34. Cenizas #2
Yskar rebuscó entre sus ropajes hasta extraer una flor de Éfir. El resplandor rojizo que brotaba de ella asombró a la niña, que la contemplaba boquiabierta.
—¿Para mí?
—Toda tuya —dijo Yskar, extendiéndole el Éfir—. Si alguna vez estás en problemas, úsala, ¿de acuerdo?
Kayli asintió.
El rey se puso en pie y dirigió la mirada hacia la entrada.
—Vamos a ayudar a esa señora, entonces —añadió, sacudiéndose las rodillas—. ¿Nos acompañas? Necesitaremos la ayuda de una valiente heroína que nos guíe.
La pequeña dio un salto hacia la entrada.
—¡Seguidme! —exclamó con entusiasmo—. ¡Por aquí!
Yskar y Adami avanzaron junto a Kayli hasta internarse en el colosal roble.
Como cabía esperar, el interior no ofrecía un aspecto muy distinto al del resto del reino.
Las escaleras situadas a varios metros frente a ellos y que ascendían a la primera planta, eran ahora inaccesibles.
Las colosales raíces que antaño sirvieron como columnas, se habían desplomado sobre los peldaños, partiéndolos en dos.
La parte alta del árbol estaba moteada por grandes boquetes abiertos al exterior. El suelo estaba cubierto de escombros y un hedor a sangre impregnaba la estancia.
—Allí… —susurró Kayli, señalando dos enormes piedras que cerraban el paso al final de la sala.
Yskar se acercó a aquellos pedruscos colindantes que convergían apoyados por sus puntas. Había una mujer malherida apoyada sobre ellos.
Pero, en cuanto dio un paso al frente, una sombra saltó desde la oscuridad y aterrizó sobre la cima de aquellas piedras, bloqueando el paso a los visitantes.
Aquel felino los miraba con el pelaje erizado, emitiendo gruñidos intimidantes mientras arrugaba el hocico y mostraba los colmillos. La débil luz solar que se filtraba por los orificios abiertos en la parte alta reveló un pelaje blanco atigrado por franjas negras.
La pantera descendió de un salto y avanzó lentamente hacia los forasteros, sin abandonar su actitud amenazante. Tanto Yskar como Adami retrocedieron cuando, tras el felino, advirtieron la presencia de una segunda pantera de pelaje negro como el carbón, surcado por franjas blancas.
Ambos depredadores caminaron en círculo a su alrededor, cerrando el cerco sobre los recién llegados.
—¡Naila! —gritó una voz femenina desde la penumbra—. ¡Horos! Ellos… no son el enemigo.
Tras una tensa pausa, las panteras agacharon las orejas y ocultaron los colmillos. Cabizbajas, con el rabo entre las patas, se aproximaron a la silueta de la mujer entre las rocas colindantes.
Naila, la pantera albina, extendió el cuello hacia la mujer y lamió uno de sus costados. Horos, en cambio, observó a Yskar con sus ojos verdes, los cuales parecían invitar al brevodiano a acercarse.
Yskar obedeció a su intuición y se aproximó lo suficiente para que la escasa luz que se filtraba desde lo alto le permitiera apreciar el lamentable estado de la davense.
—¡Ilma! —espetó—. ¡Estás herida!
La mujer abrió los ojos débilmente.
Los zarpazos cubrían su cuerpo, pero el del costado derecho era, sin duda, el más profundo de todos.
Su túnica grisácea, o lo que quedaba de ella, presentaba desgarros que dejaban al descubierto parte de su espalda.
Su cabello pardo se precipitaba sobre su rostro, tan salpicado de sangre que aún goteaba por las puntas.
—Llegas tarde —murmuró Ilma, ofreciendo su sonrisa más convincente—. Como es costumbre en ti.
Con cierta urgencia, Yskar se arrodilló frente a la davense y, con cuidado, inspeccionó las heridas que laceraban su piel.
—Esto no pinta bien… —dijo, apartando la tela gris para examinar la lesión en su totalidad—. Necesito las hierbas medicinales. ¿Dónde las tienes?
