31. Lección
Krym avanzó sigiloso sobre la nieve que aquel día cubría el bosque.
Se mantuvo agachado, procurando no ser visto, y avanzó hasta alcanzar un matorral. Con cautela, se adentró entre sus ramas hasta cubrir por completo su silueta, ocultándose del pequeño osezno que, junto a su madre, disfrutaba de las bayas que crecían en un arbusto cercano.
El brevodiano, sin apartar la vista de los mamíferos, hizo un gesto con la mano a su hijo, que aguardaba tras él, indicándole que era seguro avanzar.
Tal como había hecho su padre instantes antes, Yskar se desplazó a tientas sobre la nieve, esquivando pequeñas ramas y hojas que pudieran delatar su posición.
Una vez allí, Yskar se internó en el espeso follaje y se ocultó junto a Krym, que observaba a los osos mientras aguardaba el momento oportuno para incrustarles la lanza. Yskar entonces aferró con firmeza la empuñadura de su arma y la alzó por encima del hombro, listo para lanzarla.
Pero Krym interpuso el brazo frente a su hijo mientras ladeaba la cabeza en silencio, deteniendo así sus intenciones. Yskar, con el ceño fruncido, obedeció y bajó ligeramente la lanza sin apartar su atención de los osos.
Mientras el osezno seguía engullendo las bayas, la osa madre trató de ofrecerle más de aquel manjar. Introdujo la cabeza entre las hojas del arbusto e intentó arrancar con los dientes las ramas cuajadas de aquel fruto.
Aprovechando la distracción de la madre, el joven Yskar se levantó bruscamente de su escondite y arrojó su lanza hacia el osezno. El brillante filo añil finalmente encontró su objetivo cuando atravesó el cráneo del cachorro de extremo a extremo, tiñendo de rojo la nieve bajo sus pies.
—¡No! —gritó Krym, abandonando su escondite—. ¡Así no!
La osa de pelaje pardo extrajo la cabeza de entre las hojas al escuchar el barullo que comenzaba a formarse y vio a su hijo tendido en el suelo, sobre un charco de sangre que brotaba sin cesar.
Su prominente vientre comenzó a hincharse y desinflarse al compás de una respiración irregular, mientras emitía pequeños sollozos al asimilar lo que sus ojos le mostraban.
Con las orejas bajas, avanzó hasta el cadáver y lo empujó suavemente con el hocico, tratando de reanimarlo, como si se negara a aceptar lo evidente.
Pero el osezno no respondió más. La madre entonces dejó que la impotencia y la rabia afluyeran libres y propinó un poderoso rugido que pareció incluso mecer las hojas de los árboles circundantes.
El imponente animal se giró bruscamente hacia el joven Yskar, mostrándole sus colmillos y alzándose sobre sus dos patas traseras, preparándose para atacar.
Tras liberar un agónico bramido, la osa volvió a apoyarse sobre sus cuatro patas y emprendió una carrera desenfrenada hacia el asesino de su cachorro.
Yskar palideció.
Intentó huir, pero sus piernas no respondieron. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y el corazón le martilleó el pecho a medida que el corpulento animal se acercaba.
Krym saltó de entre el follaje y arrojó la lanza al frente, pero la osa no se detuvo. En medio de gruñidos que oscilaban entre la furia y el llanto, se abalanzó sobre el brevodiano y lo derribó en el suelo, ignorando el dolor del filo que ahora se hundía en uno de sus costados.
Entonces Krym rodó hacia un lado, esquivando el poderoso zarpazo que se dirigía a su rostro, y alcanzó la empuñadura de la lanza que sobresalía del animal.
Con un fuerte tirón, logró extraer la hoja de sus entrañas, lo que provocó que la osa, encolerizada, abriera las fauces y se lanzara contra él, dispuesta a hundir los colmillos en su cuello.
Pero la lanza fue más rápida y el filo se clavó en su paladar hasta perforarle la garganta.
