El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 24. Añoranza
49%

24. Añoranza

Los días transcurrieron más rápido de lo que la joven Cincela habría imaginado.

Pronto, el sol volvería a alzarse sobre Lenov, bañando el reino entero con su luz.

Incluso con la ventana cerrada, Cincela alcanzó a percibir en la distancia la sinfonía que el coro real comenzaba a entonar, marcando así el inicio de un nuevo día.

—Creo que no me dejo nada —dijo Cincela, secándose el sudor de la frente mientras daba una última ojeada a la habitación.

Verso rebuscaba entre los objetos del armario, asegurándose de que, en efecto, lo habían recogido todo. Entre trastos viejos y polvo acumulado, encontró una pequeña bolsa de cuero que le resultó extrañamente familiar.

—Quizás… quieras llevarte esto —dijo el clérigo, extendiendo su mano.

La lenovense clavó la mirada en el objeto que el aprendiz le tendía.

Aunque hubiera habido cuarenta más, Cincela habría reconocido aquella bolsita entre todas.

Desde fuera podía parecer un objeto insignificante, pero para ella lo significaba todo en aquel momento.

Aquella bolsita era la misma que Azhna había entregado a Verso momentos antes de su muerte. Su último regalo. Su último adiós.

Cincela se aproximó al aprendiz, tomó el obsequio entre las manos, cerró los ojos y, por un instante, creyó percibir el aroma del abuelo.

—Sí… también me la llevaré conmigo.

El clérigo decidió concederle a la joven la intimidad que parecía necesitar y desvió la mirada, fingiendo comprobar que había recogido todas sus pertenencias de la habitación.

—Poco más queda aquí por recoger.

Cincela volvió en sí al escuchar las palabras del clérigo y guardó la bolsita en uno de los bolsillos de su blusa.

—¿Sabes?, se me hace muy raro —añadió Verso de pronto—. Con todo esto de tu destitución, acaba también mi cometido como consejero real. Es gracioso, no conozco a nadie en la orden con una trayectoria tan fugaz como la mía —se encogió de hombros—. Bueno, al menos seré conocido por algo.

Cincela gesticuló media sonrisa.

—Te voy a echar de menos, Verso.

El aprendiz dio un respingo.

—No… digas eso. Estoy seguro de que esto tampoco es el final de nuestra amistad, ¿verdad?

Cincela negó con la cabeza.

—Sé que, ahora que volverás a la orden, tendrás otra vez horarios muy estrictos, pero no voy a dejar que eso sea un impedimento para venir a verte.

Verso, sin esperarlo, se ruborizó. Sintió una extraña sensación en el estómago que nunca antes había sentido. Era como… el aleteo de cientos y miles de mariposas que revoloteaban en su interior.

—¿Me lo…?

—¿Prometes? —acabó de decir Cincela—. Cuenta con ello.

Verso sonrió y, sin saber muy bien qué decir, dejó que el silencio se apoderase de la conversación.

—Será mejor que… vayamos ya hacia el acto —dijo cuando el silencio se volvió demasiado insoportable.

—Sí, pero antes…

Cincela se acercó a la cama, levantó la almohada y, de debajo de ella, sacó a Segadora .

—Esto es lo último —afirmó, desempolvando la funda—. La dejaré en la sala de carga para que los transportistas la envíen a mi casa.

Verso asintió.

—Yo… debería irme ya a la sala del trono —dijo, recogiendo apresuradamente sus pertenencias y dirigiéndose a la puerta—. Tu acto de abdicación comenzará allí y, como miembro clerical y exconsejero tuyo que soy, si llego tarde me meteré en un buen lio. Y tampoco quisiera…

—¿Crees… que habrá mucha gente?

Verso se detuvo en seco en el umbral de la puerta.

—Mucho me temo que estará todo Lenov aquí. Nunca nadie había sido cesado de la corona y todo el reino querrá asistir a un acto como el de hoy —suspiró—. Incluso, los que no quepan dentro de la sala del trono esperaran fuera a tu salida.

Cincela dirigió su mirada hacia el ventanal. Desde allí pudo ver a unos niños correteando por la plaza principal, despreocupados. El coro, a un lado de la misma, iba vestido con unos atuendos especiales para la ocasión, pero siempre conservando los colores del reino.

—¿Por qué lo preguntas? —preguntó Verso con el ceño fruncido—. ¿Te preocupa quiénes vayan?

