El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 32. Bendición #2
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32. Bendición #2

—Cierto, olvidaba que no tenías ni idea.

Verás… existen dos tipos o escuelas de Bendecidos en Capital: las Bendiciones anatómicas, relacionadas con lo físico y las ilusorias, relacionadas con lo psíquico.

Mi padre pertenecía a esta segunda, pero…

de entre todas ellas, él poseía la más letal y mortífera.

Su habilidad, y por lo que tanto se le temía, consistía en provocar en su adversario la sensación más convincente de su propia muerte, aun estando con vida.

Sus víctimas quedaban atrapadas en esa ilusión para siempre, condenadas a una existencia vegetativa.

El asombro de Yskar fue tal que la lanza resbaló de entre sus manos y cayó al suelo con un sonoro repiqueteo.

—¡¿Y con tal poder no acabó con la tiranía de Krollo!?

—No es tan sencillo. Toda Bendición tiene sus limitaciones y… cuanto mayor es su poder, mayor es el costo que acarrea emplearla.

—¿A qué te refieres con costo?

Adami clavó su mirada en la del brevodiano, mirándolo fijamente durante unos segundos.

—Lo que trato de decirte es que mi padre tenía que dar su propia vida para poder crear una ilusión como aquella.

De algún modo, el uso de su Bendición exigía consumir su propia vitalidad.

Por esa razón, solo podía usarla apenas unos segundos porque, de completar su canalización…

envejecería hasta morir —se golpeó el mentón, tratando de hacer memoria—.

Recuerdo que una vez me contó que, en una de las numerosas batallas entre reinos, en las que Krollo amenazaba sin pudor al resto de comarcas, mi padre se vio obligado a usar su don para neutralizar a uno de los soldados más poderosos del bando enemigo.

Sumió a aquel hombre en la ilusión apenas unos instantes, los suficientes para aturdirlo y conducir a Capital hacia la victoria.

Pero, mientras canalizaba su poder, mi padre empezó a envejecer rápidamente.

Su cabello se encaneció, su piel se arrugó, sus huesos se volvieron más frágiles y sus músculos no pudieron sostenerle más en pie.

Debido a ello, mi padre no pudo completar la ilusión y ninguno perdió la vida del todo.

—Es un poder un tanto inviable entonces, ¿no te parece? —apuntilló Yskar—. Realmente, es una Bendición de un solo uso.

—Poseer una Bendición así era amenaza suficiente como para que nadie se atreviese a hacer frente a Capital —explicó—.

Todos conocían de la existencia de un comandante entre las filas del ejército de Krollo capaz de quitarte la vida con tan solo mirarte.

Lo que ninguno sabía era el precio que exigía su uso.

Krollo tuvo a mi padre en tan alta estima precisamente por eso, porque sabía que él era la fuente de su poder.

Pero pronto los rumores corrieron y empezó a extenderse por el mundo la gran contrapartida de la Bendición de mi padre: si canalizaba su ilusión al completo, envejecería hasta dejar de existir.

Fue ese miedo lo que llevó a Krollo a experimentar con él, tratando de descubrir el origen de su poder para extraerlo y reproducirlo en otros soldados.

Y… bueno, el resto de la historia ya la conoces.

—Es una historia fascinante, comandante —confesó el brevodiano, dándole el último bocado a su fruta—. Cuando logremos salir de aquí y volvamos a Capital, prométeme que me enseñaras más acerca de estas artes mágicas vuestras.

La idea de salir de aquella cueva colmó a Adami de felicidad.

—Ojalá así sea.

—Y… ¿la tuya?

—¿La mía?

Yskar asintió.

—Sí, la tuya. Digo yo que, siendo un comandante de Capital, también gozarás de una Bendición.

—Bueno, yo…

Yskar dejó la fruta que devoraba a un lado, se incorporó y extendió su brazo hacia Adami, invitándole a levantarse también.

—Muéstramela.

El comandante suspiró.

—Te vas a reír —dijo, aceptando la invitación y levantándose del suelo también—. Mi Bendición es muy similar a la de mi padre pero, al contrario que la suya, la mía pertenece a la escuela anatómica.

