32. Bendición #3
—¿Cansado? —replicó Adami, soltando una carcajada—.
Soy dos años más viejo ahora, Yskar. Esa es la gran contrapartida de mi Bendición.
Está pensada para canalizarse al completo, no a medias como acabo de hacer.
Su verdadero propósito es envejecer al contrario hasta tal punto que mi oponente quede reducido a un montículo de huesos, mientras yo rejuvenezco hasta no haber sido concebido jamás— juntó ambas manos, recogió un poco de agua de la charca y bebió—.
Si detengo la canalización de golpe, como he hecho contigo, las células regresan a mí mucho más deterioradas debido al desgaste que exige usar mi Bendición.
Y, como consecuencia de ello, envejezco un poco más cada vez que la empleo de esta manera.
Algo completamente inútil, porque ya me dirás tú de qué sirve envejecer al enemigo unos segundos si luego va a recuperar su estado normal. Pero, oye… un rato te ríes.
—Y es por eso que no deberías abusar de ella —dedujo Yskar, frotándose la barbilla—. Entiendo.
—Si no quieres quedarte bajo las profundidades de una gruta repleta de gigantes de un solo ojo y a cargo de un anciano que no es capaz ni de caminar por sí mismo… sí, más vale que no abuse de ella.
—No suena muy apetecible.
—No lo es, te lo aseguro; a veces no me aguanto ni yo —admitió Adami, sentándose de nuevo en el suelo—. En fin, suficiente conversación por hoy. Deberíamos empezar a planear cómo escapar de aquí.
Yskar se sentó junto al capitense y se dejó caer hacia atrás hasta apoyar la espalda en la pared. Desde allí llevó la mano al bolsillo para acariciar la piedra que allí guardaba, mientras observaba el techo de la gruta y cavilaba alguna forma de salir.
—No va a ser tarea fácil, comandante —comentó, jugueteando con la pequeña roca entre los dedos—. No podemos dar un paso sin llamar la atención. Intentar escalar hasta la superficie tampoco es una posibilidad. Enfrentarnos a los Guardianes… descartado, por razones más que obvias.
—Esa actitud derrotista tuya dudo que facilite las cosas.
—¿Tienes tú alguna idea de por dónde empezar?
Adami miró hacia el techo de la caverna, tratando de hallar una respuesta entre las estalactitas que apuntaban hacia él.
—Si empleamos los principios estratégicos bélicos que nos imparten en Capital, una buena forma de preparar una batalla venidera es el reconocimiento del terreno.
Yskar frunció el ceño.
—¿Sugieres que exploremos? —replicó, lanzando la piedra al aire y atrapándola al caer—. ¿Y cómo propones que nos movamos por la cueva sin llamar la atención de los Guardianes?
Adami se acercó al brevodiano y, con una palmada, hizo volar la pequeña roca de entre sus dedos.
—Pues podrías empezar por dejar de juguetear con las piedras y ayudarme a idear una forma de movernos por la gruta.
Yskar endureció la mandíbula y, entre dientes, maldijo al capitense mientras se acercaba de rodillas al lugar donde había caído la piedra.
Apartó montículos de tierra húmeda y grava hasta que, finalmente, dio con una oquedad horizontal que se abría entre la base de la pared y el suelo.
Allí, en el estrecho orificio, encontró su preciado tesoro.
Sin pensarlo dos veces, introdujo la mano para recuperarlo, pero sus dedos no eran lo bastante pequeños para alcanzarlo.
—Comandante, ayúdame.
Adami miró al brevodiano algo confuso.
—¿Se puede saber qué haces?
—La piedra —dijo—. Ha debido escurrirse por este agujero, no la veo en ninguna otra parte.
Adami frunció el ceño.
—Majestad, disculpe mi desconocimiento —dijo con cierto aire irónico—, pero tiene a su disposición una gruta subterránea repleta de piedras, puede usted servirse de cuantas quiera.
Ignorando al comandante, Yskar se hizo hueco entre el estrecho cavando con sus dedos.
—¡Aquí esta! —exclamó, incorporándose y alzando orgulloso la piedra con ambas manos—. ¡La tengo!
—La locura va a acabar con nosotros —apuntilló Adami llevándose la mano a la cabeza—. Empezando por ti.
El comandante se acercó al montón de tierra que Yskar había removido al cavar y comenzó a empujarlo con el pie hasta cubrir el agujero.
—Será mejor que vuelva a poner esto en su sitio —dijo—. No quisiera que volviese a perder su piedra... Majestad.
Yskar se detuvo en seco y alzó la mirada hacia el anciano, con los ojos abiertos hasta el límite.
Adami se detuvo también.
—¿Qué ocurre ahora? ¿La has vuelto a perder?
El rey apartó a Adami con un leve empujón, se dejó caer de rodillas junto a la fisura y volvió a cavar, esta vez con mayor tesón.
—En efecto, la locura te ha consumido —concluyó Adami—.
No te culpo, la soledad de estas cavernas traumatiza a cualquiera.
De hecho, yo mismo me he levantado hoy un poco desorientado, he de admitir.
Creí estar en la comodidad de mi cuartel en Capital y, pensando que me encontraba en mi baño, he hecho mis necesidades matutinas.
Para mi sorpresa, al espabilarme, me he dado cuenta de que no era mi baño, sino el trono de papá Guardián.
No creo que se den cuenta, ¿no? Para seres tan grandes como ellos es impr…
—Comandante…
Adami calló y miró al brevodiano quien, con la frente perlada de sudor por el esfuerzo, le esbozó una sonrisa.
—Estamos salvados.