El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 35. Confrontación #2
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35. Confrontación #2

Ramis echó a correr hacia el punto donde el rey caería. Con cada zancada que daba, era más consciente de que no llegaría a tiempo. Álvar, el rey de Capital, iba a estrellarse contra la dureza del suelo y…

Majestad…

Entonces el Capitán se detuvo y se llevó el antebrazo a los ojos, cubriéndose del repentino resplandor que emanó del cuerpo de Álvar y que logró iluminar, por un momento, el cielo.

Ramis contempló, perplejo, cómo el monarca comenzó a cambiar de forma mientras seguía cayendo sin control. Su cuerpo se ensanchó en el aire. Su melena blanca se expandió, indómita, mientras su piel desaparecía bajo una capa de pelaje níveo que la cubrió.

Entonces Álvar abrió sus ojos bicolor al mundo y, con un poderoso manotazo, clavó sus nuevas garras en la fachada del castillo. La piedra se agrietó y los sillares salieron despedidos mientras la criatura albina desgarraba la pared en su descenso hasta que la fricción, finalmente, frenó la caída.

Allí clavado, el rey alzó la cabeza y buscó a Grifford en las alturas hasta encontrarlo.

Cogió aire y, furioso, lo dejó escapar con un rugido que pareció sacudir los propios cimientos.

Sin vacilar ni un solo segundo, se impulsó con sus patas traseras y corrió por el muro del castillo como si de un verde prado se tratase.

La piedra cedía bajo sus pies mientras el rey seguía su ascenso. Cuando alcanzó la parte alta, se impulsó con fuerza y, sin titubear, se lanzó hacia Grifford, impactando contra él en pleno aire y clavando las garras de sus patas traseras en las escamas del monstruo.

Grifford trató de recomponerse del zarandeo, pero Álvar no iba a darle esa tregua.

Una de sus zarpas se aferró a las escamas del engendro, quedándose allí sujeto.

Las garras de la mano contraria destellearon cuando la abrió y descargó un severo zarpazo que salpicó de sangre oscura el pelaje inmaculado de la bestia blanca.

El lenovense se sacudió con violencia, intentando zafarse de la sujeción que ejercía Álvar. Pero sus intentos fueron en vano. Las garras que lo amenazaban seguían arremetiendo contra él, abriéndose paso entre sus escamas, arrancando fragmentos de carne ennegrecida y colgajos de piel putrefacta.

Un par de aleteos fue lo único que Grifford pudo dar hasta que el dolor fue tan insoportable que, incapaz de sostenerse más tiempo en el aire, ambos comenzaron a caer.

El impacto contra el suelo sacudió la plaza y agrietó la piedra marmolada bajo sus pies.

El haz de luz que envolvía a Álvar se extinguió al instante y su cuerpo, inconsciente por el esfuerzo, volvió a adoptar su forma humana.

A su lado, Grifford yacía destrozado.

Los profundos desgarros que abrían su pecho dejaban entrever la carne y el hueso bajo las escamas que aún se adherían a su piel. Tambaleándose y a duras penas, logró incorporarse, llevando una mano temblorosa a la herida en un intento por contener la hemorragia que manaba de ella sin control.

Un siseo metálico desgarró el aire cuando Ramis, envuelto en cólera, desenvainó la espada y presionó la hoja contra la garganta del engendro.

—¿Fuiste tú el causante de la muerte de mi padre? —preguntó, presionando el filo un poco más—. Dime… ¿es por ti que mi hija padece la enfermedad?

El monstruo entreabrió sus ojos débilmente, revelando una sonrisa repleta de colmillos ennegrecidos.

—¡HABLA!

Sin abandonar aquella irónica felicidad, Grifford abrió sus fauces, dispuesto a responder, pero una sombra irrumpió desde el cielo antes de que pudiese pronunciar palabra alguna.

Sin reparar en nada más, Tayim deslizó su cola con rapidez y atrapó al Capitán por el cuello.

La espada se le escapó de entre los dedos cuando Ramis, casi involuntariamente, llevó sus manos a la extremidad, tratando de aliviar la presión que ejercía sobre su tráquea.

Regina aterrizó junto a su esposo, levantando una nube de polvo y tierra. Sus pupilas sanguíneas se clavaron en su hijo mientras ella, aprovechando la distracción, cargaba en brazos el moribundo cuerpo de su marido.

—No te entretengas demasiado.

Tayim esbozó media sonrisa y asintió.

—Lo intentaré.

Tras la respuesta, Regina barrió con la mirada a los humanos por última vez antes de batir sus alas y emprender el vuelo de vuelta hacia el castillo.

