El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 27. Abismo
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27. Abismo

Lo primero que sintió fue un vértigo insufrible.

Tras varios segundos de caída notó el golpe de su cuerpo contra una cornisa. ¿O quizás fue contra otro cuerpo de algún capitense que caía con él?

Las arremetidas no cesaron. A medida que descendía, su cuerpo impactaba contra dientes irregulares de roca que le obligaban a girar sobre sí mismo y a rebotar contra el siguiente obstáculo rocoso que encontrase en su camino.

Chocaba, caía, volvía a chocar.

Aún consciente, Yskar alcanzó a ver cómo el anciano comandante, muy cerca de él, también caía mientras giraba en el aire, golpeándose contra la montaña. Extendió la mano todo lo que pudo, intentando darle alcance, pero su esfuerzo fue en vano y una nueva colisión lo volvió a desorientar.

Tras varios impactos más y cuando creía no tener esperanza alguna de sobrevivir, de pronto, se hizo la oscuridad más absoluta.

Ya no había niebla, ni los ásperos chirridos de los Hiniur en la lejanía. Tampoco se escuchaba el repique de las armaduras al estrellarse contra la roca ni sentía la montaña golpeando su cuerpo.

Solo había silencio.

Yskar se dejó envolver por las tinieblas. Intentó abrir los ojos, pero no percibió nada. Su cabello se agitaba con violencia mientras sentía cómo descendía hacia algún lugar, perdido en aquel páramo de oscuridad.

Y, de pronto, agua.

El rey tardó unos segundos en reaccionar. El aluvión de impactos contra la rígida pared montañosa, el frío calándole los huesos y el desgarro que ahora marcaba su rostro lo habían dejado exhausto, flotando en las aguas dulces que ahora lo rodeaban.

¿Estoy… muerto?

No habría sabido decir si habían pasado días o apenas unos segundos desde que había caído en aquellas aguas, pero poco a poco fue recobrando el sentido. Abrió los ojos y emergió de las profundidades con una gran bocanada de aire que le provocó una tos incontrolable.

Sacudió la cabeza con fuerza y dejó que la vista se le acostumbrara a la oscuridad del lugar. Entonces, entre la grava y la tierra húmeda, distinguió lo que parecía el cuerpo del comandante, tendido sobre la orilla de aquella charca.

El brevodiano nadó hacia él con dificultad, ignorando las magulladuras y heridas que le laceraban el cuerpo. Finalmente, entre jadeos, se dejó caer boca arriba junto al capitense, tratando de recuperar el aliento tras el esfuerzo.

—Co… comandante —balbuceó, zarandeándolo—. Comandante, contéstame.

—Hemos… sobrevivido —murmuró Adami con un hilo de voz apenas perceptible—. Estamos… vivos.

Yskar suspiró, aliviado.

—Eso parece —dijo, entre jadeos—, al menos por el momento. ¿Puedes moverte?

Adami movió primero los dedos de sus manos de forma irregular, comprobando que no tenía ningún hueso roto. Tras ello, movió también sus piernas y brazos.

—Tengo el cuerpo algo dolorido, pero estoy bien —determinó—. Inexplicablemente estoy bien—. Se giró hacia Yskar, intuyendo su posición en la densa penumbra—. ¿Y tú?

El rey se palpó la cara y gesticuló una mueca de dolor al rozarse los tres cortes que la atravesaban.

—Sobreviviré —dijo—, que es bastante.

Con sumo esfuerzo, el brevodiano logró incorporarse. Avanzó a tientas hasta el agua dulce que se extendía ante él y humedeció la herida hasta que el sangrado pareció cesar.

Se levantó poco a poco, secó su rostro con la manga y miró al comandante.

—¿Dónde… estamos?

Adami escrutó el entorno.

La penumbra lo envolvía todo. Varios metros más arriba, la luz de la luna se colaba tímidamente a través de un agujero en el techo terroso, cubriendo la estancia con un manto grisáceo tan tenue que apenas permitía distinguir lo que les rodeaba.

Aun así, el comandante logró intuir algunas formas en la oscuridad de lo que, posiblemente, fuesen salientes pedregosos o grandes rocas apiladas.

En el centro de la estancia se extendía la gran charca de agua dulce que los había salvado de la caída y, sobre su superficie, se reflejaban las estrellas que asomaban a través de la abertura del techo.

—Me atrevería a decir que hemos topado con una gruta subterránea —concluyó, incorporándose débilmente—. Hemos tenido suerte.

—Yo no lo llamaría “suerte”.

Adami frunció el ceño.

—Estamos atrapados, comandante —prosiguió el brevodiano—. Pronto el hambre y el frío harán mella y no podremos hacer nada por evitarlo.

Adami chasqueó la lengua.

—Con ese pesimismo, seguro que no —replicó—. ¿No has pensado que, si de verdad estamos en una caverna subterránea con agua dulce, como parece evidente, podría haber pasadizos que desemboquen en el mar?

Yskar asintió repetidas veces.

—Bien visto, comandante.

—Lo que deberíamos hacer, en lugar de quedarnos aquí lamentándonos, es explorar la caverna en busca de un sitio donde resguardarnos —sugirió—. Aquí en medio estamos demasiado expuestos —añadió, señalando a su espalda—. Podríamos descansar allí, entre aquellos pedruscos que bordean la charca.

