34. Cenizas #3
—¿Se puede saber cómo pretendías acabar con los Hiniur tú sola si te deshiciste de los mejores combatientes de los que disponías?
Ilma clavó su mirada en la del brevodiano.
—Aun con cuarenta como ellos, el resultado hubiese sido el mismo, Yskar. Davá jamás había conocido una ofensiva tan severa como ésta.
Yskar entornó los ojos.
—¿Por qué no fuiste con ellos? En esas circunstancias, quedarse aquí era conducirte a tu propia muerte.
Ilma ladeó la cabeza en desacuerdo.
—Como rey, sabrás que debemos lealtad al pueblo. Davá me verá morir, ya sea por el paso del tiempo o manchando mis manos con la sangre de los enemigos que la amenazan. No abandonaré el reino que me ha visto crecer y al que tanto debo cuando más me necesita.
—¿Y la niña? ¿No pudo huir?
Ilma hizo ademán de levantarse, e Yskar la ayudó a incorporarse hasta sentarla sobre la roca.
—Durante la invasión vi cómo los padres de Kayli morían a manos de los Hiniur.
Los mataron delante de ella… sin piedad ninguna.
Entonces, la tomé de la mano y corrimos hasta el Gran Roble.
Traté así de esconderla pero… nos vieron —miró a su alrededor, como si aún pudiera ver la escena que narraba—.
Una treintena de Hiniur irrumpió por las puertas.
Otros abrieron brechas desde lo alto y descendieron por las paredes.
La estructura del Roble entero comenzó a resquebrajarse mientras cada vez más aberraciones entraban…
—miró al brevodiano—. Pero entonces, algo impensable pasó.
Los Hiniur empezaron a huir sin ningún motivo aparente.
Pocas horas después, aparecías tú por la puerta y…
Adami y la niña irrumpieron en la sala con varios viales de cristal entre las manos, atrayendo la atención de los monarcas.
—Kayli es toda una maestra herbolaria —aseguró Adami mientras se aproximaba—. Se ha tomado la molestia de preparar ella misma la medicina.
Tan pronto como se acercaron, Ilma tomó uno de los frascos y lo bebió de un solo trago. Al terminar, dejó escapar un suspiro de alivio al sentir cómo el brebaje comenzaba a mitigar su dolor.
—Gracias, pequeña —dijo—. No son hierbas muy potentes, pero me ayudarán a sanar. Solo necesitaré algo de reposo para recuperarme del todo.
—Nos quedaremos aquí contigo hasta entonces —propuso Yskar—. Luego partiremos los cuatro hacia Capital.
Ilma se volvió hacia su compañero con el ceño fruncido.
—¿Por eso es por lo que has venido?
Yskar le devolvió la mirada y, sin abandonar su sonrisa socarrona, asintió.
—El mundo nos necesita, Ilma. Y, para ello, los cuatro grandes reinos deben reunirse y combatir este mal que atormenta nuestra existencia. Decidimos venir en tu búsqueda primero, pero… digamos que tuvimos un pequeño percance que nos demoró más de la cuenta.
—No puedo acompañaros, Yskar —sentenció la reina—. Davá me necesita aquí ahora, debo encontrar a los míos y empezar con la reconstrucción del reino cuanto antes.
—No te dejaremos aquí, ni tampoco dejaré que afrontes esto sola —replicó Yskar, tajantemente—.
En esta batalla luchamos todos, Ilma. Los enemigos están cobrando fuerza y están atacando con todo lo que tienen, empezando por los reinos más vulnerables.
Brevodia ha sufrido una de las ofensivas Hiniur más severas de nuestra historia.
Tras varios días de batalla, si no fuera por la ayuda del escuadrón Doce, mi reino no sería más que un recuerdo ahora.
—Y es ahí donde entro yo —interrumpió el comandante, con la mano apoyada en el pecho—. Adami, comandante del escuadrón Doce de reino Capital, a su servicio.
Tras sus palabras, el comandante se inclinó en una reverencia, lo que provocó que Kayli ahogara una risita tras la mano y que Yskar suspirara, resignado.
—Como puedes ver, Ilma —prosiguió el brevodiano—, las oleadas de Hiniur están atacando con más fuerza que nunca, ya no solo aquí o en Brevodia, sino por todo el mundo —introdujo la mano entre sus bolsillos y extrajo una flor de Éfir—.
Pero ahora tenemos una oportunidad de hacerles frente y erradicarlos para siempre.
El haz rojizo de la flor iluminó el rostro de Ilma que la miraba con una mezcla de incredulidad y asombro.
—¿Éfir?
Yskar asintió.
—Y tengo más.
—Y yo otros cuantos —el anciano mostró orgulloso sus flores.
—¡Yo también, yo también! —dijo Kayli, dando pequeños saltos mientras mostraba la suya.
—¡¿De dónde diantres habéis sacado todo este Éfir!?
Yskar sonrió.
—Es una larga historia que te narraré gustosamente de camino a Capital.
La reina permaneció en silencio, con la mirada perdida a un lado, sumida en sus pensamientos.
—Ahora lo entiendo.
Todos miraron a la davense.
—Los Hiniur sintieron el Éfir —prosiguió—. Por esa razón huyeron de Davá… cuando percibieron vuestro Éfir desde el momento que pisasteis tierras davenses.
Yskar asintió.
—¿Entiendes ahora mi urgencia por ir a Capital? En cuanto te recupe…
Ilma tomó otro de los frascos que Kayli sostenía entre las manos y lo bebió, dejando que el líquido se deslizara por las comisuras de sus labios.
Al terminar, dejó caer el vial contra el suelo y se limpió los labios con la manga de su túnica.
—Partiremos ahora mismo.