El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 30. Exilio
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30. Exilio

Cincela abrió la puerta.

Un silencio sepulcral invadió la sala cuando todos los presentes dejaron de cuchichear para clavar sus miradas reprobatorias en la joven.

Ella apartó los ojos, buscando entre la aglomeración de gente alguna cara amiga que aliviara la soledad que, de pronto, la envolvió.

Su mirada saltó de cabeza en cabeza, de rincón en rincón, hasta que, justo a los pies del trono, distinguió a Ramis, que la esperaba enlatado en su armadura de Capitán.

Ignorando el acoso de las miradas, Cincela se dirigió hacia su padre. El silencio incómodo persistió y, durante esos instantes, solo resonaron sus pasos al atravesar la sala.

Los lenovenses volvieron a murmurar entre ellos.

¡Qué gran infortunio el de Ramis!

No tenía ya bastante con la muerte de Azhna, que ahora su hija decide manchar su nombre.

El camino hasta su padre pareció no acabar nunca. Cincela se concentró en sus pasos, temerosa de que la ansiedad que empezaba a sentir le jugase una mala pasada y cayese de bruces contra el suelo marmolado.

Ya lo dije el día de su nacimiento: Gheva nos ha maldecido al mandarnos una mujer Capitana.

No puede tener hijos, esto es el fin de Las Cruzadas.

Los ciudadanos no paraban de llegar. La sala, abarrotada, seguía acogiendo a todos aquellos lenovenses cuya curiosidad los empujaba a presenciar el acto que acontecería pronto, mientras daban rienda suelta a los comentarios despectivos hacia quienes, según creían, los habían traicionado.

¿Qué futuro nos espera?

¿Qué será de nosotros?

Cincela, finalmente, alcanzó a su padre y éste la rodeó en un abrazo.

—Esto acabará pronto —susurró Ramis, despegándose poco a poco de ella—. Aguanta un poco más, hija mía.

Cuando la sala alcanzó su aforo máximo, el coro real comenzó a entonar la melodía que marcaba el comienzo al acto.

Los presentes callaron mientras las voces varoniles se propagaban cada vez más a través de la cúpula.

Al mismo tiempo, desde uno de los flancos, hizo su entrada el grupo de consejeros reales y altos clérigos.

Cincela distinguió a Verso entre ellos.

Recorrieron el tapiz áureo que se extendía desde la entrada hasta el trono, donde Ramis y Cincela aguardaban a uno de sus costados. Los habitantes de Lenov permanecieron en pie, con la cabeza gacha, guardando silencio hasta que la marcha de los clérigos se detuvo.

Vestían impolutas túnicas blancas y ocultaban el rostro bajo caperuzas que apenas dejaban ver sus bocas. El clérigo que encabezaba el grupo comenzó a mecer el botafumeiro que portaba, mientras los demás miembros del clero se bifurcaban alrededor de los pies del trono.

La melodía cesó de pronto y, desde las puertas del castillo, hicieron su entrada Sus Majestades.

Tanto Regina como Grifford vestían prendas reales de alta costura.

El uniforme blanco del rey, ricamente bordado en oro, irradiaba una pulcritud que hacía honor al reino que gobernaba.

Regina, por su parte, había optado por un vestido de bandas blancas, ceñido por un corsé dorado que separaba el cuerpo de la larga cola que se arrastraba tras ella.

Alrededor de su cuello, además, caía una tela aterciopelada de un amarillo pastel que cubría sus hombros desnudos.

Pero, sin duda, Tayim era quien destacaba por encima de todos.

El uniforme de gala de Lenov era una prenda majestuosa.

El dorado de su atuendo desprendía un brillo mucho más intenso que el de sus padres pues, a diferencia de ellos, el suyo había sido elaborado a partir de oro fundido.

La luz de las vidrieras circundantes caía sobre sus ropajes y reflejaba unos destellos que, por momentos, conferían al príncipe la impresión de tener un aura propia.

Sus cabellos ondulados, tratados por el más diestro de los peluqueros reales, estaban repeinados hacia atrás, lo que le daba un aspecto encantador y, en cierto modo, autoritario.

Los reyes avanzaron hacia el trono en absoluto silencio.

Al llegar a los escalones, se inclinaron en reverencia y ascendieron hasta los sillones reales dispuestos para ellos.

