32. Bendición
Los frutos rojos saltaron de entre las manos de Adami cuando el repentino sobresalto con el que había despertado Yskar lo asustó.
Jadeando, el brevodiano miró al comandante, quien le devolvía la mirada desconcertado con uno de aquellos frutos a medio masticar en la boca.
—¿Va… todo bien?
Yskar no contestó.
Comenzó a palpar con urgencia cada cavidad de su armadura, en busca de su preciado tesoro. Finalmente, en uno de los bolsillos internos, sintió la rugosidad de la pequeña roca que allí guardaba y, por fin, pudo dejar escapar un suspiro de alivio.
—Sí… creo que sí.
—¿Un mal sueño?
Yskar negó con la cabeza.
—Un recuerdo más bien.
—Espero que fuera bueno, entonces.
El brevodiano desvió la mirada hacia la piedra que sostenía entre los dedos y, sin sacarla del todo del bolsillo, la observó con cierto anhelo.
—Muy bueno.
—Me alegra oírlo —asintió el comandante, recogiendo los frutos que le habían caído al suelo—. Con esta soledad, revivir recuerdos felices es una muy buena forma de matar el tiempo —extendió la mano repleta de bayas hacia el monarca—. ¿Quieres?
Yskar arqueó una ceja.
—¿De dónde narices has sacado eso?
—De la vegetación de la caverna crecen esta… especie de bayas. Era un poco reacio a comerlas al principio, pero el hambre me ha ganado el pulso y he caído en la tentación —se catapultó uno de los frutos a la boca—. No están nada mal, he de admitir.
Yskar abrió la mano y contempló de nuevo la pequeña piedra que sostenía. Tras un profundo suspiro, se recostó contra la pared rocosa.
—Insisto, ¿va todo bien?
—¿Qué será de nuestra gente, comandante? —preguntó Yskar de pronto, con los ojos cerrados—. ¿Podremos salir de aquí? Y, de hacerlo… ¿llegaremos a tiempo?
—Trato de no pensarlo demasiado.
—Me resulta complicado no pensar en Brevodia —confesó Yskar, dejando caer la cabeza hacia delante hasta apoyar la frente en el mástil de la lanza que sostenía erguida frente a él—. Les prometí que esta travesía sería breve… y ahora ni siquiera sé si volveré a verlos.
Adami se sentó junto al brevodiano.
—He perdido a mis hombres, Yskar. A todos ellos.
Los miembros de mi escuadrón, con los que tantas batallas he librado y tantos entrenamientos he sufrido, todos han perecido a manos de esos Hiniur—.
Hizo una pausa—. Cada vez que trato de conciliar el sueño, puedo ver cada rostro cayendo entre las brumas del precipicio.
Puedo escuchar sus gritos desesperados tratando de aferrarse a la vida.
Y esas miradas… propias de alguien que sabe que va a morir—.
Negó con la cabeza—. Pero no es momento de lamentarse ahora.
No tengo ese privilegio. Ninguno lo tenemos.
Ahora mismo… necesitamos centrar nuestros esfuerzos en idear una manera de salir de aquí. Porque quieres salir de aquí, ¿verdad?
Yskar asintió.
—En ese caso —continuó Adami—, hagamos un esfuerzo por dejar estos pensamientos de lado, y averigüemos la manera de volver a la superficie.
Pero primero… —se levantó y se dirigió hacia una liana que colgaba perpendicularmente sobre sus cabezas.
De un tirón, arrancó uno de los frutos que brotaban de ella y se lo lanzó al rey—.
Come algo. Es imposible pensar con el estómago vacío.
Además, no te he visto comer nada desde que caímos aquí.
Yskar observó la baya con detenimiento mientras le daba vueltas con la mano, antes de asestarle un fuerte bocado.
—No sé qué son, pero están muy jugosas —indicó Adami, dándole él también un bocado a la suya—. ¿Verdad que sí?
El resto de la gruta permanecía en penumbra y envuelta en un silencio inquietante. Aun así, en la lejanía se podía percibir el goteo constante del agua y los ligeros temblores del suelo cuando uno de los Guardianes, desde alguna parte, abandonaba su trance y caminaba por la caverna.
Yskar propinó otro bocado.
—Respóndeme a una pregunta, comandante —dijo el brevodiano—. Tu discurso ha sido muy motivador. Admiro esas ganas de vivir que tienes, sobre todo… bueno…
—¿Viniendo de alguien de mi edad? —acabó de decir el capitense, despreocupado.
Yskar abrió la boca, balbuceando sonidos ininteligibles mientras trataba de buscar las palabras adecuadas para corregir su afirmación.
—Ya van tres veces que usas la bromita de la edad —reprochó el comandante mientras ladeaba la cabeza—. No importa, continúa.
—Quería saber quién es realmente Adami —quiso saber el brevodiano—. Me preguntaba… que es lo que alimenta esa determinación tuya por seguir adelante, aun en situaciones como esta.
Adami dibujó media sonrisa.
—Mi pasado no es algo fácil de contar, Yskar —advirtió, adoptando una seriedad impropia de él—. No es la bonita historia que los niños querrían escuchar antes de irse a dormir. Es una historia larga… llena de contratiempos y dolor.
