34. Cenizas
La brisa marina soplaba con fuerza, meciendo las olas al son.
Adami e Yskar yacían sobre la arena dorada, exhaustos, pero con una evidente felicidad reflejada en sus semblantes que los empujaba a reír sin motivo aparente.
—¡Somos libres! —exclamó el brevodiano, dándole un pequeño golpe en el costado al capitense—. ¡Lo hemos conseguido comandante!
Adami se frotó la zona del impacto, tratando de aliviar el dolor que Yskar parecía no advertir que le había causado.
—Bueno, bueno, a ver si ahora me vas a dislocar —se quejó—. Pero sí, se siente bien volver al exterior. ¿Cuántos días hemos estado encerrados? ¡Qué digo días! Puede que hayamos estado semanas, incluso meses... ¿Nos habrán echado en falta en el reino? —se giró hacia el rey—. ¿Tú qué piensas?
Yskar no contestó, tan solo se limitó a devolverle la mirada mientras gesticulaba media sonrisa.
Adami frunció el ceño.
—¿Qué?
—No es nada, comandante —contestó Yskar, sin apagar la sonrisa—. Es solo que, a la luz del día, pareces todavía más viejo.
Adami abrió la boca para replicar, pero Yskar fue más rápido y prosiguió.
—Y que me alegra haber compartido contigo esta pequeña aventura.
El capitense se rascó la cabeza, algo confuso por aquellas repentinas palabras de amabilidad.
—¿Te estás enamorando de mí, majestad?
Yskar dejó escapar una carcajada con una fuerza tal que consiguió asustar a un grupo de aves que descansaban sobre la playa, obligándolas a alzar el vuelo en una lluvia de aleteos y plumas.
—¿Conoces aquello de que “el roce hace el cariño”? —prosiguió Adami—. Bueno, pues bastante roce hemos compartido ya estos días. A partir de ahora, dejaremos un espacio prudencial entre los dos. ¿Te parece?
—Me parece bien, comandante —asintió el brevodiano, tratando de calmar su risa —. Hemos logrado escapar de las Montañas Tortuosas, todo lo demás me parece bien ahora.
—Y pensar que tú ya te dabas por vencido…
—Entiéndeme, un hombre criado en lo alto de una montaña como yo no está hecho para vivir bajo tierra —ladeó la cabeza—. Esas paredes oscuras me impedían pensar con claridad.
—Bueno, señor de los montes —Adami miró a su alrededor—, ¿sabrías decirme dónde estamos ahora exactamente?
Yskar se levantó del suelo, se sacudió la arena adherida a la armadura y alzó la mano para cubrirse los ojos del sol.
—Nos hemos alejado de tierras brevodianas, eso seguro —indicó—. No existe ni un ápice de nieve aquí.
—Entonces mis sospechas son ciertas —Adami se incorporó también—. Esta debe ser la playa colindante entre las Montañas Tortuosas y el reino de Davá, en algún lugar de la costa del mar Aqualuna. Si la memoria no me falla, caminando hacia el norte tendríamos que llegar a Davá antes del anochecer.
—Entonces deberíamos partir cuanto antes, comandante.
—No podría estar más de acuerdo contigo. ¿Sabes, Yskar? Davá me despierta una gran curiosidad. Jamás he estado allí, aunque la belleza de sus paisajes es bien conocida por todos. Si el reino se alza sobre valles tan hermosos como los que ahora pisamos, entonces las habladurías deben de ser ciertas.
Yskar gesticuló media sonrisa.
—Estos valles no son ni una pequeña muestra de la belleza que rezuma Davá. Sus densos bosques, la magia que irradian sus árboles, especialmente el Gran Roble de hojas rosadas… o incluso sus hogares, sus caminos, sus puentes… ¿Has oído hablar alguna vez de sus puentes?
Adami se encogió de hombros.
—¿Qué les pasa a los puentes?
—Imagina, comandante, un reino erguido en un valle y oculto entre árboles colosales.
Frondosas colinas hacen las veces de murallas, las cuales están cubiertas de lianas y exóticas plantas colgantes que se precipitan hasta besar el suelo.
Sobre esas mismas colinas descansan árboles milenarios cuyas raíces, en su afán por expandirse, emergen de la tierra y se extienden hasta alcanzar la colina contigua, entrelazándose y formando una vasta red natural que los davenses utilizan como caminos y puentes para desplazarse por todo el reino.
Adami permaneció con los ojos cerrados, imaginando el hermoso lugar que Yskar describía.
—Parece extraído de un cuento para niños —dijo, abriendo sus ojos lentamente—. ¿A qué esperamos? Quiero contemplar esa belleza de primera mano.
—En ese caso, no perdamos más tiempo, comandante.
Una mirada de complicidad bastó para que ambos hombres abandonasen el arenoso suelo de la costa y se dirigieran hacia el norte.
El camino que ahora transitaban desembocaba en un conjunto de valles verdosos que rebosaban vida y frescura. La calidez que emanaba del sol acariciaba el paisaje y la agradable brisa marina acompañó a los hombres durante toda su travesía.
El clima apacible que Gheva les brindaba aquel día hizo su marcha más amena. Tras un par de conversaciones triviales y varias colinas más allá de la playa, Adami e Yskar llegaron por fin a las puertas de Davá.
O, al menos, a lo que quedaba de ellas.
La entrada estaba devastada. El valle ondulante de vida sobre el que antaño descansaba el reino lucía ahora un vestido de ceniza, adornado con volutas de astillas y hojas carbonizadas.