Cincela permanecía inmóvil, contemplando todo lo que estaba sucediendo ante sus ojos, conteniendo la rabia e impotencia que, por momentos, ardía en su pecho.

—¿Cómo… has podido?

Tayim se giró hacia la lenovense al oír su voz, manteniendo a Ramis prisionero bajo las escamas de su cola.

Cuando sus miradas se cruzaron, Cincela pudo intuir cómo los labios del engendro se curvaban lentamente en una sonrisa, como si verla sufrir le provocase una felicidad tan desbordante que ni él era capaz de disimularla.

—Los humanos sois tan… fáciles de manipular —espetó con su voz distorsionada—. Basta con mostrar un poco de afecto para que os creáis todo lo que os dicen.

Cincela se humedeció los labios, recordando el beso que Tayim le había robado tan solo unas horas antes. Durante un instante, el cálido mariposeo que entonces había sentido volvió a inundar su estómago y erizó su piel.

Pero, pronto, ese deseo irrefrenable se esfumó de su cuerpo en forma de lágrimas de puro odio hacia el ser que le había provocado tanto dolor.

Hacia el monstruo que tenía justo en frente y que le devolvía la mirada sin remordimiento.

El rostro de Cincela se tensó.

Sus dedos se aferraron a la empuñadura de la faca con más firmeza.

Y, sin sopesar las consecuencias, corrió hacia él con una sola idea en mente: darle muerte.

Tayim liberó a Ramis al ver las intenciones de la joven, lanzó la cola desnuda y la enroscó alrededor de su cuello. Cincela dirigió la hoja hacia la extremidad, pero su entorno comenzó a desvanecerse cuando el aire dejó de entrar en sus pulmones.

Ramis, de rodillas en el suelo, se sostenía el cuello tratando de recobrar el oxígeno. No podía hablar… no aún. Pero el ver a su hija allí alzada, al borde del colapso, le dio la fuerza suficiente para gritar tan solo una orden.

Aunque quebrara su voz.

Aunque le desgarrara la garganta.

Aunque la sangre llenase su boca y no pudiese hablar nunca más.

—¡AHORA! ¡CARGAD!

La veintena de cruzados, que hasta entonces habían observado la escena impotentes, se abalanzaron contra Tayim.

La criatura alada trató de mantener el equilibrio, pero los soldados siguieron empujando hasta hacerla caer de espaldas.

La cola se aflojó al instante y Cincela se desplomó sobre las rodillas, exhausta, mientras recobraba la respiración.

El Capitán logró ponerse en pie y, pese a la cojera que sufría, avanzó hacia los suyos dispuesto a prestar su ayuda.

Pero una mano se apoyó con firmeza contra su pecho y le frenó en seco.

Ramis frunció el ceño y clavó su mirada en los ojos que se intuían bajo la sombra del yelmo dorado de quien había osado detenerle.

—¿Se puede saber qué haces soldado?

—Huya, Capitán —replicó el cruzado, ignorando la pregunta de su superior—. Idos antes de que Grifford y Regina vuelvan. Es a vosotros a quienes buscan.

Ramis negó con la cabeza.

—No dejaré que perezcáis en un lugar como este. Si alguien tiene que permanecer aquí, ese soy…

—Juramos proteger el reino —interrumpió el cruzado—. Con nuestras vidas si ello fuera necesario.

Ramis vaciló unos instantes mientras miraba con orgullo a aquel hombre que, pese a dirigirse a una muerte segura, le dedicaba una sonrisa.

El código de un cruzado era muy estricto. Entre sus normas y protocolos de actuación destacaban especialmente las que prohibían mostrar cualquier gesto de afectividad entre sus miembros.

La Cruzada debía ser fría, distante, para así evitar formar lazos demasiado fuertes entre ellos.

En contra de lo que se pueda pensar, estas normas existían únicamente para protegerlos.

La esperanza de vida de un cruzado era corta.

Muy corta, pues eran ellos quienes defendían Lenov, día tras día, de las constantes oleadas de Hiniur, ofreciendo sus vidas si ello fuera necesario.

La caída de un soldado es parte de la guerra.

Pero presenciar la muerte de alguien que sientes como un hermano, en cambio, es una herida que jamás se borra de tu corazón.

Pero, en aquel instante, el código dejó de importar.

Con los ojos húmedos y el corazón repleto de orgullo, el Capitán dio un paso hacia el soldado y lo abrazó. El cruzado dudó apenas un segundo y le respondió correspondiéndole el gesto.

Por un instante, ambos olvidaron quiénes estaban obligados a ser y se despidieron, no como soldados, sino como los hermanos de guerra que siempre habían sido.