—Mientras no dejen de brotar frutos rojos de las lianas, tengo todo el tiempo del mundo, comandante —aseguró Yskar, reclinándose todavía más contra la pared—. Al fin y al cabo, estamos aquí atrapados.
Adami se encogió de hombros.
—Está bien… que conste que te he avisado —recalcó Adami tras carraspear la garganta—.
Nos remontamos unos… sesenta años atrás, a los tiempos del reinado de Krollo III.
Para muchos, el rey más poderoso que Capital jamás ha conocido, para otros…
un tirano. Como todo padre nacido entre los barrios humildes del reino, los míos también deseaban un futuro próspero para su hijo, alejado de la vida campestre y la pobreza.
Es por eso que mi padre vio en el ejército capitense una buena oportunidad para mí y, por ello, decidió entrenarme en el arte de la espada y la táctica militar.
—¿Tu padre? —interrumpió Yskar, frunciendo el ceño—. Tal vez esté siendo un poco arrogante, pero… ¿qué sabe un campesino sobre espadas y guerras?
Adami negó con la cabeza.
—Mi padre fue un comandante al servicio de Capital —aclaró el anciano—.
El comandante Ánsel, para ser exactos. Uno de los Bendecidos más poderosos que Capital jamás ha conocido.
¿No te he dicho antes que algunos veían al rey Krollo como un salvador y otros como un tirano?
Bueno… nosotros nos inclinábamos más bien por lo segundo.
—Entiendo entonces que no se portó muy bien con tu padre.
—Experimentaron con él, Yskar —apuntilló el comandante—. Querían recabar toda la información posible acerca de su Bendición para una serie de pruebas que el rey pretendía llevar a cabo.
—¿Qué clase de pruebas?
Adami suspiró.
—Krollo tenía un plan. Una estrategia que pocos conocían y que, de llevarse a cabo, le habría otorgado el poder de conquistar cualquier reino que se propusiera —.
Guardó silencio unos instantes, escogiendo las palabras—.
Él… quería extraer la Bendición de mi padre para transferirla a otros soldados y crear así un ejército capaz de usar ese mismo don.
Mi padre, como imaginarás, se negó. A raíz de su negativa, el rey lo capturó y lo sometió a una serie de torturas con la intención de conseguir su colaboración.
Pero no lo consiguió. Sin embargo, aquellos experimentos tuvieron consecuencias irreversibles en mi padre como, por ejemplo, la pérdida de varios miembros.
Entre ellos la mano con la que empuñaba su espada y…
como bien sabrás, un hombre tullido jamás podría formar parte del ejército más poderoso del mundo, así que Krollo lo expulsó de sus filas y lo condenó a una vida humilde a las afueras del reino.
—Si te sirve de consuelo, comandante —intervino Yskar—. Los pocos rumores que han llegado a mis oídos acerca de Krollo nunca fueron buenos. Parece que hay más gente como tú y tu padre que sufrieron de su tiranía.
—Mucha gente sufrió a causa de sus ansias de grandeza y poder—. Se encogió de hombros. —Suerte que su reinado acabó antes de lo previsto.
—La gente imbuida de maldad no suelen vivir demasiado —matizó Yskar—. En Brevodia los consideramos defectos de Gheva y creemos que es ella misma quien les acorta la vida tratando de subsanar su error.
Adami se frotó la barba, pensativo.
—El caso de Krollo es diferente. Según cuentan, murió una de aquellas pocas mañanas que decidió abandonar la comodidad del castillo y visitar las minas de Capital. En su camino, una feroz bestia le sorprendió abalanzándose sobre él y le arrebató la vida a zarpazos.
—¿Hiniur?
Adami negó con la cabeza.
—Se desconoce qué clase de criatura fue exactamente, pero aseguran que no fue obra de Hiniur. Además, por aquel entonces, no tenían tanta presencia como tienen ahora.
—Cierto —corroboró el brevodiano—. Ya me había olvidado de aquella paz que solíamos disfrutar cuando la presencia de los Hiniur se reducía a dos o tres grupos dispersos… qué buenos tiempos aquellos —añadió el rey, ayudándose de su lanza para incorporarse.
Yskar se acercó a la liana más cercana, arrancó dos frutos y ofreció uno al comandante. Al ver que este negaba con la cabeza, se encogió de hombros y regresó a su asiento para devorar ambos manjares.
—Y cuéntame, comandante, ¿qué clase de Bendición poseía tu padre? —preguntó, con las comisuras repletas de jugo—. Por lo que me has contado, parecía ser digna de admirar.
—Empecemos por el principio —dijo Adami frotándose el mentón—. ¿Qué conoces tú acerca de los Bendecidos de Capital?
—No mucho —aseguró el rey—. Sé que algunos habitantes capitenses nacéis con ese don, pero no he tenido el placer de conocerla de primera mano, salvo… alguna intervención de Álvar en una de sus visitas a Brevodia.
Adami sonrió.
—Álvar es un caso especial, pero no vas mal encaminado.
No todos los capitenses están bendecidos por Gheva.
Yo mismo, por ejemplo, siempre fui un niño algo torpe con la espada, ni hablemos siquiera de intentar dominar una Bendición —suspiró—.
Pero… volviendo a tu pregunta, la Bendición de mi padre era de las más poderosas dentro de la escuela ilusoria.
—¿Escuela… ilusoria?
Adami asintió.