El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 35. Confrontación #3
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35. Confrontación #3

—El mundo sabrá de vuestra hazaña —dijo Ramis, separándose del cruzado antes de agacharse para alzar el cuerpo moribundo de Álvar—. Figuraréis en la historia como los héroes que salvaron Lenov. Me encargaré personalmente de ello.

—La muerte no es el final de nuestra lucha, sino la continuación de nuestra existencia en el más allá —suspiró—. Ha sido todo un placer servirte, Capitán. A ti y al reino —se giró, dándole la espalda, mostrando únicamente su perfil—. Corred, y no miréis atrás.

Ramis quiso responderle, pero el soldado, sin querer alargar aquella despedida más de lo necesario, avanzó con decisión hacia sus hombres, quienes seguían reteniendo a la criatura en el suelo.

—¡Cruzados! —bramó a su llegada—. ¡Alzad vuestros escudos una vez más!

Los hombres al servicio de Lenov emitieron un grito de guerra antes de arremeter contra Tayim y dejar que Ramis, junto a su hija y el aprendiz, se perdieran en la lejanía.

Hasta siempre, mi Capitán.

Las colosales columnas que custodiaban la entrada del reino aparecieron ante ellos.

Sin cesar su carrera, los lenovenses las atravesaron lo más rápido que pudieron, adentrándose en el árido sendero que continuaba hacia el sur.

—No… dejéis de correr —advirtió Ramis entre jadeos—. Y, sobre todo, no miréis atrás.

—¿Dónde vamos, señor? —preguntó Verso.

—Nos resguardaremos en el único lugar donde no nos encontrarán.

Verso redujo su velocidad al mirar al frente e intuir donde los estaba conduciendo el Capitán.

—Pero, señor… eso es llevarnos a una muerte segura. El bosque nos atrapará.

—No tenemos más opciones —dijo Ramis casi al instante—. Morir a manos de Grifford o perdernos en el Bosque Aurora.

Verso retomó la marcha.

El oleaje se estrelló contra las rocas del camino con violencia, provocando una lluvia de agua salada que azotó a los lenovenses.

—Allí jamás nos encontrarán —aseguró el Capitán, sacudiéndose el agua del rostro—. Seguid corriendo, ya casi hemos llegado.

La senda que partía desde las puertas de Lenov hacia el Bosque parecía interminable.

A medida que se acercaban a su destino, el entorno iba abandonando el tono verdoso para dar paso a un paisaje tétrico y gris.

Árboles marchitos se extendían a cada lado del sendero, marcando el camino.

Las aguas del mar parecían más embravecidas en aquella zona, y las blancas aves que acostumbraban a sobrevolar Lenov ahora no eran más que cuervos carroñeros buscando su próximo manjar.

Era como si, de alguna forma, la naturaleza les estuviese advirtiendo del peligro al que se dirigían.

Una ristra de árboles colosales les cerró el paso abruptamente y los lenovenses se detuvieron de inmediato.

Las abundantes copas que los coronaban ocultaban todo cuanto quedaba tras ellas.

Gruesas raíces levantaban la tierra bajo sus pies, creando oquedades que servían de hogar a pequeños animales.

En lo alto, las sinuosas ramas se enroscaban unas con otras, creando una bóveda tan opaca que impedía la entrada de cualquier resquicio de luz.

Ramis, aún sosteniendo el cuerpo del capitense, se internó sin vacilar en el laberinto de ramas, que lo engulló al instante.

Verso lo imitó y, de un salto, desapareció entre la espesura.

Cincela, en cambio, se detuvo ante el umbral del bosque… y dudó.

Miró tras de ella, contemplando por última vez el reino de Lenov que ahora era gobernado por la oscuridad. El estómago se le encogió hasta dolerle cuando los rostros de quienes habían muerto aquel día comenzaron a acosar sus pensamientos.

La sangre derramada en las calles que la habían visto crecer.

La música del coro ahogada por llantos y gritos de agonía.

Cuerpos sin vida.

El sueño de ser Capitana roto.

Y la abuela Dina…

Ni siquiera había tenido tiempo de abrazarla por última vez. Después de perder a su esposo y soportar más de lo que nadie debería, ahora dejaría este mundo en soledad a manos de los Hiniur, que no dudarían en provocarle la más dolorosa de las muertes.

Cincela apretó los puños, conteniendo la ira que ardía en su pecho, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Juro por Gheva… que te daré muerte, Tayim.

De la forma más cruenta y dolorosa que puedas imaginar .

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se internó de un salto en el bosque.

Las ramas la arañaron al entrar. Marañas de hojas y alguna telaraña que se interpuso en su camino dificultaron su avance más de lo que hubiese esperado. Al atravesar la última enredadera, el bosque la vomitó sobre una pequeña explanada de hierba fresca y salpicada de coloridas flores silvestres.

Ramis estaba allí, acomodando el cuerpo inconsciente de Álvar en el suelo, mientras Verso permanecía encogido a un lado, en silencio.

—Aún respira —murmuró el Capitán—. Pero necesita reposo.

Cincela se volvió hacia el sendero por el que habían llegado, pero solo encontró interminables hileras de árboles y lianas frente a ella.

Siguió buscando, una y otra vez, sin ver más que troncos marchitos y sombras en la lejanía.

Ya era tarde; el Bosque Aurora los había engullido.