El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 33. Huida
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33. Huida

—¿Salvados?

El viejo comandante frunció el ceño mientras observaba la oquedad que había descubierto el rey.

La tierra se desprendía con facilidad cuanto más cavaba, dejando al descubierto una rampa inclinada que descendía hasta perderse en la oscuridad subterránea.

La superficie parecía resbaladiza y el diámetro apenas era lo bastante amplio como para albergar a una persona.

—Sabía que Gheva no podía abandonarnos a nuestra suerte —dijo Yskar, apartando los últimos montones de tierra—. No perdamos más tiempo comandante, salgamos de aquí antes de que se despierten esas bestias.

Adami se interpuso y sujetó al rey del hombro, deteniéndolo antes de que se deslizara por la rampa.

—No creo que sea una buena idea, Yskar —dijo—. No sabemos dónde nos llevará.

El rey frunció el ceño.

—¿No eras tú el mismo que buscaba desesperadamente una forma de salir?

¿Prefieres quedarte aquí bajo hasta el fin de tus días?

—negó con la cabeza—. Desconozco a dónde conduce, pero, si hay una mínima posibilidad de pisar la superficie, merece la pena intentarlo. Además, ¿qué otras opciones tenemos?

Adami vaciló unos instantes mientras contemplaba la oscuridad que se abría bajo el deslizadero. Suspiró profundamente antes de levantar la cabeza y clavar su mirada en la del brevodiano.

—Está bien… —murmuró, encogiéndose de hombros—. Si este es el final que Gheva me tenía preparado, supongo que no queda más que aceptarlo.

Yskar avanzó hacia la rampa y se sentó justo en el filo de la oquedad.

—Te veo abajo, comandante.

El brevodiano no dudó ni un instante y, con un leve empujón, se adentró en el abismo que se abría bajo aquella pendiente de tierra.

Adami observó cómo la corpulenta silueta del rey se perdía en la oscuridad de la cuesta. Miró entonces a su alrededor, pero no encontró nada más que una soledad absoluta que, de pronto, le acosó. Cerró los ojos y sopesó sus opciones.

Quien me iba a decir a mí que, a mi edad, estaría aquí jugando a los toboganes.

Tras unos segundos de inútil meditación, el capitense se sentó en el borde del deslizadero y, tras un suspiro resignado, se dejó caer.

La escasa luz se apagó de pronto.

Un fétido olor a humedad envolvió el túnel de pronto, intensificándose a cada metro que avanzaba el comandante. El agua que se filtraba por las paredes y que cubría la rampa lo arrastraba sin esfuerzo a través de ella, empujándolo cada vez más rápido.

Entonces la pendiente desapareció y Adami quedó suspendido en el aire para, instantes después, ser devorado por aquel mar de tinieblas.

En un intento desesperado por salvar su vida, extendió las manos con la esperanza de hallar algún saliente al que aferrarse.

Pero, para su sorpresa, la pared era completamente lisa y no encontró nada que pudiera frenar su caída.

Cuando ya comenzaba a aceptar su fatal destino, el capitense aterrizó de lleno sobre algo blando que amortiguó la caída.

Un montículo de tierra húmeda detuvo su descenso, lastimándole levemente la espalda y manchando su armadura de barro. Procurando no resbalar, el anciano pudo incorporarse de entre el fango y echar un vistazo a su alrededor.

El silencio era absoluto.

Un fino hilo de aire frío corría desde alguna parte, mientras las tinieblas seguían acosándolo, enroscándose a su alrededor como serpientes selváticas.

—¡Comandante! —dijo la voz de Yskar desde algún punto de aquella estancia—. ¿Puedes oírme?

—Al menos por ahora —replicó el capitense—. ¿Dónde estás?

—Sigue mi voz.

Sin pensarlo demasiado, el comandante se lanzó hacia la oscuridad. Avanzó despacio, con las manos alzadas, procurando no tropezar con los posibles obstáculos que pudiera haber, hasta que de pronto palpó una pared.

