El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 35. Confrontación
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35. Confrontación

Las criaturas impías irrumpieron en la sala del trono atraídas por el alarido de su líder. Reptaron por las paredes, escurriéndose a través del enladrillado, antes de abalanzarse sobre los invitados que habían acudido al solemne acto.

Donde momentos antes resonaban aplausos y vítores, ahora solo quedaba el resultado de aquella despiadada masacre: una alfombra de cuerpos carcomidos, retorcidos en posturas antinaturales, cuya sangre comenzaba a extenderse hasta tapizar el suelo de la estancia.

—Capitán —llamó Álvar, alzando la voz por encima del caótico barullo—. Debes guiarnos en esta batalla, nadie conoce el reino mejor que tú.

Ramis apretó con fiereza la empuñadura de su espada y asintió.

—Salgamos fuera —ordenó—. Si permanecemos dentro del castillo, acabarán rodeándonos y será mucho más difícil hacerles frente.

Álvar no esperó un segundo más y desenvainó su hacha de doble filo, cuya hoja centelleó al reflejar la escasa luz que se filtraba por las grietas abiertas en las vidrieras. Ramis se abrió paso tras él, esgrimiendo su espada hasta alcanzar al capitense.

Juntos fueron derribando a cada Hiniur que osaba bloquearles el paso mientras abrían un camino hacia el exterior. Cincela y Verso permanecieron atrás, aguardando a que el sendero estuviera lo bastante despejado para seguirlos.

—Verso.

El clérigo se volvió hacia Cincela, que mostraba un semblante cargado de preocupación.

—Tengo que volver a la sala de carga —dijo—. No puedo irme sin Segadora .

Verso dirigió la mirada hacia la puerta que conducía a aquel lugar, ahora custodiado por una docena de Hiniur que descendían por la pared.

El aprendiz negó con la cabeza con rapidez.

—Ni en mi mayor locura te dejaré ir allí —aseguró—. Morirás antes de llegar.

—Estoy desarmada, Verso. Así no puedo…

Verso empuñó su faca clerical y se la tendió.

—Tómala —dijo—. Le darás mejor uso que yo.

Cincela se quedó mirando al aprendiz durante unos segundos más.

—¿Estás seguro de…?

—Vamos, tómala —interrumpió Verso—. Cuando todo esto acabe, volveremos a por Segadora . Te lo prometo.

Cincela sostuvo el mango de la faca.

Cerró los ojos.

Adáptate y vencerás.

Suspiró.

—Vamos con ellos.

Con la ayuda del rey Álvar y del Capitán, Cincela, Verso y algunos invitados más lograron salir del castillo.

Para su sorpresa, la situación en el exterior era más desoladora que en el interior.

Las calles del reino estaban repletas de sangre y extremidades humanas que los Hiniur relamían.

Algunos corrían sin rumbo, chocando entre sí en su desesperado intento por encontrar una salida.

Otros decidieron ocultarse en sus casas, atrancando puertas y ventanas.

Y los más valientes habían empuñado cualquier objeto que encontraron a su alcance para plantar cara a las bestias que invadían la ciudad.

Todos perdieron la vida.

Los miembros del coro yacían sin vida en el altillo de la plaza. Junto a ellos reposaba el organista real, cuyos dedos dedicaron su última melodía hasta que las teclas se untaron de sangre cuando su cabeza, arrancada de un zarpazo, rodó a través de ellas.

Bajo las escaleras que conducían al castillo, la veintena de hombres y mujeres pertenecientes a La Cruzada formaban en cuadrícula, alzando sus escudos dorados en alto e impidiendo el paso a más Hiniur hacia el interior.

Ramis dio un paso al frente.

—¡Cruzados, a mí!

Tras la orden, los cruzados retrocedieron por la escalinata sin perder su posición. Las embestidas de los Hiniur lograron magullar sus escudos y amenazaron con romper la formación, pero los soldados de Lenov resistieron hasta reunirse con Ramis.

Las criaturas los siguieron escalinata arriba, relamiéndose los colmillos y erizando sus pelajes sombríos, mientras se desplegaban y rodeaban al grupo de humanos que habían osado sobrevivir.

—¡Aguantad la posición! —gritó Ramis—. ¡No dejéis que…!

Álvar se adelantó y asestó un poderoso tajo con el filo de su hacha.

Al acabar su recorrido, la pesada hoja se hundió bruscamente en el suelo, agrietando la piedra en su aterrizaje, después de cercenar la cabeza de un engendro.

Sin perder el impulso, el capitense se sirvió de la empuñadura como punto de apoyo para asestar una patada certera a otra monstruosidad que trató de abalanzarse sobre él.

Aprovechando la distracción, un tercer Hiniur corrió hacia Ramis.

El Capitán no se inmutó. Bajó los brazos, cerró los ojos y esperó, firme, a que la bestia acortara la distancia.

Cuando el oscuro engendro estuvo lo bastante cerca y se preparaba para arremeter con sus zarpas, la espada del lenovense, de pronto, le atravesó la garganta.

Ramis entonces apoyó el pie en el pecho del Hiniur cuando este cayó sin vida a sus pies y, de un tirón, extrajo la hoja para girarse sobre sí mismo y lanzar una estocada hacia atrás, atravesando el tórax de otra criatura que pretendía atacarle por la espalda.

