El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 26. Desfiladero
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26. Desfiladero

Tras abandonar el mundo de los sueños y sin apenas probar bocado, los capitenses junto con el rey brevodiano retomaron la marcha hacia el sendero que se internaba en las entrañas de las Montañas Tortuosas.

Yskar se detuvo frente a la pendiente, contemplándola con detenimiento. Adami se posicionó a su lado, junto a los miembros del Doce, que aguardaron tras ellos manteniendo la formación.

—Esta es sin duda la parte más complicada de nuestro viaje —advirtió el monarca—. Una vez atravesemos las Montañas Tortuosas, el resto del camino será entre prados y bosques—. Se giró hacia el capitense—. ¿Estás listo, comandante?

Adami arrugó la frente.

—¿Ya estamos otra vez con la bromita de que estoy mayor? —replicó con los brazos en jarras—. La primera vez tuvo gracia, pero ya no.

Yskar soltó una carcajada.

—En marcha entonces, anciano.

Al principio, la cuesta no resultó tan exigente como había parecido en un primer momento.

Sin embargo, a medida que la transitaban, se volvía cada vez más pronunciada.

Pequeñas piedras y montículos de tierra se deslizaban bajo sus pies a cada paso, provocando algún que otro resbalón entre los soldados.

No existía camino, ni senda que seguir. Aquella ladera parecía no haber sido transitada en largo tiempo.

La única vegetación que allí crecía eran un cúmulo de matojos marchitos a los lados y musgo amarillento que se almacenaba en las paredes, muy lejos de la fresca hierba que cubría la tierra que ahora dejaban atrás.

Adami se detuvo de pronto, sosteniéndose en un saliente que la pared rocosa ofrecía, para coger algo de aire.

Exhausto y con la frente empapada en sudor, se atrevió a mirar hacia abajo.

Desde allí pudo ver a los miembros del Doce luchando contra la pendiente, escalándola con suma cautela, conscientes de que un solo paso en falso podía suponer una caída fatal.

Yskar, sin embargo, trepaba por encima de sus cabezas con una facilidad propia de un brevodiano. Para alguien como él, criado entre densa nieve, pronunciados precipicios y tormentas apocalípticas, avanzar sobre aquella rampa era como hacerlo sobre la llanura de una pradera.

Tras aquellos breves y agradecidos segundos de descanso, Adami se obligó a avanzar unos metros más hacia la cima.

Apretó los dientes y, con gran esfuerzo, reanudó el ascenso por la pared.

Tenía las manos llenas de cortes por la fricción constante con la roca, que iba tiñéndose de rojo allí donde se apoyaba.

De pronto, la piedra donde se sujetaba se partió entre sus dedos, cayó sobre la rampa y rodó hasta perderse entre la nube de polvo bajo sus pies. Durante aquel instante, pareció que el corazón iba a salírsele por la boca mientras buscaba, desesperado, un nuevo saliente al que aferrarse.

Pero no encontró nada.

A medida que se desprendía de la pared, la vista comenzó a nublársele y el corazón a palpitar con más violencia. Todo empezó a apagarse. A volverse cada vez más oscuro.

Un brazo irrumpió entre la nube de polvo y lo sujetó con firmeza por el cuello de la camisa que asomaba por encima de la coraza de jaspe.

Reuniendo toda la fuerza de que fue capaz, el brazo se contrajo y tiró del comandante, alejándolo del abismo que se abría bajo sus pies y dejándolo a salvo sobre la cima terrosa.

La respiración agitada y entrecortada de Adami le impidió hablar de inmediato. Mientras trataba de recomponerse, se atrevió a alzar la mirada y fijarla en su salvador, consciente de que, de no haber sido por él, aquella pendiente bien podría haber sido su tumba.

—Todavía estamos a tiempo de dar media vuelta y seguir por el camino seguro —propuso Yskar, de pie junto al comandante—. La travesía por Las Montañas Tortuosas no hará más que empeorar a partir de aquí.

La espalda de Adami protestó con un sonoro crujido cuando el capitense decidió incorporarse.

Una vez en pie, y tras concederse unos segundos más para recomponerse, el comandante escrutó el entorno.

A su alrededor se extendía una planicie de tierra resquebrajada de cuyas grietas nacían hierbajos y árboles marchitos.

Más adelante, sin embargo, advirtió que el camino continuaba por otra pendiente, internándose todavía más en las entrañas de aquellas montañas fatídicas.

—Lo que quiero es salir de aquí cuanto antes —espetó Adami, sacudiéndose el polvo de la armadura—.

Como nos paremos ahora, mis huesos se enfriarán y, para un anciano como yo, eso puede desembocar en una lesión.

Supongo que no querrás cargar conmigo a cuestas todo lo que queda de camino, ¿verdad?

Aunque pensándolo bien… quizás no sea tan mala idea.

Los miembros del Doce iban alcanzando la planicie a medida que Yskar y Adami conversaban y decidían qué hacer a continuación. El brevodiano desvió la mirada por un momento, sopesando la propuesta del capitense.