Usando sus manos como guías, dio pequeños pasos hacia la voz de Yskar, que percibía ahora a su derecha. La pared terminó súbitamente y Adami detectó una amplia oquedad que se abría hacia el interior.

Con cuidado, se adentró en la abertura mientras la voz de Yskar se hacía cada vez más nítida y una tenue aura rojiza comenzaba a iluminar el entorno.

Siguió avanzando un poco más hasta que el resplandor escarlata le concedió la visión necesaria para distinguir la figura del brevodiano, de pie frente a él, contemplando con asombro el interior de la sala en la que ahora se encontraban.

—¡Por Gheva! —exclamó un sorprendido Adami—. ¿Qué es todo esto?

La nueva estancia tenía forma esférica.

Varias lianas colgaban desde el techo hasta el suelo, formando una opaca cortina verdosa que los cercaba.

En el tallo de cada una de ellas sobresalía una burbuja repleta de un líquido viscoso que contenía en su interior una especie de feto pálido y deforme.

Las paredes de la estancia, además, estaban cubiertas de brillantes flores rojizas que emitían luz propia e iluminaban el entorno.

Adami se adentró en la espesura, abriéndose paso entre las lianas.

—En mis setenta años viajando por el mundo, jamás había visto algo parecido —dijo el comandante, acercándose a una de las burbujas—. Pero ¿qué narices son estas cosas? —la tocó con el dedo—. ¿Estarán vivas?

—Cuidado, comandante —advirtió el brevodiano—. No deberíamos inquietar aquello que desconocemos.

Adami, desoyendo las advertencias, llevó el dedo hasta la bolsa membranosa una vez más. Al tocarla, varias ondas se formaron desde el punto de contacto y se propagaron hacia el interior de la burbuja.

—¿Podrías no tocar nada? —pidió Yskar, con cierta molestia—. No sabemos si…

La criatura desfigurada abrió su gran ojo, el cual rodó sobre sí mismo hasta revelar un iris violáceo que se clavó en el comandante.

—¡Adami, aléjate!

El comandante dio un paso atrás, tropezó con su propio pie y terminó sentado en el suelo.

Desde esa posición, se quedó mirando, hipnotizado, a la criatura que convulsionaba en el interior de la burbuja.

Casi al instante, cuando las sacudidas parecían alcanzar su punto más violento, la monstruosidad se detuvo en seco.

El ojo volvió a cerrarse y aquel extraño feto se sumió de nuevo en un profundo letargo.

El brevodiano y el capitense intercambiaron miradas de incredulidad ante lo que acababan de presenciar. Finalmente, Adami se incorporó y comenzó a sacudirse el barro que manchaba el jaspe de su armadura.

—Bueno… Ahora ya sabemos que muertos no están.

—Hay que salir de aquí cuanto antes —añadió Yskar, escrutando el entorno—. Quizás haya más de esas rampas y… quizás alguna de ellas nos conduzca al exterior.

Adami arrugó su frente.

—¿Tan seguro estás de encontrar una salida a través de estos pasadizos? A mí me da la sensación de que estamos adentrándonos cada vez más en el interior de la montaña.

Yskar gesticuló media sonrisa.

—Esa es precisamente mi intención, comandante. El agua de la rampa por la que nos hemos deslizado hasta aquí estaba salada. Debe de haber alguna rampa que desemboque en el mar, estoy seguro.

—Gran observación —elogió Adami, asintiendo—. Empezaba a pensar que pretendías enterrarnos en lo más profundo del mundo. Entiéndeme… después del episodio de la piedra, me espero cualquier cosa —se encogió de hombros—. En fin, pongámonos en marcha entonces, ¿por dónde ahora, majestad?

Yskar entornó los ojos y contempló, por un momento, el abanico de flores que tapizaba la pared y cuyo brillo carmesí iluminaba la estancia.

—Espera… —interrumpió, deteniendo el avance del comandante—. ¿No te resultan familiares estas flores que brotan de la pared?