Tras un aletargado quejido, la vida del corpulento mamífero abandonó su alma, dejando su cuerpo empalado en el mástil de la lanza azulada, mientras el charco de sangre que brotaba de él se unía al del osezno.
—Yo no sabía… —balbuceó el joven Yskar con la cabeza gacha—. Perdóname, padre.
Tras empujar el pesado cuerpo de la osa a un lado, Krym se incorporó y extrajo la lanza de entre las cuerdas vocales del animal.
—¿Cuántas veces he de decírtelo?
—Lo sé… —admitió Yskar sin atreverse todavía a mirar a su padre—. La madre parecía distraída y yo… pensé que quizás ese era buen momento…
—No todo vale —interrumpió Krym con firmeza mientras avanzaba hacia su hijo—. Debes ser paciente y esperar el momento idóneo para dar caza a tu presa —hincó una rodilla en el suelo, quedando a la misma altura que Yskar—. Pero, sobre todo, necesitas tener respeto.
Yskar alzó la mirada y sus ojos vidriosos encontraron los de su padre.
—¿Respeto?
Krym asintió.
—Respeto por aquello que cazas —aclaró—.
Yavan nos maldijo haciéndonos seres débiles.
Seres que lloran, seres que enferman, seres que sufren por la sed y el hambre.
Esa osa, al igual que tú y que yo, también estaba maldita y lo único que intentaba era paliar el hambre de su cachorro arrancando unas bayas — sostuvo a su hijo por los hombros—.
Todo animal que muere para saciar nuestra hambre debe hacerlo con el menor dolor y sufrimiento posibles.
Y, una vez cazado, debemos darle las gracias por servirnos de alimento y entregar su vida para que la nuestra continúe —se incorporó y se giró hacia el cuerpo tendido e inerte del animal—.
Esa osa no solo ha perdido la vida hoy, sino que, antes de hacerlo, ha presenciado la muerte de su cría.
Un sufrimiento completamente innecesario.
Yskar bajó su cabeza, dejando que su larga cabellera cubriese su rostro.
—Lo siento.
—Como hoy, habrá más errores que deberás cometer para poder aprender, y quizás yo ya no esté para corregírtelos —prosiguió—. Pero, cuando ese día llegue, deberás recordar una cosa.
Krym se inclinó, tomó una piedra de entre la nieve y la lanzó con fuerza contra el tronco de un árbol cercano, dejando una pequeña muesca en la corteza.
—Cada elección que hacemos, cada acción que tomamos hoy, tiene su eco en el futuro —dijo—.
Lo que ahora parece un simple corte en un árbol puede convertirse mañana en la pérdida de un hogar para innumerables especies.
El vínculo que une a todos los seres de este mundo es delicado.
Quitar la vida a un animal por mero capricho no es solo un acto de crueldad, sino una decisión que desencadena consecuencias que se extienden mucho más allá del presente.
La Madre Tierra observa cada uno de nuestros actos y, aunque el tiempo pase, ella nunca olvida.
Yskar arrugó el ceño.
—No sé si entiendo…
—Lo harás —asintió Krym, recogiendo sus cosas y dirigiéndose hacia el sendero que conducía a Brevodia—. Pero por ahora, volvamos a casa.
Yskar se quedó inmóvil, con la vista fija en la marca del tronco, mientras su padre se alejaba. Cuando estuvo solo, se acercó al árbol y acarició la cicatriz de la corteza mientras recordaba sus palabras.
Su eco en el futuro…
Cerca del árbol, la pequeña roca reposaba medio cubierta en la nieve. Yskar se agachó, la tomó del suelo y la rotó entre sus dedos, observándola detenidamente.
—Vamos Yskar —llamó su progenitor en la lejanía—. No te entretengas.
El joven guardó el pequeño tesoro rocoso entre sus ropajes y echó a correr hasta alcanzar a su padre. Juntos se perdieron entre la bruma nevada mientras regresaban de vuelta a su hogar.