28. Intrusión
La espada del comandante destelló al salir de la funda.
—¡Atrás, bestia!
La colosal criatura no se amedrentó y se limitó a observarlo expectante. Adami asestó varias estocadas, dibujando semicírculos horizontales en el aire, tratando así de mantener a raya aquel ojo que se antojaba ya demasiado próximo.
En respuesta, el brazo de la monstruosidad comenzó a estirarse y a alargarse de forma antinatural. Atrapó al comandante con la mano y lo alzó varios metros del suelo.
Yskar, atónito ante la escena, volvió en sí y desenvainó su lanza. Sin titubear lo más mínimo, la arrojó como si de una jabalina se tratase, incrustando el filo celeste en la mano que sostenía a Adami.
Pero la criatura no se inmutó y siguió acercando al comandante hacia sus fauces.
—¿Humanos?
La voz de aquel ser resonó por toda la gruta, haciendo temblar incluso los cimientos de la misma. Adami bajó los brazos y miró al ser con el ceño fruncido.
—¿Cómo? —preguntó, confuso—. Vaya… ¿Hablas? ¿Me entiendes?
La bestia entornó levemente su ojo violáceo.
—¿Hu-ma-nos? —repitió, torpemente.
—Comandante del escuadrón Doce de reino Capital para ser exactos —aclaró Adami llevándose una mano al pecho—. Para servir.
La bestia, sin decir nada más, descendió al comandante hasta el suelo.
Con una de sus prolongadas uñas magulladas, se extirpó la lanza brevodiana del dedo y la tendió a un lado.
La piel de sus brazos comenzó a contraerse y, con ella, las extremidades se encogieron hasta adoptar su forma habitual.
Su prolongado cuello también se retractó hasta ceñirse de nuevo al cuerpo, el cual descansaba en uno de los extremos de la caverna.
Y allí, envuelto en la oscuridad de la gruta, la criatura flexionó sus piernas, las rodeó con sus brazos y cerró su grueso párpado, sumiendo de nuevo la caverna en un silencio sepulcral.
Tanto el comandante como el rey vacilaron unos instantes, tratando de comprender el proceder de aquel ser.
—¿Se… ha dormido? —susurró Adami, desviando la mirada hacia Yskar—. ¿Puedo yo también?
El brevodiano, ignorando la petición del comandante, recogió su arma de la tierra y avanzó con cautela a través de la oscuridad, hasta situarse frente a la bestia.
—¿Quién eres? —preguntó, apuntando con el filo celeste hacia delante—. ¿Qué quieres de nosotros?
La criatura volvió a levantar su párpado, emitiendo el sonido propio de una puerta de madera envejecida al abrirse.
—Hiniur rompen montaña —balbuceó con voz lenta y pesada—. Montaña sangra.
—No somos Hiniur —aclaró el brevodiano casi de inmediato—. Nosotros los combatimos.
El ojo de la criatura se deslizó de arriba abajo con un sonido húmedo y viscoso, analizando al hombre que tenía delante. De pronto, alzó su dedo esquelético y señaló el rostro del rey.
—¿Herida causan Hiniur?
Yskar se llevó la mano a su semblante y recorrió con los dedos los tres profundos cortes que ahora lo atravesaban.
Asintió.
—Ellos son los culpables. Nuestro cometido no es otro que combatirlos y erradicarlos —dijo, bajando el arma—. Nos dirigíamos al reino de Davá antes de acabar aquí por error.
El rey interrumpió su discurso al percatarse de que la bestia cerraba de pronto su gran ojo, ignorando cuanto tuviera que decir.
—¡Exijo que nos saquéis de aquí! —prosiguió, descargando un golpe seco con la culata de su lanza contra el suelo—. ¡Y que sea de inmediato!
La voz de Yskar se propagó por los diferentes recovecos que adornaban la cueva, pero la criatura respondió con el más absoluto silencio.
—Yskar —intervino Adami desde atrás—. Creo que no te está escuchando—. Avanzó hasta situarse frente a la bestia—. Quizás debería intentarlo alguien con más… don de gentes.
El rey alzó una ceja.
—Alguien como… ¿tú?
El capitense asintió y, seguidamente, carraspeó antes de hablar.
—¿Señor… ciclópeo? Perdone los modales primitivos de mi compañero —empezó a decir—.
Es un buen hombre, te lo prometo, pero tiene esa dificultad para escoger las palabras apropiadas cuando socializa.
Ya sabes, toda una vida viviendo entre nieve y acantilados, y cuando por fin encuentra a alguien nuevo con el que hablar… colapsa.