Adami se giró hacia la dirección que el rey indicaba y abrió los ojos hasta su límite cuando las reconoció.

—Esto es… Éfir.

—¿Éfir?

Adami asintió.

—El Éfir no son más que plantas normales y corrientes pero, gracias a la Bendición de Álvar, adquieren ese tono rojizo tan característico —se golpeó el mentón, pensativo—. Lo que no entiendo es qué hacen aquí. ¿Habrá alguien más con esa Bendición?

Yskar se acercó a las paredes de aquella sala y acarició delicadamente una de las flores. Con sumo cuidado, arrancó una de ellas y dejó que su aura rojiza bañase su rostro.

—¿Serán los Guardianes también Bendecidos de Gheva y poseerán la capacidad de crearlas?

El comandante guardó silencio, tratando de encontrar una respuesta lógica.

—Lo dudo —dijo por fin—. Hasta donde yo sé, solamente los capitenses tenemos la posibilidad de ser Bendecidos. Sea como fuere, esta cantidad de Éfir es un gran hallazgo, y juraría que estamos ante el motivo por el cual estas grutas carecen de presencia Hiniur.

Yskar guardó la flor que había arrancado de la pared entre los pliegues de su coraza.

—Llevémonos todas las que seamos capaces de portar. Con esta cantidad de Éfir, podremos salir victoriosos de cualquier encuentro con Hiniur con el que nos crucemos hasta llegar a Davá.

Adami obedeció.

Aquel tesoro era demasiado tentador como para oponer resistencia.

Ambos hombres comenzaron a desnudar la pared, arrancando con sumo cuidado el Éfir y guardándolo en las cavidades de sus ropajes.

A medida que las flores desaparecían, el aura rojiza que iluminaba la sala menguó y la oscuridad, poco a poco, fue ocupando su lugar.

Las horas transcurrieron mientras recorrían la estancia en busca de más Éfir que llevarse. Exploraron sin descanso: apartaron rocas, cavaron entre la tierra, e incluso escalaron hasta las zonas más altas donde pudiera crecer aquella flor.

Pero fue Yskar quien primero detuvo su búsqueda cuando, de pronto, encontró algo que llamó su atención.

—Adami, acércate —dijo—. Mira esto.

El viejo comandante, que se encontraba en el lado opuesto de la sala, se giró hacia el brevodiano.

—Hay una fisura —prosiguió Yskar, esparciendo la tierra con su mano—. Como la que vimos en la caverna donde conocimos al Guardián del ojo morado. ¿Lo recuerdas?

Adami entornó sus ojos hacia arriba tratando de hacer memoria.

—¿Por la que, momentos después, nos condujeron hacia aquel pasillo frío y tétrico? —asintió—. Como olvidarlo.

—Parece que estas fisuras son puertas hacia nuevos pasadizos. Ven, ayúdame, no es muy amplia, creo que podremos abrirla.

Adami se colocó junto a Yskar.

Sin pensarlo demasiado, ambos comenzaron a tirar de la abertura hasta que, sin apenas esfuerzo, lograron abrirla. El pequeño hueco de la pared se resquebrajó en dos mitades, revelando un deslizadero que, una vez más, se perdía en el abismo.

El brevodiano, satisfecho con la hazaña, le dio un pequeño golpe cariñoso al comandante.

—¡Sabía que tenía que haber alguna salida!

—Sí… y, como antes, volvemos a encontrarnos en la misma situación —añadió Adami, frotándose la zona del impacto—: frente a un largo túnel que conduce hacia Gheva sabe dónde.

—Y… como antes, mi valeroso comandante, volveremos a deslizarnos por él.

—Aguarda un momento, Yskar —intervino Adami, deteniendo las intenciones del rey—.

Si la memoria no me falla… creo haber visto otra fisura como ésta en la otra parte.

Quizás deberíamos comprobarla y ver si conduce a un camino más apacible.

No es por incordiar, pero es importante barajar todas las posibilidades.

