El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 25. Travesía
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25. Travesía

Atravesar la pendiente del Valle Vanu estaba resultando más llevadero de lo que Adami, en un principio, había imaginado.

No había previsión de tormenta o, al menos, eso aseguraba Yskar.

Tampoco se percibía presencia Hiniur en las inmediaciones, y la espesa niebla que los había recibido en un principio se empezaba a disipar a medida que descendían.

—Parece que nos alejamos de los confines de Brevodia —indicó el comandante, mirando a todas partes—. El frío aquí se sobrelleva mejor.

El rey brevodiano asintió.

—Ahora mismo estás pisando la frontera de Brevodia —aclaró—. El final de Vanu está un poco más adelante; si seguimos avanzando como hasta ahora, deberíamos pisar tierra davense dentro de poco.

—El problema será establecer un sitio seguro donde pasar la noche —dijo el capitense frotándose la barba—. Con la nieve y la constante amenaza Hiniur acechándonos, no va a ser fácil encontrar uno.

—Y más con un ejército de capitenses —puntualizó Yskar—. Vuestras oscuras armaduras no son precisamente las más idóneas para pasar desapercibidos entre la nieve, comandante.

Adami bajó la mirada y comprobó la observación del rey, que hasta entonces le había pasado desapercibida. Pero, muy a su pesar, el brevodiano tenía toda la razón. El jaspe negro que con tanto orgullo lucían los convertía en un blanco fácil ante una posible emboscada.

Adami frenó en seco y se dirigió hacia su escuadrón, que detuvo la marcha de inmediato.

—¡Soldados del Doce! Prestadme vuestra atención.

Yskar, que encabezaba la marcha, se giró ante los gritos repentinos del comandante, con el ceño fruncido y una ceja ligeramente arqueada.

—Tras recapacitar la situación, he llegado a una conclusión —se aclaró la garganta—. Nuestras armaduras de jaspe son demasiado oscuras y eso nos hace vulnerables ante los ojos de los Hiniur —se descalzó una de las botas—. ¡Desnudaos! Seguiremos sin ropa hasta Davá.

Los soldados del Doce, aunque algo confusos, obedecieron y empezaron a desprenderse de sus armaduras y prendas de vestir.

Yskar frunció todavía más el ceño.

—¿Pero qué…?

—Estrategia militar, Yskar —reafirmó el capitense, quitándose su segunda bota—. No hace falta que me lo agradezcas, yo tan solo cumplo con mi deber.

—Ya veo… —respondió el rey mientras asentía repetidas veces—. Entonces… a ver si lo he entendido: pretendes cruzarte medio mundo andando como un recién nacido, ¿cierto?

—Ni yo mismo podría haberlo definido mejor.

—Imagínate, comandante, el momento exacto en que lleguemos a Davá de esa manera.

Los davenses, que tanto disfrutan de la naturaleza, estarán gozando de un apacible día en el bosque.

Y… de repente, veinte hombres desnudos, sucios y malolientes avanzarán hacia ellos alegando que el fin del mundo se acerca y que debemos combatir juntos.

No creo que… los davenses lo consideren una visita muy diplomática.

Adami se irguió y comenzó a frotarse la barba, sopesando aquella posibilidad.

—Viéndolo así… quizás no sea tan buena idea después de todo.

Yskar soltó una carcajada.

—No voy a ser yo quien cuestione la experiencia de un comandante que lleva al frente… ¿sesenta y tres años, me habías dicho? Pero me parece algo…

—¿Deslumbrante? ¿Impresionante? —lo interrumpió Adami—. ¿Lo mejor que has visto en mucho tiempo?

—Peculiar, diría yo.

—Entonces… ¿Sugieres que nos vistamos?

—Por favor.

—¡Ya lo habéis oído, chicos! —proyectó la voz hacia sus hombres y recogió su ropa de entre la nieve del suelo—. ¡De vuelta en vuestras armaduras!

Un murmullo brotó entre sus hombres quienes, con muecas de confusión, cuchicheaban cuestionándose las capacidades mentales del comandante y como la edad parecía estar haciendo mella en él.

—¿Qué deberíamos hacer entonces, Yskar? —preguntó Adami a medida que acababa de vestirse.

El brevodiano señaló una cordillera de montañas en la lejanía, que se alzaba imponente en el horizonte.

—Allí —indicó, apuntando con un dedo en la distancia—. La falda de las Montañas Tortuosas está repleta de cuevas donde poder resguardarnos. Deberíamos aligerar nuestra marcha hasta alcanzarlas.

Adami asintió.

—¡Soldados del Doce! ¡Aligerad la marcha! ¡Tenemos prisa!

Yskar bufó.

—¿Tienes que repetir a tus soldados todo lo que yo te diga?

Adami se giró hacia sus guerreros.

—¡Soldados del Doce! —gritó, captando la atención de todo el pelotón—. ¿Tengo que repetir todo lo que el rey diga?

Los capitenses que los seguían fruncieron el ceño e Yskar, situado tras él, soltó una profunda carcajada.

—De verdad… hay momentos en que me pregunto cómo alguien como tú ha podido acabar comandando un escuadrón de Capital.

