divisar las estrellas en busca de la más brillante de todas, como acostumbraba a hacer desde que Azhna se había ido. Pero las frondosas copas que se cernían sobre ella se lo impidieron.

Era extraño que, cuanto más pasaban los días, más pesaba su falta. Aunque tampoco se culpaba, ¿cómo iba a seguir viviendo como si nada?

¿Cómo olvidar a quien lo había sido todo para ella?

¿Cómo volver a ser feliz?

—¿No puedes dormir?

Una áspera voz a su espalda la sacó de sus pensamientos. Cincela levantó la vista y allí, de pie, encontró a su padre observándola en silencio.

—No puedo, padre… después de todo lo sucedido… es difícil…

Cincela calló por miedo a que el llanto quebrase su voz.

Ramis dejó escapar un suspiro. Sin hacer mucho ruido, se acercó y se tumbó junto a su hija, contemplando el denso dosel de hojas que se extendía sobre sus cabezas.

—Tómate el tiempo que necesites —murmuró, acomodando él también la cabeza entre sus manos—. Yo también sigo lidiando con lo sucedido.

—Todo Lenov ha sucumbido al mal, papá. Sus calles, sus rincones, sus gentes…

Ramis la tomó de la mano. Cincela parpadeó y contempló el perfil de su padre, desconcertada por aquel gesto tan poco habitual en él.

—Sé que es triste —murmuró, sin voltearse—.

Ver cómo quien te dio los mejores recuerdos de tu vida, pasa a formar parte de ellos es doloroso —hizo una breve pausa, deshaciendo el nudo en su garganta.

—Pero no podemos rendirnos ahora. No podemos dejar que el mal triunfe, no al menos sin oponer resistencia —se giró y clavó sus ojos de zafiro en Cincela—.

Tendrán que arrancarme los brazos antes de impedirme empuñar la espada que los enviará de vuelta al infierno que los engendró.

Y, cuando ese día llegue, tú lucharas a mi lado, devolviendo a este mundo la paz que algún día conoció.

Cincela le miró y no pudo evitar dedicarle una sonrisa, a pesar de las lágrimas que seguían resbalando por sus mejillas. Nunca antes había sentido que su padre ejerciera como tal, pero ahora… parecía diferente.

—No sé cómo lo conseguiremos —prosiguió—. No sé siquiera como saldremos de aquí. Pero te prometo, hija mía, que volveremos a Lenov, a nuestro hogar, y viviremos la vida que siempre hemos soñado.

Ramis desvió la mirada, tratando de ocultar la evidente tristeza que parecía adueñarse de su semblante.

Pero no fue lo bastante rápido para que Cincela, tumbada a su lado, se diese cuenta de lo que le ocurría.

Sin pensarlo demasiado, ella se incorporó ligeramente y se dejó caer sobre él en un abrazo.

Ramis se quedó rígido al principio, incluso incómodo, cuando se percató de aquel gesto de cariño.

Desde que su esposa Amali faltó, siempre se había mostrado muy frío a la hora de exteriorizar sus emociones, incluso cuando procedían de alguien como su hija.

Pero aquella noche, en ese instante, la barrera emocional que tanto esfuerzo le había costado levantar se desmoronó de golpe y, por primera vez en mucho tiempo, le correspondió.

Ambos permanecieron sumidos en aquel abrazo unos segundos más, hasta que el ruidoso despertar de Verso les interrumpió.

El aprendiz se incorporó de golpe y apartó la gran hoja que colgaba de una planta cercana y que utilizaba para resguardarse del frío. Su túnica se había alzado por encima de las rodillas y su flequillo rectilíneo se había apelmazado de tal forma que dejaba al descubierto la frente.

Se estiró y emitió un profundo bostezo que dejó al descubierto la totalidad de su paladar. Miró entonces a un lado, hacia el cuerpo del rey Álvar, quien seguía sumido en su letargo. Luego dirigió sus ojos somnolientos hacia sus acompañantes, que le devolvían la mirada algo confusos.

—Buenos… días —saludó, adecentándose al notar la presencia de Cincela y Ramis—. ¿Lleváis… mucho despiertos? Me da vergüenza que me vean dormir.

—Llevamos varias horas sin sueño —aclaró Cincela, dejando escapar una leve risita—. Estábamos esperando a que a ti te ocurriera lo mismo para continuar explorando el bosque.

Verso enrojeció.

—Dadme… un momentito. No tardaré en estar listo —dijo, incorporándose de golpe—. Aunque antes me gustaría llevarme algo a la boca. ¿Qué tenemos para desayunar hoy?

Ramis escarbó en la pequeña bolsa de cuero que siempre llevaba colgada de la funda de su arma, y extrajo un puñado de frutos y bayas que tendió hacia el clérigo.

