29. Gora
Malva y Tiza siguieron tirando de la apertura con todas sus fuerzas. Fragmentos de piedra y tierra se desprendían y rodaban por la pared a medida que la oquedad se abría, rozando y friccionando contra la parte alta de la caverna.
Una bofetada de aire caliente irrumpió a través de la nueva entrada cuando los Guardianes la abrieron en su totalidad. Ante ellos se desplegaba ahora un vasto pasadizo rocoso, cuyo final se perdía entre el vaho y la penumbra, y que parecía desembocar en lo más profundo de la montaña.
Los Guardianes emprendieron la marcha por la nueva ruta, avanzando con pasos lentos y pesados a través de la bruma que se expandía por el túnel. Los dos hombres trataron de soltarse, pero pronto descubrieron que aquellos seres no iban a dejarlos escapar.
Algo querían de ellos, y no parecía ser nada bueno.
Las criaturas monoculares continuaron su camino, ajenas a los inútiles intentos de los hombres por zafarse de sus manos.
Su avance era lento e incluso, en ocasiones, parecía torpe.
Pero, tras aquellos largos minutos, los seres lograron internarse en la densa nube de niebla que marcaba el final del pasadizo.
Cuando la ceguera parecía no acabar nunca, la bruma, de pronto, se disipó por completo, dando paso a una fría y amplia cámara subterránea.
Columnas macizas de rocas irregulares se erguían a lo largo de la estancia, soportando el peso de la montaña que se extendía sobre sus cabezas.
El suelo estaba conformado por piedras aglomeradas y fango, que dificultaron todavía más el avance de los gigantes.
Pequeños charcos de agua moteaban el terreno, rodeados de musgo y una vegetación que ni Yskar ni Adami supieron identificar.
Adami estuvo a punto de protestar por el intenso hedor a humedad que impregnaba el lugar y que le dificultaba cada vez más la respiración. Pero, justo cuando abrió la boca y la primera palabra estuvo a punto de escapar de su garganta, los Guardianes se detuvieron en seco.
Tanto el brevodiano como el capitense entornaron los ojos, tratando de averiguar qué tenían ante sí.
Cuando su visión por fin se acostumbró a la penumbra, pudieron distinguir un antiguo peñasco surcado de grietas y cubierto de musgo, sobre el cual se intuía una silueta que parecía observarlos desde la oscuridad.
—Perfecto, otro más.
—Cuida tus palabras, comandante —susurró Yskar a medida que se acercaban a aquella especie de trono—. Este no parece como el resto.
Tanto Durazno como Carbón avanzaron con precaución hacia el nuevo coloso que se aposentaba en aquel escarpe de piedra. Tiza y Malva permanecieron detrás, hincando su rodilla en tierra, en una reverencia ante la nueva figura.
El nuevo Guardián se inclinó hacia delante para examinar con detenimiento el obsequio que sus allegados depositaban frente a él.
Su desmesurada tripa se desbordó a cada lado del trono cuando se incorporó.
Los pegajosos mechones que brotaban de su cabeza y que descansaban sobre su vientre, se deslizaron lentamente hasta besar el suelo, extendiéndose bajo sus pies como alfombras deshilachadas.
El grueso párpado que tapiaba aquel ojo estaba erizado de protuberancias y plagado de insectos carroñeros que comenzaron a corretear sin rumbo sobre él cuando el gigante lo abrió lentamente.
Un imponente iris emergió ante ellos, emitiendo un resplandor que se descomponía en un amplio abanico de colores.
Desde un pálido azul marino hasta un intenso rojo infernal, pasando por dorados que evocaban el alba y verdes tan vivos como la primavera más fresca que jamás hubiesen visto.
Carbón proyectó entonces su luz, que atravesó la penumbra y se clavó en el iris multicolor del Guardián aposentado en el trono. Tras varios segundos contemplando aquel espectáculo de luces, Durazno decidió unirse y emitió su resplandor ambarino, que se fundió con el de Carbón en un solo haz de luz.
De pronto, los colores fueron apagándose hasta extinguirse y la oscuridad volvió a adueñarse de la estancia mientras el líder Guardián, tras una dificultosa maniobra, volvió a acomodarse sobre la roca.
—Podéis dirigiros a mi como Óleo, seres terrestres —proclamó, proyectando su pesada voz de ultratumba—. Estoy al corriente de vuestra situación.
—¡Anda! ¡Pero si este es simpático! —intervino Adami, esbozando una sonrisa nerviosa —. Y nosotros pensando que nos comeríais o algo así.
Yskar dio un paso al frente.
—No sé qué queréis de nosotros ni qué significa este cautiverio —espetó, desenvainando la lanza y apuntando con la hoja hacia el coloso—. Pero te advierto, criatura, que si pretendes acabar con nosotros, opondré resistencia.
El Guardián abrió su ojo hasta el límite, iluminando al hombre que se había atrevido a amenazarle.
—No buscamos el enfrentamiento, humano —su voz ronca parecía mecer las columnas de piedra circundantes—. La era de guerra y sangre acabó para la raza de los Gora tiempo atrás.
El rey frunció el ceño mientras descendía lentamente el arma.
—¿Qué queréis entonces? ¿Qué significa este atentado contra nuestra libertad?
—¡¿Atentado!?—soltó Óleo, provocando pequeños temblores en el suelo con el tronío de su voz—. Sois vosotros los que habéis entrado en nuestro hogar sin permiso.