Yskar frunció el ceño.
—Yo no pretendo sociali…
—Lo que mi buen compañero ha querido decir —prosiguió Adami sin dejarse interrumpir—, es que, si no supusiera demasiado abuso de confianza por nuestra parte, nos gustaría, por favor, volver a la superficie.
Tanto Adami como Yskar esperaron una respuesta pero, nuevamente, el ser no dio señales de moverse.
—Bien, señor “don de gentes”—se burló el rey, dándole pequeñas palmadas al capitense en la espalda—, suficiente derroche de dialéctica por hoy.
—Pero no entiendo, creo haberme expresado con total…
Unos hilos de cabello graso rozaron el rostro de los hombres, obligándolos a interrumpir la conversación. Alzaron la mirada y pudieron observar, justo sobre sus cabezas, un gran ojo anaranjado abierto hasta su límite que los observaba de cerca.
—No… molestar… a Malva.
La repentina voz de ultratumba los estremeció.
Como la criatura del ojo violeta, aquel ser también se sostenía sobre un largo cuello que recorría la cueva y brotaba de un cuerpo encorvado en el extremo sur.
Pero, antes de que pudiesen determinar la longitud de aquella extremidad, esta comenzó a zigzaguear mientras se contraía y sus esqueléticas piernas, ocultas en la penumbra, crujían cuando el nuevo coloso empezó a erguirse.
—Él estar en comunión con Gorgontola —aclaró una vez en pie—. No molestar.
Yskar y Adami contemplaron, boquiabiertos, la nueva figura que se alzaba ante ellos.
—¿Gorgontola? —se atrevió a preguntar el rey—. ¿Es ese tu nombre?
La bestia alargó el cuello hasta situar la cabeza a escasos centímetros de los hombres.
—Tú estar pisando Gorgontola ahora —dijo—. Yo ser Durazno.
—¿Gorgontola es la montaña? ¿Así es como la llamáis?
—Así ser.
La voz que respondió esta vez resonó desde el flanco izquierdo de la cueva. Allí, otro coloso de un solo ojo se fundía agazapado entre la oscuridad, observándolos con un iris de color obsidiana.
—Yo ser Carbón.
—¿Carbón? —replicó Adami—. Mira, de ese no creo que me olvide.
—Y yo ser Tiza.
Los hombres alzaron la mirada. Sobre ellos, un nuevo ojo colosal, de un blanco perlado, se abría lentamente desde las sombras.
Yskar y Adami barrieron la caverna con la mirada mientras aquellos ojos inundaban la estancia con su presencia. Los cuellos se alargaban y se encogían a su antojo, examinando a los hombres desde distintos ángulos y alturas.
—¿Qué sois exactamente?
Tiza volvió a encoger el cuello hasta que la cabeza alcanzó su cuerpo en uno de los extremos de la caverna. La penumbra ocultaba gran parte de su torso, pero el globo de su ojo, completamente blanco, emitía un resplandor pálido que permitía intuir su posición.
—Los hombres olvidan rápido.
El que se hacía llamar Carbón imitó a Tiza, encogiendo su cuello hasta ocultarse en la penumbra en el extremo contrario de la gruta. Su ojo azabache también emitía luz propia.
—Antaño conocidos como Guardianes de Montaña .
—¿Guardianes de las montañas? —repitió Yskar, incrédulo—. Eso es imposible.
Adami frunció el ceño.
—¿Los conoces?
El brevodiano asintió.
—Si los cantos brevodianos están en lo cierto, estamos ante criaturas ancestrales, comandante —explicó—. Seres que habitaron el mundo en tiempos de Gheva. Seres que, según narran las antiguas historias, estaban extintos.
—¡Entonces esto es un gran hallazgo! —celebró Adami, con un brillo de emoción en los ojos—. Si conseguimos que colaboren con nosotros, ellos podrían sacarnos de aquí… ¡y nosotros le presentaríamos a todo el mundo los nuevos amigotes que hemos hecho para combatir a los Hiniur!
Durazno también encogió su cuello y se ocultó en la oscuridad.
—Mundo repleto de guerra y muerte —dijo Malva, el gigante de ojo violeta, tras escuchar las palabras del comandante—. Nosotros ocultamos bajo montaña, no participar en asuntos de superficie.
—¿Cuánto hace que no visitáis el mundo exterior?
—preguntó Adami sin abandonar su euforia—.
Quiero decir, aquí abajo no se está mal, tenéis mucho espacio, aunque el tema de la escasa luz es algo por lo que deberíais sentaros y hablar seriamente.