—Esto es lo que podrás comer por ahora —advirtió—. La comida escasea y somos varias bocas que alimentar.

El clérigo asintió y, con los ojos cerrados, se llevó uno de los frutos a la boca. Lo saboreó despacio, dejándose envolver por el crujido y el dulzor que inundaba ahora su paladar. Quería disfrutar de aquel manjar todo lo posible, pues seguramente sería la última comida del día.

—¿No te daban suficiente alimento en la orden? —preguntó Ramis con una ceja alzada—. Parece que no hayas comido en décadas.

—No mucho, la verdad —confesó el aprendiz, llevándose un par de higos secos a la boca—. Los devotos de Gheva no podemos permitirnos atiborrarnos de toda la comida que deseamos.

Cincela frunció el ceño.

—¿Es eso cierto?

Verso, aun con la boca llena, asintió.

—La obesidad no es bien vista en la orden.

Una tripa más pronunciada de lo normal es un claro indicador de gula.

La gula, a su vez, es un signo de debilidad y nosotros, como fieles seguidores de la luz y la pureza…

no podemos caer en ese tipo de tentaciones —se encogió de hombros—. O, al menos, eso es lo que nos enseñan.

Ramis escupió con desprecio la cáscara de unas nueces que pelaba entre sus dientes.

—Nunca estuve de acuerdo con los métodos que empleaban —confesó—. Ahora que sabemos la verdad sobre Grifford, aún los desprecio más. Estoy convencido de que la orden clerical también estaba corrupta bajo sus órdenes.

Verso se llevó otro fruto a la boca.

—Visto así…

—¿Y tus padres, Verso? —intervino Cincela—. ¿No te aconsejaban abandonar la orden?

Verso dejó de masticar por un momento.

—Como el resto de los aprendices… no tengo padres.

Cincela palideció.

—No pretendía…

—A los niños huérfanos nos dan una segunda oportunidad al inscribirnos en la orden —prosiguió Verso, despreocupado—.

Según me explicó Simur, mi cuidador, soy un niño huérfano de guerra y, desde que tengo uso de razón, he sido criado entre credos y libros de religión.

Al cumplir los veinte años de edad, los aprendices damos el paso de abandonar nuestros pupitres y poner en práctica todo lo que hemos aprendido durante los años de reclusión eclesiástica.

—No tenía ni idea —respondió Cincela, con la cabeza ligeramente inclinada—. Lo siento.

—Nada que sentir —dijo Verso—. Tampoco estoy tan mal así. Lo que realmente me preocupa es cómo vamos a salir de aquí —suspiró—. Aun sigo sin dar crédito a todo lo ocurrido… Grifford realmente es un Hiniur.

—Y uno de los peores —puntualizó el Capitán, clavando sus pupilas de zafiro en el aprendiz—. Un Emisario.

—¿Un… Emisario? —repitió Verso con el ceño fruncido—. No recuerdo haberlos estudiado en la orden… ¿Qué son?

—Los Emisarios son la última etapa en la evolución Hiniur —aclaró Ramis, incorporándose—.

Nacidos del propio rencor de Yavan y moldeados para llevar a cabo su voluntad, poseen habilidades que desafían la comprensión humana.

Ejemplo de ello es la inmunidad al Éfir, como bien pudisteis comprobar en su ataque a Lenov.

Los dos jóvenes palidecieron mientras escuchaban la descripción que el Capitán les daba. ¿Cómo iban a acabar con algo así?

La humanidad llevaba décadas combatiendo a los Hiniur y lo único que habían conseguido es que estos volviesen más feroces y letales cada vez.

¿Cómo iban a enfrentar, entonces, a algo que estaba incluso por encima de ellos?

—¿Y… qué decís de Álvar? —Verso señaló al monarca que seguía inconsciente frente a ellos—. Todos vimos como mutó en un Emisario también.

—No era un Emisario —corrigió Ramis casi de inmediato—.

Al menos no uno como Tayim o Grifford. Él…

— recorrió el cuerpo del capitense con la mirada.

— Era diferente. Quizás, por su apariencia y las habilidades que poseía…

diría que es una especie aún más desarrollada que los propios Emisarios.

Una que aún desconocemos —ladeó la cabeza. —Pero no estoy completamente seguro.

—¿Y por qué lo traemos con nosotros? —preguntó Verso con un tono de desaprobación—. Si ni siquiera sabemos qué es, ¿cómo podemos estar seguros de que no nos atacará cuando despierte?

—Hiniur o no —dijo Ramis—, no podemos sino mostrarle nuestra gratitud. No olvidemos que fue él quien nos salvó la vida después de todo. Merece el beneficio de la duda.

Verso agachó la cabeza hacia los pocos frutos que aun sostenía en la mano mientras dejaba a un lado su miedo y asimilaba las palabras del Capitán.

