23. Reconciliación
Un guardia irrumpió en la sala del trono.
Grifford se incorporó de un sobresalto, obligado a abandonar la comodidad de sus aposentos.
Regina, algo más atrás, vestía su inmaculado atuendo real, adornado por filigranas doradas en sus mangas y cuello.
Tayim ocupaba un pequeño trono a su lado, aspirando así a convertirse algún día en un gobernante digno de Lenov.
El soldado caminó hacia sus majestades haciendo resonar la armadura perlada con cada paso. A su llegada, hincó la rodilla frente al trono en gesto de sumisión.
—Majestades, el Capitán solicita audiencia.
Grifford hizo un gesto con la mano, indicándole al soldado que se levantara.
—Adelante, dejadle entrar.
La imponente figura de Ramis emergió de entre la penumbra de la sala.
El color blanco y dorado de su armadura realzaban el porte de su silueta, dotándola de una elegancia que no pasaba desapercibida para nadie.
La crin que brotaba del yelmo danzaba al compás de sus pasos, así como la capa áurea que ondulaba tras él.
Al llegar a los pies del trono, Ramis se retiró el yelmo e inclinó la cabeza en una reverencia.
—Formalidades aparte, mi querido Capitán —pidió Grifford—. Aquí ambos gozamos de la misma autoridad.
Ramis obedeció la petición y alzó la cabeza en silencio. Grifford, que había compartido con él muchos años de reinado, pudo percibir de inmediato la pena que anegaba el rostro del Capitán.
—Algo me dice que traes contigo noticias que quisieras compartir conmigo.
Ramis suspiró.
—Así es, majestad.
—Y algo me dice que no son buenas.
Ramis dejó pasar unos segundos de silencio pero, finalmente, asintió.
Grifford removió el vino en la base de la ostentosa copa de oro que sostenía con delicadeza entre dos dedos.
—Si hay algo que me preocupa más que las malas noticias —comenzó a decir sin perder de vista el sensual baile del líquido carmesí—, son aquellas que provienen de ti—. Dio un trago, humedeciéndose los labios—. Soy todo oídos, Capitán.
—Querría hablar a solas con vos y Regina —se atrevió a pedir Ramis—. Es un asunto delicado y quizás haya oídos que no deberían escuchar lo que vengo a contar.
Grifford se limpió la boca al terminar de beber, dándose ligeros toques con un pañuelo.
—Estamos solos.
—No te preocupes por mi hijo Tayim —intervino Regina desde atrás—. Ahora que va a ser rey, debe estar al tanto de todo lo que ocurre en el reino. Necesita aprender.
Ramis se tomó varios segundos antes de continuar.
—Es sobre mi hija, Cincela.
—¿Qué le ocurre? —preguntó el rey dejando la copa a un lado—. ¿Ha vuelto a recaer en su enfermedad?
—No exactamente —contestó Ramis con un carraspeo—. Es sobre su futuro como reina. No creo que…
—Ramis, Ramis, Ramis… —intervino Grifford, cortándole en seco. —Lo hará estupendamente. Precisamente hoy le comentaba a mi esposa, aquí presente, la buena decisión que tomamos cuando…
—Cincela no puede ser reina, majestad.
Un silencio súbito y pesado se apoderó de la sala. Pasados unos instantes, el carraspeo de Grifford logró retomar la conversación.
—Capitán, conozco bien esa sensación. Ver a un hijo crecer es abrumador. Ese vértigo que padeces también lo sufrimos Regina y yo a medida que se aproxima el día de la coronación de mi hijo.
—No, mi señor —respondió Ramis—. El asunto que me trae hoy aquí no tiene nada que ver con ser padre o el paso del tiempo.
Grifford frunció el ceño.
—Explícate.
Ramis desvió su mirada, tratando de ordenar sus pensamientos. Sabía que las palabras que manifestaría a continuación cambiarían el futuro de Lenov y de su familia para siempre.
—He encontrado el libro en el que mi padre anotaba el seguimiento de la enfermedad que padece mi hija —explicó el Capitán—. En sus páginas se recoge el diagnóstico real que tanto él como el rey Álvar determinaron. No se trata únicamente de mareos esporádicos ni de una alergia repentina, majestad.
—¿Y bien? —preguntó Grifford, alentando al Capitán a seguir—. ¿De qué se trata entonces?
Ramis vaciló unos instantes.
—Cincela es estéril.
Un tintineo metálico resonó por toda la estancia cuando la copa de vino resbaló de entre los dedos del rey, girando sobre sí misma mientras caía a lo largo de las escaleras frente al trono. Grifford, Regina y su hijo miraban ojipláticos al Capitán, incapaces de pronunciar palabra.
—Entiendo que, después de realizar el pacto con Gheva, una noticia así acarreará graves consecuencias —prosiguió Ramis al ver los paralizados semblantes de sus majestades—. Tan solo le pido, majestad, que perdone a mi hija y recaiga sobre mí todo el peso de la justicia por esta difamación.
Grifford se llevó una de sus manos a la cabeza, tratando de asimilar la noticia.
—No puede ser —murmuró el rey—. No puede ser, no puede ser… no, no, no.
Ramis permaneció cabizbajo, dispuesto a recibir el aluvión de reprimendas.
—¡Capitán, eso es imposible! —bramó Grifford al alzarse del trono—. ¡Tiene que haber un error! No quisiera cuestionar la pericia de Álvar ni la de tu padre, pero todo esto resulta, como poco, inquietante.
