23. Reconciliación #2
—También cavilaremos sobre como paliar la falta de un Capitán cuando ni tú, ni tu hija, estéis entre nosotros —puntualizó Regina—. No podemos someter a Lenov a tal orfandad.
—Pero… majestad —intervino Ramis con cierto nerviosismo—. Mi hija apenas ha asimilado la muerte de su abuelo, no le hagáis vivir una situación como esa ahora, se lo ruego.
Grifford miró a Ramis con compasión.
—Entiendo el dolor que debes estar sintiendo, pero no olvides que, en situaciones normales, un acto como este se consideraría difamación tanto a la corona como a Gheva, resultando como castigo el exilio.
O lo que es peor, en su tortura y posterior ejecución —curvó los labios—.
No me lo pongas más difícil de lo que ya me está resultando, Capitán.
Ramis asintió. Sabía que insistir no serviría de nada pues él mismo había presenciado ejecuciones por delitos menos graves que aquel.
—Tómate estos días libres y acompaña a tu hija en estos momentos difíciles —prosiguió el rey—. La conoces, sabrás escoger las palabras adecuadas para evitar que le afecte todo esto en demasía.
—Eso haré.
Una forzada reverencia puso fin a la reunión con el rey.
Con la cabeza en alto, Ramis dejó atrás la sala del trono. Con paso acelerado, cruzó la estancia y se internó por la puerta que conducía al pasillo que llevaba a la habitación de Cincela, acompañado por el parpadeo de las antorchas y las sombras alargadas que estas proyectaban.
Una vez frente a la puerta roja, Ramis se detuvo unos instantes.
El corazón le palpitó con fuerza al recordar el cuerpo inerte de Azhna, tendido en aquel mismo lugar apenas unos días atrás. Ramis cerró los ojos y dejó la mano apoyada en el pomo de la puerta sin abrirla, reviviendo aquel día.
Por un instante creyó sentir una leve corriente de aire que susurró su nombre, como si Azhna estuviera allí con él, compartiendo su carga y guiando sus pasos.
—Padre… —murmuró en voz baja—. ¿Qué harías tú en mi lugar?
Pero las sombras permanecieron mudas, sin responder a su pregunta. Con un suspiro desolador, Ramis abrió la puerta por fin y asomó la cabeza en el interior de la alcoba.
—¿Papá? —preguntó Cincela, girándose hacia la puerta—. ¿Cómo es que has venido? ¿No deberías estar en el frente?
A su entrada, Ramis apoyó el yelmo sobre la mesita de noche y se sentó en la silla, junto a la cama de su hija.
—Debería —confesó—, pero el rey me ha concedido un par de días de descanso.
—Pero eso es una buena noticia, ¿no?
—Lo es —dijo Ramis—. Tu abuela aún sigue delicada tras el incidente y esto me concederá más tiempo para cuidarla.
Las palabras de su padre resonaron en la mente de Cincela, evocando la imagen de su abuelo sin vida. Con una estaca metálica atravesándole el pecho y sus extremidades cortadas de cuajo. Cincela desvió la mirada de la de su padre, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con derramarse.
Ramis se inclinó levemente, apoyó los codos sobre sus piernas, entrelazó los dedos y dejó caer la cabeza hacia delante.
—Quizás… no me he comportado como debería contigo.
Cincela se secó la humedad de los ojos con las mangas.
—¿A qué viene eso ahora, papá?
—Viene a que tu padre se da cuenta tarde de las cosas.
Ramis estiró su brazo hasta sostener la mano de Cincela con la suya.
—Cuando nos enteramos del diagnóstico de la enfermedad que padeces —prosiguió—, quizás tuve que actuar con más sosiego y comprensión. Pero actué al contrario, justo cuando menos necesitas que te trate así.
—Siempre has tenido carácter, papá, sobre todo en situaciones límite. Es algo así como tu mecanismo de defensa —le dedicó media sonrisa—. No pasa nada, está todo bien.
El Capitán alzó la cabeza.
—Necesitaba decírtelo.
A pesar de la confesión, Cincela percibía que su padre aún no estaba tranquilo. La preocupación que se dibujaba en su semblante delataba que había algo más rondándole la cabeza.
—Hay otro asunto que quieras hablar conmigo, ¿verdad?
Los ojos celestes de Ramis se clavaron en Cincela.
—Acabo de tener la reunión con el rey Grifford.
Cincela dio un respingo.
—¿Y qué te ha dicho? ¿Qué castigo me ha impuesto?
—No te va a imponer pena alguna —explicó—. Ni a ti, ni a mí, ni a ningún miembro de la familia.
Cincela suspiró, aliviada.
—Sin embargo —prosiguió Ramis—, dentro de un par de ocasos, comunicará a todo Lenov la noticia, pues es su deber como rey. Tras el comunicado, deberás recoger tus pertenencias del castillo y quedarás expulsada del mismo.
—No me importa en absoluto, papá —declaró Cincela casi al instante—.
Y más sabiendo que la abuela está tan delicada.
Hago falta allí ahora, no aquí. Además, esto no es para mí.
Tantos lujos, tantos servicios a mi disposición por el mero hecho de existir…
esto se me hace muy grande. Me muero de ganas de blandir una espada, aunque sea de madera, y disfrutar de una gran sesión de entrenamiento.
Mi cometido está en el frente, contigo, combatiendo los Hiniur que amenazan el reino, no aquí.
Ramis suspiró, se levantó de la silla y se acercó al ventanal, desde donde contempló pensativo la plaza principal del reino.
—No es eso lo que me preocupa —dijo, sin apartar su mirada del paisaje—. Son las miradas y rumores que circularán sobre ti por todo el ancho y largo del reino.
Cincela abandonó su cama, dirigiéndose al ventanal junto a su padre.
—¿Por qué iban a hacerlo? ¿Por no ejercer de reina?
—Por dejarles desprotegidos —puntualizó Ramis—. No hay más herederos de Tristán en el reino salvo tú y yo. Contigo acaba la descendencia de su sangre y, con ella, el puesto de Capitán de Las Cruzadas .
Cincela no respondió.
¿Cómo era posible que una enfermedad repentina fuese capaz de acabar con el esfuerzo de generaciones enteras?
Ramis se giró de repente y se dirigió hacia la puerta de la habitación.
—Ahora… debo irme —recogió el yelmo de la mesita—. Tan solo quería comunicarte la decisión de Grifford y de hacerte saber que, aunque no se me dé bien esto de ser padre, voy a estar a tu lado siempre.
—No te preocupes más, papá —dijo Cincela—. Para mí esto es una buena noticia.
Ramis gesticuló media sonrisa, se colocó el yelmo y se dirigió a la puerta de la habitación.
—A mí también me alegra saber que vuelves a casa —admitió desde el umbral, antes de abandonar la habitación—. Descansa, hija mía.
La soledad invadió a Cincela tras la marcha de su padre.
Pero no le preocupó, pues ahora sabía que su estancia en el castillo pronto acabaría y podría retomar su vida anterior. Podría ser la Cincela de siempre. Entre divagaciones nostálgicas y pensamientos melancólicos, el sueño se apoderó de ella.
Solo unos días más .
Tan solo unos días más para que todo vuelva a ser como antes.