Ramis, mientras tanto, se acercó a uno de los árboles más próximos y tomó su espada, que se apoyaba sobre el tronco. La hizo girar entre sus dedos y el filo dibujó dos círculos perfectos en el aire antes de que el Capitán la volviese a envainar en la funda.

—El tiempo de desayuno ha acabado —informó, tomando el cuerpo de Álvar entre sus brazos—. Debemos seguir.

Cincela se puso en pie, envainó la faca en su cinto y escrutó el entorno. Verso, por su parte, engulló los restos de comida que le quedaban en la mano, se incorporó y se sacudió las migas que moteaban su túnica.

—¿Qué camino tomaremos hoy, Capitán? —preguntó el aprendiz, llevándose la palma de la mano sobre los ojos—. Todos parecen iguales.

—Marcharemos sin rumbo —respondió Ramis, tomando uno de los senderos al azar—. Puede que suene descabellado, pero no hallaremos salida alguna si nos quedamos parados.

Mientras hablaba, el lenovense se fue alejando, abriéndose paso entre la frondosa vegetación que se interponía en su camino. Aunque el Bosque Aurora le infundía un pavor difícil de disimular, Verso se obligó a avanzar para no perder de vista al Capitán.

Pero se detuvo de inmediato cuando se percató de que Cincela, a su lado, permanecía inmóvil, pensativa, con la mirada fija en algún punto.

—¿Cin… cela? —preguntó—. Tu padre no parece tener intención de esperarnos. Si no nos damos prisa…

—La verdad… —murmuró la joven de pronto—. No he dejado de pensar en lo que has contado.

Verso arqueó una ceja.

—¿A… qué te refieres exactamente?

—A tu historia —matizó Cincela—. Conocer cómo ha sido tu vida hasta ahora… Empiezo a comprender por qué me siento tan cómoda cuando estoy contigo. Somos… muy parecidos.

Verso se ruborizó y un súbito aleteo le estremeció el pecho.

—¿Tú crees?

Cincela asintió.

—Al igual que tú… yo también he pasado toda mi vida encerrada.

Casi desde que nací, se me ha instruido y educado para que, algún día, herede la capitanía de las cruzadas.

Justo para ese momento… —suspiró—. Es por eso que hay muchas cosas sobre el reino que se me escapan, a pesar de haber vivido siempre en él.

Sin ir más lejos, hasta que te conocí, no sabía ni siquiera de la existencia de la orden clerical o su cometido.

—Entonces también te habrás sentido muy sola.

Cincela cerró los ojos e inclinó la cabeza, dejando que los mechones dorados ocultasen su rostro.

—De pequeña siempre soñé con convertirme en una Cruzada de Lenov.

No porque me lo inculcaran, sino porque sentía que ese era mi lugar en el mundo —alzó la mirada, clavándola en el aprendiz.

—Pero he de confesar que a veces… dudaba.

La preparación para ser Capitana es tan exigente que sentía que estaba desaprovechando mi infancia.

Llegó un punto en el que también deseaba tener amigos y llevar una vida normal, como la de todo niño de mi edad.

Supongo que es algo que tú también habrás anhelado en algún momento.

Verso curvó el labio.

—Sé muy bien lo que se siente —murmuró—.

Siempre he querido ser un niño como cualquier otro.

Poder corretear despreocupado por el reino y volver a casa, donde mis padres me esperarían con un plato caliente sobre la mesa y una sonrisa.

Siempre… he querido saber qué se siente cuando alguien te quiere así, de forma incondicional —calló unos instantes.

—Siempre… he querido saber cómo se siente el tener una familia —desvió su mirada y tragó saliva, tratando de deshacer el nudo en su garganta.

—Pero ahora, después de haberte conocido, siento que no estoy solo —la miró.

—Tener a alguien con quien hablar, que me entiende y me escucha, es algo que valoro mucho.

—¡Si nos despistamos, el Bosque acabará por separarnos! —bramó Ramis desde algún lugar en la lejanía—. ¡No os separéis de mí!

—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que me impone tu padre? —susurró Verso tras recomponerse del sobresalto—. Aun cuando está de buen humor, me da miedo su voz.

Cincela soltó una carcajada.

—No quieres conocerlo enfadado de verdad, te lo aseguro.

—Gheva me libre, no quiero ni imaginármelo.

—En ese caso vayamos donde él —advirtió Cincela—, o conocerás esa faceta suya hoy mismo.

Con una urgencia poco habitual, Verso se acomodó la ropa y, de un brinco, saltó al sendero que Ramis había abierto.

—Verso.

El clérigo se giró bruscamente hacia Cincela con los ojos abiertos en su totalidad.

—¿Sí?

Ella le dedicó una tierna sonrisa.

—Yo también te valoro mucho.