Una vez frente a sus asientos, permanecieron en pie, con la mirada fija en el público, sin sentarse, prolongando aquellos minutos de incertidumbre.

Cincela se atrevió a alzar la mirada.

Dio un respingo que supo disimular cuando, de pronto, se encontró con los ojos de Tayim clavados en los suyos, regalándole una tierna sonrisa que la tranquilizó.

No te preocupes parecía decir. Va a salir todo bien.

Pero la joven volvió en sí cuando Grifford rompió el silencio con su voz.

—Que la luz de Gheva os ilumine un día más, pueblo de Lenov —proclamó, atrayendo todas las miradas—. Hoy, hemos sido aquí convocados para asistir a la destitución de la actual pretendienta a princesa —calló unos segundos—: Cincela.

El murmullo repentino que brotó entre los ciudadanos se propagó hasta saturar la sala. El rey, ligeramente molesto, alzó una mano y, de inmediato, el silencio volvió a imperar.

—Una trágica enfermedad le impide procrear —prosiguió, sin alterar el tono de voz—.

Y, como sabéis, ser fértil es un requisito indispensable para ejercer un cargo tan importante como el de reina.

Eso sí… ruego que no recaiga sobre ella culpa alguna, pues tal infortunio podía haberle ocurrido a cualquiera.

Cincela mantenía los ojos fijos en las juntas de las baldosas, incapaz de soportar de nuevo el peso de tantas miradas acusatorias.

—Me consta, además, que la preocupación ha calado en vuestros corazones —siguió el rey tras carraspear—.

Teméis por el futuro de Las Cruzadas ante la ausencia de más herederos a Capitán, así como por el destino de los vuestros.

Por esa razón, desde la corona y tras valorar todas las opciones, hemos decidido celebrar, dentro de unos días, un acto de casamiento.

Regina se adelantó varios pasos hasta situarse justo al lado de su esposo.

—En dicho acto —intervino, tomando ahora la palabra—, se escogerá a una mujer de entre todas las que deseen presentarse, para establecer un vínculo con el Capitán Ramis y engendrar así al futuro Capitán de Lenov.

El semblante de Cincela y Ramis palideció al escuchar las intenciones de la reina. Desde que su difunta esposa Amali abandonó el mundo, el Capitán prometió guardarle luto hasta el fin de sus días. ¿Cómo habían podido decidir algo así sin siquiera consultarle?

Pero nada de ello pareció ser suficiente para apaciguar los ansiosos corazones de los ciudadanos de Lenov, que reclamaban reprimendas más severas. Un alboroto abrumador inundó la sala cuando los presentes manifestaron su desacuerdo en oleadas de comentarios despectivos dirigidos contra ellos.

—¡Destierro!

—¡Exilio!

Las puertas del castillo se abrieron súbitamente.

Un golpe atronador sacudió la sala.

El murmullo se extinguió.

Y la silueta de un hombre irrumpió en la ceremonia.

Sus brazos se extendían hacia delante, sosteniendo los robustos portones que lo separaban del exterior.

El torso, ligeramente inclinado, estaba cubierto por los restos de lo que antaño fue una armadura y dejaba al descubierto el hombro izquierdo y parte de los pectorales.

De su cabeza caía una melena perlada que parecía haber perdido su brillo debido a la humedad y la suciedad que la impregnaban.

Grifford suspiró aliviado cuando el nuevo invitado alzó la cabeza y los mechones se apartaron de su rostro, permitiéndole reconocer de quién se trataba.

—¡Rey Álvar! —exclamó, rompiendo el silencio—. No esperábamos tu visita. Siempre es de agrado recibirte en el reino, y más durante actos oficiales como el que acontece hoy.

El monarca capitense avanzó por la alfombra hacia el trono.

En su rostro se podía apreciar el evidente cansancio que sufría, como el de alguien que llevaba días sin dormir.

Cojeaba ligeramente. Barro y tierra salpicaban su armadura de jaspe y parte de su semblante.

La capa, desgarrada por el ataque de alguna bestia, colgaba hecha jirones y la colosal hacha que empuñaba tenía ambos filos cubiertos de sangre reseca.

El capitense se detuvo al acabar su trayectoria a escasos metros del trono.