Cincela jamás había asistido a una batalla junto a su padre. Era hipnótico ver la gracilidad con la que manejaba la espada. Su capa dorada bailaba al son de sus agiles movimientos, que no cesaban y que ocasionaban la muerte de todo Hiniur que osaba desafiarle.

—¡Cincela! —gritó Verso, devolviéndola a la realidad—. ¡A tu derecha!

Cincela empuñó la faca tan rápido como pudo.

Con un movimiento veloz, alzó el arma y detuvo unas garras que buscaban su corazón.

Entonces se agachó, quedando de cuclillas, esquivando un segundo par de zarpas que lograron rozarle el cabello.

Fue entonces cuando se incorporó con violencia y hundió la hoja del arma bajo la mandíbula de la bestia, acabando así con su vida.

Pero las oleadas no cesaban y cada vez más Hiniur brotaban de las entrañas del reino.

—¡Álvar! —bramó Ramis sin dejar de combatir—. No podremos contenerlos. Somos pocos y el cansancio acabará con nosotros. Debemos retirarnos.

El capitense vaciló apenas un instante, sopesando la petición del Capitán. Escrutó el entorno y se percató de cómo la muerte se extendía a su alrededor sin piedad o misericordia alguna. Si permanecían allí, caerían. Todos lo harían.

Bajó la mirada hacia su mano, ahora untada con la sangre de sus enemigos, y la deslizó bajo los pliegues de su coraza.

—Seguidme —ordenó—. Solo tendremos esta oportunidad.

Todos se giraron hacia el capitense y pudieron ver cómo este levantaba la mano y sostenía en alto una flor de la que manaba un haz de luz rojiza. Los Hiniur que los rodeaban retrocedieron.

Las bestias más cercanas a Álvar, sin embargo, fueron alcanzadas directamente por el resplandor, que los evaporó entre llamas negras y chirridos de dolor.

—¡Éfir!

—Rápido, salgamos de aquí. No he traído suficiente como para repeler tal cantidad de Hiniur.

Sin perder ni un segundo más, Álvar encabezó la marcha seguido por Cincela y Verso. Ramis y los cruzados corrían escasos metros más atrás.

Abandonaron la plaza principal con toda la premura posible hasta que, en la distancia, pudieron vislumbrar las columnas coronadas con estatuas de Vastali que custodiaban la entrada del reino.

Álvar pareció incrementar el ritmo al verlas, obligando al resto a aumentarlo con él.

Pero no iban a escapar tan fácilmente.

No después de saber la verdad.

Una sombra salió despedida de la parte alta del castillo, rompiendo las tejas a su paso. Desde las alturas, Grifford expandió sus alas hasta quedar suspendido en el aire, desde donde observó a los humanos que trataban de huir.

Esbozó media sonrisa y, con una sola batida de sus alas cobrizas, descendió en picado frente a Álvar.

Todos se detuvieron.

Ramis alzó su espada, dispuesto a arremeter contra el monstruo si osaba atacar.

Álvar, ignorando el aspecto intimidatorio de Grifford, dio un paso hacia delante con el Éfir frente a él.

—¡Atrás, criatura!

—¿O qué harás? —se burló Grifford—. ¿Golpearme con una flor?

Con un movimiento casi imperceptible, Grifford arrancó la flor de entre las manos del rey y la introdujo en su boca. Masticó el Éfir entre carcajadas hasta que el haz de luz se apagó entre sus colmillos.

Tras engullir el último pétalo, una cola repleta de escamas afiladas rodeó a Álvar por el cuello cortándole intermitentemente la respiración. Pero antes de que nadie pudiese si quiera dar un paso para ayudarle, Grifford volvió a alzar el vuelo, arrastrando a Álvar con él.

Grifford ascendió a los cielos, cortando el viento con violencia, hasta alcanzar varios metros de altura por encima de la fachada del castillo. Allí suspendido y sin cesar la opresión que ejercía sobre el rey, acercó su cola hasta dejar su rostro a apenas unos centímetros del suyo.

—Mira lo que has provocado, mi querido Álvar —espetó, divertido—. Si no hubieses actuado como lo has hecho, ningún ciudadano hubiese perdido la vida hoy —chasqueó la lengua—. Debes aprender a controlar esos impulsos tan primitivos que te dan.

Álvar empleó su escasa fuerza para zafarse del estrangulamiento, pero, en su intento, las afiladas escamas que recubrían la cola le propinaron leves cortes en el cuello. Estaba atrapado.

Furioso, clavó su mirada en los ojos escarlatas de Grifford, quien sonreía al ver sus inútiles intentos por salir de la presa.

—Aunque tengo que admitir que me has sorprendido —prosiguió—.

Creí haber sido especialmente cuidadoso ocultando mi identidad durante todos estos años, pero veo que tu sentido de la deducción es muy superior.

Debo felicitarle, majestad —la cola ejerció un grado más de presión.

—Lo único que has conseguido con tu actuación es que ejecute mi plan antes de lo previsto.

Si tanta prisa tenías en perder tu vida, no tenías más que pedírmelo —contrajo su cola un poco más, arrastrando consigo a Álvar, acercándolo hasta que sus labios rozaron la oreja del rey.

—Que la luz de Gheva te ilumine, rey de Capital.

Con un feroz latigazo de su cola, Grifford lanzó a Álvar al vacío. El rey descendió dando vueltas, inconsciente, con los brazos abiertos y la capa azotándole el rostro.