Los troncos de los árboles milenarios, cuyo interior servía de hogar a sus habitantes, ardían todavía en llamas.
Los cadáveres se extendían por todas partes: algunos yacían calcinados en el suelo, otros colgaban de las ramas, y los había que parecían haber sido sorprendidos por el fuego y, en su desesperado intento por huir, habían caído a las puertas de sus propios hogares.
—¿Pero, qué…?
—Justo como me temía —dijo Adami, ladeando la cabeza—. Hemos llegado tarde.
El comandante avanzó por la senda principal del reino, esquivando las ramas ennegrecidas y los cadáveres desfigurados que le cortaban el paso. Yskar siguió tras él, mirando a su alrededor, buscando algún resquicio de vida entre tanta muerte.
Adami, de súbito, se quedó inmóvil y alzó el brazo derecho para frenar el paso de Yskar, quien se detuvo tras él.
—¿Has oído eso?
Yskar calló, tratando de distinguir los sonidos que envolvían el lugar. Tras unos segundos, pudo percibir algo entre el crepitar de las llamas y los graznidos lejanos de las aves carroñeras que sobrevolaban el reino.
Un llanto.
Un sollozo distante que quebraba la incómoda quietud imperante en el paisaje.
Yskar, adelantándose al comandante, echó a correr hacia el origen de aquel gimoteo y Adami, sin pensarlo dos veces, corrió tras él.
—¡Venimos en tu ayuda! —gritó Yskar—. ¿Dónde estás?
—¡No temas! —vociferó Adami mientras trataba de seguir el ritmo del brevodiano—. ¡Somos aliados!
El lloriqueo no cesó y los hombres siguieron su carrera hasta llegar al corazón de Davá.
Allí la devastación era aún más evidente.
El suelo bajo sus pies estaba seco y cuarteado, el denso follaje que antaño adornaba el paisaje se había reducido a un amasijo de hierbajos amarillentos.
Las colinas que salpicaban el reino estaban arrasadas y las plantas colgantes que embellecían sus laderas no eran ahora más que montículos de hojas secas que se apilaban a sus pies.
Las copas de los árboles estaban quebradas y caían hacia la tierra, como si trataran de revolcarse por el suelo en su intento por deshacerse de las llamas que consumían sus hojas.
El Gran Roble de Davá, que servía de morada a la reina Ilma, era sin duda el que mejor se conservaba.
Como bien contaban los rumores y las historias sobre la creación, el Gran Roble fue la primera obra de Gheva en el mundo.
Su inquebrantable corteza resultaba más resistente que el más férreo de los aceros, y las hojas rosadas que adornaban la copa irradiaban un fulgor mágico capaz de hipnotizar hasta al más susceptible.
Tras una búsqueda angustiosa, Yskar por fin encontró el origen del llanto.
Una niña de cabellos bermejos lloraba oculta entre las tortuosas raíces que sobresalían del Gran Roble.
Su rostro, ligeramente moteado de lunares anaranjados, estaba humedecido por las lágrimas.
Vestía la túnica gris tradicional davense, con un pequeño chaleco de tela rojiza superpuesto que se cerraba en el pecho con un nudo trenzado.
—Tranquila pequeña —murmuró Yskar, arrodillándose frente a ella—. Ya estás a salvo. Ya estamos aquí.
La niña extendió los brazos y rodeó el cuello del brevodiano. Adami avanzó un paso, incapaz de apartar la vista del desastre.
—¿Qué ha pasado aquí…?
La pequeña se separó del rey y se secó las lágrimas con el reverso de las manos.
—Hiniur —susurró—. Entraron y quemaron todo. Papi, mami, están…
La tristeza volvió a apoderarse de la niña que, abatida, dejó caer la cabeza sobre el hombro del rey. Yskar entonces lanzó una mirada furtiva a Adami, intentando así frenar sus preguntas incómodas.
Tras unos segundos, el brevodiano apartó con suavidad a la niña davense y, esbozando la mejor de sus sonrisas, le secó las lágrimas con los dedos.
—¿Cómo te llamas, pequeña?
—Kayli.
—Bien, Kayli. Yo soy Yskar, y este anciano gruñón que me acompaña es Adami.
El comandante se giró bruscamente con el ceño fruncido.
—No me ha gustado el tono con el que has dicho “anciano” —protestó, moviendo las caderas—. ¿Ves? Estoy en mis plenas facultades.
La niña rio levemente, aun con el semblante húmedo y manchado de tierra. Yskar ladeó la cabeza y volvió a centrar su atención en ella.
—Venimos de muy lejos para ayudar a gente como vosotros —explicó—. Además de ti, ¿hay alguien más que necesite ayuda?
Tras cavilar su respuesta unos segundos, la chiquilla asintió y levantó el índice en alto.
—Hay una señora herida ahí dentro.
Kayli señaló hacia la entrada del Gran Roble. La corteza que rodeaba el acceso se había desprendido, dificultando el paso al interior. El suelo a su alrededor estaba cubierto de hojas rosadas que, curiosamente, no habían sucumbido al fuego.
—Vamos a ir a ayudarla, ¿de acuerdo? —dijo Yskar—. ¿Quieres venir con nosotros?
La niña permaneció pensativa por un momento mientras contemplaba el Gran Roble. Tras unos segundos, asintió.
—En ese caso, antes tengo un regalo para ti por ser tan valiente.