—No me importa quiénes vayan —respondió Cincela aun sin apartar su mirada de la plaza—. Sino cuántos vayan. No… me gusta ser el centro de atención y sentir tantas miradas sobre mí.

Verso hizo ademán de acercarse al ventanal junto a Cincela, pero ella, que lo observaba a través del reflejo del cristal, adivinó sus intenciones.

—No te preocupes, Verso —murmuró, deteniendo el avance del aprendiz—. Ve, no llegues tarde.

Verso dejó escapar un suspiro.

—Te veré allí.

Con la cabeza gacha, el clérigo rotó el pomo y la puerta amaderada se abrió con un chirrido. Dio un paso, pero se detuvo en seco. Al alzar la vista, un joven apareció frente a él, sonriéndole.

—¿Se puede?

Cincela se giró hacia la puerta movida por la familiaridad de aquella voz.

Tayim lucía impecable. El uniforme de gala, hecho a medida y con las tonalidades perladas propias de la alta nobleza lenovense, le otorgaba un aspecto pulcro y elegante.

Su pelo ondulado lucía húmedo y estaba peinado hacia atrás.

Su inconfundible perfume dulce y afrutado inundó la habitación cuando se adentró en ella.

—Sí, claro, por supuesto majestad, faltaría más —titubeó Verso con un nervioso tartamudeo—.

Yo… me dirigía a mis obligaciones ahora mismo.

Simplemente estaba aquí, con Cincela, charlando de forma despreocupada y animándola en un día como hoy.

Animándola, quiero decir, como un muy buen amigo que soy, contacto físico el preciso, sin excederme.

Un abrazo tonto, un apretón de manos y poco más, no quisiera que pareciera…

Las carcajadas del príncipe interrumpieron el discurso del aprendiz.

—No te preocupes, Verso. Si me dejases pasar…

—¡Ah! ¡Por supuesto, majestad! —dijo Verso haciéndose a un lado—. ¡Faltaría más!

Tayim entró en la habitación y avanzó hacia el ventanal, junto a Cincela.

—Lo-lo-lo dicho —tartamudeó el aprendiz—. Yo… me dirijo al trono. ¡El tiempo apremia!

Verso abandonó la habitación y cerró la puerta tras él. Una vez solos, los jóvenes permanecieron con la mirada fija en la plaza, sin mirarse, mientras esta se iba abarrotando de gente.

—Nadie ha querido perderse este día, ¿eh? Hasta yo mismo desconocía que en el reino viviese tanta cantidad de personas.

Cincela lo miró.

—Lo siento.

Tayim le devolvió la mirada.

—¿Qué sientes?

—Todo, Tayim —confesó—. Siento que tu futuro se haya visto truncado por una chica incapaz de engendrar hijos, y siento que tengas que pasar por esta vergüenza. No me quiero imaginar la reprimenda que habrás tenido que sufrir por parte de tus padres.

—Bien —dijo el príncipe dibujando media sonrisa—, ahora contéstame de verdad.

—¿Cómo?

—Deja de lado los formalismos y el protocolo. Abre tu corazón. ¿Es eso lo que sientes de verdad?

Cincela volvió a clavar su mirada en el paisaje.

—La verdad es que yo…

—Adelante, deja que tus sentimientos afloren.

—Echo de menos mi vida anterior, Tayim. Echo de menos corretear por la fresca hierba y el olor del mar. Echo en falta mis cubiertos de madera y mi cama de heno. He sido instruida toda mi vida para ser la próxima Capitana del reino y siento que… la vida en el castillo no está hecha para mí.

Cincela volvió a fijar la mirada en el príncipe, tratando de percibir su reacción ante aquel repentino ataque de sinceridad. Pero, lejos de mostrarse molesto, él tan solo le regaló una tierna sonrisa.

—¿Ves? —dijo—. No ha sido tan complicado.

Cincela frunció el ceño.

—¿No te ha molestado?

—En absoluto —confesó sin desdibujar su sonrisa—.

Podía notar tu incomodidad, pero necesitaba oírlo de tu boca.

Como dice mi padre: es al verbalizar los problemas cuando te das cuenta de lo insignificantes que son muchas veces —suspiró—.

Sin embargo, debo reconocer que me duele que te vayas.

Estoy cansado de las pretendientas con las que mi padre ha intentado emparejarme antes que a ti.

Todas de familias de mercaderes ricos, o chicas ligadas a algún alto cargo familiar.

Tú, en cambio, eres diferente. Jamás he tratado con una chica que sepa de táctica bélica o que supiese siquiera sostener una espada.