El brevodiano miró en la dirección que Adami le había indicado y pudo atisbar, en la distancia, otra grieta que se extendía horizontalmente en la pared.

Ambos hombres se aproximaron a ella.

—Veamos a dónde conduce —Yskar incrustó sus dedos en la cicatriz rocosa—. ¿Listo?

El capitense asintió.

Apretando los dientes, Adami e Yskar emplearon todas sus fuerzas para abrirla, pero la testarudez de la fisura fue mayor que sus intentos.

Tras una breve pausa, jadeantes y con ríos de sudor surcándoles la piel, volvieron a intentarlo. Aunque, por un momento, pareció ceder, la fisura permaneció inmóvil una vez más.

Adami suspiró.

—Quizás sea una hendidura normal y corriente.

—O quizás conduzca a una sala donde hallemos más tesoros que descubrir —indicó Yskar—. En todas las fábulas que mi padre me narraba de pequeño, los tesoros más preciados siempre estaban en los lugares más inaccesibles.

De pronto, como si la oquedad hubiese escuchado la conversación, comenzó a abrirse por sí sola. Varias rocas se desprendieron de la parte alta de la sala, levantando una densa nube de polvo que les nubló la vista.

Cuando el polvo se asentó y ambos hombres recobraron la visión, pudieron apreciar como la fisura se había abierto unos milímetros más.

—¡Estaba atascada! —exclamó Adami—. ¡Nuestros intentos han dado resultado!

—Otra vez.

Adami e Yskar volvieron a situarse frente a la grieta, ahora ligeramente más ancha, introdujeron los dedos en la abertura y tiraron hacia arriba.

Pero la piedra no cedió.

—Me rindo, Yskar. Si vuelvo a intentarlo perderé mis dedos.

Frustrado, el monarca se plantó frente a la abertura y descargó una brutal patada contra la superficie.

—¡Estúpida montaña!

El impacto resonó como un trueno en la caverna y, para sorpresa de ambos, la fisura se abrió de golpe, liberando una ráfaga de luz anaranjada que los cegó por un instante.

Cuando lograron acostumbrar la vista al resplandor, un enorme ojo ambarino los observaba desde el otro lado. La abertura comenzó a abrirse y cerrarse repetidamente, apagando y encendiendo la estancia con cada parpadeo.

Los hombres quedaron paralizados bajo aquella pupila incandescente.

—¿Hu… ma… nos? —dijo la voz estruendosa de Durazno al otro lado de la fisura—¿Llevarse planta?

—Yskar… quizás mi envejecida vista empiece a fallarme, pero me da a mí que eso no es una fisura —dijo el comandante sin mover un músculo—. Sino el párpado de uno de los Guardianes.

—¡Comandante, corre!

Tanto Yskar como Adami se dirigieron al deslizadero oscuro que momentos antes habían descubierto y se precipitaron por él sin titubear.

El descenso no fue muy prolongado y pronto dejaron de deslizarse por la rampa y cayeron sobre un río subterráneo que los arrastró.

El agua zarandeó a los hombres en la más absoluta oscuridad, meciéndolos de lado a lado, impactándolos contra la pared con cada cambio de sentido.

Primero los arrastró hacia abajo, después los movió en zigzag, para más tarde volver a caer en picado.

Los hombres se enfrentaron a aquellas aguas, tratando de mantenerse a flote a pesar de la violenta corriente indomable que insistía en sumergirlos.

Y, de pronto, luz.

El río subterráneo vomitó a los hombres en algún punto del mar, cerca de la costa. Tras recomponerse de las sacudidas, nadaron los metros que los separaban de aquella preciada tierra firme.

Yskar y Adami se dejaron caer sobre la orilla, mirando al cielo. Sus cuerpos estaban cubiertos de sal y arena y sus pulmones aún ardían por el agua inhalada.

Pero no les importó. El aire puro volvía a recorrer su pecho y los rayos del sol volvían a acariciar su piel.

Y eso, más que otra cosa, bastó para hacerlos reír a carcajadas.