Pero debo reconocer que la decoración tiene su punto, las estalactitas que amenazan con atravesarnos en cualquier momento le dan un toque exótico que me resulta bastante interesante.
El Guardián arrugó su único ojo con un gesto de desaprobación.
—¿Cómo sobrevivís aquí? —prosiguió el comandante, despreocupado—.
No quiero imaginarme el hambre que estaréis pasando.
Mirad, si nos ayudáis a volver, os puedo garantizar que mi rey os ofrecerá toda la comida que podáis imaginar como muestra de agradecimiento.
Imaginad mesas repletas de toda la comida que podáis engullir.
¡Qué digo mesas!… ¡Valles! ¡Valles enteros repletos de comida!
Tan solo por devolver a un par de estúpidos hombres a la superficie.
Malva extendió su delgado dedo índice y señaló al Guardián de iris anaranjado, que seguía alejado, sumido en aquella especie de trance, sin participar en la conversación.
—Él alimenta ahora —indicó el gigante, iluminando a los hombres con el resplandor violeta que manaba de su iris—. Si tú entrar en comunión con Gorgontola y proteger, ella abastecer de todo. No necesaria comida.
—Pero, piénsalo —insistió el capitense—. Hablamos de valles enteros…
—Nosotros no pretendemos molestaros —intervino Yskar, interponiendo su mano en el pecho del comandante para cortar su discurso bruscamente—. Tan solo queremos volver a la superficie y seguir nuestro camino a Davá. Los Hiniur amenazan nuestro mundo y debemos protegerlo.
Una tenue luz ambarina emergió tras los hombres cuando Durazno, de pronto, despertó.
—Guerra hace daño a Gorgontola —espetó, señalando la oquedad en la parte superior de la gruta—. Guerra rompe hogar.
—Así es —corroboró Yskar—. Y pronto dañará el mundo tal y como lo conocemos si no hacemos algo al respecto. Es por eso que necesitamos salir de aquí y poner fin a esta masacre.
Los cuatro Guardianes extendieron el cuello súbitamente.
Las prolongadas extremidades serpentearon entre las tinieblas de la caverna hasta que sus cabezas formaron un corillo justo sobre los hombres.
Sin pronunciar palabra, los colosos se miraron entre sí y proyectaron la luz de sus ojos hacia el centro del círculo, donde convergieron formando una ráfaga de colores.
Adami alzó la vista, confuso, mientras los destellos de diferentes tonalidades se arremolinaban sobre él.
—¿Y ahora qué ocurre?
El brevodiano contemplaba el acontecimiento con los ojos colmados de asombro, como si no acabara de creer lo que se le mostraba.
Aquel acto le hizo recordar un fragmento de un antiguo canto brevodiano, que comenzó a entonar entre susurros.
Un cántico que, precisamente, hablaba de aquellos seres y del ritual que parecían estar llevando a cabo.
[…]
Gigantes de un solo ojo, nacidos antes del mundo.
Gigantes de un solo ojo, que deambulan sin rumbo,
Gigantes de un solo ojo, proyectan luz en vez de palabras, dentro de las cavernas, en lo más profundo.
[…]
Adami frunció el ceño.
—¿Y ahora tú te pones a cantar?
—Están… hablando entre ellos, comandante.
Adami alzó la vista, contemplando la colorida estela que se manifestaba sobre él. Resultaba hipnótico observar cómo los destellos se entrelazaban entre sí, formando un amplio abanico de colores parecido a una aurora en el cielo.
De pronto, los cuatro ojos desviaron sus miradas hacia el suelo, iluminando a los dos hombres como potentes focos de luz. Parpadearon repetidas veces y, poco a poco, el resplandor que emitían fue menguando hasta que la penumbra volvió a imponerse en la gruta.
Durazno extendió entonces su brazo derecho y rodeó al brevodiano con sus dedos huesudos. Carbón, imitando a su compañero, alargó la mano y sujetó a Adami por la cintura. Mientras tanto, Tiza y Malva se incorporaron, alargando las piernas hasta que sus espaldas casi rozaron la bóveda de la gruta.
Los cuatro gigantes avanzaron pesadamente hacia una de las paredes de la estancia que, a diferencia del resto, presentaba una pronunciada hendidura vertical en su superficie.
Los seres de ojos brillantes introdujeron sus dedos en aquella oquedad y comenzaron a tirar de ella.
—¿Qué significa esto? —quiso saber Adami mientras empujaba sin éxito uno de los dedos que lo atrapaban—. ¡Soltadnos!
—¡Estáis cometiendo un grave error! —replicó Yskar—. No hay tiempo.