Lenov se mantuvo expectante.

Álvar alzó la mirada.

—Tome asiento aquí, junto a nosotros —invitó Grifford, extendiendo la mano—. Para mí será todo un honor…

Cincela se cubrió el rostro instintivamente cuando algo, de pronto, voló muy cerca de ella a una velocidad vertiginosa. Tal fue la potencia del objeto que, a su paso, levantó consigo una ráfaga de viento que incluso logró sacudirla levemente.

Temerosa y aún desconcertada, apartó los brazos. Un escalofrío y una sensación de vértigo recorrieron su cuerpo al percatarse de que las prendas que vestía estaban ahora untadas de sangre.

Frente a ella, el rey Álvar miraba al frente con la mano extendida hacia el trono.

Cincela entonces giró la cabeza, siguiendo la trayectoria que marcaba la mano del monarca.

El hacha de doble filo estaba incrustada en el sillón del trono, empalando el cráneo de Grifford en ella, partiéndolo en dos mitades.

Una gran salpicadura de sangre se deslizaba como un océano colérico por las escaleras que ascendían al trono.

Los clérigos, Regina, Tayim, Cincela y Ramis habían sido alcanzados por la onda expansiva de aquel fluido escarlata que emanó del cuerpo de Grifford y que ahora les pintaba de aquel tono rojo vivaz.

La reina gritó desconsolada mientras abrazaba a su hijo, tratando así de evitarle presenciar la imagen tan grotesca que protagonizaba ahora su padre.

Los habitantes de Lenov se quedaron inmóviles.

La cascada de sangre seguía fluyendo.

Nadie se atrevió a moverse.

—¡DETENEDLO! —gritó Regina con la voz quebrada.

Ramis, junto a una docena de Cruzados, desenvainaron sus espadas y rodearon al rey de armadura oscura.

Álvar no opuso resistencia, se limitó a sonreír mientras los soldados lenovenses lo apresaban. Una vez bien sujeto y postrado de rodillas en el suelo, Ramis se aproximó a él, rozando la garganta del capitense con el filo de su arma.

—La locura te ha consumido por completo, Álvar —murmuró entre dientes—. Pagarás con tu vida el atroz acto que aquí has cometido.

Álvar alzó la cabeza y su sonrisa, por un momento, pareció ensancharse.

—¿Te atreves a apuntar con tu espada al que acaba de vengarte?

Ramis frunció el ceño.

—No lo entiendes, ¿verdad, Capitán?

Ramis hincó el filo unos milímetros más en la garganta del rey, provocándole un pequeño corte del que afluyó un fino hilo de sangre.

—El ser que yace ensangrentado en el trono —prosiguió Álvar—, es el culpable de la muerte de tu padre y el causante de la enfermedad que padece tu hija.

Ramis aflojó la tensión que ejercía con su espada a medida que asimilaba las palabras del capitense. Álvar, que se había percatado de la confusión que sufría el Cruzado, hizo un gesto con sus ojos, indicándole al lenovense que desviase su mirada hacia el trono.

Ramis se dio la vuelta.

Grifford se incorporó, arrastrando las dos mitades de su cráneo a lo largo del filo del hacha que lo atravesaba.

De la herida brotaron hilos negros que se extendieron de una parte a la otra, contrayéndose hasta unir su cabeza de una pieza.

Unas alas cobrizas se desplegaron desde su espalda y proyectaron una sombra que oscureció a los allí presentes.

Sus colmillos inferiores se alargaron hasta abandonar el cobijo de los labios, mientras frotaba sobre ellos una fluctuante lengua viperina.

La piel comenzó entonces a desprenderse de su cuerpo, revelando bajo ella una capa de afiladas escamas pardas que recubrió su silueta.

Entonces batió las alas con violencia y se elevó hasta alcanzar las vidrieras que circundaban la parte superior de la estancia. Su alarido rasgó el aire de pronto y los ventanales se fragmentaron, provocando una lluvia de coloridos cristales que se precipitó sobre los asistentes.

De entre las aperturas comenzaron a emerger Hiniur sedientos de sangre, que descendieron por las paredes hasta colmar la sala.

—¡Defendeos! —gritó Ramis, ayudando a Álvar a incorporarse—. ¡Es una emboscada!