Ilma cerró los ojos y exhaló aire profundamente.
—Lo han quemado todo, Yskar —confesó, adoptando un tono más serio—. Todo ha perecido bajo las llamas.
—Algo tiene que haber quedado —replicó el brevodiano, negándose a aceptar un final tan trágico para la reina—. Te conozco lo suficiente para saber que eres demasiado precavida como para permitir que esas bestias se hicieran con todas las reservas.
Ilma vaciló durante unos segundos.
—Si algo se ha conservado, estará en el almacén, en la planta baja —indicó—. Está oculto tras una pequeña trampilla. Quizá las llamas no hayan llegado hasta allí.
Yskar, sin perder un segundo, intentó incorporarse para dirigirse cuanto antes al lugar que Ilma señalaba, pero una mano firme sobre su hombro lo obligó a permanecer arrodillado.
—Yo iré —se ofreció Adami—. Quédate con ella.
Ilma intentó hablar, pero una tos repentina la interrumpió. La sangre le manchó los labios y cayó en pequeñas gotas sobre la túnica.
—Si todo sigue como debería… —prosiguió con dificultad—, hay reservas de Centinodia y Hamamelis. No son muy potentes, pero ayudarán a aliviar el dolor.
—¿Cómo podré distinguirlas?
—¡Voy contigo! —se ofreció Kayli, sosteniendo la mano de Adami—. Sé cuáles son.
El comandante sonrió.
—Sin duda, Yskar no se equivocaba contigo —dijo, revolviendo con suavidad el cabello de la pequeña—. Eres toda una heroína.
Adami y Kayli se dirigieron al fondo de la estancia, donde unas gruesas raíces, que los davenses utilizaban como escaleras, se internaban en el subsuelo y descendían hacia la planta inferior.
Yskar los observó alejarse hasta perderlos de vista.
Ilma alzó las manos y las panteras inclinaron la cabeza bajo sus palmas. Los tres cerraron los ojos y permanecieron así durante unos segundos, como si, de alguna manera, estuviesen comunicándose entre ellos.
Tras aquellos instantes en completo silencio, Ilma volvió a abrir los ojos y los felinos, sin reparar en nada más, se separaron y corrieron hacia la puerta principal del Gran Roble.
—Custodiarán la entrada —indicó ella al contemplar la incredulidad en el rostro de Yskar—. No quiero más sorpresas.
—¿Qué… narices ha pasado aquí, Ilma?
Con gran esfuerzo y conteniendo el dolor, la davense se acomodó en la roca hasta apoyar la espalda contra ella.
—Llegaron de repente, Yskar —balbuceó, débilmente—. Nos sorprendieron desprevenidos, sin margen para organizar una ofensiva. No son los Hiniur que estamos acostumbrados a tratar. Estos son… inteligentes.
—¿Qué quieres decir?
—Usaron fuego, Yskar… Como si, de alguna manera, supiesen lo vulnerable que es Davá a las llamas.
Muy alejado de los ataques Hiniur habituales —tragó saliva—.
No pude hacer nada. El fuego se extendió tan rápido que cuando quise darme cuenta, medio reino ardía.
Al cerciorarme de la imposibilidad de combatirlos, decidí centrarme en salvar las vidas de cuantos davenses pudiese.
Reuní a mis guardabosques y les ordené que huyesen lejos del reino, llevando consigo a todos los habitantes posibles.
—¿Hablamos de Zalka, Brisa Afilada?
Ilma asintió.
—Y su hermano mellizo; Káman Aullido Lunar. Ambos pertenecientes a la unidad de elite davense, junto con Vett Patas de Lince y Kúdar Piel de Roble.
—¿Perecieron también?
Ilma desvió la mirada, escogiendo sus siguientes palabras.
—No estoy segura —admitió—. Les ordené huir con los refugiados. Ignoro dónde se encuentran ahora… pero confío en ellos. No hay guerreros más capaces en todo Davá.
Yskar negó con la cabeza repetidas veces.