Ramis levantó la cabeza, atreviéndose a proyectar su mirada hacia la del rey.
—¿A qué se refiere?
Grifford descendió por las escaleras del trono, ahora manchadas de vino, hasta situarse frente al Capitán.
—¿Desde cuándo unos mareos y una alergia pasajera conducen a la infertilidad? No soy un experto en medicina pero considero que, de padecer algo así, tu hija seguiría en cama y no se habría recuperado de algo tan grave con reposo y cuatro infusiones.
Ramis se tomó unos segundos para cavilar la respuesta.
—He de reconocer que a mí también me parece extraño, majestad. Me cuesta creer que algo tan oportuno como esto se manifieste justo cuando mi hija decide comprometerse con la corona ante los ojos de Gheva.
Grifford se dio media vuelta, satisfecho por la respuesta del Capitán, y volvió a ascender por las escaleras dispuesto a sentarse de vuelta en el trono.
—Sin embargo —prosiguió Ramis—, no pongo en duda la profesionalidad de Álvar, y mucho menos la de mi padre. Yo sí les creo, majestad.
El rey se detuvo a medio recorrido al escuchar las punzantes declaraciones del Capitán y se giró hacia él mostrando únicamente su perfil.
—¿Tú lo sabías?
—No, señor.
—Dime la verdad.
—Se lo juro.
Grifford suspiró y avanzó los últimos pasos hasta el trono para, seguidamente, sentarse en él.
—Me cuesta creer a tu padre, Ramis —confesó—. Que en vida dijera una cosa y, en cambio, en un diario de notas que supuestamente escribió él mismo afirmara la contraria… ¿Por qué?, ¿Con qué intención? Hay un halo de misterio en todo este asunto que me chirría.
—Si insinúa que la intención de mi padre era engañarnos, con mi debido respeto, creo que se equivoca, majestad —replicó Ramis, elevando ligeramente su tono—.
De querer hacerlo, él hubiese sido el primer interesado en extender la noticia por todo el reino, asegurándose de que su mentira llegase a todos los oídos posibles.
Pero decidió guardárselo para sí, escribiéndolo en un diario.
—Sin embargo —intervino Regina desde atrás—, un hecho así, y más en una heredera al trono, tarde o temprano hubiese salido a la luz y nos hubiésemos enterado todos igualmente. ¿Por qué nos lo ocultaría?
—Lo desconozco —respondió Ramis—. Pero, conociendo a mi padre, estoy seguro de que su intención era trabajar en secreto hasta hallar la forma de sanar a mi hija o, al menos, paliar sus efectos, por temor a las consecuencias que podrían recaer sobre ella si una noticia así llegaba a vuestros oídos.
Pero… no imaginó que su vida llegaría a su fin pocos días después.
Grifford guardó silencio mientras se frotaba la barba, pensativo.
—Puede que tengas razón —intervino de pronto—. El amor puede mover montañas y, la verdad sea dicha, no conozco mayor amor que el que sentía Azhna hacia tu hija.
Ramis volvió a inclinar la cabeza, agradecido por su comprensión.
—Perdónela, majestad.
—Vamos, vamos… no hay nada que perdonar, Capitán, aunque… me entristece profundamente este desenlace, he de admitir. Ya no solo por la descendencia de nuestros hijos, sino por el qué dirán sobre Cincela los rumores y las malas lenguas del reino.
Ramis frunció el ceño.
—¿Y en qué les incumbe a los demás que mi hija pueda o no tener descendientes? —replicó, elevando el tono de voz—. ¿No tienen asuntos más importantes que atender?
—Importa, Ramis, lo sabes tú mejor que nadie —contestó Grifford con firmeza—. Importa porque es tu hija. Importa porque los Capitanes que defienden las puertas de Lenov de esas viles criaturas siempre han pertenecido al mismo linaje. Al tuyo, concretamente. Sabes muy bien que siempre ha sido así.
—Pero hay soldados bajo su mando que son igual de competentes que yo, que mi hija o que mis futuros nietos.
Grifford ladeó la cabeza.
—Ambos sabemos que ninguno como los de tu genealogía.
No hay guerrero más competente para el puesto que los de tu sangre.
Siempre ha sido así, desde la fundación de La Primera Cruzada por parte de tu bisabuelo.
Sin más descendientes, no habrá más Capitanes y, sin ellos…
no habrá más cruzadas —calló para llenar de nuevo su copa de vino—.
Y sin ellas... Lenov está destinada a sucumbir a la oscuridad.
Ramis se irguió de inmediato, tensó la mandíbula y clavó sus ojos zafiro en el rey.
—¿Qué debería hacer entonces, majestad?
—Debo meditarlo, Capitán —respondió Grifford casi de inmediato—. Quisiera ayudarte todo lo posible, pero es una situación complicada.
Ramis suspiró, aliviado.
—Sin embargo —prosiguió—, como rey, debo lealtad a mi pueblo y Lenov es merecedor de conocer esta situación.
Ramis sintió un violento latido en el pecho que lo desconcertó. El color abandonó su rostro mientras un sudor frío le perlaba la frente.
—Concertaré una reunión con el pueblo —continuó Grifford—, que se celebrará tras el segundo ocaso a partir de hoy. Allí comunicaré el trágico desenlace de Cincela y su vínculo con la corona, y se escogerá nueva pretendienta para ocupar su puesto.