21. Recolecta #2
El semblante de Yskar fue abandonando su aparente seriedad cuando, poco a poco, se contrajo en una sonora carcajada. Adami lo observó, desconcertado, alzando una ceja.
—Los pastos de Brevodia son los más frescos de todo el mundo, comandante —aseguró el rey una vez calmada su risa—. No hallarás carne de ciervo más sabrosa y jugosa.
—¿Ciervo? Entonces no es… —resopló al percatarse de la tomadura de pelo—. De verdad, tengo que acostumbrarme a ese humor tan tuyo.
Yskar volvió a estallar en carcajadas mientras se giraba hacia una pequeña bolsita apoyada a los pies del trono, de la que extrajo una veintena de alargados pinchos metálicos.
—No te molestes, comandante —dijo, ofreciéndole las varillas—. Saciaros de cuanta comida deseéis.
Adami las tomó y las examinó con cuidado, asegurándose de que no estuvieran oxidadas, corroídas, ni presentaran deformaciones que le dieran a Yskar un nuevo motivo para reírse de él.
—Si lo deseas —intervino Yskar al percibir la desconfianza del capitense—, puedes usar mis propias varillas.
El comandante dejó escapar un suspiro.
—No… no será necesario, creo —se dio media vuelta—. Y ahora, si me disculpas…
Sin decir nada más, Adami se acercó a la plancha de acero donde se había dispuesto la comida cruda. Repartió las varillas entre los miembros del Doce y estos, como si no hubiesen visto comida en décadas, comenzaron a servirse de cuantos manjares desearon.
El ambiente era festivo, los brevodianos conversaban y reían mientras disfrutaban de los alimentos. Los niños correteaban despreocupados por las inmediaciones y sus risas imbuían de un agradable ambiente familiar aquella velada.
Tras meditarlo, Adami finalmente optó por un trozo de carne y una cebolla que le resultó extrañamente apetecible. Tras introducir en la varilla lo que sería su cena, el capitense se dispuso a asarla en la Gran Llama.
—Has escogido bien, comandante —dijo una voz ronca tras él—. El contramuslo es la parte más sabrosa de todas.
El gigantesco recolector se colocó junto a Adami y dispuso sobre el fuego cuatro pinchos a rebosar de todo tipo de carnes.
—Vaya, no debe de ser fácil saciar un estómago como el tuyo.
Íkaro dejó escapar una profunda risotada.
—Oh, no comandante, los pinchos son solo para generar apetito —señaló el recolector—. Yo uso mi lanza de guerra para asar la comida.
Adami se encogió de hombros.
—No sé por qué, pero me esperaba algo así.
El brevodiano volvió a reír.
Tanto Íkaro como Adami siguieron con su despreocupada conversación hasta que la cena terminó de asarse, luego se acercaron a la multitud para tomar asiento a pocos metros del trono.
Nada más sentarse, Íkaro asestó un profundo bocado a uno de los trozos de carne, engullendo más de media porción de una sola dentellada.
Los jugos cárnicos resbalaron por sus comisuras, manchando las pieles que llevaba sobre los hombros y la nieve a sus pies.
Adami bajó entonces la mirada hacia su propia cena, dispuesto a engullirla y aplacar el hambre que, desde hacía días, le afligía por dentro. Pero su tarea se vio interrumpida de pronto cuando, de entre la neblina, emergió un grupo de brevodianos que se situó junto a Yskar.
Entre sus abrigos de pieles, Adami pudo distinguir unos instrumentos elaborados a partir de acero celeste que portaban consigo.
Unos tenían formas cilíndricas, horadados por una sucesión de orificios en su superficie que los brevodianos hacían sonar al soplar por una pequeña boquilla de madera.
Otros eran cóncavos recipientes metálicos que apoyaron en el suelo para hacerlos sonar dándoles golpes secos con la palma de las manos.
Curiosamente, la melodía que emanó de ellos era exótica y agradable, y ambientó aquella apacible velada bajo las estrellas.
—¿Se está celebrando algo especial hoy?
Íkaro dejó de engullir por un momento y, tras limpiarse la boca con su velludo antebrazo, miró al capitense.