Suspiró.

—Tu poder de convicción es extraordinario, comandante.

Yskar encabezó la marcha y se dirigió hacia la nueva pendiente. Adami, aún dolorido, aceleró el paso hasta alcanzarle, seguido por los miembros del Doce que trataban de mantener el paso mientras disimulaban las ganas de disfrutar de un merecido descanso.

Tras horas de ascenso, la nieve volvió a inundar el paisaje.

El desfiladero por el que avanzaban era más estrecho ahora, lo que obligaba a continuar con la espalda ceñida a la pared. Desde aquella altura, el viento se sentía más crudo y el suelo resbaladizo se agrietaba bajo sus pies, provocando leves desprendimientos a cada nuevo paso que daban.

—¡No miréis abajo! —ordenó Yskar. Al proyectar su voz, el eco se perdió en el abismo—. ¡No dejéis que el desfiladero os amedrente!

Las ráfagas gélidas se volvieron aún más violentas en aquel punto.

El frío helaba los huesos de los soldados y el oxígeno comenzaba a escasear.

Por momentos, la pared de puro hielo sobre la que se apoyaban se desprendía y provocaba pequeñas avalanchas de nieve.

Yskar volvió su vista al frente mientras maldecía para sus adentros.

Era cierto; había subestimado a las montañas.

—¡Esta es la parte más peligrosa de nuestra travesía! —gritó, retomando la marcha—. ¡Ya puedo ver la cima desde…!

El rey calló.

—Yskar, ¿va todo bien? —preguntó Adami, tratando de abrir por completo sus pestañas escarchadas—. ¿Por qué te detienes?

El brevodiano no respondió. Trató de avanzar, pero parecía que una de sus piernas no respondía a sus deseos.

Bajó la mirada en busca de una explicación lógica y…

no tardó en encontrarla. Entre la densa neblina y los fragmentos de nieve, pudo distinguir unas garras oscuras que le rodeaban el tobillo y le impedían moverse.

Mierda…

Apoyándose en un pequeño saliente de hielo que sobresalía de la pared, Yskar logró desenvainar su lanza. La hizo girar con una sola mano y la detuvo justo cuando el filo celeste apuntó hacia abajo. Con un movimiento seco, el brevodiano asestó una poderosa estocada y se deshizo de aquellas garras.

Confiando en que la bruma hubiera ocultado lo ocurrido para no propagar el miedo entre los capitenses, volvió a envainar el arma tan rápido como la había empuñado y se dispuso a seguir la marcha.

Pero una mano de piel arrugada y venas abultadas lo detuvo desde atrás.

—¿Qué… era eso? —preguntó Adami, sin dejar que el brevodiano avanzase—. Me ha parecido ver… un… Hin…

—No temas, comandante —interrumpió el rey—. Centrémonos en seguir avanzando.

Un grito inundó el valle.

Yskar se giró de inmediato hacia los capitenses.

No había sido un grito normal, como el que podría proyectar alguien al herirse.

Él, por desgracia, conocía bien ese tipo de chillidos tan desgarradores.

Tan… agónicos. Y solo podía significar una cosa: fuera quien fuese el causante, acababa de encontrarse cara a cara con la muerte.

Sobresaltado, el brevodiano barrió con la mirada la hilera de soldados en busca del origen, hasta que la bruma nevada se disipó por un instante y, por fin, lo encontró.

Uno de los últimos capitenses se aferraba al filo del barranco con los dedos, mientras trataba de librarse de dos garras negras, una en cada pierna, que intentaban arrastrarlo al precipicio.

Yskar dirigió entonces la mirada hacia el abismo y, entre la bruma que envolvía al soldado, logró distinguir de qué se trataba: dos Hiniur incrustaban sus zarpas sobre su piel, tratando de debilitarlo y arrojarlo al vacío.

El brevodiano sopesó sus opciones para socorrerle pero, muy a su pesar, no tenía ninguna.

Retroceder por el desfiladero era impensable, pues era demasiado estrecho para albergar a dos hombres.

La nieve que se desprendía de lo alto de la pared podía arrastrarlo si se exponía demasiado, y atacar a aquellas monstruosidades desde su posición resultaba tarea imposible.

Sin poder hacer nada más, todos observaron cómo las bestias desgarraban la carne de las piernas de su compañero. El capitense soportó las arremetidas hasta que el dolor agotó sus ganas de aferrarse a la vida y se soltó.

A medida que el cuerpo inerte de su compañero caía, la niebla que inundaba el abismo se abría a su paso, revelando con brutal claridad aquello que ocultaba en sus entrañas: una marabunta de ojos imbuidos en sangre que brillaban en la oscuridad abisal mientras avanzaban hacia ellos, trepando por la fachada montañosa.

—¡HINIUR! —gritó Yskar desafiando con su voz las poderosas ráfagas de viento helado—. ¡Se acercan! ¡CORRED!

Los capitenses trataron de obedecer la orden y aceleraron el paso, pero el ejército de Hiniur trepaba con mayor facilidad y no tardaría en darles alcance.