Yskar permaneció de pie junto al comandante, esperando a presenciar su Bendición.

Adami suspiró.

—Bueno, vale, de acuerdo —dijo, uniendo ambas manos—. Atento.

El comandante comenzó a frotar las palmas, dejando que unas repentinas partículas de luz brotaran de ellas.

Pronto, aquellas chispas lumínicas fueron ganando intensidad hasta convertirse en un resplandor que dio paso a un brillo perlado para, finalmente, adoptar la forma de un haz de luz que iluminó la estancia como si el sol, de pronto, hubiese hecho acto de presencia allí abajo.

Fue entonces cuando Adami extendió las manos y las apoyó sobre las mejillas del brevodiano. Sin abandonar su aparente concentración, cerró los ojos y permitió que el haz de luz que envolvía sus manos aumentara aún más su luminosidad.

El rey desvió disimuladamente la mirada hacia un pequeño charco de agua cercano a sus pies, intentando descubrir en su reflejo los efectos de lo que fuera que el comandante estuviese haciendo.

Pero el Yskar que le devolvió la mirada desde la charca era muy distinto al que esperaba encontrar.

Su cabello, antaño pardo, se había vuelto tan blanco como la nieve de los montes de Brevodia.

No solo el cabello había cambiado; sus cejas y el vello de sus brazos comenzaron a alargarse y a adquirir también aquel tono gris apagado.

La piel se le arrugó, volviéndose flácida, mientras el contorno de sus ojos caía formando bolsas.

Manchas marrones comenzaron a salpicar su rostro y su cuerpo, y las venas, ahora de un verde azulado, se marcaban más pronunciadas que nunca.

—No te muevas.

La repentina orden del capitense lo obligó a apartar la atención de su reflejo y a centrarla en él. Pero frente a sí, tampoco encontró al comandante que esperaba ver.

Adami tenía ahora el cabello del color del fuego.

Sus cejas, antaño canosas y descuidadas, lucían también rojas, en armonía con su melena.

Las arrugas habían desaparecido y su tez era suave, casi angelical, como la de un niño.

La musculatura de sus brazos se había tensado, así como sus pectorales, que habían ganado tanto volumen como parar rellenar la coraza de jaspe negro.

Entonces Adami apartó sus manos del rostro de Yskar y abrió los ojos.

El haz de luz se esfumó tan rápido como había aparecido, sumiendo la caverna en la penumbra de nuevo.

Yskar fue recobrando su aspecto habitual paulatinamente, mientras su rostro seguía sumido en el asombro.

Adami, sin embargo, parecía… más viejo ahora.

Sus arrugas colgaban con más protuberancia, su cabello era más apagado que de costumbre e incluso parecía estar más encorvado que antes.

—¿Pero que…?

—Increíble, ¿verdad? Y tú sorprendido por ver a unos “Guardianes ancestrales que se creían extintos”, cuando lo realmente sorprendente lo tenías delante.

—Pero, ¿qué… ha pasado exactamente, comandante? —preguntó Yskar mientras miraba sus manos, comprobando que había retomado su aspecto habitual—. ¿Qué clase de Bendición es esta?

—Verás, como Bendecido perteneciente a la escuela anatómica, puedo alterar la composición celular de los cuerpos —se llevó una mano al pecho, orgulloso de su hazaña—.

En mi caso, soy capaz de transferir y reemplazar mis células envejecidas por las de aquel con quien hago contacto.

Al igual que mi padre, poseo una Bendición capaz de manipular la vida y la muerte, pero, a diferencia de él, lo hago desde una perspectiva anatómica, no ilusoria.

El asombro que imbuía el semblante del rey no cesaba.

—¡Pero esto…! ¡Esto es magnífico! ¿Cómo no has utilizado una habilidad como esa con los Guardianes de la montaña?

—Definitivamente no me has estado prestando atención —espetó Adami, llevándose una mano a la cabeza—. Como bien te he dicho, toda Bendición tiene sus límites. ¿No notas nada diferente en mí?

Yskar frunció el ceño, observando con detenimiento al comandante.

—Ahora que lo mencionas, pareces algo más… cansado.