—¡Soldados del Doce! —volvió a llamar el capitense—. A veces me pregunto cómo… espera, ¿qué? —Adami quiso pedirle explicaciones, pero el brevodiano ya había reemprendido la marcha y estaba lejos de él—. ¡Oye, espera!

Yskar miró al cielo, sonriente, mientras ladeaba la cabeza.

De verdad, Álvar… ¿a quién narices me has mandado?

El día transcurrió más rápido de lo que habrían esperado.

Tras varias horas caminando sobre la nieve, por fin pisaban la frescura de los valles.

El ocaso que se vislumbraba en el horizonte regalaba sus postreros rayos por detrás de las montañas, concediendo a los hombres unos rescoldos de luz que serían su última oportunidad de encontrar refugio.

Además, el agotamiento empezaba a ser más que evidente entre los capitenses.

Desde que abandonaron Brevodia, no habían cesado su marcha y el cansancio y el hambre empezaban a ser una carga que no podrían soportar mucho más.

Yskar se detuvo en seco al comprobar que el sendero que transitaban se bifurcaba en dos caminos. Adami y el resto de los soldados se detuvieron con él.

—¿Qué ocurre, Yskar? —preguntó Adami situándose junto al brevodiano—. ¿Es aquí donde sugieres pasar la noche?

El rey contemplaba ambos senderos en busca de algún indicio que le ayudara a decidir qué camino escoger.

El de la derecha continuaba hacia el norte, adentrándose en un conjunto de hermosos valles atravesados por un caudaloso río.

El sendero opuesto, en cambio, ascendía en rampa hacia la izquierda y desembocaba en una serie de intrincadas cordilleras montañosas.

—¿Cuánta prisa tenemos?

Adami se frotó la barba.

—Teniendo en cuenta los días que hemos estado en Brevodia y el reciente aumento de Hiniur… quizás no deberíamos retrasarnos más de la cuenta.

—Tenemos dos opciones —concluyó el brevodiano, girándose hacia el comandante—. O bien continuamos por el sendero que ahora transitamos, hacia los prados que desembocan en el Valle Armonía, rodeando las Montañas Tortuosas y demorándonos varios días más hasta Davá…

—¿O…?

—O nos adentramos directamente en las montañas, cuya travesía no será fácil, pero llegaríamos a nuestro destino mucho antes.

—¿Cuánto es “antes”?

—Si seguimos el mismo ritmo de hoy, mañana a estas horas del día deberíamos estar pisando suelo davense.

Adami se tomó unos segundos para sopesar la respuesta.

—Si los Hiniur atacan Davá con tanta fiereza como han hecho en Brevodia…

puede que necesiten ayuda —Desvió su mirada hacia la rampa que comenzaba a su izquierda—.

Además, allí no tienen un ejército numeroso como en Brevodia o Capital.

Los davenses son estudiosos herbolarios y su cultura se basa en plantar árboles y comer piñas… nada de armas ni sangre.

—Te equivocas, comandante —inquirió Yskar—.

He tenido la oportunidad de combatir junto a Ilma, su reina, alguna que otra vez.

Puedo asegurarte que, bajo esa apariencia delicada, se esconde una diestra combatiente y, junto a sus felinos, es capaz de ahuyentar a una horda de Hiniur ella sola —ladeó la cabeza—.

Además, no todos son herboristas. Davá cuenta con su grupo de guardabosques también.

Adami resopló.

—¿Pero de cuántos estamos hablando? ¿Dos guardabosques? ¿Cuatro a lo sumo? Si reciben una ofensiva como la que recibisteis en Brevodia… no quiero imaginar las consecuencias que tendría allí.

Yskar sostuvo la mirada de Adami, y la preocupación afloró en sus ojos al imaginar la escena que describía.

—Decidido entonces —concluyó Yskar por fin—. Atravesaremos las Montañas Tortuosas. No podemos retrasarnos más.

Adami asintió.

—Pero antes… deberíamos buscar algún sitio donde acampar y pasar la noche.

Yskar le dio un pequeño golpe cariñoso al capitense cuando le sobrepasó por el lado.

—No perdonas un descanso, comandante.

—Estoy mayor —confesó—. Si vamos a trepar montañas como cabras, voy a necesitar reposo.

—No seré yo quien le niegue descanso a un anciano —respondió el rey con una sonrisa—. Reúne a tus hombres, seguro que por aquí encontramos dónde pasar la noche.

Adami frunció el ceño antes de dirigirse a los miembros de su escuadrón.

—No me ha gustado el tonito con que has dicho lo de “anciano”.

Yskar soltó una carcajada.

Tras varias horas de incesante búsqueda, la noche los sorprendió de pronto.

La veintena de hombres que acompañaba a Adami e Yskar se acomodaron en el suelo de una cueva abierta en la fachada montañosa que habían logrado encontrar.

Aunque la humedad impregnaba el lugar, los capitenses consiguieron encender una pequeña hoguera para resguardarse del frío y pasar la noche, preparándose para afrontar lo que, con total certeza, sería la travesía más dura de sus vidas.