—¡Yskar! —advirtió Adami—. ¡Arriba!

El brevodiano alzó la mirada.

Un Hiniur descendía hacia él desde la cima, dando pequeños saltos entre los picos de hielo que sobresalían. Cuando estuvo lo bastante cerca, se detuvo y comenzó a lanzar zarpazos al aire, intentando clavar sus garras en el cráneo del brevodiano.

Yskar movió la cabeza casi por instinto, esquivando las arremetidas mientras se esforzaba por no perder el agarre.

Sin embargo, uno de aquellos movimientos provocó el desprendimiento del frágil suelo que pisaba y el terreno bajo sus pies se quebró en pequeños fragmentos que se precipitaron al vacío.

En el último segundo, la mano ágil del rey logró aferrarse a otro saliente y recuperar así el equilibrio sobre el desfiladero.

Pero el Hiniur no desaprovechó la ocasión y continuó propinando brutales zarpazos hasta que, finalmente, alcanzó a su objetivo.

Las garras surcaron el rostro del brevodiano de lado a lado e, instintivamente, Yskar se llevó las manos a la cara, desestabilizándose de nuevo y cayendo hacia atrás.

Pero los rápidos reflejos de Adami actuaron a tiempo, sosteniendo al rey por el brazo y evitando su fatal caída.

Suspendido en el aire, Yskar alzó la mirada ensangrentada hacia el comandante y advirtió que, tras él, la pared de la montaña estaba también infestada de aquellas criaturas oscuras que descendían hacia ellos.

Estaban rodeados.

Con la ayuda del capitense, Yskar logró apoyar de nuevo los pies en tierra firme.

Con dificultad y sin mediar palabra, desenvainó la lanza de filo añil que llevaba a la espalda y, con una contundente estocada, la hundió en el cráneo del Hiniur que lo amenazaba, empalándolo contra la aspereza de la roca.

—¿Puedes… continuar?

Yskar se volvió hacia Adami. Aunque había perdido algo de visión a causa de la lesión que ahora le embadurnaba el rostro de sangre, pudo intuir la desesperación en los ojos del capitense.

—Están cada vez más cerca —advirtió Yskar—. No… podemos detenernos ahora.

Sin dejar que el temor se adueñase de él, el brevodiano reanudó la marcha y los capitenses que permanecían inmóviles tras él, le siguieron.

Pero, pese a su obstinada determinación, el avance volvió a verse interrumpido cuando cuatro Hiniur se abalanzaron desde la cima sobre uno de los soldados.

Tras varios inútiles intentos por liberarse, las criaturas lograron empujarlo al vacío.

El capitense cayó con ellas hasta que el estruendo de su armadura al estrellarse contra el fondo del abismo resonó en la lejanía.

—¡NO OS DETENGAIS!

Yskar, Adami y el resto de capitenses siguieron avanzando un poco más, pese a la ventisca, a los Hiniur que se les echaban encima y a los bramidos agónicos de sus compañeros al ser arrojados al vacío.

Cuando por fin parecía que alcanzarían el final del desfiladero, Adami se detuvo de golpe. Un par de Hiniur lo sostuvieron por los pies, clavando sus afiladas garras en su piel.

Tiró con todas sus fuerzas, pero no podía moverse.

Intentó deshacerse de uno de ellos lanzando torpes patadas al aire pero, apenas unos instantes después, otro par de criaturas saltaron desde la pared y se abalanzaron sobre él provocando que el comandante se desestabilizara y cayese al vacío.

Yskar presenció la escena y agarró al anciano por la prenda interior que sobresalía de su coraza. Adami quedó suspendido en el aire, envuelto en niebla, mientras los Hiniur aferrados a sus piernas no cejaban en su empeño y hundían los colmillos en su carne.

—¡Suéltame, Yskar! —pidió Adami entre gestos de dolor—. Tienes… un cometido que cumplir.

—¡Tenemos! —replicó el brevodiano, forcejeando contra el peso de los Hiniur aferrados al comandante—. No hemos dejado nuestros hogares para morir aquí.

Yskar intentó contraer el brazo para atraer de nuevo al comandante hacia el paso estrecho, pero la fricción y el frío se hacían cada vez más insoportables y los dedos del rey comenzaron a resentirse.

—¡Deja de hacerte el héroe! —replicó el capitense, con la sangre empapándole las piernas—. ¡Moriremos los dos!

—No… dejaré… que…

Varios Hiniur se lanzaron desde la pared y cayeron sobre Yskar, impactando contra sus hombros y arrastrándolo hacia el vacío.

El brevodiano soltó la mano con la que sujetaba a Adami que, tras un grito desgarrador, desapareció en el abismo.

Yskar se tambaleó, buscó a la desesperada algún saliente al que aferrarse, cualquier cosa que pudiera salvarlo de la fatal caída, pero… no encontró nada.

Y, como el comandante antes que él, cayó hasta ser engullido por las fauces del precipicio.