Yskar forzó la vista hacia las siluetas de las rocas que se alzaban a su alrededor. A medida que entornaba los ojos, logró distinguir, entre el pedregal, cuatro extraños bloques de forma casi esférica que destacaban del resto.

Lo que más le llamó la atención fue cómo estaban dispuestas. Una se encontraba frente a ellos, a escasos metros. Otra se erguía imponente justo a su espalda. Las dos restantes flanqueaban la charca, una a cada lado. Daba la impresión como si… alguien los hubiera colocado allí a propósito.

—Cuida tus pasos —advirtió Adami cuando el brevodiano comenzó a avanzar—. No sabemos sobre qué estamos pisando ni qué tenemos delante.

El rey avanzó con cautela hacia el extremo norte de la gruta.

Cuanto más se internaba, más se alejaba del amparo de la luz lunar.

El silencio se volvió opresivo, interrumpido únicamente por los finos hilos de tierra que se desprendían desde lo alto y por el sonido intermitente de las gotas de agua que caían desde algún punto de la estancia.

Yskar siguió adentrándose en la oscuridad, atento a cada paso y a todo cuanto le rodeaba.

Pero su avance se detuvo en seco cuando, de pronto, algo suave y pegajoso le rozó el rostro.

El rey se llevó las manos a la cabeza y comenzó a sacudirse con violencia, tratando de deshacerse de aquella cortina que parecía acecharlo.

Adami, varios metros más atrás, arrugó la frente al observar el repentino baile que parecía estar realizando el rey.

—Olvidaba la importancia de celebrar la caída de la noche para vosotros los brevodianos —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero, y permíteme mi inexperta observación, creo que tratar de replicar la sinfonía de vuestros músicos a base de golpes en la cabeza es ir demasiado lejos.

Yskar cesó el manoteo, pero la suave cortina volvió a rozarle el rostro.

—¿Pero qué…?

Adami comenzó a chasquear los dedos, uniéndose al ritmo que el rey marcaba con sus palmadas.

—No creo que sea el mejor momento para esto pero, oye, no seré yo el aguafiestas que no te deje celebrar tus rituales —dijo, sin dejar de acompañar el compás del rey—. ¿Tiene letra? Nunca he tenido voz para el canto, pero aquí abajo nadie me escucha. Aparte de ti, claro.

Yskar se detuvo cuando dejó de notar la presencia de aquella suavidad sobre su semblante. Se volvió hacia la charca central, donde Adami continuaba chasqueando los dedos mientras carraspeaba su garganta.

—¡Comandante! —llamó Yskar—. Ayúdame.

Adami detuvo su música.

—¿Ya has acabado? Ahora que iba a animarme a cantar.

—Hay… como una especie de tela de araña enorme que no logro quitarme de encima.

—¿Una araña? —repitió Adami con el ceño fruncido—. Eres capaz de burlar una montaña infestada de Hiniur y, ¿me estás diciendo que un pequeño insecto te está molestando?

Yskar no contestó. La desesperación que sentía se agudizaba cada vez más. Cuando creía haberse librado de la tela, esta volvía a caer sobre él, rozándole de nuevo el rostro. Furioso, el brevodiano alzó la vista, entornó los ojos y buscó entre la penumbra el origen de aquella molesta red.

Con la ayuda de la escasa luz que se filtraba desde lo alto, logró intuir una forma alargada que se cernía sobre él.

Un prolongado cuello recorría la cueva desde uno de los extremos hasta su posición.

Justo encima de su cabeza, distinguió una esfera que parecía observarlo.

Se percató también de unos finos hilos de pelo grasiento que nacían de la parte posterior de aquella masa esférica y que caían hacia delante hasta rozarle el rostro.

Cuando su vista terminó de acostumbrarse a la densa oscuridad, la esfera rodó sobre sí misma hasta dar paso a un enorme ojo que se limitó a observarlo en silencio.

—Adami —susurró—. Adami, escúchame.

El comandante, algo despreocupado, se giró hacia el brevodiano.

Un descomunal iris violáceo acechaba a Yskar desde lo alto. La torva sonrisa de la criatura dejó al descubierto una hilera de colmillos pútridos, entre los cuales goteaba una espesa baba que cayó sobre el rey y se deslizó a través de su armadura.

—¡Yskar, detrás de ti!

Movido por los repentinos gritos del comandante, la criatura giró su diminuta cabeza hacia él. Su cuello entonces se estiró hacia arriba, alargándose hasta que la cabeza alcanzó la parte más alta de la estancia, muy cerca del agujero por el que habían descendido momentos antes.

El gran ojo permaneció allí unos segundos más, mirando al comandante con aquel halo intimidante. La criatura entonces descendió en picado desde la altura, serpenteando su cuello a través de la penumbra de la caverna y acercándose cada vez más a su presa.

La criatura concluyó su descenso y se detuvo a escasos metros del intruso, dejando que su fino cabello cayera sobre él como cortinas de seda viscosa. Su ojo, surcado de venas, volvió a rodar sobre sí mismo hasta fijarse en el hombre que se erguía tembloroso ante él.

El ser entonces abrió su boca, mostrando sus desfigurados dientes y un aliento fétido que estremeció al comandante.

Este es el fin.