Mi padre siempre ha creído que lo mejor para Lenov es alguien con grandes posesiones o poder, pero se equivoca.

Lo mejor para Lenov es alguien como tú, independientemente de si eres hija de un Capitán o sirvienta del castillo.

Cincela agachó la cabeza. Los mechones áureos se precipitaron sobre su rostro y ocultaron su semblante.

—Me hubiese gustado que fuese de otra forma, Tayim, pero siento que este no es mi lugar.

—Lo sé. Aun así, quería decirte que, si alguna vez cambias de opinión, a mí me encantará compartir reinado contigo.

Lo de tu infertilidad me es indiferente, para mí la felicidad está por encima de los intereses del reino.

No creo que contraiga matrimonio con ninguna otra, por muy fértil que sea.

Después de conocer a alguien como tú, no quiero nada más.

—Pero Tayim…

—Sé lo que vas a decirme —interrumpió el príncipe—.

Mis padres no dejarán que me case con una mujer infértil.

Pero llegará el día en que la vejez les impida gobernar y sea yo quien tome las decisiones en el reino.

Y cuando ese momento llegue, quiero que recuerdes lo que te he dicho.

No me importa tu condición, ni las riquezas de tu familia.

Me importas tú, Cincela, y aunque pasen los años, seguirás importándome de la misma manera.

Cincela sintió, por primera vez, que estaba conociendo al príncipe de verdad, lejos de fachadas y falsas apariencias. Un príncipe que se mostraba mucho más maduro de lo que en un principio parecía, más sensato e incluso, por qué no admitirlo, más atractivo también.

—No sé qué pasará el día de mañana —contestó Cincela—, pero tendré en cuenta tu proposición. Y quiero que sepas que, si alguna vez logras escaparte unos minutos del castillo, estaré encantada de entrenar contigo.

Tayim le dedicó una mirada cariñosamente desafiante.

—Y yo aceptaré el reto encantado, señorita Capitana.

—Pero te advierto que no te lo pondré fácil, no pienso parar hasta que…

El tiempo se detuvo.

Cincela enmudeció al sentir el dulce roce de los labios de Tayim sobre los suyos, mientras sus dedos trazaban con delicadeza el contorno de su mejilla.

En ese instante, nada parecía importar más que la suavidad de los labios del príncipe.

Ni la destitución, ni la gente que la esperaba fuera, ni el estúpido acto que acontecería más tarde.

Tayim se despegó lentamente y miró a la joven de cerca, a escasos centímetros de su rostro.

—Me encantaría quedarme contigo —dijo Tayim, separándose todavía más de Cincela—. Pero debo irme, me esperan en el trono para el acto.

—Yo… me quedaré aquí un poco más —respondió ella, aún asimilando lo que acababa de suceder—. Ve… te alcanzaré enseguida.

Tayim asintió, dándole un último beso antes de dirigirse a la puerta de la habitación.

—Y… lo dicho —dijo antes de desaparecer tras el umbral—. No te preocupes por el acto de hoy, es otro formalismo más.

Tayim salió de la alcoba y su inconfundible perfume quedó flotando en el aire unos instantes más.

Cincela permaneció inmóvil mirando en aquella dirección, mientras se rozaba los labios, aún húmedos, y recreaba el beso una y otra vez en su mente.

Deseaba correr hacia la puerta, abrirla de golpe y suplicarle a Tayim otro instante como aquel.

Pero la realidad pronto la invadió, recordándole el acto que estaba a punto de acontecer.

Ladeó la cabeza.

No te distraigas.

Tras volver en sí, Cincela se obligó a dejar atrás ese anhelo.

Se acomodó el largo vestido blanco y se retocó el cabello frente al espejo de la entrada.

Después abandonó la habitación y se dirigió a una pequeña sala contigua, donde había estado depositando todos sus enseres para que el servicio de transporte, del que gozaba por ser princesa, se encargara de recogerlos.

Un privilegio del que, en unas horas, ya no dispondría.

Tras dejar allí las últimas pertenencias, Segadora entre ellas, Cincela abandonó la habitación y avanzó por el angosto pasillo de antorchas. Alcanzó la puerta al final del corredor, apoyó su mano sobre el pomo y, durante unos breves segundos, cerró sus ojos e inhaló profundamente.

Podía escuchar las voces de la gente al otro lado. De todos los que se habían acercado al castillo con tal de asistir a su destierro.

Ha llegado el momento.