El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 22. Herencia
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22. Herencia

El frío penetraba en sus prendas capitenses con suma facilidad, helando su carne y huesos.

No importaba la cantidad de ropa que se pusiera encima, la humedad siempre encontraba algún recoveco por el cual colarse.

Aunque debía admitir que después de haber pasado varios días en Brevodia, Adami ya empezaba a acostumbrarse a ello.

Así como también se acostumbró al especiado sabor de los alimentos cocinados bajo el fuego añil.

Allí sentado, junto a La Gran Llama , disfrutaba de la que seguramente iba a ser su comida decente en días.

Adami decidió comer despacio, disfrutando todos y cada uno de los bocados que le daba al trozo de carne asada.

Íkaro, que ya devoraba su tercer pincho de comida, se sentaba a su lado, e Yskar, situado más adelante, apenas probaba bocado.

Aunque el rey no lo admitiese y prefiriese pregonar por ahí que su falta de apetito era debido a haber cenado demasiado la noche anterior, Adami no le creyó.

No mientras su rostro estuviese sumido en esa nostalgia que reflejaba.

Pero tampoco lo culpaba. Él, mejor que nadie, sabía que abandonar el hogar de uno, nunca era algo fácil.

—Espero que esto no sea un adiós para siempre, comandante —dijo Íkaro de pronto—. Ojalá vuelvas por aquí a menudo.

Adami extendió su brazo y dio unos pequeños golpes sobre la espalda del corpulento recolector.

—Volveré —admitió—, he estado muy cómodo estos días con vosotros.

Íkaro sonrió y volvió a centrar su atención en su desayuno, asestándole un nuevo bocado.

—Cuídate, amigo —murmuró Adami.

Yskar se aproximó a ellos.

Su cabello presentaba pequeñas motas de nieve que se precipitaban sobre sus hombros al andar. Su armadura de acero celeste brilló al acercarse y reflejar el fuego de La Gran Llama . La lanza en sus manos parecía haber sido afilada recientemente.

—Todo listo para partir hacia Davá, comandante —dijo—. ¿Cuánto tiempo más necesitan tus hombres?

—¡Pero vaya prisas, majestad! —replicó Adami con cierto retintín—. Ni siquiera me has dejado quitarme las legañas.

Yskar suspiró.

—Siento la urgencia —se excusó—, pero deberíamos partir cuanto antes y atravesar Vanu antes del anochecer. Una tormenta de nieve allí nos retrasaría demasiado.

—Mis soldados están todos listos y preparados para irse de aventuras contigo —dijo—. Así que, depende de ti.

Yskar asintió.

—En ese caso, te esperaré fuera.

El rey comenzó a caminar hacia la entrada del reino cuando, de pronto, la mano de Adami se apoyó sobre su hombro y lo detuvo.

—¿Y tus hombres?

Yskar se giró apenas.

—Voy solo.

Íkaro, quien trataba de mantenerse ajeno a la conversación, empezó a toser dándose fuertes golpes contra el pecho, provocando que varios trozos de comida masticada salieran despedidos de su boca.

—Pero, majestad…

—No dejaré Brevodia desprotegida, Íkaro —cortó Yskar con contundencia—.

Los soldados capitenses y yo mismo somos más que suficientes para emprender este viaje.

Además, tengo entendido que los comandantes de Capital son conocidos también por esas Bendiciones que dicen que Gheva les otorgó. ¿No es así?

El comandante arqueó una ceja.

—Bueno, técnicamente…

—Estaremos bien, Íkaro —sentenció Yskar.

—Pero, majestad —el recolector se incorporó. — Sin alguien al mando del reino…

—Tú estarás al mando.

Íkaro volvió a propinarse golpes en el pecho con el puño cerrado cuando, de pronto, le invadió otro repentino ataque de tos.

—Yskar, yo… abandoné la guerra hace mucho tiempo —logró decir cuando consiguió calmarse—. Si sufriéramos algún ataque, no sabría… —negó con la cabeza, tratando de borrar las imágenes que empezaba a recrear—. No puedo liderar un reino entero.

—No necesito a un guerrero para cederle el trono —aclaró Yskar. Se desabrochó la cadena que sujetaba la capa y la colocó sobre los hombros del recolector—. Necesito a alguien en quien tanto los brevodianos como yo podamos confiar. Y esa persona eres tú, Íkaro.

El recolector acarició la aspereza del pelaje que formaba su flamante atuendo mientras asimilaba su nuevo cargo.

Su nueva responsabilidad. Su nueva vida.

No era algo que deseara especialmente, pero le debía mucho a su rey y a Brevodia.

Y si aquello era lo que necesitaban ahora, daría lo mejor de sí para estar a la altura.

Resopló.

—Yo… lo haré lo mejor que pueda.

—Estoy seguro de que lo harás, Íkaro —corroboró Yskar mientras le abrochaba la cadena que sostenía la capa—. Mírate, ¡si hasta te queda mejor que a mí!

Íkaro miró a su espalda, comprobando la veracidad de las palabras del rey. La capa real se mecía con el viento matutino, que acariciaba el lacio cabello del recolector al compás. Luego, se volvió hacia Yskar con una sonrisa y abrió los brazos en su totalidad.

—¿Puedo?

Yskar frunció el ceño y mantuvo a Íkaro en posición de cruz durante unos segundos más hasta que, poco a poco, la seriedad de su semblante dio paso a una sonrisa juguetona.

—Ven aquí, grandullón.

Ambos hombres se fundieron en un abrazo, dándose leves palmadas afectuosas en la espalda. Aunque seguramente ninguno de ellos lo admitiría, Adami pudo apreciar la emoción que contenían sus ojos vidriosos cuando se separaron.

—Será mejor… que partáis ya —balbuceó Íkaro.

Yskar asintió y se giró hacia Adami.

—Vayamos a la entrada, comandante.

A su llegada, Yskar y Adami se situaron frente a los soldados del Doce, que formaban en cuadrícula, en absoluto silencio, listos para recibir nuevas órdenes. Los habitantes de Brevodia aguardaban en semicírculo junto a los colmillos que conformaban la entrada. Íkaro estaba entre ellos.

—Soldados de Capital —comenzó a decir Adami—. Tras una agradable, y ciertamente peligrosa, estancia en Brevodia, he de comunicaros que nuestra holgazanería acaba aquí. Nos dirigimos al reino de Davá con la intención de reunirnos allí con su reina, Ilma—. Hizo una pausa—. ¡En marcha!

Los brevodianos lanzaron gritos de ánimo a medida que los capitenses se alejaban.

Íkaro observó, cabizbajo, cómo las armaduras de jaspe negro se perdían colina abajo.

Sobre todo, fue incapaz de apartar la mirada de la figura celeste que encabezaba la marcha, hasta que la neblina de alrededor la engulló por completo.

Vuelve pronto, Yskar.