—Celebramos la caída de la noche —aseguró—. Cada día, al ocultarse el sol, los brevodianos nos reunimos frente a la Gran Llama para dar gracias por haber vivido un día más, mientras compartimos comida y disfrutamos de una agradable música.
—Ya veo —Adami arrancó un trozo de tierna carne de su varilla—.
Sois algo así como una gran familia, ¿cierto?
No tenéis casas propias, sino que dormís aquí y allá, donde mejor os pille.
Es como si… todo el reino fuera vuestro hogar y, entre todos, os encargarais de mantenerlo; bien sea custodiando las puertas, o forjando acero en la Llama Azul , lijando cabañas o, en tu caso, despeñándote por un barranco.
Íkaro, que ya volvía a devorar su comida, comenzó a reírse catapultando enormes trozos de carne masticada por su boca.
—¿No es así donde tu vives? —consiguió articular tras tragarse el último bocado.
—Podríamos decir que no del todo —respondió el comandante—. En Capital cada cual vive su vida sin inmiscuirse demasiado en la de los demás.
El recolector asintió mientras masticaba. Adami pudo apreciar el claro desinterés que parecía mostrar el brevodiano sobre la vida capitense. Para él, en aquel momento, lo único verdaderamente importante era la jugosa carne que engullía.
—Hay algo que no comprendo, Íkaro —dijo Adami tras una breve pausa—. Antes mencionaste tu lanza de guerra, pero no recuerdo haberte visto combatiendo contra los Hiniur cuando llegamos. Un hombretón como tú, ¿no debería servir en el frente?
Íkaro dejó de comer y agachó la cabeza, ocultándose tras su cabello.
—Quizás… ¿he preguntado algo que no debía?
Íkaro apoyó su curtida mano sobre la rodilla del comandante, como pidiéndole así unos segundos hasta recomponerse.
—No estoy hecho para combatir —confesó—. La guerra me ha arrebatado… demasiadas cosas.
—No es necesario que… sigas si no quieres.
El recolector alzó la cabeza. Sus ojos, vidriosos, delataban la tristeza que sentía y que trató de ocultar con una sonrisa forzosa.
—No importa, comandante. Me sienta bien vaciar mi alma de vez en cuando —reconoció.
Miró al infinito, tratando de contener la emoción antes de seguir—.
Yo solía pertenecer a la escolta personal de Yskar, cargo que solamente es otorgado a los guerreros más diestros de toda Brevodia.
En una de las incursiones que Yskar solía emprender, conocí a la mujer más bella que puedas imaginar.
Una valiente guerrera cuyas únicas pasiones eran la lanza y la batalla —calló unos segundos y, aun con ojos enrojecidos, sonrió—. Bueno, y la comida.
Adami rodeó al recolector con uno de sus brazos, consolándolo.
—Maya era una formidable luchadora —prosiguió—.
Me enamoré perdidamente de ella y, suerte la mía, fui correspondido.
Contrajimos matrimonio junto al gran acantilado, ante los ojos de Gheva, y comenzamos a vivir la vida que siempre soñamos…
Hasta que la guerra llamó a las puertas del reino y un grupo de Hiniur la separó de mí para siempre.
La música procedente de los instrumentos metálicos le confería a la historia un aire todavía más melancólico del que ya de por sí tenía. Adami, que no apartaba ojo del brevodiano, pudo ver como dos lágrimas recorrieron sus mejillas de pronto.
—Fue entonces cuando me uní al grupo de recolectores, y aquí he seguido hasta el día de hoy. Desde lo ocurrido, he sido incapaz de volver a pisar el campo de batalla.
Íkaro, por primera vez desde que había empezado a relatar aquellas vivencias, miró al comandante. Él se limitaba a sonreír mientras le daba unos pequeños golpes cariñosos en su rodilla.
—Estoy seguro de que Maya, allá donde esté, estará muy orgullosa de ver la labor que desempeñas ahora.
Íkaro asintió repetidas veces.
—Supongo que sí, comandante... supongo que sí.
Adami no añadió nada más. Ambos volvieron a centrar su atención en su comida, mientras la música seguía sonando a lo lejos y el reino se despedía de un día más.