—Permítame… ¿Óleo? —intervino Adami—. Verás, sé que te va a sonar dramático lo que te voy a contar, pero… nuestro mundo peligra. Los Hiniur amenazan nuestro hogar, y cada vez más…
—Y a toda vuestra especie —interrumpió Óleo—. Soy consciente de ello y, como todo habitante de este mundo, estoy al tanto de la profecía de Gheva.
Yskar gesticuló una mueca de confusión.
—¿La profecía? ¿La conocéis?
—Jamás pondría en tela de juicio un texto escrito por el puño y letra de la Creadora.
—Entonces entenderás con más razón aún la urgencia que nos supone volver a la superficie —dijo Yskar dando un paso más hacia Óleo—. Debemos detener su propagación y cambiar nuestro destino.
Óleo vaciló unos instantes.
—No podéis cambiar lo que está escrito. Sois una creación efímera, con un futuro ya decidido. Con un destino que no podéis manipular.
Yskar apretó con fuerza la empuñadura de su lanza.
—Me niego a creer que la humanidad caerá ante los Hiniur porque un trozo de papel así lo ha determinado.
Óleo curvó la mitad de su labio superior, manifestando media sonrisa.
—No es un trozo de papel cualquiera —advirtió—. Es la historia de nuestro mundo, la que acontece desde nuestra creación hasta el día de nuestro juicio final.
—¡No me importa lo que digan esas profecías! —la voz de Yskar se elevó, superando incluso la de Óleo—. Lucharemos por lo que somos. Lucharemos por preservar nuestra especie y demostrar a seres como tú que un pedazo de pergamino envejecido no puede dictar el destino de la humanidad.
—Por supuesto que luchareis, pues está en vuestra naturaleza hacerlo —corroboró Óleo—.
Gheva dotó a los hombres con un gran ímpetu por conservar y propagar su propia existencia.
Seres capaces de ofrecer su propia vida defendiendo su identidad.
Capaces incluso de engendrar a otro semejante, hallando la felicidad en su cuidado y crianza.
¿Qué clase de creaciones de Gheva seríais si la muerte amenaza con erradicaros y no mostraseis resistencia alguna?
Adami apoyó su mano sobre el pecho del brevodiano, tomando así el turno de palabra.
—¿Entonces la guerra será inevitable?
—Así es.
Adami ladeó la cabeza.
—Mira… desconozco si tenemos la capacidad de cambiar lo que dictan las profecías pero, si una guerra de tal magnitud acontece, habrá muerte. Y mucha. El mundo, tal y como lo conocemos, dejará de existir, independientemente de quién gane ese enfrentamiento.
Óleo asintió, dejando que el mentón desapareciera entre los pliegues de su papada.
—Vuestro futuro está repleto de sangre y muerte, humano. Forma parte de quiénes sois y vuestro cometido en este mundo.
Adami suspiró.
—Quizás esto es un tanto atrevido por mi parte, pero… tendríamos quizás más posibilidades de victoria si pudiésemos contar con vuestra ayuda.
Los Guardianes tras los hombres, que hasta ahora habían permanecido ajenos a la conversación, alzaron sus cabezas por primera vez desde su llegada.
Sin dejar de emitir el resplandor de sus iris, comenzaron a intercambiar miradas de incredulidad entre ellos, sorprendidos por la precipitada petición del comandante.
—No nos inmiscuiremos en asuntos de la superficie —sentenció Óleo con firme rotundidad—. Nosotros, los Gora, no pertenecemos a ningún bando. Somos ajenos. Ni humanos, ni Hiniur.
—¡Ya habéis participado! —estalló Yskar, incapaz de soportar por más tiempo la testarudez del gigante—. Desde el instante en que dañaron Gorgontola, vuestro hogar, os habéis convertido en parte de esta guerra. Os guste o no.
Un estruendo seco rompió el silencio cuando Óleo, de pronto, estrelló ambos puños contra la roca que conformaba los reposabrazos de su trono.
—¡NO NOS HAGÁIS PARTÍCIPES DE VUESTROS ASUNTOS!
El alarido sacudió la gruta con tal violencia que, por un instante, la parte alta pareció ceder y desplomarse sobre ellos. El rugido siguió reverberando unos segundos más a través de la gruta hasta que su eco fue diluyéndose y desapareció.
—Hemos permanecido ocultos en la oscuridad del interior de las montañas —prosiguió el titán, algo más sosegado—. Que estéis hoy aquí es mera casualidad, y dejaros marchar supondría delatar nuestra existencia, poniendo en riesgo nuestra pacífica vida entre las rocas.
—¿Qué… tratas de decirnos?
—No saldréis de Gorgontola.
Yskar apretó la empuñadura de su lanza con más ahínco.
—No participéis en la guerra si no queréis, pero sacadnos al exterior al menos. Dejad que luchemos junto a los nuestros.
—Hay agua dulce y frutas en los tallos de las plantas subterráneas —informó Óleo—. Os impedirán morir.
Tras sus palabras, Óleo cerró su gran ojo y se acomodó en el trono mientras entraba en comunión con la montaña.
Yskar y Adami miraron a su alrededor. Durazno, Tiza, Malva y Carbón imitaron a su líder.
Los dos hombres sabían que no podrían comunicarse de nuevo con ellos hasta pasadas unas horas. Quizás días.
Y no había forma de salir.